Capítulo 4
E l salón se quedó sin aire.
Todavía resonaban en mis oídos las palabras de la criatura: «¡El juego comienza, Doctores del Teatro!». Los músicos miraban al conde, quien no separaba los ojos de Pantaleón con gesto aterrorizado. Uno se decidió a continuar con la música, pero enseguida volvió a parar.
Por un segundo, tuve la sensación de que todos los asistentes esperaban a que alguien les dijese qué hacer, cómo debían reaccionar.
La temperatura bajó de golpe varios grados. Y no fue una ráfaga, el frío había venido y se había instalado a nuestro alrededor. Algunos de los invitados comenzaron a tiritar.
Aquello no tenía pinta de ser una actuación o algo programado como entretenimiento.
No.
Aquello tenía pinta de ser algo peor.
Las velas de la lámpara se encendieron de nuevo solas y formaron charcos dorados en el suelo de mármol. Los espejos ya no reflejaban risas ni abanicos: sólo reflejaban miedo.
—¿Esto… es parte de la fiesta? —susurró Eric a mi lado sin apartar los ojos de la figura.
No le contesté. A mí también me habría gustado que fuera una broma veneciana de las pesadas.
Pantaleón —porque no podía ser otra persona— avanzó un paso que no hizo ningún ruido. Había grietas antiguas en la porcelana de su máscara, como si la hubiese llevado durante siglos. Sus ojos, hundidos en la sombra, brillaban amarillentos. Llevaba en la mano una espada corta, finísima. Afiladísima.
Su mirada se fijó en el anfitrión.
—¡Excelentísimo conde Salieri! —exclamó burlón; su voz, polvorienta y antigua, parecía venir de todas partes—. ¡Entregadme vuestra espada o enfrentaos a mí!
Hizo una reverencia exagerada en dirección al conde y, al levantarse, una sonrisa cruel se extendió por la máscara.
Al principio, hubo quien aplaudió. Un par de invitados rieron creyendo que aquello era una sorpresa del dueño de la casa. Otra señora lanzó incluso un « bravissimo » tímido.
En ese momento, el suelo vibró.
No fue un temblor grande, más bien un golpe seco, como si una ola hubiese chocado contra los cimientos del palacio. Los cristales de las lámparas tintinearon. Y la risa se les murió en la garganta.
Lorenzo Salieri se quitó la máscara. Bajo ella, la piel se veía de un pálido enfermizo.
—Señor —dijo con voz clara dando un paso al frente—, en mi casa no se amenaza a nadie.
Desenvainó.
La espada que sacó era preciosa: veneciana, delgada, con la empuñadura de plata labrada con filigranas que representaban olas y hojas de laurel.
No era de adorno. Se notaba que pesaba. Y cuando la hoja salió de la vaina, las velas más cercanas chisporrotearon, como si el metal hubiera cortado también la luz.
Pantaleón inclinó de nuevo la cabeza con una cortesía que rozaba el sarcasmo.
—El noble protege a los suyos. —Rio, pero su risa sonó metálica—. Muy bien, no lo retrasemos más.
Saltó desde la galería con agilidad y sin hacer un solo sonido.
Los invitados se retiraron hacia los lados a toda velocidad.
Salieri se acercó a él con la espada alzada.
Algunos invitados rieron aliviados. «Un espectáculo de carnaval», comentó alguien.
Yo no estaba muy segura de eso. De hecho, no estaba nada segura.
Volvió a hacerse el silencio, esta vez expectante, casi divertido.
Esa quietud se rompió cuando las dos hojas se encontraron en el aire.
El sonido fue tan estridente que me causó un escalofrío. El choque de la espada de Salieri contra la de su contrincante rebotó en los espejos y volvió amplificado, como si en lugar de dos, fueran diez los combatientes.
El arma de Pantaleón rozó el brazo del conde.
Salieri parpadeó y miró incrédulo a su contrincante. No había sentido el corte, pero vio la sangre brillar en su manga negra.
Al principio, nadie se dio cuenta de que había sido herido, pero poco después las gotas de sangre comenzaron a salpicar el suelo blanco.
Una mujer gritó y señaló horrorizada las manchas rojas.
En ese instante fue cuando se dieron cuenta de que no era una representación.
Los músicos soltaron los instrumentos. El violonchelo cayó al suelo con un golpe desagradable. Alguien gritó: « Oh, Dio mio! ». Después, el instinto colectivo hizo el resto: la gente empezó a retroceder. Algunos huyeron hacia las salidas.
—Amanda… —Eric miraba asustado a su alrededor.
El salón era muy grande, pero no lo suficiente como para que cien personas intentaran salir por la misma puerta. Por suerte, algunos todavía observaban la contienda.
—No te separes —le dije sin mirarlo.
Observé el estilo de Salieri.
No era un farsante. Se movía como alguien que había tomado clases toda la vida: pasos pequeños, espada adelantada, hombros relajados, nada de florituras innecesarias. Pero había un detalle que no podía pasar por alto: el conde era un hombre y me jugaba algo a que el otro no.
