8/ NEW SEOUL PARK #2
Las historias de fantasmas sobre la ciudad se extendieron con rapidez.
Eran tan contagiosas como un virus de la gripe, así que se abrieron camino por otras ciudades y acabaron instalándose en las vidas de todos.
Las historias que se escuchaban eran diversas, y crearon un sinfín de ideas e imaginaciones dispersas.
Pero, al igual que la gripe, se olvidaron con rapidez.
De todas las vagas historias que corrían por ahí, la que más se extendió y todos escucharon fue una que apareció en un vídeo de un canal de streaming , donde una masa no identificada se retorcía en un rincón de la grabación de mala calidad.
El bulto se contorsionaba como un bicho mientras subía las escaleras de un camión de la basura y luego se dejaba caer al interior.
El vídeo terminaba cuando hacían zoom a la masa de golosina desconocida hasta que se apreciaba cada píxel de la imagen.
Entonces, una tipografía anticuada aparecía en la pantalla y daba paso a una entrevista.
Un hombre con la cara pixelada y un emoticono sobre ella contaba su experiencia con una voz distorsionada.
Era uno de los trabajadores de la empresa de limpieza que se había hecho cargo del New Seoul Park.
—En medio de la noche, una de las atracciones se puso en marcha de repente y, justo cuando nos acercamos, se paró por completo. Nadie podía creer lo que veía. Durante el tiempo que estuvimos allí, también murió un joven… Ay, no tenía que haber dicho eso. Lo vais a editar luego, ¿verdad?
El vídeo alcanzó una cifra de visitas estratosférica, y comenzaron a aparecer muchos otros que aseguraban haber visto un bulto de gelatina moverse.
Las pruebas de valentía atravesando el parque de atracciones se volvieron un tema recurrente en los canales de aquellos que hacían vídeos en directo.
Tan trillado se tornó el asunto que el baremo para conseguir visitas pasó a ser quién podía hacer el contenido más plausible y, al mismo tiempo, más terrorífico y morboso.
Uno de esos creadores de contenido en directo había seguido al Minino Fantasino, que encontró cerca de las Ruedas de Ardilla, hasta perderse por la montaña con la que conectaba el parque.
Subió un vídeo contando que se le había aparecido el fantasma de un hombre en los huesos, pero nadie lo creyó, como es de esperar con las historias de terror.
Así de rápido como se viralizó la historia, cayó en el abismo del olvido.
Al final, en un programa en el que les gustaba meterse en cualquier asunto, llevaron a profesionales que desestimaron la veracidad de los vídeos.
Quien había divulgado el primero lo negó en un sinfín de ocasiones, pero dejó de protestar una vez se publicó la noticia de que tanto el parque como Gwangnan Clean lo habían demandado —formaba parte del equipo de limpieza— por violación de su contrato y por difamación.
Los seguidores, desanimados, dejaron de preocuparse por las gominolas para centrarse en otros temas más actuales, pues día a día aparecían noticias nuevas y sensacionales.
Así, las historias de fantasmas quedaron en el pasado.
Seis meses después, el gentío se acumulaba frente al New Seoul Park, que reabría sus puertas.
Los visitantes estaban animados y alborozados, como si nunca hubiera ocurrido aquel extraño incidente o no se pudiera concebir siquiera que algo tan triste e incomprensible fuera a suceder.
Los nuevos trabajadores bailaban con energía, embutidos en sus trajes de animales cerca de las colas de espera.
En el aparcamiento había incluso pantallas enormes con anuncios llamativos que se repetían una y otra vez, felicitando la reapertura.
Y frente a las cuales, por supuesto, no podían faltar los Ositos Fantasitos que repartían globos a los visitantes.
«¡Entrada gratuita con motivo de la reapertura!».
Lanzaron cohetes. Los niños se reían a carcajadas mientras algunos de los trabajadores se tapaban los oídos y seguían preparando la apertura, nerviosos.
A ambos lados de un pequeño escenario habían colocado altavoces enormes que reproducían música estridente y hacían que las zonas adyacentes retumbaran, a la par que unas máquinas lanzaban humo frente a la tarima.
El Osito Fantasito y sus amigos procedieron a cortar la cinta roja que impedía el paso a la entrada y que marcaba la reapertura, acompañados de una lluvia de flores artificiales.
Los vítores de los visitantes se elevaron y se extendieron más allá del parque, hasta la montaña trasera, y reverberaron en el aire unos instantes.
—¡Bienvenidos al New Seoul Park!
La multitud se abalanzó hacia la entrada como una colonia de hormigas, y se escuchaba a muchos gritar o insultar para que dejaran de empujar.
La jovialidad y la excitación previas a la apertura se habían convertido en algo diferente.
Los visitantes seguían avanzando en tropel, como si fueran perseguidos por zombis, alzándose en un griterío que no dejaba escuchar las quejas de aquellos que se habían caído y necesitaban ayuda, sin más opción que quedarse allí tirados sin poder ser socorridos.
Los llantos de los niños que acababan siendo empujados y pisoteados por la muchedumbre aumentaban a cada minuto.
Resultaba imposible averiguar dónde se había empezado a taponar el paso, pero la música que provenía de las pantallas y los altavoces continuaba reproduciéndose tan vivaz y alegre como cabía esperar.
Dos ojos observaban la escena; una figura que esperaba en silencio en un rincón del aparcamiento, vestida tan solo con la cabeza de su disfraz.
Un pequeño que no se atrevía a abrirse paso entre la gente esperaba a lo lejos mientras tiraba de la ropa de su madre.
Ella miraba la turba de gente con inquietud, y se giró hacia el pequeño con un suspiro, quien apuntó a algún lugar:
—Mami, ¿por qué ese Osito Fantasito no está bailando? ¿Qué hace ahí?
La madre siguió con la mirada la dirección en la que apuntaba, pero no había nadie.
—Creo que te estás imaginando cosas. No te separes de mí, ¿eh? No puedes perderte.
El niño volvió a mirar hacia allí, confundido, pero el Osito seguía quieto en el mismo sitio. Se quedó mirándolo fijamente y el animal zarandeó ambas manos con alegría. El pequeño lo imitó con una gran sonrisa. Más allá de los agujeros de los ojos del Osito Fantasito, no había nada.