Capítulo 2
S alí por la puerta del aula casi antes de que aca base de sonar el timbre.
Eric ya estaba allí es perándome. Nos despedimos a toda veloci dad de nuestros amigos los Herederos —le dediqué un poco más de tiempo a Hiro— y salimos a la calle.
Benson ya había llegado. Subimos al coche y enfilamos hacia la Mansión Black.
El cielo de la tarde se había quedado del color del plomo y, al llegar a la entrada, la gravilla húmeda crujió bajo los neumáticos como azúcar mojado.
El jardín olía a vegetación y a lluvia. Entramos por el pasillo principal y fuimos a la cocina a coger algo de comer.
El mayordomo también había previsto que llegaríamos con hambre y nos había preparado unas hamburguesas que, no sé cómo, parecían recién hechas.
Cosas de Benson.
Nos las zampamos a toda velocidad y bajamos al taller, donde se encontraba la tía Paula ultimando algunos detalles de la misión.
—Chicos, ¿cómo han ido tal las clases? —preguntó con la atención fija en los equipos que estaban sobre la mesa.
—Bien, todo bien —dije con un encogimiento de hombros—. El lunes tenemos examen de mates, pero lo llevo bastante bien.
Mi tía sonrió y asintió satisfecha.
—Los equipos ya están preparados, venid a echar un vistazo.
Sobre la mesa había tres grupos de cosas, alineados con precisión de quirófano.
En uno de ellos estaban las maletas, por supuesto, negras y ya preparadas con nuestra ropa, los pasaportes, comunicadores, mi estuche de ganzúas y una pistola de dardos tranquilizantes, por si acaso.
Eso sin contar el equipo habitual que Benson siempre incluía en nuestras mochilas —también negras—: cuerda, bolsas estancas, cerillas y mecheros, dinero en metálico y cosas de esas que sólo echas de menos cuando te faltan.
—Tiene toda la información que va a necesitar ya cargada en su dispositivo —informó Benson a Eric tendiéndole el aparato.
—Genial. Muchas gracias, Benson —dijo mi amigo con una sonrisa enorme.
En el segundo grupo vimos un par de monos y dos disfraces venecianos.
Todas las prendas habían sido hechas con la tela Black, invención de Benson.
Se trataba de un tejido negro, flexible, ligero, silencioso.
El material permitía todo tipo de movimientos, mantenía la temperatura corporal y, además, era muy difícil rasgarlo.
El tercer grupo de objetos consiguió que alzase una ceja: equipo ligero de submarinismo: máscara, tubo, aletas y una minibotella auxiliar.
—¿Buceo? —pregunté.
—Venecia —replicó Benson con la tranquilidad de quien ya ha pensado en todo—. Agua por todas partes.
— Touché —murmuré.
No le faltaba razón. Y ya me había hecho falta equipo de buceo en Venecia, tal vez no estuviese de más llevarlo. Aunque esperaba no necesitarlo.
Eric abrió su mochila y revisó que todo funcionase correctamente. Comprobó que su dron volase bien y que las cámaras se encendiesen. A continuación, tecleó unos instantes en el dispositivo y esperó los resultados.
—Todo en orden —dijo volviendo a guardar sus trastos.
Me incliné sobre los disfraces. El mío era una mezcla entre espadachina y pirata veneciana: casaca corta, pantalones cómodos, botas hasta la rodilla atadas con cordones, por supuesto, con suela silenciosa y una capa con capucha.
Todo sobrio, elegante y, sobre todo, útil.
En el cinturón había una funda con una espada. La extraje y comprobé el filo.
—Es de madera —comenté extrañada.
—Es un disfraz, cielo —replicó mi tía—. Vista tu habilidad con la esgrima, espero que no te haga falta una de verdad. —Cogí la máscara que acompañaba el disfraz—. Es una colombina —explicó—. He pensado que estarías más cómoda con esta que con una completa.
—Pues no te equivocas. Las otras me agobian un poco.
La máscara era preciosa. Negra mate, hecha para moverse sin llamar demasiado la atención. Cubría los ojos y la parte alta de los pómulos, con un corte alargado que me dejaba ver bien por los lados. El borde llevaba un hilo plateado muy fino y discreto.
Por dentro estaba forrada con una tela suave y de aspecto cómodo de color rojo oscuro. Se ajustaba con una cinta de raso negro detrás de la cabeza; una vez puesta, no se movería ni aunque tuviese que corretear por todos los tejados venecianos saltando canales.
Si te fijabas mucho, se veía un relieve pequeñísimo en las sienes, hojas y espirales, como las filigranas de la máscara que íbamos a buscar, pero eso era todo.
Nada de plumas, nada de piedras: sobria, práctica y elegante.
Benson, además, había escondido en uno de los laterales una rejilla minúscula para el comunicador.
La tía Paula y él habían pensado en todo.
El traje de Eric era de médico de la peste en versión ligera y funcional, también hecho con la tela Black.
La máscara era blanca, sin brillo y con el pico estilizado —más corto que el histórico, para que no le molestase— y unas lentes ovaladas, ahumadas por fuera pero claras por dentro; Benson le había puesto antivaho y microventilación camuflados.
