7/ LOS SIN NOMBRE #4
La caja en la que guardaban los aparatos electrónicos como los móviles estaba al fondo. Se acercó a la estantería de hierro inestable y encendió su linterna. Había un montón de aparatos cubiertos de restos de gominola derretida y entremezclados unos con otros en una cesta de plástico.
«Por favor, que esté aquí».
Se puso los guantes que había traído y empezó a rebuscar.
La gominola se le pegaba entre los dedos mientras apretaba apresuradamente el botón de bloqueo de cada móvil que agarraba.
Había varios del mismo modelo, pero ninguno era el suyo, así que acabó yéndose como había venido.
Cerró la puerta del almacén con cuidado y una ansiedad indescriptible se adueñó de su cuerpo.
Era imposible. No estaba en el parque y tampoco en el almacén, pero nadie lo había encendido. ¿Había desaparecido por completo? «Porque está claro que no le han salido patas y ha echado a correr».
Aquella noche la luna brillaba con fuerza.
Cuando regresaba de camino al alojamiento, se topó con unos ojos amarillos en medio de la oscuridad.
Un gato blanco y negro lo miraba atentamente.
Ahora que se fijaba, el gato le resultaba familiar.
Era el Minino Fantasino que se sentaba junto al banco a comer lo que le daba la gente del parque mientras él bailaba frente al tiovivo. Entonces también lo miraba con lástima.
—Estúpido gato.
Sajun se acercó al animal con cautela y el Minino Fantasino lo miró con sus ojos espeluznantes justo antes de volver a desaparecer entre la espesura sin hacer un solo ruido.
Sajun se quedó mirando el lugar por el que se había metido, desesperanzado.
Entonces se le ocurrió algo extraño. Cada vez que salía a buscar su teléfono, el gato aparecía, lo miraba fijamente con esos ojos que lo enfurecían y volvía a desaparecer.
Siempre que lo veía, sentía que lo observaba con un gran menosprecio.
Seguramente, incluso en ese mismo momento estaría mirándolo camuflado en algún rincón de la oscuridad, o hasta podría ser la razón por la que no encontraba su teléfono.
Pero claro, era un pensamiento tan absurdo que nunca podría reconocerlo en voz alta.
Sin embargo, una vez que se le ocurrió esa idea, las sospechas sobre el gato no hicieron más que crecer.
Regresó al alojamiento con los ojos bien abiertos y enrojecidos. Dejó la llave del almacén en su sitio y se sentó en su cama, pero no pudo conciliar el sueño, pues sentía la mirada amarilla del gato observándolo desde la oscuridad.
7
Golosina se dejó desparramar sobre el pavimento donde había conocido al gato y parpadeó con la mirada alzada al cielo adornado de algunas estrellas. Estiró su bracito, pero no pudo alcanzar ninguna. Sentía una gran soledad. «Pero el gato está conmigo, ¿por qué me siento así?».
Después de pasar un largo rato sobre el suelo, se levantó y se dirigió al banco.
Antes no era capaz de hacer nada sin la ayuda del minino, que también le echaba una mano para subir al banco, pero ahora había aprendido a usar su viscosidad para escalar por una de las patas, justo como hizo ese día, sintiendo el tacto frío del metal bajo su cuerpo.
Unos días antes había soñado que esperaba a alguien sin fin en un banco como ese, pero era de día y tenía el trasero caliente.
Ahora la situación era completamente contraria.
Se sentó en silencio y se quedó mirando los alrededores.
Algo brilló en un arriate cerca de donde estaba.
Se acercó, como llamada por un embrujo, y se agachó; era una horquilla morada con forma de caracola.
Algo le hizo pensar que no era la primera vez que la veía, y sintió una extraña nostalgia de pronto.
La tomó y la alzó para mirarla a la luz de la luna.
Dependiendo del ángulo en el que la observara, brillaba de un color algo diferente.
«Yo he visto esto antes…». Casi podía evocar la imagen de una cabellera rizada y voluminosa con la horquilla puesta.
También recordó de pronto el tacto dulce de una mano poniéndosela sobre su pelo.
Luego, unos bajos de una falda se acercaban con prisa desde la lejanía y escuchaba una voz. Una voz que la llamaba por su nombre:
—¡Ju-ah!
Su mamá, ataviada con un vestido azul, iba corriendo hacia ella. Tenía los ojos enrojecidos y el ceño fruncido. La abrazó, sintió sus brazos muy delgados, y gritó de nuevo:
—¡Ju-ah!
—Golosina —la llamó el gato.
El animal había salido del escondite y ahora la miraba a los ojos con el sueño todavía pegado.
Golosina volvió en sí y miró a su alrededor, pero los bajos de la falda de su madre ya no estaban, y tampoco sus brazos que la estrechaban.
Lo único que quedaba era su nombre, Ju-ah, y la horquilla morada.
Se la pegó en la cabeza y descubrió que el rosa transparente y el morado claro combinaban a la perfección.
Golosina presionó aún más la horquilla para que no se cayera y miró al gato con sus grandes ojos.
