Capítulo 15 #2
Dio un paso hacia mí, lento, seguro, la mano extendida.
—No se lo des —susurró Eric.
El Doctor sonrió.
—Me lo dará.
Y tal vez fuese justo eso lo que tenía que hacer, dárselo, o por lo menos enseñárselo. No podía matar al Doctor mientras ocupase el cuerpo de Salieri. Necesitaba que se mostrase… y se me acababan las ideas.
Saqué el fragmento y lo alcé ante mi cara.
El efecto fue inmediato.
Las tres partes de la Máscara Maestra que Salieri había colocado sobre la mesa respondieron. Primero, con un temblor casi imperceptible. Luego, con un zumbido bajo.
Y entonces… el Doctor tuvo que salir.
No como un cuerpo completo. Pero sí lo suficiente.
Del conde se desprendió una sombra, un contorno oscuro que no era tela ni piel, con una textura húmeda en los bordes. No tenía cara, pero daba igual. Sentí que me miraba.
Entre esa sombra y el pecho de Salieri apareció un vínculo: un cordón negro, tenso, brillante, como una cuerda hecha de tinta.
Eric gritó.
La sombra tiró de él.
Pero no con una mano.
Con algo parecido a un anzuelo.
—¡Amanda! —chilló Eric, y sus pies patinaron en el mármol.
Durante un segundo, todo mi cuerpo quiso hacer lo obvio: atravesar a Salieri.
Clavar la espada en el corazón del enemigo y acabar de una vez.
Pero lo obvio era lo que el Doctor esperaba.
Vi la cara del conde detrás de aquella niebla oscura, los ojos abiertos, como si estuviera atrapado.
Y supe que tenía que cortar aquel vínculo.
El cordón.
Me lancé.
Agarré a Eric por la espalda con una mano y tiré de él hacia mí.
Con la otra, alcé la espada.
El cordón intentó rodearme.
Como si supiera lo que venía.
—No —dijo el Doctor, por primera vez sin calma—. Eso no…
—La consulta ha terminado —le solté.
Y corté.
La hoja atravesó el cordón con un chasquido de vidrio quebrado y la sombra se estremeció.
Salieri se desplomó en el suelo. Primero de rodillas, luego de lado. Desmayado.
Eric cayó hacia mí y yo lo sostuve.
—¿Estás…? —empezó.
—Estoy —dije a la vez que lo empujaba hacia una de las paredes. Sólo quería que se alejase.
El Doctor, ya separado de su anfitrión, soltó un alarido animal.
Fue un sonido que hizo vibrar los espejos.
La sombra se retorció e intentó regresar al cuerpo de Salieri…, pero el cordón ya no existía.
Se giró hacia la mesa.
Hacia los fragmentos.
—No —susurró Eric.
La sombra se abalanzó.
Yo me interpuse.
Y esta vez, cuando le lancé una estocada, la espada no cortó aire.
Cortó algo real.
El Doctor retrocedió e intentó hablar. Su voz sonaba multiplicada y al mismo tiempo lejana.
—Tú… no entiendes… el poder…
—Lo entiendo perfectamente —gruñí—. Y no me gusta.
El Doctor atacó.
Lo hizo con la sala entera.
Una lámpara se balanceó hacia mí.
Me agaché. La lámpara pasó rozándome el pelo.
Un espejo se agrietó con un estallido pequeño y salpicó una lluvia de cristales que me cortaron la cara, pero me dio igual. Continué acercándome hacia él.
El mármol del suelo se alzó intentando crear un muro, pero lo sorteé y seguí corriendo.
La sombra intentó envolver la espada.
Yo la esquivé, giré sobre mí misma, corté y empujé.
Volvió a intentar acercarse a la mesa. Los bordes de su silueta oscilaban como humo a punto de desvanecerse.
En la figura neblinosa del Doctor, alcancé a ver un punto más oscuro, más sólido. Un núcleo. Algo que brillaba con el mismo negro vivo de los fragmentos.
Su fragmento.
Sin pensarlo, me lancé y clavé la espada justo ahí.
La silueta gritó de nuevo, pero esta vez fue un chillido de dolor.
En su centro se abrió una grieta de luz opaca.
