7/ LOS SIN NOMBRE #7
Cuando llegó la hora, comenzaron a transportar la aspiradora y los cubos de basura a algún lugar; ahí debía de estar la respuesta que buscaba.
Los siguió con la mirada mientras caminaban uno tras otro y aprovechó para pegarse sin ser vista a la base del cubo de basura del último del grupo.
Pudo escuchar a algunos de ellos hablando en un lugar cercano:
—¿Habéis oído el rumor? Dicen que las gominolas que hay en el parque cobran vida por la noche, como zombis.
—¿Cómo van a cobrar vida? No son personajes de un videojuego.
—El chico que murió ayer también se comportaba de manera extraña.
—A mí lo que más escalofríos me da es que quieran abrir este sitio de nuevo.
El suelo vibró con el rodar de los neumáticos de varios coches que se acercaban. Golosina se pegó aún más al cubo para no caerse hasta que el balanceo se detuvo en algún punto. Cuando el humano revisaba su teléfono con cara aburrida, saltó rápidamente y se escabulló tras un montón de basura.
Los humanos esperaban en fila frente a un camión de la basura que era mucho más alto que ellos y que tenía una escalera larga pegada al costado.
Cuando les llegaba el turno, subían los peldaños y arrojaban el contenido del cubo al interior del camión.
Los restos no eran solo de golosinas, también había toda clase de objetos como bolsos, relojes o zapatos.
Una vez regresaron todos y el sol cayó, Golosina salió de detrás del montón de basura y se quedó parada en medio de la calle, observando fijamente el enorme camión: el destino final de las gominolas que aspiraban los monstruos.
Sin duda, en el lugar a donde se dirigiera estaría su madre.
Echó a andar con lentitud hacia el vehículo.
—No vayas —dijo el gato a su espalda.
15
El gato se quedó mirando la silueta ovalada de Golosina, que cada vez le parecía más lejana. ¿Desde cuándo podía merodear sola? «Recuerdo perfectamente que, al principio, no se despegaba de mí ni un segundo». Desearía regresar atrás en el tiempo, a pesar de que sabía bien que era algo imposible.
«Yo no me iré de tu vida».
A fin de cuentas, habían sido esas palabras las que los habían llevado a esa situación.
«No tenía que haber confiado en lo que me dijo alguien que había sido humano.
Ellos siempre se acercan con la misma facilidad con la que desaparecen».
Llegados a ese punto, lo único que podía hacer era aceptarlo.
Sin embargo, se sintió feliz de poder decir lo que realmente sentía ese día.
El gato se acercó a Golosina, que miraba el enorme y negro camión de la basura.
—No vayas.
Ella se volvió, idéntica al día que se conocieron, de cuerpo ovalado y ojos redondos.
—Quiero que seas feliz, aquí, conmigo, durante mucho tiempo. El exterior es un lugar inhóspito. Está plagado de cosas aún más terroríficas que esas aspiradoras.
No quería separarse de Golosina. No confiaba en poder vivir sin nadie a su lado de nuevo.
No podía aguantar más el frío de la vieja casa de ladrillos.
La tristeza que había tratado de olvidar durante tanto tiempo había vuelto y se había aferrado a su corazón.
Se puso frente a Golosina, que se veía un tanto anaranjada por el brillo del atardecer y se mostraba más firme que de costumbre.
—Lo siento, gato. No podré cumplir mi promesa de no marcharme.
Era la respuesta que esperaba y, aun así, su corazón se sumió en el desconsuelo.
—Tengo que irme. Igual que mi madre me buscó, ahora es mi turno de buscarla a ella.
Se le acercó una última vez, y el animal se quedó mirándola fijamente. Golosina se quitó la horquilla de la cabeza, estiró el brazo y le pegó un poco de su gominola viscosa sobre la nuca. Luego le puso el adorno morado, que se adhirió a la perfección.
—Gracias por todo, gato.
No respondió. En cambio, levantó una pata, aguantó las lágrimas como mejor pudo y le dejó una huella de su patita sobre la cabeza, como había hecho el día que se conocieron. La huella le desaparecería en un rato, pero esperaba que el recuerdo no fuera igual de efímero.
Golosina se dio la vuelta, se acercó al camión y comenzó a trepar por las escaleras.
El viento frío le sacudía el pelaje al gato y zarandeaba la horquilla pegada a su cuerpo.
Se sentó en el asfalto a mirar cómo su compañera subía.
La pequeña se resbaló un par de veces hasta que alcanzó la parte más alta, y allí estuvo durante un rato.
Luego, se volvió y miró a los ojos al minino; parecía que le dijera: «Que todo te vaya bien».
16
Golosina se agarró de la barandilla de las escaleras y se quedó mirando el oscuro interior.
El camión estaba repleto de montones de bultos rosados como ella.
Se dio la vuelta una última vez y miró al gato, cuyos ojos amarillos centellearon un instante.
Abrió la boca apenas unos milímetros para pronunciar unas palabras en voz muy queda:
—Que todo te vaya bien.
Estaba segura de que el gato la había escuchado. Con esa tranquilidad en mente, se dejó caer al interior. Una vez sumida en la oscuridad, las masas de gominola similares a ella la envolvieron con calidez. Le resultaba muy acogedor. Cerró los ojos.