La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 9/ LA NIÑA PERDIDA
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9/ LA NIÑA PERDIDA

Yuji se despertó entre gritos y la recibió una luz tan fría como cegadora. Estaba cubierta de sudor frío y una persona le tendía un vaso con zumo.

—Alguien nos llamó porque te habías quedado dormida frente a la comisaría. ¿Te has escapado de casa? —le preguntó un señor con uniforme de policía.

Por fin volvió completamente en sí y observó el lugar donde se encontraba.

A su alrededor, no había nadie que gritara ni se derritiera; era una comisaría de policía normal y corriente.

Parpadeó lentamente mientras las imágenes de lo sucedido en el parque de atracciones se alejaban de su conciencia.

Quizá solo había sido un sueño, una pesadilla horrible que había soñado durante mucho tiempo.

Se sentía pesada, como si parte de sus sentidos todavía no estuvieran despiertos, y se tocó la piel con manos temblorosas.

El aire acondicionado le había dejado el cuerpo helado, pero no estaba pegajoso ni reblandecido. Suspiró aliviada.

Si se paraba a pensarlo, no tenía sentido.

¿Cómo iba a derretirse alguien por comer una gominola?

Por mucho que la relación de sus padres no fuera buena, era imposible que se hubieran marchado sin ella y la hubieran dejado abandonada.

Yuji se tomó el zumo que le dio el agente de un trago.

La bebida refrescante le bajó por la garganta con suavidad.

Después de vaciar el vaso, se quedó mirando algo.

Su tobillo sobresalía de la manta y tenía algunas manchas de color rosado.

Se frotó la zona con los dedos y quedaron pringados de algo pegajoso.

Los agentes de policía estaban viendo la televisión cuando empezaron a susurrar entre ellos. Yuji se quedó mirando fijamente las imágenes que aparecían en la pantalla. Una presentadora anunciaba las noticias de última hora con voz nerviosa:

«Los especialistas apuntan a que la composición del fluido de color rosa es, en realidad, gelatina de gominola de sabor afrutado.

Todos los dispositivos electrónicos de los alrededores dejaron de funcionar aproximadamente a la hora del suceso.

Todavía se necesita investigar la relación entre la explosión de gominolas del parque de atracciones y la desaparición masiva de sus visitantes para… ».

En la pantalla apareció un primer plano del parque de atracciones cubierto por ese mar de gominola rosa.

Yuji se pellizcó el brazo, todavía ensimismada, pero el pellizco le dolió, por lo que era imposible que se tratara de un sueño.

Si todo lo que había visto en aquel lugar era real, entonces le quedaba una duda que la había perseguido desde antes de perder la conciencia: «¿Dónde están mamá y papá? ».

«Están en casa tan tranquilos».

Yuji se giró hacia todos los lados al escuchar ese susurro en el pabellón de sus oídos.

El agente que le había tendido el zumo ya se había marchado lejos de ella hacía rato, pero estaba segura de que alguien le había murmurado esas palabras.

De pronto se acordó del señor con el que se había encontrado en el parque y su voz escalofriante y ronca se repitió en su cabeza como una melodía pegadiza.

Todos se habían derretido sin ninguna razón aparente, pero ese hombre no mostraba indicio alguno de tornarse rosado, y por mucho que se lo hubiera topado de frente todas las veces, no podía recordar su cara.

Le empezó a doler la cabeza. De todo lo que había sucedido en ese lugar, lo que más vívidamente recordaba…

eran los globos oculares blancos de Ju-ah. «Yuji, ahora soy una con mi mamá».

Una vez que se acordó de esa mirada, le fue imposible deshacerse de ella. Agitó la cabeza tratando de sacudirse el pensamiento. Se le acercaron algunos agentes a preguntarle si estaba bien, pero ella salió corriendo de la comisaría. Había escapado del parque, pero seguía atrapada en la pesadilla.

Cuando abrió la puerta tras introducir el código de entrada, un silencio espeluznante le dio la bienvenida. Una figura negra salió del estudio. Era su padre. Se acercó a ella con el ceño fruncido:

—¿Dónde estabas?

¿Eh? Eso era lo que ella tenía que preguntar.

¿Cómo que «dónde estaba»? Se quedó mirándolo estupefacta.

Volvió a ocurrírsele que quizá todo había sido un sueño, pero las noticias que había visto en la televisión de la comisaría eran reales.

Su padre parecía algo cansado, nada diferente de lo usual.

Algo no andaba bien, no obstante. No se veía como alguien ansioso por no poder encontrar a su hija desaparecida.

Llamarlo raro sería quedarse corta. Yuji ni siquiera se vio con fuerzas para abrir la boca, pues no sabía qué decir.

Un segundo después, su madre salió del cuarto.