Y después se deshizo.
Fue como ver apagarse una vela…, pero al revés, como si alguien hubiera soplado una llama de oscuridad y se la hubiera tragado. Lo único que quedó de él fue un pedazo de porcelana negra.
Lo cogí y me acerqué a la mesa.
Los tres fragmentos seguían allí.
Saqué el de Colombina y lo dejé junto a sus hermanos. Después hice lo mismo con el del Doctor.
Cinco.
Uno a uno se fueron convirtiendo en líquido hasta formar dos charcos brillantes, uno blanco, el otro rojo. A continuación, ambos se unieron y, poco a poco, el charco tomó forma y se solidificó de nuevo.
La Máscara Maestra estaba completa.
Era más que bonita, era perfecta. Fría. Con un brillo que parecía salir de dentro.
Y entonces la tentación me tocó.
No con una voz clara. En realidad, nadie me habló.
Fue más bien una idea en el fondo de mi cerebro.
Si te la pones, se acabó el caos.
Si te la pones, nadie te discutirá.
Si te la pones, Venecia, el mundo entero, hará lo que tú digas.
Se acabaron los objetos peligrosos para la humanidad, las misiones para salvar el mundo, el dolor y la soledad. Tendrás una vida normal cuando todos te obedezcan.
Durante un segundo me vi con la máscara puesta y el mundo en orden.
Fue una imagen tan fácil, tan sencilla, que me dio miedo.
Miré a Eric.
Él me devolvió la mirada con los ojos muy abiertos.
No como un súbdito deseando cumplir cualquier petición que se me pudiese ocurrir.
No.
Como un amigo.
Como alguien que, incluso muerto de miedo, me había acompañado hasta el final. Sin dudas.
Creo que adivinó lo que estaba sucediendo.
Solté el aire de golpe.
—Ni de broma —murmuré.
Y sin ceremonias, metí la máscara en la mochila y cerré la cremallera con un tirón seco.
Eric se llevó la mano al bolsillo y extrajo su dispositivo.
—Perfecto —anunció—. Tu tía, lord Thomsing y Benson acaban de aterrizar.
Entraron los tres a la vez.
No fue una entrada épica ni teatral. La puerta se abrió con un golpe seco y, de pronto, el salón se llenó de pasos firmes y de aire frío, y frente a nosotros aparecieron la tía Paula, Benson, que llevaba un maletín de médico de aspecto antiguo, y lord Thomsing.
—¿Está bien, señorita Amanda? —preguntó el mayordomo.
—No me llames señorita —refunfuñé.
—Oh, ya veo que se encuentra perfectamente —replicó Benson—. Entonces, permítame que atienda al conde Salieri.
Se dirigió al hombre, que continuaba desmayado.
Se arrodilló con una rapidez y una agilidad que siempre me resultaban chocantes. Le tomó el pulso y le levantó un párpado con el pulgar.
Mi tía, en cambio, vino directa a nosotros.
—Quietos —ordenó, y esa palabra, en su boca, tenía el efecto de una manta. Era una orden que te apetecía cumplir—. Thomas, querido, ocúpate de Eric, por favor.
Lord Thomsing obedeció.
—¿Cómo te encuentras, muchacho? —preguntó con una sonrisa afable—. ¿Te duele ese brazo?
—Bueno, podría ser peor —contestó mi amigo, que también sonrió.
La tía Paula se esmeró en desinfectarme los cortes de la cara y yo me dejé hacer.
Desde el suelo, Benson habló sin levantar la voz.
—El conde se pondrá bien.
Mi tía terminó de limpiarme y, sólo entonces, me miró de frente.
—Ahora sí. Explícame qué ha pasado. ¿Por qué nos has pedido que viniésemos?
—El Doctor estaba dentro de él —expliqué señalando con la barbilla a Salieri—. Lo estaba usando. Yo… le hice salir y lo maté.
Silencio.
Lord Thomsing parpadeó dos veces. Mi tía ni se inmutó. Benson, que seguía con una mano en el pulso del conde, sólo alzó una ceja con un gesto mínimo, como si eso confirmara una hipótesis.
—Pero tienes la máscara, ¿no? —preguntó mi tía.
