7/ LOS SIN NOMBRE
Sajun murmuraba sus cálculos mágicos, ansioso.
Por muchas cuentas que hiciera, nada cambiaba.
La cantidad que le había dado la directora Yu le había parecido enorme en el momento, pero ahora ya no tanto, y tampoco es que hubiera despilfarrado a lo grande.
Su mayor problema era el alquiler. Como el parque había cerrado, tuvo que irse de los dormitorios y buscarse una casa, pero los precios de Seúl eran inmensurablemente caros y no podía permitirse una fianza muy alta con el dinero que había recibido.
Había estado viviendo en una habitación en un edificio para estudiantes, pero estuvo pagando algunas deudas y comprando cosas que necesitaba, así que el dinero fue disminuyendo con mayor rapidez de la que esperaba.
Se pasaba el día navegando en internet en busca de anuncios de trabajo, pero no encontraba nada que le convenciera.
Se sentía atrapado en un callejón sin salida.
Refrescando la página web sin descanso, un anuncio le llamó la atención. Era de Gwangnan Clean:
Anuncio de empleo
No se requiere experiencia previa.
Trabajo de limpieza simple.
Ofrecemos alojamiento y dietas. Pago semanal, incluyendo horas extra y vacaciones.
Buscamos personas diligentes y con buena resistencia.
Sajun recordó una noticia que había visto hace no mucho en la que decían que Gwangnan Clean se encargaría de la limpieza del New Seoul Park.
Las desapariciones extrañas de aquel día fueron noticia de primera página durante un tiempo.
En un lapso de menos de dos horas habían desaparecido cientos de visitantes y el lugar había quedado cubierto por masas de gominola.
Contactaron con muchos expertos de otros países para investigar el asunto desde cualquier ángulo posible, pero no pudieron llegar a ninguna conclusión.
Con el paso del tiempo, la gente empezó a querer olvidar el asunto cuanto antes.
El deseo de descubrir los detalles de lo sucedido había pasado a un segundo plano para dejar como protagonista el miedo a la ambigüedad; era más sencillo no tener que aceptar que algo que nunca podrían comprender había sucedido tan cerca de sus hogares.
El New Seoul Park aprovechó que las aguas se estaban calmando para contratar a Gwangnan Clean y dejar ese terreno tan productivo sin explotar.
Sajun buscó la fotografía del artículo en internet.
Se trataba de un trabajo muy importante para la empresa, pero a la directora Yu no se la veía por ninguna parte.
Sajun no podía dejar de darle vueltas a lo que le dijo cuando le tendió el sobre de dinero.
«Llámame si necesitas más». Cada vez que lo pensaba, se convencía aún más de que había perdido la oportunidad de pedirle una suma mayor.
Enterrar el cadáver de Yeongdu no debió ser algo que cobrara tan barato.
Tras unos instantes de duda, sacó la tarjeta de presentación que le había dado y llamó al número que aparecía, pero nadie atendió el teléfono.
Era obvio que lo estaba evitando. «Podía haberle pedido el doble solo por el vídeo…
». Tenía que encontrarse con la directora Yu de una u otra manera, así que leyó el anuncio de trabajo de nuevo con detenimiento.
Además de ofrecer alojamiento y comidas, la paga estaba muy por encima del sueldo medio.
—Si incluyen todo eso, no tendré que gastar apenas de mi dinero. El sueldo establecido es de 3 millones, así que, si llegara a hacer horas extras tres días a la semana, me pagarían X, y… ¡Oh!, también dice que dan bonus. Entonces, puedo asumir que me darán 500.000 más. Si lo sumo a mi cuenta…
Calculara lo que calculara, los números salían a favor de solicitar el trabajo.
Además, en lugar de seguir viviendo en ese dormitorio —o, más bien, armario de escobas—, podía ahorrarse el alquiler durante unos meses y ganar dinero.
Por otro lado, la directora era famosa por trabajar mano a mano con sus empleados, así que quizá podría encontrarse con ella durante la jornada laboral.
El espectáculo tan espeluznante que presenció en el parque de atracciones le vino a la mente un segundo, pero no dudó en darle clic al botón de «solicitar».
Si lo pensaba bien, solo había visto grandes cantidades de gominola derretida y había sido algo tan surrealista que bien podía asumir que se trataba de un sueño extraño, uno de esos que, en cuanto despiertas, acabas olvidando por completo para adentrarte de nuevo en la vida real, que era más aterradora.
Sajun entregó la solicitud sin perder un segundo más.
1
El primer recuerdo de Golosina fue el tacto rugoso del pavimento. El peso de unos pies desconocidos hizo que una tenue conciencia se despertara más allá del chapoteo que había provocado el contacto. Se levantó de golpe.
—¡Ay, mi cabeza! —dijo, sin pensar.
Le había quedado marcada una huella demasiado nítida y, aunque no le había dolido, sí había sido una sensación inesperada.
