La máscara maestra (Amanda Black 14)
© inepub.com
Prólogo
– G enial. Un sitio encantador para morir a manos de un personaje ficticio —susurra Eric.
—No exageres —digo—. Hemos estado a punto de morir en sitios mucho más encantadores.
Una sonrisa torcida se extiende por su rostro.
Mi broma ha funcionado.
Saco la linterna de la mochila y la prendo en la solapa del mono.
Seguimos andando por el pasillo hasta que el haz de luz ilumina algo en una habitación que hace que me detenga en seco.
—Eric…, mira.
En las paredes hay un montón de máscaras dibujadas.
Decenas. Algunas completas, otras rotas.
Rostros sonrientes, tristes, grotescos. Todas dibujadas con tinta negra, ya corrida por la humedad, pero todavía reconocibles.
Algunas se repiten, pero ninguna es una copia exacta de otra.
Cada máscara tiene un gesto distinto, un ángulo diferente o una mirada que la convierte en más inquietante que la anterior.
Unas parecen hechas con prisa y otras, con paciencia y detalle.
En conjunto, no es un mural bonito; al contrario, da escalofríos.
Un catálogo de caras que te miran sin verte —o eso espero yo—.
A medida que avanzo, casi siento sus ojos ciegos clavados en mí, aunque sé que eso es imposible.
La luz mortecina y las gotas que resbalan por la tinta les dan aspecto de estar vivas, pero, aun sabiendo que no es posible, me cuesta muchísimo sacudirme la sensación de que nos vigilan.
—Quien haya dibujado esto no está bien del todo… —murmura mi amigo.
—No, no está bien en absoluto. Dan muy mal rollo.
Entramos en la habitación, que resulta ser bastante más grande de lo que nos había parecido. Es como un salón de baile de dos plantas, con una galería de arcos que recorre todo el perímetro del piso superior.
Caminamos hacia la pared del fondo y la luz del foco choca con una piedra que me llama la atención. Me aproximo y la observo. Parece diferente al resto, así que paso los dedos por la superficie.
Allí, casi borrado por el tiempo, hay un grabado.
Lo leo.
O, por lo menos, lo intento.
—Eric, ven, aquí dice algo sobre la verdad… —Él obedece con un gesto de aprensión en la cara.
—«El mentiroso no oculta la verdad, la dobla hasta desfigurar su rostro» —lee en voz baja.
Nos miramos.
A continuación, sentimos un temblor leve en el suelo.
Un cambio casi imperceptible en el ritmo del agua que inunda el primer piso.
Un chasquido suave, como de madera vieja… o de huesos.
—¿Amanda…? —susurra mi amigo.
Miro alrededor.
—No te muevas.
El crujido se repite, más fuerte. Viene de la galería, a nuestra derecha.
Después, un golpe sordo y algo que se desliza entre los arcos.
Y entonces lo vemos.
Un cuerpo.
Una figura. Casi humana, pero no del todo.
Desciende desde el piso superior y aterriza con movimientos torpes, como un títere al que le hubiesen cortado los hilos.
Eric ahoga un grito.
La figura se incorpora despacio, articulación por articulación, como si todas necesitaran recordar cómo funcionan.
Primero un brazo demasiado largo.
Luego una pierna que parece hecha de madera quebrada.
Todo en ella parece hecho de madera, pero de una madera viva, casi blanda, como si respirase.
Las articulaciones crujen con un sonido húmedo.
Aquí y allá asoman pequeñas grietas, muy finas.
Y, entre ellas, se adivina algo más oscuro y espeso.
Casi como si fuera sombra líquida. Incluso el color varía, con zonas más claras, casi del color del pino, y otras más enrojecidas y oscuras.
Su espalda chasquea al enderezarse. El sonido se me incrusta en el cerebro y hace que mi cara se contraiga en una mueca de asco.
Y al fin levanta la cabeza.
Mi linterna alumbra una máscara negra que no llega a cubrirle la boca.
Es alargada. Torcida. Con una nariz ganchuda que proyecta una sombra deformada.
Sus labios lucen una sonrisa fija, demasiado amplia. Imposible, desagradable y forzada. Un corte en forma de media luna que parece cosido con alambre oxidado.
Pero lo peor son los ojos: dos agujeros negros, sin brillo, sin emoción. Como si detrás no hubiera un rostro, ni carne, ni nada que pudiera considerarse vivo.