La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 7/ LOS SIN NOMBRE #2
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7/ LOS SIN NOMBRE #2

Después de ese día, los humanos aparecieron de vez en cuando por el parque.

Un poco después, montaron una caja enorme y empezaron a vivir ahí junto con otros humanos.

Poco a poco ocuparon más y más terreno, dejando al gato y a Golosina cada vez con menos lugares en los que pasar el tiempo.

Un remolino empezó a formarse en su cuerpo redondo, y no se trataba de las burbujitas de antes, sino de unas bastante grandes que hervían con fuerza.

—Esto no es justo. Era nuestro parque.

—Estas cosas siempre pasan —dijo el gato, indiferente.

Su expresión se veía tan tranquila, como si estuviera hablando de algo tan normal como que el sol salía por la mañana y la luna por la noche, pero, al mismo tiempo, también se mostraba hastiada.

Poco después aparecieron los monstruos. El día que llegaron, Golosina por fin entendió la insistencia del gato en que no se dejara ver, pues los humanos se servían de dichos monstruos —a los que llamaban «aspiradoras»— para deshacerse de todas las gominolas que encontraban a su paso, engulléndolas con un sonido horripilante.

Una vez que se las tragaban, desaparecían por completo.

Golosina tuvo que aguantar un grito al ver sus bocas negras.

Las gominolas del parque fueron desapareciendo con rapidez, al igual que su tiempo y libertad de pasar el rato en el exterior.

La mayoría de los días los pasaban dentro de la cafetería, su escondite, y solo podían salir bien entrada la noche o de madrugada, cuando los humanos no usaban las aspiradoras.

Cada vez que escuchaba el sonido de la succión de esos monstruos, se encogía en uno de los cajones de la cafetería y se tapaba los oídos con fuerza.

—No pasa nada, al final, todo siempre termina —le decía el gato a su lado, con apatía.

Aun así, por curioso que fuera, conseguía transmitirle tranquilidad.

Esas palabras le servían casi como un conjuro mágico, y las recordaba a menudo.

Gracias a ellas podía aguantar los días tristes, los días en los que casi la descubrían o en los que las aspiradoras parecían sonar con mucha más fuerza que de costumbre.

«Al final, todo siempre termina». Incluso los momentos malos y difíciles tenían un fin.

Aunque eso significaba que los felices también.

Entonces, se quedó pensando en cómo es que el gato sabía esas cosas tan maravillosas a la par que tristes.

Se acercó al animal, que se preparaba para dormir una siesta, y lo zarandeó con delicadeza.

—¿No habías tenido a nadie a tu lado antes de conocerme?

El gato se quedó pensando unos instantes.

—Hubo un tiempo en el que sí tuve compañía, pero ya se fueron todos de mi vida.

—¿Por qué?

—Es algo irremediable. He vivido mucho tiempo, incluso más que este parque.

El parque de atracciones era enorme, así que les habría llevado mucho tiempo construir algo de tales dimensiones.

No podía ni imaginarse cuánto tiempo debía haber vivido el gato entonces.

Si tuviera que pasearse por un lugar así de extenso sin nadie a su lado, se sentiría muy sola.

Seguramente el minino había tenido amigos que habían pasado fugazmente por su vida, pero ya no quedaba ninguno.

Ella no quería hacer lo mismo, no quería abandonar al minino.

—Yo no me iré de tu vida.

El animal bostezó a modo de respuesta. A pesar de que Golosina no entendía qué tenía que ver su edad con el asunto de sus amigos, sabía que ella no se marcharía, por la misma razón por la que no podía imaginarse una vida sin el gato.

Una vez se fue acostumbrando al horrible ruido de las aspiradoras, empezó a soñar.

2

La primera vez que el gato escuchó hablar a Golosina, pensó que había enloquecido.

Se dio la vuelta y se encontró con algo parecido a una gota de agua que sacudía una manita en alto.

Era un tipo de organismo que no había visto nunca.

Una gominola que había cobrado vida, hablaba y se movía…

Eso ni era una gominola ni, mucho menos, un humano.

Cuando observó su reflejo en El País de los Espejos, pareció muy confundida.

—No te preocupes, yo también vago en soledad.

La única razón por la que le había dicho eso a la, de pronto, decaída Golosina había sido por puro impulso. Aunque pasaron los días, seguía sin comprender del todo por qué se le había ocurrido decirlo, pero encargarse de ella era una tarea tan ocupada que se olvidó enseguida.

Golosina era insistente. A pesar de que el animal se subía a troncos altos y le mostraba su enfado, o la empujaba y la hacía rodar después de que hubiera conseguido llegar a su lado con gran esfuerzo, no se cansaba de ir detrás.

