6/ EL SABBAT #5
Para llegar a la dirección que le había enviado, tuvo que salir de la autopista por un camino de tierra. Condujo un buen trecho por el sendero accidentado y llegó a un solar situado en la frontera entre la montaña y un terreno apartado del parque. En el centro, una figura encorvada esperaba.
Hyeonkyeong se acomodó con tranquilidad el traje elegante que vestía y bajó del coche.
La distancia entre ambos se fue acortando paso a paso y, con ella, las expectativas que había puesto en el encuentro.
El rostro de la directora se tiñó de decepción.
Ahora que por fin veía la apariencia real de Jellybean, comprobó que era un chico de complexión pequeña, vestido con un uniforme verde del parque —que a saber cuándo habría lavado por última vez—, las manos en los bolsillos y una postura desaliñada.
Acompañando a la decepción, una vergüenza incontrolable se apoderó de ella.
Jellybean no se giró hasta que escuchó el ruido de sus pasos.
—¿Desinfección?
—…
Hyeonkyeong ignoró su pregunta deliberadamente.
Lo miró de arriba abajo con lentitud. Tenía el cabello hecho un desastre, las cuencas de los ojos hundidas y un escaso y feo bigote de varios días.
Era la imagen exacta de aquellos a quienes llamaban «recluidos».
Tenía un aspecto tan harapiento que era imposible de comparar con la imagen que había creado de él una y otra vez en su cabeza.
La realidad la había dejado sin palabras.
Se sentía desesperada por regresar al coche, pero no podía marcharse sin comprobar lo que necesitaba. Se cruzó de brazos en silencio mientras el tipo parloteaba:
—Tienes el libro, ¿verdad? ¿Lo has traído?
No perdía el tiempo en hablar de cosas triviales.
—¿Y por qué razón debería responder eso?
—Ya veo que no puedes leerlo. O quizá ni siquiera lo tienes y todo era una mentira. Me ha sorprendido que fueras una mujer —le dijo, con una sonrisa.
Hyeonkyeong no respondió a su bravuconería, pues no veía qué sacaría ella de seguir con esa conversación. Sin embargo, Jellybean interpretó su falta de respuesta a su antojo y se le acercó con una expresión soberbia.
—¿Pensabas que solo tú podías leer el libro? No hay un único elegido, sino aquel que se convierte en el único, aquel que es capaz de invocarlo y traer el sabbat . Y yo seré el primero que lo consiga para que Él siempre me recuerde. Él y el mundo entero.
—Ya me cansan las tonterías que dices —respondió Hyeonkyeong, resoplando.
Pensaba que se trataba de un tipo arrogante, pero tan solo era un marginado social que vivía recluido de la realidad.
Hyeonkyeong se sintió bastante malhumorada.
Era obvio que no todos en el foro serían tan devotos como ella, pero el tipo de seguidores que más odiaba era el de gente como él.
Ellos no lo adoraban plenamente, solo eran seguidores ladinos que buscaban su pequeña tajada.
Hyeonkyeong levantó el brazo para mirar su reloj.
A pesar de que, en el fondo, sí tenía ganas de mostrarle su mayor tesoro para que bajara los humos, no tenía tiempo que perder.
A juzgar por la reacción y la actitud de Jellybean, era más que evidente que o no tenía el libro o no era capaz de leerlo.
—Qué pérdida de tiempo haber venido hasta aquí por alguien como tú. ¿Qué es lo que quieres, entonces? —le preguntó, con una expresión de absoluto aburrimiento.
La reacción de Hyeonkyeong pareció actuar de catalizador para que el rostro demacrado de Jellybean empezara a enrojecer. Le resultó extremadamente cómico y continuó hablando:
—¿Y tú dices que puedes leer el libro? A mí me parece que no es que no puedas, sino que ni siquiera los has abierto en toda tu vida. Si realmente lo tienes, ¿qué es lo que está escrito en la primera página?
Hyeonkyeong sonrió, convencida de que no podría responder a la pregunta, mientras repetía el contenido en su cabeza: «Nosotros bailamos con el diablo».
El tipo apretó sus puños escuálidos y empezó a respirar con fuerza, su cara encendiéndose cada vez más.
A Hyeonkyeong le resultaba tan obvio lo que haría a continuación que le parecía un hastío tener que quedarse a presenciarlo.
Había desperdiciado demasiado tiempo y emociones en un enclenque, y el mero hecho de estar metida en el mismo saco que un sujeto así le parecía insoportablemente bochornoso.
Esperó con suma paciencia a que Jellybean sobrepasara el límite, tal como los pescadores esperan a que los peces piquen el anzuelo.
Y no pasó mucho tiempo hasta que llegó su oportunidad de tirar del sedal.
Con los ojos enrojecidos por la provocación constante, Jellybean se lanzó a ella con un berrido inhumano; exactamente como Hyeonkyeong había planeado.