Por dentro, un forro rojo como el de mi máscara y la rejilla para el comunicador.
Llevaba también un abrigo que le llegaba casi hasta los tobillos, entallado, de líneas limpias, con una abertura trasera para facilitarle el movimiento. Por dentro tenía un bolsillo oculto: plano y a la altura del pecho, con el tamaño exacto de su dispositivo.
El disfraz incluía unos guantes de piel fina con dedos táctiles para poder usar pantallas cuyo único adorno eran unas costuras sencillas en los dorsos. El pantalón era cómodo y de corte recto, y las botas muy similares a las mías.
—Qué mal rollo darás con eso puesto —dije.
—¡Qué fuerte! ¡No lo he elegido yo! —protestó—. Si quieres, te lo cambio.
—Ni de broma —reí—, pero ¿para qué queremos los disfraces?
—El conde Salieri os ha invitado al baile de máscaras que celebrará esta noche con motivo del carnaval.
Todos los días celebra uno —replicó mi tía.
Después miró su reloj—. Y si no os marcháis ya, no vais a llegar.
Habrá un coche esperándoos cuando aterricéis que os llevará al hotel.
Allí os cambiaréis para la fiesta. —A continuación, su voz adoptó un tono cálido—.
Y tened cuidado. Si necesitáis cualquier cosa, nos llamáis e iremos enseguida, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondí dándole un abrazo.
El avión Black despegó pocos minutos después, negro contra el cielo, casi una sombra que hubiera decidido moverse por su cuenta. Si bien, y por no variar, yo lo pilotaba. El panel de instrumentos iluminaba mi rostro con suavidad.
Eric se acomodó a mi lado, encendió su dispositivo y, mientras yo ascendía, empezó a leer.
—Vale —dijo—. Lorenzo Salieri. Conde veneciano.
Coleccionista de arte teatral. Su familia lleva siglos metida en todo lo que huela a escenario: máscaras, manuscritos, trajes, partituras…
Patrocina orquestas, restaura teatros, otorga becas para nuevos talentos y organiza bailes —levantó la vista un segundo—. Muchos bailes.
—Hasta aquí, lo único que está claro es que tiene dinero y le gusta el teatro.
—Sigo. —Pulsó la pantalla un par de veces y continuó leyendo—.
Finales del siglo XVI : un antepasado suyo, también Lorenzo, pertenecía a un círculo llamado «los Doctores del Teatro».
Artistas, alquimistas, gente que pensaba que el mundo se parece mucho a una obra.
—Me miró por encima del borde de la pantalla—.
Decidieron fabricar una máscara para uno de los mejores actores del momento.
El hombre murió durante una representación.
No queda muy claro si la máscara lo mató o si fue un accidente; lo que sí está claro es que el hombre murió y que la máscara, por lo visto, desapareció.
—Pues no es mucho. ¿Algo más?
—A ver, aquí dice que la Máscara Maestra obedecerá a aquel que venza a sus enviados… No sé a qué se refiere con eso, así que no me preguntes. Una vez sean derrotados, adquirirá todo su poder y el propietario podrá dominar la voluntad de las masas. Fin. No hay mucho más.
—Ojalá algún día tuviésemos toda la información sobre un artefacto. Sólo una vez… Creo que tampoco es mucho pedir —resoplé.
—Mira, aquí hay otro archivo que no habla de «la» máscara, sino de varias máscaras relacionadas entre sí. Como si fueran hermanas. Cada una con una función: la avaricia, el control, el engaño, el caos y la astucia… Pero tampoco explica si guardan relación con la Máscara Maestra o no.
—Parecen personajes de una obra.
—Exacto. Personajes de la Commedia dell’Arte —confirmó.
—¿La comedia del arte?
—¡Qué fuerte! ¿No sabes lo que es? ¿Y estás haciendo un trabajo sobre el Renacimiento?
—Le lancé una mirada de advertencia—. Vale, vale, no te pongas así…
A ver, se trata de un género teatral que nació en Italia en el siglo XVI .
En él se utilizaban personajes recurrentes que simbolizaban algo.
Por ejemplo, Colombina es la astucia, Arlequín, el caos, Pantaleón es la avaricia y Polichinela, el engaño… Más o menos, para que me entiendas.
—Entiendo. —No entendía nada, pero algo me decía que terminaría haciéndolo.
—En fin —continuó Eric—, la cuestión es que la máscara pertenecía a la colección de Salieri y ahora nos toca recuperarla.
Las luces de la costa italiana dibujaron un collar dorado frente a nosotros. Poco después tocamos pista con un leve sonido del tren de aterrizaje. Al fin y al cabo, se trataba de un avión silencioso.
El aeropuerto privado era pequeño, limpio y tranquilo, y olía a sal, a queroseno y a madera vieja.
La noche veneciana era todo lo contrario a oscura: brillaba. Las farolas tenían un halo del tono de la miel que se multiplicaba en el agua como si el mar estuviese lleno de monedas doradas.
Habíamos llegado a nuestro destino y ahora nos tocaba ir a una fiesta de disfraces.
Mañana empezaría nuestra búsqueda.
O eso pensábamos. Pero Venecia tenía otros planes.