La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 7/ LOS SIN NOMBRE #6
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7/ LOS SIN NOMBRE #6

—¡Demonio! —se escuchó la voz de un humano por encima del rugir de la aspiradora—. ¿Te crees que vas a conseguir lo que quieres? ¡¿Dónde está mi móvil?!

Golosina se adentró a través del laberinto de espejos hasta que se encontró con el humano de espaldas a ella.

Se pegó a la pared y asomó solo un tanto la cabeza para ver lo que ocurría.

Había tres espejos rodeándolo y, en el medio, él se erguía alto y amenazante, apuntando la boca del monstruo hacia el gato.

Golosina ahogó un grito mientras, más allá, el animal le bufaba al humano, con el pelaje erizado.

Alcanzó a ver el agujero del monstruo: una profunda oscuridad sin fin que se había tragado quién sabe cuántas golosinas y que quizá acabaría por tragársela a ella de la misma manera.

Escondida tras el espejo y temblando del miedo, pudo escuchar otra vez el feroz maullido del gato, aunque esa vez sonó algo diferente.

Los ojos redondos de Golosina y los amarillos del minino se encontraron en un reflejo, y el animal le indicó la puerta con un gesto.

Le estaba pidiendo que huyera con la mirada.

Golosina se secó los ojos llenos de lágrimas y salió de su escondite. No podía abandonar al gato. Escaló hasta la cima del espejo más alto y dejó que el humano la viera.

—¡Mi móvil! —vociferó él, con los ojos abiertos como un lunático.

Golosina cerró los ojos con fuerza y se arrojó, dando el salto más grande que hubiera dado nunca.

Aterrizó sobre la cara del humano y dejó que su cuerpo se estirara para envolver toda su cabeza.

Él empezó a sacudir el hocico del monstruo aspiradora de un lado a otro, a la par que ella gritaba con todas sus fuerzas:

—¡Deja al gato en paz!

Al humano se le escapó la máquina de las manos y aprovechó para rebuscar desesperadamente en el cuerpo de Golosina.

La dulce chuchería cerró los ojos aún más fuerte y aguantó, mientras su cuerpo se iba estirando y dándose de sí como una masa de harina, sin llegar a quebrarse.

El humano hundía las manos entre la masa de cualquier manera hasta que consiguió alcanzar el teléfono.

Aun así, sus movimientos no cesaron. Se asemejaba a un pez luchando por respirar en tierra firme.

Agitaba a la pobre Golosina con tal brusquedad que incluso la horquilla, bien incrustada en su cabeza, acabó precipitándose contra el suelo.

Golosina la vio rebotar sobre el pavimento y quiso romper a llorar, pero reprimió el dolor.

El tiempo siguió pasando, como eternas horas, y finalmente los movimientos del humano se fueron ralentizando.

Habiendo perdido toda la fuerza, se desplomó y cayó de golpe sobre un fragmento de espejo roto.

Solo entonces abrió los ojos Gelatina. Su cuerpo estaba ahora hecho jirones por la brusquedad con la que la había atacado el humano, del que empezaba a brotar un líquido rojo.

Con dificultad, arrastró su cuerpo deforme y bajó al suelo.

—¿Estás bien? —le preguntó el gato.

En cuanto vio esos ojos amarillos, su corazón por fin entró en calma.

Asintió lentamente y se giró a mirar al humano, que estaba como paralizado, con los dos ojos abiertos de par en par.

Su mano pálida agarraba aún con fuerza el teléfono.

Golosina quiso recuperarlo, pero desestimó la idea y se marchó con el minino.

Sin pronunciar palabra, salieron de El País de los Espejos cuando el amanecer despuntaba sobre la montaña.

13

Golosina y el gato regresaron a la cafetería y se resguardaron en el cajón.

Ambos estaban exhaustos, pero no podían conciliar el sueño.

El animal se giró a observar el cuerpo deformado de Golosina.

Desde que la conocía, había conservado la forma redondita de una gota de agua, pero ahora parecía una masa de pan a medio amasar.

«Tenías que haber huido cuando te lo dije…

». Comenzó a lamerle el cuerpecito y sintió un sabor algo amargo.

Mientras veía a Golosina removerse con los ojos cerrados, le vino a la mente la expresión en su rostro cuando miraba el tiovivo.

El minino parpadeó, deseando que no quisiera volver a recordar nada más.

El gato despertó de pronto de su sueño ligero a causa de una sirena estridente.

Sacó la cabeza por la pequeña abertura del cajón y vio varios coches en el exterior que tenían luces rojas en la parte más alta.

El día que su vieja humana murió, también había visto luces similares.

«Parece que la muerte de Sajun y de mi humana son lo mismo».

Ambos habían fallecido como seres distintos, pero las mismas luces brillaban para ellos.

Se acordó del momento en el que se llevaron a su humana a algún lugar y la casa de ladrillos rojos quedó vacía, sumida en el silencio.

De pronto cayó en la cuenta de que podría volver a suceder; la soledad podría volver a apoderarse de su vida.

Se quedó mirando a Golosina tumbada a su lado.

Con el paso de las horas, su cuerpo había regresado a la forma de una gota de agua.

Estaba profundamente dormida, sin prestar la más mínima atención a las sirenas ni al alboroto de los humanos.

El animal se tumbó a su lado y cerró los ojos con delicadeza.

14

Tuvo un sueño muy largo. Las imágenes se sucedieron en orden, una tras otra, y fueron encajando como un puzzle . Ahora podía aceptar por completo que los recuerdos de Ju-ah eran los suyos, incluido el último grito de su madre que cerraba la escena final.

Se movió, despertada por una luz cálida que se colaba hasta el interior del cajón desde la ventana.

Su cuerpo había cambiado y ya no era humano, ¿pero seguiría siendo Ju-ah?

¿Acaso podría seguir viviendo como ella?

Dejando de lado sus dudas, algo sí tenía claro, una única cosa, y es que, a pesar de que su cuerpo fuera otro y de apenas haber recuperado sus recuerdos, echaba de menos a su madre.

El gato dormía una siesta, algo poco común, y Golosina salió del cajón con cuidado de no turbar su sueño.

Cruzó la puerta al exterior y se dirigió a un arriate cercano, atenta a que no la vieran los humanos.

Desde ahí podía vislumbrar El País de los Espejos a lo lejos, pero ese día tenía una cinta amarilla alrededor y lo custodiaban muchos humanos.

Cuando se acordó de lo que había sucedido, le sobrevino la ansiedad.

Sacudió la cabeza de un lado a otro tratando de deshacerse de ese pensamiento.

En la otra dirección, los humanos seguían usando la aspiradora igual que cada día.

Se quedó observándolos moverse, decidida a no perderlos de vista hasta averiguar a dónde se llevaban las gominolas.