Poco a poco le fue recordando a la hija de su vieja humana.

Se parecían sobremanera en la forma en la que aprovechaban cualquier momento para hacer algo desquiciante.

—Yo no me iré de tu vida.

Incluso se asemejaban en la costumbre de decir esa clase de disparates.

Los ojos de Golosina brillaron con determinación al pronunciar aquellas palabras, pero el gato se limitó a bostezar.

¿Cómo podía decir que no se iría? Era una mentira demasiado obvia, a pesar de que sabía que no tenía intención de mentir.

Simplemente era demasiado joven para comprender que eso no es algo que se pueda decidir, pues en este mundo no existen los «para siempre».

Sin embargo, Golosina no dejó de repetir aquello como un disco rayado.

Y realmente lo decía con intención, una intención que llenaba al animal de perplejidad y flaqueza, y que le presionaba ese órgano blando al que llamaban corazón.

Ajena a esa verdad, Golosina no cesaba en su tarea de recordarle aquellas palabras tan irresponsables y absurdas día a día, como una suerte de hechizo.

Decía que no se iría nunca o que estaría a su lado para siempre, hasta que un día el gato se dio cuenta de que había empezado a creerlas, y eso era lo que más quería evitar.

Golosina, no obstante, sonreía feliz, sentada sobre el sofá de la cafetería, sin saber lo que había provocado.

Las aspiradoras se escuchaban a diario, y los charcos de gominola iban desapareciendo poco a poco del parque.

«¿No saben que esas golosinas antes eran humanos como ellos?

¿O será que lo saben y les da igual? Quizá simplemente no les haya quedado más remedio que aceptarlo», pensaba el gato, mirando las expresiones aburridas de los trabajadores.

Los humanos siempre seguían el mismo patrón: echaban abajo algo que ya existía para levantar otra cosa en el mismo lugar.

Golosina se echaba a temblar de miedo en cuanto escuchaba las máquinas, pero el gato sabía que todo llegaba a su fin tarde o temprano.

Un día, el gato descubrió una cara conocida entre los humanos de uniforme. No le cabía duda de que era ese que bailaba frente al tiovivo dentro del traje peludo.

3

Cuando llegó al New Seoul Park en autobús, se encontró con una escena prácticamente similar a la que había visto la última vez que estuvo allí.

Si había algo diferente, era que los montones de esa masa pegajosa y rosada se habían resecado.

Seguramente les llevaría mucho tiempo y esfuerzo deshacerse de tal cantidad de gelatina aglomerada.

El día anterior habían repartido las habitaciones, distribuido las herramientas y dado una pequeña orientación. Sajun había estado más atento a cualquier rastro de la directora Yu que al trabajo, pero no la había visto.

Los primeros días, continuó pendiente de los alrededores.

Sin embargo, la directora seguía sin dejarse ver por allí.

En el momento en el que los empleados más veteranos comentaron que la mujer había cambiado mucho, Sajun decidió acercarse al solar a escondidas, convencido de que primero debía comprobar si seguía viva.

Su coche no estaba allí, así que buscó por toda la zona hasta que lo encontró en el parking de entrada al recinto.

Si el coche no se había movido del lugar, significaba que la mujer no habría salido del parque aquel día.

Después de cerciorarse de que no hubiera nadie alrededor, rompió la ventana del vehículo y rebuscó dentro, pero no encontró nada de valor.

Incluso su cartera, tirada en un rincón, estaba vacía, sin efectivo, y las tarjetas podrían causarle problemas más adelante, así que no le quedó más remedio que dejarlas donde las había encontrado.

—¿Y ahora qué hago? Ya no puedo conseguir dinero a través de ella… —murmuró para sí mismo.

De repente se le ocurrió una idea. La directora se había llevado su teléfono, el teléfono que contenía las pruebas visuales del asesinato de Yeongdu.

Si ella había desaparecido, el móvil tenía que estar por ahí en alguna parte.

«Con recortar un poco del inicio y del final y silenciarlo, seguro que puedo venderlo a los periodistas por una buena suma, ¿no?

». Sajun sonrió de oreja a oreja y se apresuró a regresar al coche.

Revisó hasta el último rincón del vehículo, pero no pudo encontrar el aparato por ninguna parte.

—Mierda, ¿dónde lo dejó?

Solo podía estar en el parque, así que durante su turno de limpieza del día siguiente miraría todo con ojos de halcón.

Los montones de gelatina estaban llenos de teléfonos y artículos de toda clase, y la norma era que debían guardar cualquier objeto que encontraran durante la limpieza y entregarlo a las autoridades competentes para su investigación, pero a veces se quedaban con los que aún estaban en buen estado y los vendían.

—No me digas que alguien ya lo ha vendido.