6/ EL SABBAT #7
Después de terminar con la escena del crimen, regresaron por donde había venido, montaña abajo.
De camino, notó un olor dulce en el ambiente.
Dulce y empalagoso en extremo. Era la primera vez que olía algo así desde la habitación de aquel apartamento.
Sentía que Él la estaba halagando. Si ese olor era real o simplemente su imaginación, no era lo importante.
—Él está siempre de mi parte —susurró, feliz.
Cuando llegaron de nuevo al solar, le tendió un sobre que había preparado con dinero a Sajun.
Ni siquiera era un maletín, solo un sobre, pero al chico se le iluminó el rostro, como si hubiera sido su salvación.
De golpe, se sentía extrañamente parecida a él.
El embelesamiento con el que miraba el sobre de dinero era casi idéntico al de ella cuando pensaba en Él.
Eran los mismos devotos, pero con diferentes dioses, y sentía que ella se había convertido en el dios de ese chico.
Por un lado, la euforia le crecía en el pecho paulatinamente y, por otro, se abría paso el sutil sentimiento de inmoralidad de atreverse a considerarse al mismo nivel que el soberano.
Disfrutando, no obstante, de esa sensación, le dijo, como si fuera un acto de gran generosidad:
—Si necesitas más, no dudes en llamarme.
Sajun asintió y salió corriendo despavorido. Su aspecto era de lo más harapiento y muy insignificante.
Hyeonkyeong subió de nuevo al coche. A pesar de que condujo más allá del sendero que conectaba con el solar, el olor dulce seguía vibrando en el ambiente.
Ella se dejó mecer en él y siguió su camino por la carretera.
Sin embargo, parecía no tener fin. Por mucho que avanzara, no llegaba a ninguna parte.
Ya había visto varias veces el cartel que indicaba una distancia de un kilómetro hasta el parque.
Casi pareciera que la carretera era algún tipo de organismo vivo con forma de tubo que se movía a su antojo.
El olor se volvía más y más empalagoso a cada minuto que pasaba y, aunque estaba segura de que conducía dejando atrás el parque, el cartel del oso y la flecha volvió a parpadear frente a ella.
El cielo encendido empezaba a dar paso a unos tintes de color añil propios de la oscuridad que sobrevenía al atardecer, y su mezcla en el horizonte emitía un extraño resplandor morado.
Incluso podía decirse que rosado. Se quedó mirando la imagen del parque que se extendía frente a ella, digna de un espejismo.
Entonces, le vino a la cabeza lo que había dicho Jellybean con tanto empeño: «El sabbat ocurrirá en el New Seoul Park. Él viene».
—Ah… —Se le escapó un suspiro, más cercano a una queja agonizante.
La verdad era dolorosa. ¿Por qué no se había dado cuenta antes de lo que significaba ese fenómeno extraño que ocurría tan claramente frente a sus ojos? Se bajó del coche y la carretera la guio hasta el New Seoul Park. Ese olor dulce era su olor, el de Él; Hyeonkyeong lo intuía, Él la llamaba.
Su corazón latía desenfrenado. Debía responder a su llamada. La caída del arrogante Jellybean había sido su sacrificio para el sabbat , su sacrificio como líder, como representante de todos ellos. El plan seguía el curso que había designado el amo y señor y el sabbat había llegado.
Con pasos cada vez más rápidos e impacientes, Hyeonkyeong se dirigió a la entrada del parque.
Cuanto más se acercaba, más podía escuchar los gritos que escapaban, cual banda sonora de su llegada.
Era un festival para recibir al soberano.
Hyeonkyeong aguantó con gran fuerza de voluntad, pues sentía que podría romper en risas o cantos en cualquier momento.
En la entrada solo había montones de gelatina de gominola por doquier, sin rastro de vida humana.
Cruzó el río de golosina y entró, para ser bienvenida de nuevo por esa sensación familiar de estar lanzándose a un enorme flan.
Un aire muy agradable y húmedo la envolvió.