—¡Dame el libro! ¡Lo necesito para completar el sabbat !
Hyeonkyeong esbozó una pequeña sonrisa. «Lo sabía, no tiene el libro.
Así que está claro que tampoco puede leerlo».
Ahora carecía de cualquier valor o utilidad para ella.
De pronto, los rostros de su marido y su suegra, que ya tenía casi olvidados, se superpusieron a la cara demacrada de Jellybean.
«Ay, otra mancha… Y muy grande. Tengo que limpiarla».
Hyeonkyeong metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.
El omurice sobre la mesa se había quedado frío.
Se agachó a observar la tortilla tan de cerca que habría podido tocarla con solo sacar la lengua.
En su superficie había algo que llamaba la atención.
La lejía de color azul brillaba en la penumbra, esparcida en forma de zigzag, recordando la manera en la que los niños echaban kétchup emocionados.
—Come —le dijo Panju, acercándole el plato con una mirada feroz dibujada en sus ojos adornados de arrugas.
Hyeonkyeong mantuvo la boca cerrada, sin moverse. Entonces, Panju la tomó de la barbilla y se sirvió de todas sus fuerzas para obligarla a abrir la boca, mientras gritaba como un demonio:
—¡Te he dicho que comas! ¡Comeee!
Pero Hyeonkyeong aguantó y aguantó, dedicando a Panju la mirada más despiadada que pudo mostrarle.
Los ojos se le enrojecieron y comenzaron a lagrimear, pero no tenía intención de apartar la vista.
Panju la observaba como si fuera un fantasma.
Le soltó la cara para agarrarla del pelo y sacudirla con una fuerza inconcebible para una señora de su edad.
El moño impecable que se había hecho antes de salir se le deshizo con los zarandeos, y el omurice con lejía cayó al suelo y se hizo añicos.
Con un estruendo, como el de un plato rompiéndose, la mano áspera de Panju, como la corteza de un árbol viejo, golpeó con ferocidad el rostro de Hyeonkyeong.
El brutal sonido se adueñó del silencioso salón.
Hyeonkyeong, sin tocarse la mejilla hinchada y con los labios apretados, seguía fulminándola con la mirada.
Panju, por el contrario, tomó una gran bocanada de aire, extenuada de usar tanta fuerza con su viejo cuerpo.
Hyeonkyeong se había quedado en blanco. A pesar de que sabía que algún día llegaría ese momento —y obviando lo absurdo que era— no sabía lo que debía o quería hacer.
Lo único que le venía a la cabeza era ese libro. Y la voz ronca del hombre.
«Pronto podrás leerlo».
Esas palabras incomprensibles le susurraban constantemente en el oído y, por alguna extraña razón, sentía que ahora podría hacerlo.
Entonces, llegó la salvación. El politono de llamada rompió el silencio sepulcral de la sala.
Si se tratara de una película, sería un mal augurio sin lugar a dudas, pero Hyeonkyeong estaba completamente segura de que era su salvación, una soga que un dios desconocido le tendía desde un nuevo mundo más allá de esa melodía.
—Sí, soy yo.
No se equivocaba.
Se le abalanzó con tanta fuerza que Hyeonkyeong acabó echada de golpe sobre el capó de su coche. Jellybean le rodeaba el cuello con las manos y ella lo miraba con indiferencia. El tipo había perdido la cordura y tenía los ojos inyectados en sangre.
Al darse cuenta de que la mujer no mostraba ninguna reacción, apretó con más fuerza, pero ella se lo veía reflejado en la mirada: más que ira, lo que sentía era miedo; esa cara ya la había visto antes.
Se rio a carcajadas. Le parecía irrisorio que el tipo no pudiera ni apretarle su cuello delgado con fuerza.
Su expresión le resultó muy similar a la de Panju aquel día.
La diferencia era que en esa ocasión Él la había ayudado y en esta tendría que arreglárselas por sí misma.
Llegados a ese punto, Hyeonkyeong estaba casi segura de que Él había hecho que se encontrara con Jellybean, ya que no existen las coincidencias.
Sacó lo que traía en el bolsillo y levantó bien alta la mano.
Entonces, con toda la fuerza que pudo, le clavó en el brazo una jeringuilla con sedante para animales.
La llamada repentina se debía a la muerte de su marido.
La causa, un accidente de tráfico provocado por la conducción bajo los efectos del alcohol.
Panju no podía dejar de temblar tras haber contestado a la llamada y, como si se tratara de un mal presentimiento, el corazón de Hyeonkyeong empezó a latir a un ritmo extraño.
La suegra colgó el teléfono en silencio.
La rabia que la consumía hasta hacía unos instantes había desaparecido por completo y su mirada vacía se dirigió a la nuera.
Era imposible discernir si sus ojos expresaban ira, abatimiento o tristeza.
—Es todo culpa tuya —le dijo, mirándola fijamente y con una voz igualmente vacua.