7/ LOS SIN NOMBRE #5
Los siguió con la mirada y se encontró con una escena inesperada. Salió corriendo de la habitación y fue hacia esas luces intensas, como poseído. Sentía que había caído en una trampa demasiado obvia, pero no podía detenerse.
El tiovivo se desconectó justo antes de que llegaran al lugar, como si se hubiera enfadado por tanta atención.
Los que iban delante retrocedieron poco a poco y regresaron a los contenedores, hasta que el único que quedó en la plaza fue Sajun, que siguió acercándose a la atracción inmóvil.
Una vez allí, se topó con la mirada perdida de los caballos.
Había salido vestido solo con el pijama al frescor de la madrugada, pero no sentía ningún frío. Tomó aire con el corazón extrañamente acelerado y se quedó observando al culpable de que hubiera acabado en ese lugar. Dentro de la caja de control del tiovivo estaba el gato.
—¿Pero qué mierda es esta…? ¿Otra vez el gato? —susurró, molesto.
Se trataba del mismo felino bicolor que se había encontrado antes.
Cada vez que tenía visiones y que sus planes se torcían, ahí estaba ese animal, exactamente igual que cuando se disfrazaba del Osito Fantasito y bailaba sudando a chorros bajo el sol abrasador; el gato lo miraba desde lejos, sentado, como si se burlara de él.
Sajun se encaminó hacia allí. No podía dejarlo ir esta vez.
El gato se desplazaba escaleras abajo con movimientos extraños, queriendo llevarse algo consigo.
Tiraba de ello con sus patas delanteras y lo mordía para arrastrarlo.
Y entonces apareció, contra todo pronóstico, un bulto de gominola rosada.
Sajun no podía creer lo que veían sus ojos.
El bulto del tamaño del animal se expandía y contraía como si estuviera respirando.
Su parte inferior, la que tocaba el pavimento, se retorcía sin descanso, casi parecía que estuviera vivo.
En la parte superior tenía todo tipo de objetos pegados y uno de ellos brillaba en la oscuridad.
En ese momento se dio cuenta de que era el teléfono que tan desesperadamente había estado buscando.
—Esto no puede ser real. Debo de haber perdido la cabeza.
Se quedó paralizado, observando la situación tan inverosímil que discurría ante él.
Se restregó los ojos, como última manera de comprobar su cordura, pero no había duda de que esa gominola estaba viva.
Probó a parpadear, por si sirviera de algo, mas solo consiguió recordar el brutal espectáculo que presenció cuando hubo regresado de enterrar el cuerpo de Yeongdu.
El momento que tanto se había esforzado por ocultar en lo más profundo de su cerebro había emergido a la superficie y amenazaba con comérselo vivo.
¿Estaría muy descompuesto el cuerpo de Yeongdu enterrado en la profunda montaña?
Sentía que todo formaba parte de una maldición que había dejado atrás el chico.
Quedaron grabados en su retina los ojos inyectados en sangre y abiertos de par en par que lo miraron hasta el último instante.
Sajun se agarró el pelo con las manos temblorosas.
Quería romper a gritar, pero no le salía la voz.
Sentía que alguien le había obstruido la garganta.
Su respiración se tornó agitada y todo le daba vueltas.
—Estoy maldito —susurró, una y otra vez.
Mientras tanto, el gato y el bulto de golosina se adentraron en la oscuridad y desaparecieron. Sajun observó la espesa negrura y decidió no dejarse afectar por la maldición de Yeongdu. Sin importar lo que fueran esas cosas, debía recuperar su teléfono. Abrió los ojos enrojecidos bien grandes.
10
Las luces del tiovivo parpadeaban en diferentes tonalidades.
Cada vez que los brillantes tonos rojos, amarillos y verdes le cegaban los ojos, imágenes desconocidas le llegaban en tropel a la mente.
No era la primera vez que veía ese espléndido tiovivo.
Aquel día había sido muy caluroso y había buscado a su madre entre sudores, dando vueltas y vueltas, como esa atracción.
Sintió que el gato la zarandeaba, pero no podía moverse del sitio. Los recuerdos del pasado se sucedían en su cabeza al ritmo de la música y ella se dejaba llevar cual hoja meciéndose sobre el agua.
El vestido azul de mamá que se movía con el viento, la pequeña y húmeda mano de Yuji tendiéndole una toallita bajo el sol ardiente, la Oficina de Niños Perdidos con forma de seta, los empleados de voz amable pero expresión molesta, los nombres que se escuchaban por megafonía, el cuerpo mojado de mamá cuando reapareció de pronto y la estrechó entre sus brazos, el sabor dulce del batido helado que le compró, el gato que la miraba fijamente en la distancia… y lo que sucedió después…
El tiovivo se detuvo. De vuelta en medio de la silenciosa oscuridad, Golosina se enfrentó a la siguiente escena.
El torrente repentino del recuerdo se la tragó viva con la última memoria que tenía de ella y su madre.
