La máscara maestra (Amanda Black 14) Capítulo 3
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Capítulo 3

A l descender del avión, ya nos esperaba un coche negro con un emblema dorado en la puerta: dos máscaras cruzadas sobre hojas de laurel. El chófer —traje, antifaz y guantes negros, voz educada— inclinó la cabeza lo justo.

— Benvenuti . El conde los espera en dos horas. —Me dio un sobre negro que lucía el mismo emblema que el coche.

El trayecto fue corto. Mucho. Nos dejó ante un embarcadero donde una góndola privada cabeceaba con suavidad al ritmo de las aguas. Subimos y el gondolero, sin decir ni una sola palabra, se puso en marcha.

Venecia nos recibió con sus palacios difuminados por la niebla.

Durante el carnaval, la ciudad era muy diferente a la que ya conocíamos.

De los balcones torcidos, colgaban faroles cuya luz, al reflejarse en el agua, se rompía en mil fragmentos que trepaban por las fachadas.

En las ventanas, esos destellos se unían y se separaban formando líneas y manchas danzantes que convertían Venecia en un escenario vivo y vibrante, entre alegre y misterioso.

En los puentes, grupos de personas vestidas con trajes de otra época y máscaras de porcelana se detenían para hacerse una foto e inmortalizar el momento. Sonaban violines en un punto, tambores en otro y de pronto risas que corrían por el agua más rápido que cualquier otro sonido.

El aire mezclaba el olor del agua salobre y la madera mojada con el aroma de los perfumes de los viandantes y de los típicos dulces fritos de los puestos callejeros.

En una esquina, un vendedor agitaba una bolsa de confeti que cayó formando una nevada brillante y colorida; el canal se lo llevó y, por un momento, el agua se convirtió en purpurina líquida.

Los tejados se recortaban contra un cielo oscuro que no se decidía a ser noche del todo.

—Es como entrar en otro siglo… Todavía no sé si me gusta o me horroriza —murmuré.

Eric sonrió.

El hotel estaba en Dorsoduro, a la orilla de un canal estrecho que parecía apartarse del ruido para guardar secretos. La fachada ocre tenía desconchados que, de una manera algo extraña, en lugar de parecer descuidados y decadentes, resultaban elegantes.

La lámpara de cristal de Murano de la entrada dejaba caer una luz cálida sobre el canal. Dentro olía a cera y a madera pulida y las escaleras crujían lo justo, para que te fiaras de ellas.

El recepcionista, que lucía un antifaz rojo burdeos y una sonrisa profesional, nos condujo por un pasillo angosto y nos dio dos llaves.

—Habitaciones contiguas, comunicadas por una puerta interior. Ambas terrazas con vista al canal. Espero que disfruten de su estancia.

Mi habitación tenía paredes claras, una cama que invitaba a dejarse caer y una lámpara que hacía dibujos de cristal en el techo.

Abrí la puerta de la terraza y me asomé.

A pesar de encontrarnos en una zona bastante céntrica de la ciudad, el área era tranquila, tal vez por lo estrecho de la calle.

Pasó una góndola sin música y pude escuchar el chapoteo del remo al romper el agua.

—¡Qué fuerte! ¡Compartimos terraza! —dijo Eric saliendo de su habitación a donde yo me encontraba.

—Vamos a cambiarnos. Te veo abajo cuando estés.

—¡A la orden! —exclamó mi amigo con un saludo militar.

Nos vestimos para la noche. El traje de espadachina era muy cómodo. La tela Black no hacía ruido, se movía cuando yo me movía y no me tiraba de ningún sitio raro. Me ajusté la capa y el cinturón con la espada de madera.

Poco después me encontré con Eric en la recepción del hotel. Cuando me acerqué, se colocó la máscara de médico. De cerca, era bonita; de lejos, daba miedo.

—¿Listo? —pregunté.

—Siempre —replicó dando un par de golpes en el pecho del abrigo, donde se suponía que llevaba su dispositivo—. En marcha.

El palacio Salieri no estaba muy lejos, así que decidimos ir a pie.

Nos adentramos por callejuelas oscuras y desiertas, aunque a lo lejos se oía el bullicio que habíamos visto al llegar.

Caminar por Venecia era atravesar pasillos de agua con techos de niebla.

Según avanzábamos, fuimos dejando atrás el rumor de otros humanos hasta que lo único que escuchamos era el eco de nuestros pasos.

En los puentes, las barandillas estaban frías y un poco húmedas, y el mármol de las esquinas parecía piel.

En aquella penumbra, la ciudad cambiaba de rostro. La alegría del carnaval quedaba muy lejos; la noche acechaba entre los canales y Venecia se volvía silenciosa, antigua, casi peligrosa.

Poco después, desembocamos en una plazuela.

Pasamos junto a un grupo de arlequines que saltaban a la vez; sus trajes estaban decorados con rombos que parecían luminosos.

Un bufón se inclinó tanto al vernos que una de las campanillas de su sombrero rozó el suelo.

Dos damas con máscaras de porcelana cruzaron ante nosotros dejando un rastro de perfume floral y algo dulce, quizá canela.

Niños con farolillos en forma de pez correteaban junto a las aguas; los reflejos formaban criaturas de luz que nadaban siguiéndolos.

