6/ EL SABBAT #6
Se apresuró a cambiarse de ropa y se dirigió hacia la puerta, con la cara blanca en demasía, más propia de un disfraz de fantasma.
Hyeonkyeong se quedó observando la escena cual espectadora de una película de comedia sin gracia.
Y entonces, llegó el clímax de la trama.
Panju iba a toda prisa hacia el armario de los zapatos cuando se resbaló y cayó con un golpe sordo sobre el suelo, como un maniquí pesado, con la mala suerte de que su pequeña y delicada cabeza fue a parar encima de uno de los trofeos de su hijo que tanto atesoraba.
Se escuchó un sonido similar al impacto de una puerta corredera cerrada de golpe o incluso al retumbar del primer toque de tambor que anuncia el inicio de una marcha.
Pero para Hyeonkyeong sonó más exactamente como una señal.
La cabeza de Panju rebotó una vez y cayó al suelo por fin, de nuevo emitiendo un sonido seco.
Entonces, un charco de color rojo oscuro se extendió milímetro a milímetro bajo la zona hendida de su cráneo.
Sus ojos furiosos, ahora sin vida, quedaron fijados sobre su nuera, o bien podría estar mirando la foto familiar tras ella.
Hyeonkyeong se quedó paralizada en la oscuridad hasta que la sangre le llegó a los pies; luego le echó un vistazo al trapo con el que Panju se había resbalado y a la lejía en espray junto a él, y cada una de sus neuronas, entumecidas por el persistente olor a desinfectante, se despertaron de golpe.
Un olor dulce y fragante comenzó a poblar la sala de pronto, pero era tan fuerte que podría derretirle el cerebro.
Hyeonkyeong miró a su alrededor en busca del origen y descubrió que la fragancia dulce y a la par reconfortante provenía de su bolso.
Rebuscó en el interior y terminó sacando ese libro con la portada de piel envejecida.
Lo abrió por una página al azar y brilló, incluso en la oscuridad de la casa carente de cualquier luz artificial.
La mujer parpadeó. Las letras que antes había considerado dibujos empezaron a retorcerse y desplazarse, hasta que alcanzaron su forma deseada y se detuvieron.
Hyeonkyeong se quedó mirando el libro con los ojos como platos.
Podía leer lo que decía. Su retina se inundó de frases que profesaban algún tipo de verdad sobre el mundo.
En ese momento le vino a la mente la voz del hombre y sintió en sus adentros que Él la había ayudado.
También estuvo segura de que había vuelto a nacer, y de que había sido elegida.
Jellybean le quitó sus dedos como escarpias del cuello y se apartó.
Hyeonkyeong aprovechó el rato en el que él gritaba desesperado para recobrar el aliento y, con él, su color natural.
El tipo vociferó a la vez que se quitaba la aguja clavada a fondo en su antebrazo, mirándola con los ojos plagados de terror.
—¡¿Qué es esto?! ¡¿Qué me has hecho?!
A ella le pareció absolutamente cómico verlo gritar acongojado. Se incorporó sobre el capó y observó su estado desde lejos mientras seguía respirando hondo. El anestésico aún tardaría un poco en hacer efecto.
—¡Deteneos! ¿Es que estáis locos?
De la nada, se escuchó una voz desconocida que provenía de la parte trasera del edificio. Hyeonkyeong frunció el ceño. Un muchacho que parecía ser compañero de trabajo de Jellybean había aparecido en escena, pero no tenía pinta de contar con el valor para acercarse a mediar entre ellos.
—L-lo has grabado todo, ¿verdad? —gritó Jellybean, de pronto emocionado.
Su acompañante asintió con una expresión desconcertada. Jellybean se tambaleó con violencia y Hyeonkyeong comenzó la cuenta atrás; ya solo podía tirar de bravuconería. Entonces, señaló a su acompañante con una mano temblorosa y nada amenazante y dijo:
—H-he grabado todo. Lo voy a subir a internet, c-con tus datos personales y v-voy a decir que adoras al diablo. ¡Lo revelaré todo! Y-yo ya estoy hundido en la miseria, así que no tengo nada que perder, ¡pero tú lo perderás todo!
Echó a correr en dirección a su acompañante, con los brazos extendidos, y Hyeonkyeong se sintió de pronto muy molesta.
Ahora quería acabar con esa situación lo antes posible.
Miró a su alrededor. El solar estaba plagado de materiales de acero descascarillados y otras tantas piezas viejas de atracciones muy coloridas que creaban una escena un tanto curiosa.
Algo en particular le llamó la atención, un objeto que le pareció especialmente conveniente.
Se acercó al coche de choque con forma de Osito Fantasito lleno de polvo y tomó entre sus manos un bastón de caramelo decorado a rayas rojas y blancas.
A pesar de cómo se veía, era una pieza bastante pesada de puro acero.
Le gustó cómo se sentía entre sus manos.