La figura enmascarada se deslizaba por el mármol.
Sus zapatos no hacían ruido. Era como ver a un actor caminar sobre el escenario…
sin rozar las tablas. Un espectro. Sus ataques eran rápidos y precisos.
El conde apenas tenía tiempo de detener uno cuando ya se le venía encima el siguiente.
Y lo peor no era eso: lo peor era que Pantaleón parecía disfrutarlo.
—¡Bonito salón! —canturreó el espectro mientras giraba sobre sí mismo. Desvió una estocada del conde como el que aparta una mosca—. ¡Bonita fiesta! ¡Bonita espada!
La hoja de Salieri rozó al bufón. No dejó marca.
En respuesta, Pantaleón le lanzó un tajo y en la mejilla de Salieri apareció una línea fina y roja.
A nuestras espaldas, el caos se desató del todo.
Las máscaras, los tocados de plumas, las capas bordadas…
se convirtieron en colores que corrían hacia la puerta.
Uno de los mayordomos del palacio abrió un acceso de servicio para que la gente pudiera salir también por los laterales.
Alguien tiró una copa y el cristal se hizo añicos, un invitado tropezó con su propia capa y cayó de rodillas.
Uno de los músicos corrió a ayudarlo. En una mano llevaba todavía el violín, pero el arco rodó por el suelo con un chirrido estridente.
Otra invitada lanzó un grito agudo y desgarrado mientras corría hacia la salida.
Era ese tipo de pánico.
En menos de un minuto, la escena había cambiado de «multitud expectante, algo asustada, aunque todavía curiosa» a «estampida en película de catástrofes».
En otro minuto, sólo quedamos nosotros en la estancia.
Salieri, Pantaleón, Eric y yo.
El sonido del agua del canal que golpeaba las paredes del palacio se hizo más presente. Fuera, Venecia seguía siendo Venecia, con sus góndolas, sus voces y su música de carnaval. Dentro, era otra cosa. Una mucho más oscura.
El combate se volvió más feo.
Salieri empezaba a respirar con dificultad.
Lo vi en su pecho, en el modo en que tenía de exhalar el aire entre los dientes para seguir el ritmo.
Su brazo hacía el movimiento correcto…, pero un poquito más lento que al principio.
Y contra un enemigo normal, no habría pasado nada.
Contra algo que tenía toda la pinta de ser sobrenatural, eso marcaba la diferencia entre seguir en pie o no.
Pantaleón lo notó.
—¡Ah! —exclamó contento—. ¡La edad! ¡El peso de los años! ¡La carne! ¡La vida cómoda!
Atacó más rápido.
Salieri paró dos, tres golpes. En el cuarto, la mano le tembló lo suficiente como para que la espada se le escapara. La hoja plateada cayó y chocó con el mármol con un sonido metálico. Y él clavó la rodilla en el suelo.
El bufón alzó su propia espada, dispuesto a dar el toque final.
—Y ahora, noble —dijo con una alegría horrible—, ¡inclínate ante mí!
Tenía que hacer algo.
Y, como en otras ocasiones, mi cuerpo actuó antes de que mi cerebro tuviese tiempo de protestar.
No fue una gran decisión estratégica, la verdad. Pero si no hacía algo, Salieri moriría.
—¡Eh! —grité poniéndome entre los dos—. Vamos a calmarnos.
No es que fuese muy original, pero fue lo único que se me ocurrió. A ver qué le dices a un ser que no debería existir.
Pantaleón me miró. Juraría que las cejas de su máscara se arquearon en un gesto divertido.
—Otra actriz entra en escena —declamó—. Será entretenido para el público.
Salieri se puso en pie y en el mismo movimiento recuperó la espada. Me miró con una mezcla de gratitud y humillación.
—Por favor, señorita Black… —jadeó—. Hazlo… en mi nombre.
Me tendió la empuñadura.
La acepté y sopesé el arma.
El conde se acercó a una columna y se quedó apoyado en ella.
—Al final la tía Paula va a tener razón —refunfuñé—, nunca se sabe cuándo necesitarás la esgrima.
Alcé la hoja a la altura de los ojos y la observé. Afilada y fría. Brilló y el resplandor se multiplicó al reflejarse en los espejos de la estancia.
Tendría que servir.
—Amanda… ¿Qué haces? —Eric me miraba con los ojos muy abiertos.
Me encogí de hombros.
Por toda respuesta, hizo una mueca de aceptación y suspiró.
—Pues vamos a ver si te gusta mi papel —le dije a Pantaleón con más seguridad de la que sentía.
Me coloqué en guardia media como mi tía me había enseñado. De hecho, casi pude escuchar sus instrucciones en mi cabeza: «Amanda, rodillas flexionadas, codos al cuerpo, muñeca firme…» y esas cosas, pero por dentro no tenía ninguna confianza en mi habilidad como espadachina.
