Capítulo 3 #2
Nos llevó por un pasillo de paredes rojas en las que colgaban retratos de antepasados que parecían seguirte con la mirada.
Subimos un par de pisos por una escalera lateral y llegamos ante una puerta de metal, moderna, con un panel a un lado.
El conde tecleó la clave de apertura y la puerta se deslizó en silencio hacia un lateral.
Entramos en una sala sin ventanas, alargada y de buen tamaño, en la que había numerosas vitrinas que guardaban máscaras que brillaban bajo una luz cálida, grabados de escenas teatrales con líneas finas como hilos, manuscritos, trajes renacentistas en maniquíes de madera y un sinfín de objetos. Todos de aspecto antiguo y valioso.
—La máscara desapareció hace dos noches —dijo Salieri sin rodeos—. La puerta no fue forzada y no dejaron marcas, huellas ni rastros de ningún tipo. Nadie oyó nada ni vio nada. Un misterio. —Se encogió de hombros y suspiró.
Eric y yo nos miramos un instante.
—¿Tiene alguna teoría? —pregunté—. ¿Algún enemigo, alguien que supiera lo que se ocultaba en esta cámara…? ¿Algo?
—Nada —negó—. Todo el mundo sabe la afición que tengo a coleccionar objetos relacionados con las artes escénicas… Ya lo veis. Pero nunca nadie ha mostrado interés por ninguno de ellos. Ni siquiera se trata de una colección excesivamente valiosa, Venecia está llena de máscaras y trajes como estos.
—¿Y qué hace exactamente la máscara? —insistí.
—Se cree —explicó midiendo las palabras— que quien la lleve puede influir en multitudes.
Aunque, según la leyenda, existen otras máscaras de la misma época cercanas a esa…
Podríamos llamarlas hermanas, no sé si me explico —asentí a pesar de que no entendía nada—, si bien nadie sabe con exactitud para qué sirven.
—¿Podemos mirar por aquí a ver si encontramos algo? —pidió Eric.
—Por supuesto, para eso habéis venido —aceptó el conde—. Avisadme cuando estéis listos para regresar al baile.
Nos acercamos al único expositor que se encontraba vacío y Eric sacó su dispositivo.
Analizó la cerradura —abierta sin forzar— y no pudo encontrar huellas ni rastros.
Yo observé la estancia buscando pistas y tampoco di con nada.
Tras varios minutos, nos dimos por vencidos y se lo dijimos al conde Salieri.
—Volvamos al salón —dijo—. Sería descortés que os perdierais el carnaval.
Regresamos al ruido alegre del baile. La música seguía viva, más rápida, y las risas se mezclaban con el murmullo de las conversaciones.
En el centro de la pista, el vals era un torbellino de colores, mientras alrededor la gente charlaba, brindaba y reía con la libertad que da una máscara.
Desde la galería superior, caía un confeti tan leve que parecía flotar.
Y entonces, las luces parpadearon.
Un par de veces.
Una corriente de aire frío recorrió el salón e hizo titilar las velas de la lámpara de araña hasta apagarlas.
En la penumbra, el rumor de la sala descendió de repente; no se hizo el silencio, pero casi, como si alguien hubiera bajado el volumen. Algunas cabezas se alzaron. El violinista del cuarteto miró a su alrededor sin dejar de tocar.
En la barandilla superior, justo frente al candelabro central, apareció una figura.
Parecía salida de la nada.
Vestía de rojo oscuro y llevaba una máscara de cuero que le cubría la mitad del rostro y una nariz larga y ganchuda.
Su jubón —una especie de chaqueta ajustada y antigua— estaba abotonado hasta el cuello y los puños de la camisa asomaban como pétalos blancos.
En el cinto llevaba, a un lado, una espada dentro de su vaina y, al otro, una bolsa de cuero negro que parecía llena.
Estaba encorvado, con una mano en la espalda y la otra rozando la empuñadura del arma.
Eric se inclinó hacia mí.
—Ese tiene toda la pinta de ser Pantaleón.
—¿Quién? —susurré sin apartar la vista.
—Un personaje de la Commedia dell’Arte . Un viejo mercader veneciano, avaro y cascarrabias. El típico que cree que todo se compra con dinero.
—Qué encantador…
—Ya verás —murmuró—. Siempre termina perdiéndolo todo.
—Tiene algo extraño… —Afilé la mirada—. Pero no sé qué es.
—Desde luego, es un disfraz muy bueno —asintió mi amigo.
La máscara parecía fundida con la piel, crecida sobre un rostro que ya no era del todo humano.
Los bordes se hundían en la carne y, bajo la luz tenue de los apliques, la porcelana se movía con cada respiración.
Aquella figura tenía una cualidad artificial, como si no recordase cómo se mueven los vivos.
La música se desmoronó en unas cuantas notas sueltas hasta que cesó por completo.
Nadie se movió. Algunos invitados se miraron entre sí preguntándose si aquello formaba parte del espectáculo. Alguien aplaudió, apenas un par de palmadas. Dos o tres más lo imitaron y el sonido rebotó, pequeño, en un espacio demasiado grande para ese gesto.
Pantaleón desenfundó la espada, la hoja refulgió, y su voz cruzó el aire como un filo amenazante:
—¡El juego comienza, Doctores del Teatro!
Lo dijo como un actor recita sus líneas.
La frase quedó colgando en el silencio un segundo que se hizo larguísimo.
Busqué a Salieri entre la multitud. Estaba de pie, inmóvil, con el rostro tenso y los ojos muy abiertos. Parecía horrorizado.
Sentí a Eric removerse a mi lado; no hizo falta decir nada. Apoyé la mano en el cinturón, en el pomo de la espada de madera. Al fin y al cabo, era la única arma que tenía.
Alguien se rio, fue una risa nerviosa e insegura.
Pantaleón continuaba inmóvil en la galería con la espada desenvainada.
La luz tembló una última vez.
El carnaval había cambiado de máscara.
Y nosotros, de papel.