Se encaminó a Jellybean arrastrando el bastón de caramelo por el suelo de cemento, disfrutando del sonido chirriante que provocaba el roce.
Los movimientos del tipo se volvieron visiblemente torpes, quizá la anestesia estaba empezando a hacer efecto.
Entonces, Hyeonkyeong aceleró el paso con la mirada fija al frente y los labios apretados.
En la persecución de la nuca de Jellybean, se topó con la mirada asustada de su compañero.
Hyeonkyeong tomó aire y levantó bien alto el bastón.
Con la lengua adormecida y sin poder pronunciar bien, Jellybean llamó al chico:
—S-sajun…
«PAM». La vibración del golpe le subió como un cosquilleo por el brazo.
El tipo se desmoronó sobre el suelo cual espantapájaros al que le arrebatan su pica, y ella arremetió contra su cabeza de nuevo.
Una, dos, tres veces más; era una golfista empuñando un palo de golf en el campo.
La sangre caliente le salpicó en la cara y, aunque le resultó incómodo, tampoco le pareció especialmente desagradable.
Jellybean dejó de moverse. Su cráneo profundamente hundido le recordó a su suegra y sonrió levemente.
Dejó caer el bastón de caramelo por fin, desde la curva del cual goteaba la sangre.
Se frotó las salpicaduras de la cara con la mano, pero se habían secado y no pudo limpiárselas.
De pronto escuchó un golpe. Se giró y vio al compañero de Jellybean, que había caído de rodillas contra el suelo, y un teléfono tirado junto a sus pies.
«Había pensado en todo, ¿eh?…». Dudaba de si eso demostraba audacia o cobardía, pero ya no importaba, pues ahora estaba muerto.
El tipo que lo acompañaba, el tal Sajun, temblaba como una hoja arrodillado sobre el pavimento.
Tenía mejor aspecto que Jellybean, pero tampoco se diferenciaban mucho.
Hyeonkyeong se quedó mirando el bolsillo de Sajun del que sobresalía un fajo de billetes arrugados de cincuenta mil wones.
Se acercó a él y recogió el teléfono del suelo.
La pantalla mostraba una ventana emergente que anunciaba que el vídeo se había guardado con éxito.
«¿Deseas reproducir la grabación?». Hyeonkyeong pulsó el botón de confirmación y unas imágenes de algo más de diez minutos comenzaron a reproducirse desde el inicio.
El vídeo terminaba justo cuando ella alzaba el bastón de caramelo.
La mayor parte del contenido estaba movido o desenfocado, por lo que no se podía sacar mucho en claro de las imágenes.
No sería necesario que hiciera nada, pero lo mejor sería no dejar cabos sueltos.
Hyeonkyeong relajó el semblante y le habló a Sajun con la actitud rebosante de confianza de siempre.
—Un vídeo magnífico. Te lo compro.
Le tendió su tarjeta de presentación y él la recibió con dos manos, todavía arrodillado sobre el suelo.
En el trozo de papel blanco y brillante quedó impresa la huella de Hyeonkyeong en color rojo.
Los ojos del chico estaban llenos de miedo, pero a la vez brillaban con expectación.
Hyeonkyeong tenía claro lo que debía hacer ahora y le mostró una sonrisa. No podría rechazar su oferta.
Sajun murmuraba y murmuraba números incoherentes mientras cavaba.
Lo único de él en buen estado era su aspecto, porque su cabeza estaba igual de atrofiada que la de su compañero.
Aun así, Hyeonkyeong había tomado la decisión perfecta: antes que amenazarlo, era mejor lanzar un anzuelo y convertirlo en su cómplice; y el chico aceptó tan rápido que le resultó ridículo.
Mientras Sajun continuaba cavando el hoyo, Hyeonkyeong buscaba información sobre Jellybean.
Le sacó una foto a su carné de identidad que tenía en la cartera y se la envió a una empresa que había contactado previamente.
La respuesta llegó antes de lo esperado.
Se puso a mirar el contenido que le enviaron: unos datos personales escuetos y su registro laboral hasta el momento.
No pudo evitar reírse a carcajadas. Resultó ser un desamparado, sin nadie a su alrededor.
Era obvio que Él le había tendido su mano una vez más, pues el chico no tenía a nadie que pudiera denunciar su desaparición.
Jellybean vivía en perfecto aislamiento y la labor de la directora no había hecho más que simplificarse.
«Esto es un buen presagio», pensó Hyeonkyeong.
Sabía que algo bueno iba a pasar dentro de poco.
Estaba tan feliz que podría tocar el cielo.
Tiró el bastón de caramelo a la zanja donde habían arrojado el cuerpo de Jellybean y vio a Sajun estremecerse con el impacto.
Acto seguido, lo cubrió de tierra mientras seguía recitando números sin pies ni cabeza.
Luego, se subieron al coche y Hyeonkyeong arrancó.
El cielo estaba teñido de naranja y el sol se ponía tras la cima de la montaña.