Durante unos segundos nada sucedió. El silencio cayó sobre nosotros. Hasta el agua del canal pareció hacer una pausa.
De repente, Pantaleón hizo un movimiento de capa inexistente —porque no llevaba capa, era todo teatro— y se lanzó.
Fue todavía más rápido.
Con Salieri había jugado. Conmigo quería probar otra cosa.
Atacaba por arriba, por los lados, se colaba por mi defensa como si estuviese hecho de niebla.
Cada vez que su espada tocaba la mía, el impacto sonaba diferente, casi sin eco, como si él no estuviera del todo en nuestro mundo.
Si no hubiera entrenado con la tía Paula bajo la lluvia, si no hubiera pasado horas en el jardín empapada intentando no hacer el ridículo…
, me habría abierto en dos en los primeros diez segundos.
Pero yo también sabía jugar.
No era tan elegante como él. No tenía siglos de práctica sobrenatural. Pero tenía otra cosa: reflejos, fuerza y velocidad. Eso, y que me negaba a permitir que un payaso muerto me ganara en mitad de un salón veneciano.
Una tiene su orgullo.
—Te mueves sin guion —comentó él, divertido, mientras paraba un ataque mío con una facilidad irritante—. Caótico. Imprevisible. Muy… vivo.
—Gracias —dije, y ataqué más bajo.
—¡A tu derecha! —avisó Eric.
Me giré justo a tiempo para que la punta de la espada de Pantaleón rozara mi manga y no mi costado. El tejido se abrió como mantequilla. La piel, por suerte, no.
Pantaleón rio y su risa se multiplicó. Una, cinco, diez veces. Me rodeó. Sentí que el aire vibraba con sus carcajadas. Se me erizaron los pelos de la nuca y por un momento perdí el compás.
Él lo aprovechó.
Vi el movimiento nacer en sus hombros antes de que la espada bajara. Fue apenas un segundo, pero se me hizo eterno.
Entró recto, con una estocada dirigida a mi pecho.
No me daba tiempo a apartarme.
Así que lo hice a mi manera.
No siempre hay que parar los golpes.
A veces hay que ceder.
Aflojé la guardia en el último segundo y giré el cuerpo. Su espada pasó rozándome. Aproveché el impulso, giré sobre mi eje —gracias, tía Paula, por las clases— y, usando su propio movimiento, lancé la hoja de Salieri en diagonal, de abajo hacia arriba.
El golpe fue limpio.
No le atravesé el cuerpo. Le atravesé la máscara.
Se oyó un crac muy claro, como cuando se rompe una porcelana vieja. La grieta se extendió desde la mejilla hasta la frente del bufón. Una luz dorada, apagada y extraña se derramó por la abertura. Pantaleón se quedó inmóvil, como si no se creyera que lo había tocado.
—Improvisación… —susurró—. Siempre… improvisación…
Y entonces se deshizo.
No hay otra palabra. Se convirtió en humo.
En polvo. Primero, la mitad de la máscara, que cayó al suelo hecha pedazos invisibles; luego, el resto del cuerpo, que se desintegró en una especie de polvo dorado y sin peso que flotó en el aire unos segundos antes de desaparecer.
La espada que llevaba se desvaneció con él.
El único rastro que quedó de su paso por el baile fue un trozo de máscara.
Pequeño, negro, brillante. Una pieza del color de la obsidiana pulida con oro en su interior. Cayó al mármol con un campanilleo y se quedó allí, vibrando con suavidad, como si todavía no se hubiese dado cuenta de que ya no formaba parte de un todo.
Me quedé mirando la pieza y, después, a Salieri.
El conde se había deslizado por la columna hasta quedar sentado en el suelo. Tenía la camisa de gala manchada de sudor y sangre. Y el pelo, antes perfecto, hecho un desastre. Pero sonreía.
—Extraordinario —dijo con la voz un poco rota—. Amanda Black…, nos has salvado.
La espada seguía en mi mano. Me di cuenta entonces de que todavía la tenía alzada, aunque ya no había enemigo. La bajé. Fui hasta el fragmento y lo recogí con cuidado, usando un extremo de mi capa para no tocarla directamente. Estaba tibia.
Eric se acercó saltando de la emoción.
—¡Qué fuerte! ¿Estás bien? ¿Y qué es eso? —preguntó señalando el trozo de máscara.
—No lo toques —advertí.
Lo envolví bien y lo guardé en uno de los bolsillos de mi disfraz.
Paseé la vista por el salón.
El palacio Salieri era otra cosa ahora. Sin gente, sin música, con las máscaras tiradas por el suelo como caras abandonadas, parecía devastado y solitario.
El eco de la pelea seguía pegado a las paredes.
Y, por un segundo, en uno de los espejos grandes, el de marco dorado que había junto a la escalera, me pareció ver de nuevo la silueta de Pantaleón completa, intacta, mirándome desde el otro lado.
Parpadeé.
No estaba.
Tragué saliva.
Pensé que todo había terminado.
Me equivocaba.