Asentí a la vez que le daba un par de palmadas a mi mochila.
—Está aquí dentro. Pero ese no es el problema… La cuestión es que no sé si Salieri sabía lo que hacía —dije—. Si quería dominar la voluntad de las masas… o si la máscara lo engañó.
Benson miró al conde, que empezaba a recuperar la conciencia.
—Podrían ser ambas cosas —sentenció—, pero a no ser que confiese, no tenemos forma de saberlo… Y si es culpable, no creo que lo haga, si me preguntan mi opinión.
—Entonces…, ¿qué hacemos? —pregunté.
Mi tía me sostuvo la mirada y apretó los labios.
—Nada —suspiró.
—¿Nada? —Eric abrió los ojos—. ¿Después de todo esto?
—No hay víctimas —añadió Paula—. No hay pruebas. Y aunque las hubiera, nadie va a creer a dos adolescentes que hablan de una máscara que domina a las masas.
Apreté los puños.
—O sea, que se va sin castigo.
La tía Paula se acercó a mí.
—Amanda, cariño. Escúchame bien —dijo, y me alzó el rostro con dos dedos, obligándome a mirarla—.
Tu trabajo no es castigar a los malvados.
Tu trabajo es sacar de la circulación objetos peligrosos para la humanidad.
Con cada una de tus misiones, estás salvando el mundo.
Creo que no se te puede pedir más. Creo que no te puedes pedir más…
Me dolió. Porque era verdad.
—Vale —dije—, pero no me gusta.
—No tiene que gustarte. No es justo, pero es lo que hay, cielo.
Me dio un abrazo muy apretado y dejé que toda la tensión del día me abandonase. Mi tía tenía razón, los Black hacíamos lo que podíamos.
A veces era bastante, a veces no.
—¿Queréis que nos quedemos un par de días más? Esta vez de vacaciones —preguntó la tía Paula.
—Yo no quiero ver más carnaval en mi vida —negó Eric.
—Ni yo —dije.
Mi tía asintió.
—Perfecto, pues nos volvemos a casa —zanjó con una palmada—. Amanda, dale la máscara a Benson, por favor.
La saqué de la mochila, se la pasé al mayordomo y él la guardó en su maletín.
—Listo —dijo—. Ya he preparado un lugar para ella en la Galería de los Secretos.
Eric me miró.
—¿Estás bien? —preguntó bajito.
Me quedé callada un segundo.
—Estoy… mejor —dije al final—. Pero estoy harta.
Mi tía me apretó el hombro.
—Eso es una señal estupenda —dijo—. Significa que sigues siendo una persona normal a pesar de todo esto.
Me incliné hacia mi tía y la abracé de nuevo, sin pensarlo. Ella me devolvió el abrazo con una palmada firme en la espalda.
—No te decepciones por lo de Salieri —susurró en mi oído—. Tu victoria no siempre irá acompañada de justicia. A veces sólo evitará una catástrofe.
—Genial —murmuré—. Qué bonito.
—Es lo que hay, cariño —respondió ella—. Y hoy lo has hecho. Lo has hecho muy bien. Y me alegro de que nos hayas llamado. Sabes que estamos aquí siempre, ¿no?
—Claro que sí —asentí.
Me separé de ella, aunque me costó un poco.
Miré al conde por última vez, todavía medio inconsciente, perfecto, intocable.
Y luego miré la puerta abierta, el vestíbulo oscuro y, más allá, la ciudad.
—Vámonos —dije—. Esta humedad es terrible para mi pelo. No veo la hora de llegar a casa.
Salimos del palacio.
Eric caminaba a mi lado arrastrando un poco los pies. Yo también.
Teníamos la máscara en nuestro poder y, si de mí dependía, nunca volvería a causar ningún daño.
Y esa era la clave: si de mí dependía. Lo único que estaba en mis manos era sacarla de la circulación, el resto… Bueno, mi tía tenía razón, no había mucho más que pudiese hacer.
Estaba cansada y frustrada; sin embargo, por primera vez desde que había llegado a Venecia, sentí algo parecido a la paz.
Ni de lejos era justicia.
Pero era suficiente para poder dormir.