La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 7/ LOS SIN NOMBRE #3
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7/ LOS SIN NOMBRE #3

Si fuera así, estaba acabado. Aunque su cara no aparecía en la grabación, el teléfono estaba a su nombre.

De pronto empezó a caerle sudor frío por la frente.

Sacó su nuevo teléfono con prisa y buscó en internet: «encontrar teléfono perdido».

Decían que podía encontrarlo con su cuenta, así que siguió las instrucciones y apretó el punto rojo que indicaba la dirección, con manos temblorosas.

El mapa le mostró el último lugar donde había estado el dispositivo: los alrededores del tiovivo, cerca del contenedor que usaban como alojamiento.

El teléfono había estado apagado desde entonces, así que era improbable que hubiera caído en manos de alguien por el momento.

Sajun se sintió aliviado; solo tenía que revisar bien la zona y la sala donde guardaban los objetos encontrados y lo hallaría enseguida.

«Tengo que encontrarlo», se repetía incesantemente entre susurros mientras regresaba al recinto.

Llegó la medianoche y todo estaba sumido en la oscuridad, a excepción de la plaza donde habían instalado el alojamiento.

No podía ver nada, pero sí escuchó los maullidos espeluznantes de un gato y vio una especie de bulto moverse en la oscuridad.

A Sajun se le escapó un grito. Retrocedió entre tambaleos hasta que se topó con algo blando en el suelo y se cayó de golpe con otro alarido.

Sacó el teléfono a duras penas y encendió la linterna.

Un gato lo miraba sentado tranquilamente y con ojos brillantes.

—Maldito gato…

Sajun se levantó y se sacudió la tierra de la ropa, a la vez que el gato desaparecía entre la espesura con otro maullido escalofriante.

Trató de ignorar el encuentro aterrador y regresó al alojamiento.

Una vez allí, se acercó con sigilo al armario que había en un rincón.

Estaban todos tan cansados que dormían profundamente, por lo que nadie se despertó cuando la puerta chirrió al abrirse.

Metió la mano con cuidado en el bolsillo del uniforme del jefe y se llevó la llave del almacén.

4

Al principio, por ridículo que fuera, el sonido de las aspiradoras le provocaba un miedo terrible.

Uno de esos días, se escondió en el cajón y cerró los ojos con fuerza como de costumbre, pero algo sucedió en la oscuridad de su mente.

Una escena a la vez extraña y conocida se reprodujo más allá de sus ojos; su propia imagen tumbada sobre el sofá de un salón con mucha luz natural.

Frente a ella, una mujer pasaba la aspiradora sin descanso, pero ni la aspiradora ni la mujer humana le provocaban ningún miedo.

¿Sería porque se trataba de un sueño? La mujer tenía una expresión cansada, pero esbozaba una sonrisa apacible, y la aspiradora también era muy pequeña en comparación con las del parque.

—Hora de levantarse…

Se despertó de pronto. Por algún motivo que no comprendía, la tristeza la invadió y no logró recordar cómo la había llamado la humana.

Después de aquel día, siguieron sucediéndose los sueños de forma inesperada.

Unos sobre la comida que los humanos le daban al gato, otros sobre los objetos de la cafetería que usaban como escondite, otros sobre el paisaje del exterior e incluso sobre caras de humanos desconocidos.

Antes de empezar a soñar, nunca se había parado a pensar en lo que eran los recuerdos, pero desde ese momento, comenzó a plantearse algunas preguntas.

¿Cómo era posible que hubiera sabido que el gato era un gato nada más cobrar vida? ¿Y que ella era una golosina?

—Quizá hay una versión de mí misma que ni yo conozco.

Trató de evocar sus sueños, con su corazón latiendo de emoción. Le venían a la mente imágenes del parque vibrante de diversión y visitantes. Estaba abarrotado de humanos, pero no usaban aspiradoras ni tenían expresiones que dieran miedo. Si pudiera, le gustaría pasarse el día admirando esa escena.

Los sueños siempre terminaban en un momento ambiguo.

Solía despertar en medio del silencio, mientras el gato seguía durmiendo y una emoción desconocida se arremolinaba en su interior, como si la hubieran echado sin previo aviso de un festival que estaba disfrutando de corazón.

Y poco a poco, esa sensación comenzó a pesarle en el centro de su cuerpo.

Una madrugada antes de que saliera el sol, se dejó vencer por ese peso.

Reflexionaba sobre el sueño que había tenido y la humedad de la noche mientras estiraba su cuerpo lánguido.

Más que una gota de agua, parecía un montón de barro.

El gato abrió los ojos, quizá despertado por los movimientos de Golosina, y esta, aún desparramada y sumida en la apatía, le preguntó:

—Gato, tú estabas a mi lado cuando desperté. ¿No sabes nada más de mí?

—¿Cómo quieres que sepa algo que ni tú sabes?

A pesar de que era la respuesta obvia, Golosina se agazapó, abatida.

Cuando llegaba la noche y los humanos se metían en la caja a dormir, el gato y Golosina salían a pasear por el parque.