El palacio se alzaba sobre el canal. Se trataba de un edificio renacentista —lo reconocí enseguida gracias al trabajo del instituto— con una fachada ancha y simétrica, construida en piedra clara y decoraciones de mármol de un tono rojizo desvaído, que escalaba cuatro pisos hacia el cielo nocturno.

En el piso más bajo se abrían grandes ventanales en arco, casi a ras de agua, y sobre ellos corría una hilera de balcones con barandillas de hierro; encima, una serie de ventanas pequeñas y redondeadas brillaban con la iluminación interior.

Entre cada arco y balcón la piedra estaba decorada con motivos tallados.

Pude distinguir hojas y flores. La humedad de la ciudad había oscurecido las esquinas y hacía que el palacio pareciese más viejo, como si llevase allí desde siempre.

En los balcones, las cortinas rojas de tela pesada habían sido recogidas y permitían ver lo que sucedía dentro: gente con máscaras doradas y trajes brillantes y enormes reía, hablaba o brindaba mientras otros bailaban en la pista.

A cada lado del portal, junto a sendas antorchas encendidas, había un mayordomo con máscara negra y traje renacentista que custodiaba la entrada.

Subimos los escalones. Uno de ellos tendió una mano sin decir ni una palabra. Eric y yo cruzamos una mirada sin entender. Pasaron unos segundos bastante incómodos en los que yo observaba aquella mano enguantada y el mayordomo mantenía la vista fija al frente, como si no estuviéramos allí.

—No sé qué quiere —le dije a Eric.

—A lo mejor hay que decir una contraseña o algo —sugirió mi amigo.

Entonces me acordé.

—¡Claro! ¡El sobre que me dio el chófer! ¡Tiene que ser la invitación!

—¿La has traído? —preguntó Eric con desconfianza.

—Creo que sí… de casualidad. —Palpé los bolsillos de mi chaqueta hasta que di con el sobre—. Ah, aquí está. —Lo puse en la palma extendida del enmascarado, que seguía sin mirarnos.

Él lo abrió con ceremonia y nos anunció al estilo antiguo.

—Amanda Black y su acompañante, Eric.

Atravesamos el vestíbulo y el salón de baile nos engulló con una ráfaga de música, conversaciones y luz.

Lámparas de araña colgaban del techo semejantes a árboles invertidos; las velas brillaban en sus brazos y el suelo de mármol reflejaba su resplandor como si fuese líquido.

Los muros de todo el perímetro estaban decorados con espejos enormes y, entre ellos, lucían apliques dorados —estos sí, con bombillas eléctricas— que iluminaban la estancia con suavidad.

Los colores corrían: rojos, dorados, azules profundos; sombreros con lazos y cintas en tonos vibrantes y abanicos de plumas grandes y voluminosas se movían a nuestro alrededor haciéndonos cosquillas cuando nos rozaban por casualidad.

Todo el mundo llevaba máscaras con sonrisas petrificadas y ojos vacíos.

Y, aun entre tanta luz, las máscaras parecían esconder más de lo que mostraban.

Me resultaban inquietantes.

Demasiado.

La estancia olía a cera caliente, vino dulce y polvo antiguo, de ese que se aferra a los rincones, aunque intenten limpiarlo. En el centro del salón, numerosas parejas avanzaban y retrocedían al compás de un vals interpretado por un cuarteto de cuerda situado en una tarima.

—Si por lo que sea nos separamos, no creo que seamos capaces de volvernos a encontrar —susurró Eric en mi oído.

—A mí no me dejas aquí sola, así que intenta no separarte.

Un hombre caminaba hacia nosotros con paso decidido.

Imaginé que sería Lorenzo Salieri. Alto, delgado, traje negro con ribetes dorados, media máscara blanca que le cubría el ojo derecho y parte del pómulo.

A pesar de la multitud que abarrotaba la estancia, no necesitó empujar a nadie, todos se retiraban a su paso.

Cuando llegó hasta nosotros, inclinó la cabeza.

—Amanda, Eric, soy el conde Salieri, sed bienvenidos a mi casa —dijo con teatralidad.

—Conde —repliqué devolviéndole la inclinación—. Gracias por invitarnos.

—Llamadme Lorenzo, por favor —pidió con una sonrisa—. Si me lo permitís, yo también os tutearé.

Asentimos.

Su voz era suave, modulada, como si recitara en un teatro con buena acústica.

—Es un auténtico placer teneros aquí. Los Salieri siempre hemos apreciado mucho a los Black. Tu familia siempre supo entrar en una ciudad en el momento oportuno —dijo mirándome—. Y salir de ella en el instante justo.

—Intentamos medir bien nuestros tiempos. —Sonreí siguiendo la broma—. A veces lo conseguimos.

Hizo un gesto con la mano y uno de los camareros se acercó con una bandeja en la que sólo había dos copas. Eran de metal labrado. Las aceptamos y dimos las gracias.

—Por supuesto, se trata de zumo de arándanos. —Nos invitó a seguirle a través de la pista de baile—. Ahora, permitidme que os enseñe una sala que quizá os interese —propuso alzando la voz para hacerse oír por encima del bullicio—. Luego volveremos a la fiesta.