Por fin, miró el espectáculo frente a sus ojos: un parque de atracciones cubierto de gominolas dulces, humanos derretidos en mares de gelatina inofensiva.
La banda sonora de gritos fue menguando hasta que el New Seoul Park se sumió en el silencio, a excepción del sutil chapoteo de las gominolas retorciéndose.
¿Cuánto tiempo habría pasado? Hyeonkyeong divisó una sombra que le hacía señas.
Enfocó su mirada perdida en ella y la siguió hasta el tiovivo, frente al cual divisó a una persona de pie, la única cosa que tenía forma entre ese mar de gelatina. Entonces lo supo, era Él.
Se acercó con el corazón acelerado. Tenía aspecto tanto de un hombre de unos cuarenta años como de una mujer en su veintena o incluso un niño muy pequeño. Llegó frente a Él, una sombra sin una figura exacta pero enteramente real.
—De verdad ha venido… —pronunció ella, con voz temblorosa y una enorme sonrisa.
La figura extendió la mano con una expresión ambigua, ni riendo ni llorando.
Era imposible distinguir sus facciones. Estaba cara a cara frente a ella y, al mismo tiempo, no podía verla con claridad.
Hyeonkyeong obedeció sus indicaciones y, una vez se hubo arrodillado, Él sonrió. Tenía una sonrisa tan benévola…
Hyeonkyeong se quedó mirando la gominola rosada que brillaba cual gema entre las yemas de sus dedos. Aunque no le dijera una sola palabra, ella podía entender lo que quería decirle.
—Es la salvación —susurró la mujer.
Entonces, la tomó con dos manos. Ahora podría ser parte del sabbat junto con Él, ahora realmente se había convertido en su discípula.
La devoción le colmó el pecho y se echó la golosina de golpe a la boca.
El cuerpo rosado se derritió en su lengua, más dulce que cualquier comida que hubiera probado o cualquier momento que hubiera vivido.
Cerró los ojos y se dejó llevar por esa sensación.
Cuando los abrió, Él ya no estaba, pero Hyeonkyeong no sentía ningún remordimiento, pues sabía que siempre estaría con ella.
Comenzó a sentirse extrañamente pesada. Su piel, sus músculos, sus huesos, todo lo que cumplía alguna función en su cuerpo o que lo sostenía con robustez se reblandecía ahora poco a poco, mas no le producía ningún dolor.
A diferencia de su cuerpo, que estaba siendo presa de la gravedad y se volvía pesado, su mente se aligeraba tanto que podría salir volando por su cuenta.
Estaba deseosa de dejar atrás su envoltorio cansado y ponderoso y ver qué la esperaba al final del sabbat al que Él la había dirigido.
Cerró los ojos y se entregó a esa sensación de sumergirse en un flan.
El bulto gelatinoso frente al tiovivo era especialmente redondo, sin un milímetro de error. Los trabajadores de uniforme azul se quedaron mirándolo durante un rato. Un traje de gran calidad estaba atrapado en la golosina pegajosa.
—Oye, hace mucho que no veo a la directora —dijo uno de ellos, bajándose la mascarilla.
Sus uniformes tenían impreso el logo de Gwangnan Clean. Otro de ellos respondió mientras recogía diversos objetos con sus largas pinzas.
—Pues tienes razón. Antes venía siempre.
—No le habrá pasado nada, ¿no? Últimamente pasan cosas muy raras.
—¿Qué le va a pasar? ¿No es obvio? Ya no tiene la motivación de antes.
—¿Tú crees?
—Pues igual.
El primero trajo una aspiradora enorme y apretó el botón de encendido.
La ruidosa máquina comenzó a absorber la masa rosada.
Siguieron charlando de cualquier cosa mientras algunos otros traían un barril de lejía azul en un carro y lo vertían sobre el suelo.
El lugar donde Hyeonkyeong se había derretido quedó embadurnado de azul y, gracias a las grandes habilidades de limpieza de sus trabajadores, la zona fue purificada de cualquier rastro de lo que había pasado.