Miró al frente con sus dos ojos redondos y encontró al culpable de las pisadas: un gato que la observaba a lo lejos, después de haberla cruzado por encima.
Sacudió el brazo a modo de saludo y el animal se acercó, dejando a su paso unas huellas similares, esta vez en dirección contraria a las anteriores.
—Así que estás viva —dijo el animal, observándola con sus ojos amarillos.
—¿A qué te refieres?
El gato señaló más abajo. El suelo estaba lleno de masas de gelatina similares a ella, todas pegadas al suelo.
—Esas no se mueven ni hablan. Me he paseado de un lado a otro dejando huellas por encima de todas, pero tú has sido la única que me ha dirigido la palabra.
Golosina parpadeó, perpleja. Se rascó la cabeza un segundo y extendió el brazo para inspeccionar su aspecto transparente. Efectivamente, tenía el mismo color y la misma textura que ellas, pero con la diferencia de que podía moverse y hablar. ¿Por qué? Ella tampoco podía comprenderlo.
—¿Qué aspecto tengo? —le preguntó al gato.
—Sígueme —le dijo, tras mirarla fijamente unos instantes.
Golosina sacudió su cuerpo redondo. Aunque no tenía patas largas como las de un gato, sentía que podría desplazarse si así lo quería. Se concentró para hacer fuerza con la parte inferior del cuerpo y la superficie pegada al asfalto empezó a retorcerse y se desplazó hacia delante.
El gato caminaba delante mientras Golosina trataba de moverse con rapidez para no perderlo, al tiempo que algún lugar en el centro de su cuerpo palpitaba con fuerza.
Siguió avanzando con una lentitud irremediable a la vez que observaba sus alrededores continuamente.
El gato, no obstante, se detenía de vez en cuando y la esperaba.
Llegaron a un castillo viejo con un cartel que decía: «El País de los Espejos», donde también había montones de gominolas derretidas e inmóviles. Se adentraron y descubrió que la sala del interior estaba llena de espejos. El gato señaló a uno y dijo:
—Ese es tu aspecto.
Golosina grabó en su memoria esa imagen que vio de sí misma por primera vez.
Tenía un cuerpo algo ovalado, similar a una gota de agua, y dos ojos redondos.
La huella de su cabeza se había difuminado y estaba volviendo a suavizarse, de regreso a su forma original.
El laberinto de espejos mostraba innumerables reflejos del gato y Golosina.
—¿Has visto antes otra golosina que se moviera? —preguntó al reflejo del animal, pero este sacudió la cabeza lentamente.
Golosina salió de El País de los Espejos y toqueteó las masas de gominola desparramadas por el suelo con su mano grumosa, pero estas no se inmutaron.
Incluso presionó con fuerza y dejó una marca, tal y como había hecho el gato, pero seguían sin mostrar ninguna reacción.
De pronto sintió frío en el centro de su cuerpo, como si le hubieran abierto un agujero.
—No te preocupes, yo también vago en soledad —escuchó la voz del gato a sus espaldas.
Bajó de un salto las escaleras y se colocó a su lado.
—¿De verdad? —le preguntó ella con ojos brillantes.
—De verdad.
El gato levantó sus patas delanteras y le dejó unas nuevas huellas en la cabeza. Golosina se acarició las marcas, extrañamente feliz de notar esos hoyitos en su cuerpo. El frío que había sentido hacía unos instantes fue desapareciendo poco a poco.
Desde ese momento, se dedicó a seguir al gato día y noche, pero al animal no pareció gustarle la idea.
—No me sigas, es muy molesto que se me pegue algo tan viscoso.
A pesar de ello, cuando se perdía, se quedaba atrapada en el hueco de alguna atracción o terminaba en alguna situación peligrosa, el minino aparecía de la nada para ayudarla.
Dijera lo que dijera sobre ella, le gustaba.
Mostraba frialdad, pero en el fondo era amable y siempre estaba a su lado, solo que no se dejaba ver.
Cuando Golosina pensaba en el animal, le revoloteaban burbujas en el centro de su cuerpo.
Así, los días pacíficos se sucedieron uno tras otro.
Hacía un día perfecto para estar en la plaza rodando de un lado a otro cuando un sonido desconocido le llegó a los oídos.
El gato se levantó como un resorte y la arrastró bajo un banco.
Unos seres que no había visto antes se bajaron de una máquina que se acercaba rápidamente. El animal los llamó «humanos».
—¡Escóndete, rápido!
Golosina no entendía por qué, pero le hizo caso y se escondió. Se quedó mirando a los humanos bajo el banco, junto al minino. Hablaban entre ellos con palabras que no podía entender y se paseaban por el parque como si fuera suyo.
—Ni se te ocurra dejar que te vean —le insistió el animal, mirándola con sus ojos amarillos.