Casi pudo sentir de nuevo su cuerpo volviéndose más pesado.
Su madre la tocó con la mano, pero no sintió el tacto de su piel.
Estaba tan triste que enterró su cara todavía más sobre su espalda y, entonces, todo se derritió poco a poco…
11
El tiovivo oxidado y descascarillado seguía girando y girando sin parar.
Los ojos brillantes de Golosina, fijos en él.
Y pronto los humanos encendieron las luces de sus cajas.
Aterrorizados, empezaron a salir a montones y el bullicio fue creciendo.
El gato le dio unos golpecitos a Golosina para que viera lo que sucedía, pero no reaccionó.
Su mirada estaba atrapada en el tiovivo.
El sonido de los pasos de los humanos se iba acercando. Desenchufó el tiovivo a toda prisa y arrastró a Golosina, que seguía sin reaccionar, hasta un rincón de la caja de control para esconderse. La atracción se detuvo como si jamás se hubiera movido y el gato zarandeó a Golosina de nuevo.
—Oye, tenemos que irnos de aquí.
Golosina parpadeó lentamente, todavía en trance, así que el animal se decidió a empujarla y dejarla rodar fuera de la caja, pero no era tarea fácil mover algo de su mismo tamaño.
Sería muy cómodo si pudiera llevársela enganchada entre los dientes, pero su superficie gelatinosa solo se hundía y no se dejaba agarrar.
La arrastró como mejor pudo tras una valla cerca de El País de los Espejos y, desde allí, pudo ver que la luz en la distancia se apagaba.
Justo en ese momento, un sonido desconocido se escuchó a sus espaldas. Se dio la vuelta y encontró al humano bajo el traje peludo acercándose, amenazante.
—¡Dame mi teléfono, demonio! —vociferó.
El gato miró a todos lados, con el corazón en la garganta.
Golosina estaba escondida tras la valla, así que solo debía asegurarse de conducir a ese humano bien lejos de ella.
De pronto vio El País de los Espejos. Salió corriendo hacia allí y maulló con todas sus fuerzas para llamar la atención del humano, quien por fin localizó a su objetivo.
Con la mirada clavada en el animal, se lanzó a correr a gritos.
El gato se volvió una última vez para comprobar que Golosina seguía bien escondida y a salvo tras la valla, y se adentró en la atracción sin perder un segundo más.
El humano entró justo después, profiriendo unos ruidos extraños más cercanos a los gruñidos de una bestia.
El animal saltó más allá de los fragmentos de un espejo hecho añicos, preguntándose cómo habían llegado a esta situación.
Su mente se abalanzaba de un pensamiento a otro y, al final de todos, se hizo eco la voz de Golosina:
«Yo no me iré de tu vida».
Ese había sido el comienzo, pero tampoco podía hacer nada al respecto.
Este mundo está lleno de cosas inevitables.
Y, de entre todas ellas, la más caprichosa es la que siente el corazón.
Un corazón que se abre a otros, a pesar de seguir siendo de uno, deja de pertenecerle por completo.
Al igual que había sucedido con su vieja humana, la hija y los humanos que se derritieron ese día.
Todos se habían marchado y el minino había quedado de nuevo en soledad, cargando con el peso de los recuerdos.
Si no podía proteger ni su propio corazón, ¿de qué servía vivir tanto tiempo?
El gato corrió y corrió por el laberinto de sus reflejos, hasta que se abrió un camino diferente.
Sobre un espejo roto, se alzaba Sajun, con los ojos inyectados en sangre y una aspiradora entre sus manos, sonando a toda potencia.
El largo tubo le llegaba hasta la cintura, coronado por una boca demasiado grande y amenazante.
Mientras la voz de Golosina resonaba en sus oídos, el gato miraba a Sajun con furia, pero lo cierto es que, desde que había escuchado esas palabras por primera vez, no tenía dudas de que este día llegaría.
Ahora podía aceptarlo. El humano se acercó con la boca de la aspiradora en alto, pronunciando una serie de palabras que se asemejaban a una maldición y que se extendían por El País de los Espejos.
12
Se oyeron gritos. No sabía si eran los suyos, los de su madre o los de otra persona.
Golosina se agachó en medio de todo ese caos, y una voz nítida se coló entre los recuerdos distorsionados.
La luz regresó a sus ojos y su conciencia perdida encontró el rumbo de nuevo.
Cuando buscó alrededor después de volver en sí, el gato no estaba.
—Gato, gato.
Lo último que recordaba eran las luces del tiovivo, pero ahora estaba tras la valla del callejón que conducía a El País de los Espejos.
Salió de su escondrijo y llamó al minino.
Entonces, un maullido agudo se escapó desde el interior de la atracción a modo de respuesta.
Golosina se apresuró hasta el lugar con su torpe cuerpo, pero en la entrada la recibió el sonido de una máquina que le era demasiado familiar.