Capítulo 1
A nochecía sobre la Mansión Black. La tía Paula y yo llevábamos varias horas entrenando. O, mejor dicho, YO llevaba varias horas en trenando, pero ella todavía no estaba satisfecha con mi rendimiento.
No se me daba muy bien la esgrima y mi tía intentaba ponerle remedio… sin mucho éxito.
Y para terminar de empeorarlo todo, caía una lluvia fina y persistente, como si alguien se hubiese dejado una ducha abierta en el cielo.
El jardín se había llenado de charcos enfangados y ahí estaba yo, con una espada en la mano, intentando recordar dónde hay que poner los codos cuando una quiere parecer elegante y mortal al mismo tiempo.
—Guardia media —dijo mi tía, seca bajo su paraguas—. Codos cerca del cuerpo. La muñeca firme, no rígida. Y por favor, Amanda, deja de mirar ese charco como si fuese a atacarte.
—Es que me ataca —contesté con un resoplido de fastidio—. Ya lo he pisado un montón de veces, creo que me está siguiendo.
La hoja me pesaba en la mano más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Hice lo que mi tía llama «una finta limpia» y lo que yo llamo «seguro que me tropiezo».
Avancé el pie delantero y el barro decidió que aquel era el momento ideal para convertirse en algo muy parecido a una pista de patinaje.
En lugar de una estocada impecable, realicé un paso digno de un pato torpe.
Para no dejarme los dientes en el suelo, clavé la espada en el lodo. Con fuerza.
Todo muy profesional.
—Excelente, cariño —dijo y me dedicó una sonrisa torcida—. Veo que ya dominas el noble arte de plantar espadas.
—¿Sabes que hay técnicas de combate menos… no sé… teatrales? —resoplé mientras intentaba arrancar la espada del barro—. Claro que lo sabes —gruñí—, me las has enseñado tú. No veo qué hay de malo en los métodos tradicionales. Ahorran tiempo. Mucho.
—Mi deber es enseñarte todo lo que sé —respondió—. Y la esgrima es parte de ese todo.
—Pero ¿cuántas veces voy a utilizarla? —dije apartándome un mechón empapado que se me había pegado a la frente.
—Tal vez nunca. Tal vez mañana. Nunca se sabe, cielo.
En ese momento Benson apareció junto a ella.
En una mano llevaba una bandeja con tazas humeantes, por supuesto, seca.
Todo él estaba seco. Como si la lluvia lo esquivara por contrato.
No tenía ni idea de cómo lo hacía, pero, en aquella situación, calada hasta los huesos, me habría encantado saberlo.
—Señorita Amanda —dijo tendiéndome una taza—. Le sentará bien.
—No me llames señorita —refunfuñé, aunque agradecí el cacao calentito que acababa de darme. Siempre sabía justo lo que necesitaba.
—Lo intentaré —replicó con una inclinación de cabeza—. Señora Paula, ¿un té? —le dio la otra taza a mi tía—. Y, si me permiten…, traigo noticias.
La tía Paula le miró con el ceño fruncido.
—Por favor, dime que son noticias del tipo «la cena está lista» y no de las de «se acaba el mundo» —supliqué.
—Me temo que se trata del segundo tipo —dijo Benson con su voz modulada y tranquila—. Les ruego que me acompañen al taller.
Mi tía suspiró.
—Veamos qué sucede. —Echó a andar en dirección a la casa y yo la seguí—. Y luego, el trabajo.
—¿El trabajo? —Casi me atraganté con el cacao. Tenía que hacer un trabajo sobre el arte en el Renacimiento italiano y nada me apetecía menos—. ¿Por qué?
—Porque si no se acaba el mundo, tienes que preparar los exámenes —contestó—. Hoy haces ese trabajo. El apocalipsis puede esperar al fin de semana; tus notas no.
Mi tía tenía sus prioridades muy MUY claras.
El taller olía a metal limpio, aceite y papel viejo.
Una mezcla que, por raro que parezca, me resultaba reconfortante.
Las luces de las pantallas parpadeaban con suavidad y se reflejaban en el suelo pulido como si de un cielo artificial se tratase.
Allí abajo no se oía la lluvia ni el viento; sólo el murmullo constante de la tecnología.
Si la Mansión Black tenía un corazón, sin duda, era el taller.
Las pantallas de la zona de ordenadores estaban encendidas y en ellas aparecían mapas, fotos y algunos documentos de texto. Benson se sentó al teclado y movió una de las imágenes hasta situarla en el centro del monitor más grande. Después la amplió hasta que ocupó todo el espacio.
Se trataba de una máscara veneciana, de las que se utilizan en carnaval, aunque era distinta a cualquiera que hubiera visto antes. No tenía plumas ni piedras de colores; al contrario, lo que más llamaba la atención era su sencillez.
La mitad izquierda estaba pintada de un blanco nacarado tan brillante que parecía estar hecha de concha marina; la mitad derecha, en cambio, era de un rojo oscuro, profundo y denso.
Entre ambas partes corría una línea dorada, fina y delicada como una costura, que —incluso en la fotografía—lanzaba destellos cada vez que la luz cambiaba.