Seguía a su lado como cada día, pero ahora, en el centro de su cuerpo había crecido una burbuja enorme que no podía llenar solo con eso y cuyo interior estaba tan vacío que le provocaba frío. Necesitaba algo con qué saciarlo.
—Me llamo Ju-ah… —le dijo al animal.
—Ju-ah —la llamó con suavidad, y a ella le agradó escuchar el sonido de su voz como de costumbre.
—Gato, creo que antes era uno de esos humanos. Tengo recuerdos muy vívidos de los brazos de mi mamá a mi alrededor y de su voz llamándome por mi nombre. ¿Qué habrá sido de ella?
El gato no respondió.
—¿Le habrá pasado algo? —susurró para sí misma—. ¿Cómo me habré convertido en una golosina?
El animal seguía sin decir nada y posaba sus ojos amarillos en la lejanía. Entonces, Golosina preguntó, con cautela:
—¿Me ayudas a buscar a mi mamá? Me gustaría encontrarla.
8
El gato se quedó mirando los ojos llorosos de Golosina.
A pesar de lo que le había confesado, no se había sorprendido, solo sintió que la espina clavada en su garganta seguía su rumbo por fin.
Se quedó pensando en ambos nombres: Golosina y Ju-ah.
¿Cómo es que de pronto se había convertido en Ju-ah?
¿No podía quedarse como Golosina para siempre?
Se acordó de esa niña que se llamaba de la misma manera, la llorona que se había derretido en medio de la plaza junto con su madre.
Ella había sido quien había comenzado el festival de gelatina en el parque de atracciones.
«Ya verás. Algo divertido pasará muy pronto», se acordó de la voz ronca de aquel hombre.
No quería volver a pensar en ese día. Solo había sido una pesadilla y nada más, y tampoco quería que Golosina se enterara de lo sucedido.
Si saberlo solo le iba a provocar sufrimiento, lo mejor sería dejar el recuerdo bien enterrado.
Se volvió para mirar a la confundida Golosina.
En el interior de su cuerpo redondo, burbujas grandes y otras más pequeñas subían constantemente como el gas de un refresco.
—¿Me ayudas a buscar a mi mamá? Tengo que encontrarla.
Ya no quedaría nada ni nadie. Aun así, el gato trató de reprimir el sabor amargo de ese pensamiento y le dijo, de todo corazón:
—Yo solo quiero que seas feliz.
—Yo quiero lo mismo para ti —respondió ella.
El gato se levantó y se estiró. Tomó una bocanada de aire fresco nocturno y se quedó pensando que quería enseñarle las mejores vistas. Seguramente Golosina —que no Ju-ah— no habría visto esa escena antes.
—Te voy a enseñar algo que te gustará, ven conmigo —le dijo.
El gato la guio hasta la caja de control del tiovivo.
Como el lugar estaba cerca de donde dormían los humanos, se habían encargado de limpiarlo lo antes posible y ahora no tenía ninguna mancha, a excepción del poco polvo acumulado con los días.
Además, era la única atracción del parque a la que había regresado la electricidad, a juzgar por una conversación que los humanos tuvieron durante el día.
El gato se sentó de un salto sobre la caja y apuntó al botón rojo:
—Apriétalo.
Golosina se subió a la atracción y se colocó frente al botón. Antes no podía subir al banco sin ayuda, pero ahora no tenía problemas en apañárselas para llegar a lugares altos. Era un sentimiento extraño.
Estiró el brazo hacia el botón y le preguntó al animal:
—¿Para qué sirve?
—Si lo aprietas, va a pasar algo bueno.
Golosina lo pulsó mientras repetía para sí misma el final de esa oración y, entonces, el tiovivo se accionó y empezó a moverse. Se encendió la música, que se mezcló con el sonido del traqueteo de la máquina, y todas las luces se encendieron.
—¡Qué bonito…! —dijo Golosina, con los ojos como platos.
Persiguiendo las luces de colores con la mirada, una exclamación de sorpresa se le escapó. El gato se sentó junto a ella y se quedó observando el tiovivo que daba vueltas. En ese momento se dio cuenta de que ese recuerdo le quedaría grabado durante mucho tiempo de su larga vida.
9
Sajun cerró los ojos, a pesar de que tenía la cabeza terriblemente despejada.
No podía dejar de moverse entre las sábanas cuando, de pronto, una música alegre le llegó a los oídos y penetró en su conciencia ya exhausta; era la canción del tiovivo que había escuchado hasta el hartazgo.
Vio una luz más allá de las cortinas y las abrió sin pensarlo.
El tiovivo estaba dando vueltas en la plaza, sin nadie alrededor.
La música extremadamente alegre sonaba más bien tenebrosa.
Mientras dudaba de si estaba alucinando, otros empleados que dormían se levantaron confundidos.
Sajun se quedó observando la atracción con los ojos hundidos del cansancio.
Algunos otros que se alojaban en un contenedor diferente se amontonaron en el exterior y comenzaron a acercarse al tiovivo.
—Oh…