Ese era el único momento en el que podían deambular sin preocupación, en el que también encontraban cosas muy interesantes y novedosas, a la par que algunas otras que ella había visto en sus sueños, como carteras, anillos y pajitas.

Si encontraba algo que le gustaba, lo recogía y se lo pegaba en la cabeza.

Esa noche en particular, la suerte los acompañaba. Debajo de la pata de un caballito del tiovivo descubrieron una cosa que se llamaba «teléfono», un objeto que había observado varias veces en sus sueños. Estiró su bracito y lo cogió. El objeto plano y cuadrado era más pesado de lo que parecía.

—He visto esto antes. A los humanos les encanta.

—Así es. Los humanos no pueden vivir sin esas cosas.

En uno de sus sueños, había muchas tiendas que vendían teléfonos en las calles por las que paseaba.

Molestaba a la mujer humana sin ton ni son porque quería uno, y ella ponía una expresión extraña, ni feliz ni triste, que se le había quedado grabada en la memoria.

Golosina se quedó mirando el aparato un buen rato.

La pantalla estaba completamente negra, ni siquiera parecía que estuviera enchufado.

Estaba segura de que los humanos lo usaban para comunicarse y para escuchar música, pero ahora tenía dudas.

«Quizá está estropeado», pensó, y se lo pegó en el lateral de la cabeza.

El dispositivo se adhirió con facilidad.

—Los humanos siempre se lo pegan a la cara mientras hablan.

El gato se rio levemente y Golosina se puso a canturrear, emocionada por lo que había encontrado.

Echó a caminar y el gato la siguió. Parecía su escolta.

En la calle sin farolas, completamente a oscuras, solo los ojos del gato brillaban.

El animal se detuvo de pronto. Golosina se dio la vuelta y se quedó observando al frente.

En la distancia, un humano de uniforme azul se acercaba, pero era imposible que hubiera humanos a esas horas.

Golosina se quedó petrificada y el gato le gritó al darse cuenta.

5

—¡Corre, escóndete detrás de la valla!

El humano que se acercaba le resultaba familiar.

No cabía duda de que era el mismo del disfraz peludo.

Se acordó de pronto del Osito Fantasito escupiendo insultos por doquier en medio del parque.

Debía ayudar a Golosina a esconderse. Si descubrían que existía algo así, no la dejarían escapar.

La empujó y salió corriendo en dirección contraria, pero algo le tiró de la cola; Golosina la había agarrado con fuerza.

—¡No! —le dijo entre lágrimas—. La aspiradora también te comerá a ti.

—Las aspiradoras no comen gatos.

—No quiero que nos separemos.

Mientras Golosina le retenía por la cola, el humano llegó frente a ella.

Sería imposible llevársela, así que el gato la empujó en un intento desesperado y ella salió rodando.

Por una diferencia de escasos milímetros, Golosina pasó de largo frente al pie del humano y se adentró en la espesura.

El gato se lanzó rápidamente hacia las piernas del chico uniformado y lo hizo tropezar.

Él se cayó con un grito y encendió una luz, a lo que el animal maulló con fuerza para llamar su atención.

Nada más sucedió. El humano se fue y el gato corrió a buscar a Golosina entre la maleza. La encontró encogida y con los ojos cerrados.

—El humano se ha ido —le explicó, dándole palmaditas de consuelo.

Golosina se refugió entre sus patas y el animal pudo sentir el suave tacto de su cuerpo temblando casi imperceptiblemente. Su superficie era fría y húmeda, pero le gustaba. Levantó una de sus patas y la rodeó.

—¿Qué vamos a hacer si eres tan miedosa? —dijo, entre regañina y consuelo.

Lamió la superficie ovalada de Golosina y le supo a fruta dulce. En el lado contrario, el teléfono seguía pegado. El gato agudizó los ojos y miró fijamente el aparato.

—¿Lo vas a dejar ahí?

—Sí, un rato más —le respondió, fundida en el abrazo.

El gato maulló con voz queda.

De ese día en adelante, Golosina llevó el teléfono adherido como otra parte más de su cuerpo.

De vez en cuando inclinaba la cabeza e imitaba la manera en la que los humanos lo usaban.

Al gato le parecía un tanto gracioso y tierno, así que nunca se quejó.

Sin embargo, una duda le vino a la mente.

¿Cómo sabía ella que los humanos usaban así esa cosa?

Los del uniforme azul no solían usarlo mucho durante el día y, a pesar de que por la noche podía ver alguno hacerlo fuera de la caja, Golosina era tan miedosa que no se acercaba.

Sintió que una espina se le clavaba en la garganta.

6

Se hicieron las dos de la madrugada y, un poco después, Sajun salió del alojamiento y se encaminó al almacén.

Había buscado y rebuscado alrededor del tiovivo por la mañana, pero había resultado en vano, así que el almacén era su última esperanza.

Se adentró en la completa oscuridad con la angustia danzando en su corazón y lo recibieron montones de objetos cubiertos de golosina.