—Yuji, ¿dónde estabas? ¡¿Cuántas veces te he dicho que me avises cuando vayas a salir?!

—En el parque de atracciones… —dijo, con dificultad.

Entonces, a sus padres les cambió la cara por completo. Su madre la agarró con fuerza por los hombros.

—¿No venías en el coche con tu padre? ¡No me mientas!

Yuji sacudió la cabeza y su madre se giró hacia el padre, enfurecida. Sus gritos retumbaron por toda la casa, casi reventándoles los tímpanos:

—¡¿Cómo que no estaba contigo y que seguía en el parque?! ¡Me has dicho que había venido contigo en el coche! ¡Que habías llegado a casa y la niña había salido a jugar!

—Pero si venía conmigo. Hasta la bolsa de chucherías con la que no paraba de jugar se cayó en el coche. No sabes la de vueltas que he dado porque el ruidito me distraía todo el rato.

—Entonces, ¿me quieres decir que la niña se lo está inventando?

—Pensaba que había salido a jugar en cuanto llegamos. Además, ¿tú qué te crees? ¡Tú has sido la primera en volver a casa porque no podías aguantarte el enfado! Yuji, ¿cómo has salido del parque? ¡Y ni se te ocurra mentirnos!

—¡No le grites a la niña! Vamos, Yuji. Dinos la verdad, está feo hacerles estas bromas a tus padres.

Todo quedó en silencio. Los ojos enrojecidos y acuciantes de ambos se clavaron en Yuji.

Ella retrocedió. Sus voces estridentes no cesaban en interrogarla, pero ella no quería escucharlo más y acabó encogida en una esquina de la habitación, tapándose los oídos con todas sus fuerzas.

Por fin dejaron de discutir —tras varias llamadas desde la conserjería que los advirtieron sobre las quejas de los vecinos— y se fueron a la habitación.

Yuji permaneció sentada en el suelo, aún encogida.

En la mesita frente al sofá había una bolsa de gominolas y, junto a ella, un sobre amarillo que captó su atención y del que sobresalía un papel blanco que la llamaba.

Se acercó y lo revisó con cautela. En una esquina estaba estampado un sello del color de la sangre; eran los papeles de divorcio de sus padres.

Entonces se dio cuenta de que su relación se había roto en pedazos tan pequeños que no podía ser reparada ni con cinta adhesiva.

Antes, ella había sido el aliciente que conseguía pegarla de nuevo, pero ahora no era más que una de las causas.

Estiró la mano hacia la bolsita de gominolas.

No tuvo que rebuscar siquiera, pues estaba completamente abierta.

Cogió el puñado pegajoso de golosinas y se lo echó a la boca.

Le dio vueltas y vueltas hasta que se decidió a masticarlo.

Se le pegaba a los dientes. Lo único que alcanzaba a escuchar era el sonido de su mandíbula moviéndose y la fricción que producían las chucherías entre sus muelas.

Una casa tan silenciosa, sin las peleas de sus padres, era insoportable.

Yuji, todavía con la bolsa de golosinas en el puño, se acercó a la habitación donde estaban ellos.

Giró el picaporte y tiró de él, para encontrar a sus padres tumbados dándose la espalda.

Parecían imanes de la misma polaridad que se repelían, como había visto en un libro de la escuela.

Por unos instantes fugaces, pudo ver frente a sus ojos a Ju-ah y su madre fundidas en un abrazo.

Eran tan parecidas… La imagen de ellas completamente pegadas la una a la otra, sin espacio ni para un mísero alfiler, le encogía el corazón.

Yuji se mordió el labio con fuerza y sintió un regusto metálico mezclado con el dulzor de las gominolas.

Sus padres seguían dándose la espalda con frialdad, y Yuji solo podía pensar en que ojalá ellos también se pegaran para siempre igual que Ju-ah y su madre.

Se echó a la boca el resto de las gominolas que le quedaban.

Los granos de azúcar caían al suelo y el olor empalagoso le cosquilleaba en la nariz.

Se hizo un hueco entre ambos y se tumbó.

En esa postura, se quedó mirando hacia arriba.

Los dibujos del techo en el viejo apartamento estaban torcidos de una manera extraña.

De repente, se convirtieron en la cara del vendedor de golosinas derritiéndose y observándola con una mirada acusadora.

Su boca negra como un agujero se abrió de par en par, se desgarró y su voz ronca resonó por la habitación.

Yuji por fin comenzó a masticar con todas sus fuerzas las gominolas que había estado removiendo en su boca.

La dulzura de las chucherías se extendió desde su lengua al resto de su cuerpo y, una vez que empezaron a perder la forma dentro de su boca, Yuji sintió sus uñas desprendiéndose de sus dedos. Y cerró los ojos.