En los laterales, se apreciaban adornos diminutos y elegantes, pequeñas filigranas de oro viejo del mismo tono que la línea que dividía el rostro en dos.
Formaban hojas, espirales y arabescos que se enroscaban con suavidad hacia los bordes.
En los ojos —dos aberturas alargadas e inquietantes— había un detalle extraño: no eran completamente huecos, sino que parecían brillar al fondo.
Era un resplandor sutil, pero daba la sensación de que alguien te miraba desde el otro lado de la máscara.
Su visión me produjo un escalofrío. No sabía explicarlo, pero parecía viva y antigua a la vez. Una joya que había visto demasiados carnavales.
—Es una máscara del siglo XVI . Ha desaparecido de la colección privada del conde Lorenzo Salieri, en Venecia —explicó Benson—. La robaron por la noche mientras todos dormían. Por lo que he averiguado, nadie escuchó o vio nada, y los ladrones tampoco dejaron ningún rastro.
—¿El conde qué? —pregunté apoyando la taza en la mesa más cercana.
—Lorenzo Salieri —repitió Benson—. Noble veneciano, desciende de una antigua familia de mecenas del teatro.
Posee una vasta colección de objetos relacionados con las artes escénicas, entre ellos, esta máscara.
En su palacio tienen lugar los bailes de carnaval más famosos de la ciudad…
También son antiguos conocidos de los Black.
El conde nos ha contactado para solicitarnos ayuda para dar con la máscara.
La tía Paula cruzó los brazos.
—Hace siglos que los Black vigilamos esa pieza. La Máscara Maestra —dijo sin apartar los ojos de la pantalla—. Los Salieri la tenían a buen recaudo. Conocían su poder, pero nunca la utilizaron. Hasta ahora, claro… Tenemos que sacarla de la circulación.
Acerqué el rostro a la pantalla.
—¿Y qué hace exactamente? —pregunté observando los detalles dorados.
Mi tía suspiró.
—Se supone que quien la lleve podrá dominar a las masas. La gente hará lo que la persona desee —explicó—. Y si eso ya era muy peligroso en la época en la que se creó la máscara, imagina ahora, con las redes sociales y las plataformas. Cualquiera puede llegar a una multitud inmensa…
Pues sí, efectivamente, aquel artefacto tenía el poder de acabar con la humanidad. Bastaría una simple orden para desatar un conflicto. Cualquier conflicto.
Había una razón por la que mi familia existía desde hacía tantos siglos; quitar del tablero cosas que jamás deberían haber formado parte del juego.
Era mi turno.
—Muy bien —dije—. ¿Cuándo partimos?
Mi tía sonrió con dulzura.
—Mañana después de clase. Ahora…, a cenar y a hacer el trabajo sobre el Renacimiento.
Intenté una negociación.
—Podría hacerlo mañana… Hasta el lunes no tengo que entregarlo…
—Según salgas del instituto, te vas a Venecia —dijo la tía Paula con ese tono de «es lo que hay».
Bufé, pero sonó más a rendición que a otra cosa. Para discutir con mi tía, era necesario tener las fuerzas intactas. Y no era el caso.
—Voy a por la mochi… —comencé.
En ese momento, Benson hizo un gesto con la cabeza en dirección a una mesa en la parte de la biblioteca.
—La tiene ahí. Y allí —señaló una estantería cercana— encontrará toda la información necesaria para realizar el trabajo del instituto.
Me senté, saqué mi portátil de la mochila y empecé a escribir sobre artistas, escuelas, obras de arte y cosas de esas. Poco después, Benson apareció con otra bandeja, esta llena de bocadillos; la dejó a mi lado y comenzó a organizar las cosas para el viaje del día siguiente.
—Por cierto —dije levantando la vista del ordenador—, habrá que avisar a Eric.
—Ya lo hice, querida niña —contestó el mayordomo—. Está en camino. Llegará en… —miró su reloj— cuatro minutos.
—En cuatro minutos… exactos —murmuré—. ¿Cómo puedes saber eso?
—Su tía me ha avisado cuando lo ha recogido. He calculado el tiempo que tardarán en llegar a la mansión considerando la distancia y la velocidad a la que conduce su tía cuando llueve, que no es escasa, si me permite decirlo. También he tenido en cuenta los semáforos y otros imprevistos.
—Por supuesto —resoplé, y volví al Renacimiento.
Cuatro minutos exactos después, como si Benson hubiese apretado un botón, Eric entró en el taller con la mochila colgada del hombro.
—¡Qué fuerte! Ya me lo ha contado tu tía. ¿Nos vamos a Venecia? —dijo con una sonrisa—. ¿Con sus góndolas y sus canales? ¿En pleno carnaval? Estoy dentro. Todavía me acuerdo de la última vez que fuimos. A ver si en esta ocasión tenemos tiempo para visitar la ciudad.
Sí, yo también me acordaba. Habíamos tenido que ir a Venecia no hacía tanto tiempo para intentar evitar que una serie de erupciones volcánicas destruyesen el mundo.
La recordaba como una ciudad mojada y estrecha.
Pero estaba decidido.
Al día siguiente, partiríamos hacia Venecia.