La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 6/ EL SABBAT #4
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6/ EL SABBAT #4

Sentada en el taxi de vuelta a casa, sacó el libro de nuevo, pero esta vez no podía leer nada. Esa situación desconcertante le hizo preguntarse si el dueño original sí era capaz de leerlo y qué habría sido de él o ella.

Se bajó del vehículo frente al complejo de apartamentos donde residía.

Había sido un día muy extraño. El atardecer que se vislumbraba tras la cima de la montaña más allá de los apartamentos le resultaba misteriosamente rojizo y le parecía incluso acongojante, pues sentía que gotas de sangre podrían caer del cielo en cualquier momento.

A lo lejos, divisó el apartamento donde la estaría esperando Panju.

Empezó a caminar con pasos muy pesados. Miró el móvil; seguía sin noticia alguna de su marido, y estaba convencida de que no habría regresado a casa.

Sin embargo, ella llegaría y tendría que comerse un plato de comida seca e insípida.

Como de costumbre, le echaría una gota de lejía en la comida a su suegra —esa mancha de la que no podía deshacerse— y luego limpiaría el suelo con el mismo producto. Y después… después, ¿qué?

—No te preocupes —dijo de pronto una voz a su espalda.

Hyeonkyeong se dio la vuelta de golpe y se encontró con el conductor del taxi mirándola de espaldas al sol. No podía verle bien la cara, pero notaba algo extraño en él, ahí parado con tanta rectitud. No parecía humano.

—¿Qué? —le preguntó ella.

El taxista apuntó al bolso de Hyeonkyeong con sus dedos gruesos.

—Pronto podrás leerlo —respondió él, y, a pesar de que hablaba, sus labios no se movían, como un maniquí.

Antes de que pudiera decir nada, el hombre regresó al vehículo y lo puso en marcha. Hyeonkyeong echó a correr tras el taxi, agitando los brazos como loca. Por fin, el coche se detuvo. Golpeó la ventanilla del conductor con brusquedad y el taxista la bajó.

—¿Qué quiere, señora? —preguntó él, molesto.

—¿Qué acabas de decirme?

—¿Qué? Pero ¿qué le pasa a esta mujer?

—¡Acabas de hablarme fuera del coche!

El aura tan sombría que lo rodeaba unos instantes antes se había desvanecido por completo y parecía que no recordaba nada de lo que le había dicho.

Hyeonkyeong se apartó de la ventanilla y el taxi salió pitando.

«¿Me lo habré imaginado todo?». Se encaminó de nuevo a su casa, todavía confundida.

El complejo de apartamentos tan vacío se veía lóbrego de pronto, similar a un cementerio.

Cuando entró en casa, un silencio sepulcral la recibió. La luz del salón estaba apagada y la única fuente de luz que aportaba algo de brillo era la triste lámpara amarillenta de la cocina.

—¿Panju?

Una sensación siniestra le recorrió el cuerpo.

Panju estaba sentada a la mesa y le daba la espalda.

Su pequeña figura se veía tan oscura que se preguntó si lo que estaba viendo era realmente humano.

Era imposible que la hubiera escuchado llegar y no hubiera cruzado palabra con ella todavía.

Ni siquiera se había girado a mirarla. Hyeonkyeong se acercó con mucho cuidado, despacio, como un explorador que acabara de descubrir unas ruinas malditas. La cocina olía a comida.

La mesa estaba preparada para cenar con una ración de omurice , un plato de arroz frito y tortilla encima, que aún despedía algo de humo cálido. Eso no era normal, Panju nunca le había preparado la comida. Cuando le tocó el hombro, por fin abrió la boca:

—¿Qué es esto? —dijo, con una voz completamente ronca.

Su mirada seguía enfocada en la nada.

—¿A qué te refieres? —le preguntó Hyeonkyeong, con un tono inocente.

Entonces, Panju por fin se volvió a mirarla, con unos ojos enturbiados que le pusieron los pelos de punta.

Cada vez que se movía, se escuchaban chirridos, a pesar de que era imposible que eso sucediera.

La observaba con una mirada llena de emociones intensas y ella no podía moverse, atrapada en sus pupilas.

Panju levantó su mano, tan escuchimizada como un trozo de cecina, y apuntó hacia la mesa, exactamente hacia un recipiente de salsa y condimentos, el mismo que contenía ese líquido azul similar a una gema.

—¡¿Te has vuelto loca?! —le preguntó, con una voz tan estridente como si estuviera arrastrando una bandeja de metal sobre un suelo de acero.

Hyeonkyeong se quedó en blanco.

—Jaja… —alcanzó a pronunciar, pero era el sonido de las burbujas de su interior explotando.

Se acordó de la masa que había visto unas horas antes, y las sensaciones de ese momento comenzaron a envolverla: el aire tan extraño del cuarto, el olor ligeramente dulce, la humedad espesa…

Su mente se aclaró cual tela blanca recién salida de un ciclo de lavado con montones de detergente y suavizante; y se rio.

Ahora que esas burbujas habían explotado, dejarían su marca en algún lugar.

Panju la miró como si estuviera loca, pero ella no podía dejar de reír, parecía un globo al que se le escapaba el aire.

Se sujetó el vientre y retrocedió hasta dejarse caer en el sofá. Solo entonces pudo detener la risa.

Panju se acercó a ella y, después… Después…

¿Qué fue lo que hice…? No, ¿ qué fue lo que pasó ?

Post rebatiendo a Desinfección_El sabbat ocurrirá en el New Seoul Park. 100 % seguro.

¿Que especulo y malinterpreto las intenciones del soberano?

No me hagas reír. El sabbat es una prueba para sus devotos.

Si no somos capaces de analizar y descifrar sus intenciones, entonces carece de todo sentido.

¿No es lógico que queramos estar junto a Él, a quien adoramos?

El sabbat no lo debe liderar el soberano, sino nosotros.

Desinfección dice que tuvo la oportunidad de recibirlo, ¿pero dónde están las pruebas de ello?

Lo que yo creo es que sufre de paranoia o que quiere acaparar todo para sí mismo.

Si es verdad lo que dices, ¿por qué no subes una parte del libro?

Además, el sabbat ocurrirá en el New Seoul Park.

No hay duda de ello. Queda totalmente claro cuando se aplica la teoría del feng shui a los anteriores ciclos del sabbat y a las peculiaridades de las zonas donde sucedió.

Yo también tengo el libro, ¿sabes? Está todo explicado dentro.

Puedo entenderlo porque trato de mantener mi mente abierta, no como otros…

Hyeonkyeong no podía dejar de mirar la publicación de Jellybean.

Le parecía absurda y a la vez tan osada que rayaba en lo insoportable.

Era obvio que la última parte era una provocación dirigida a ella.

Se llevó un trago de vino ya caliente a la boca y los labios partidos le escocieron al tacto con el alcohol.

El sabor metálico se adentró por su esófago, pero el olor a desinfectante que le revoloteaba en la nariz no desaparecía, así que sacó un puñado de gominolas del cajón —todas de formas y colores diferentes y cubiertas de azúcar—, se las metió en la boca de golpe y las masticó.

El sabor dulce fue solapando poco a poco el olor tan tóxico que la atormentaba.

De pronto, sonó la alarma. Si quería llegar a tiempo a la universidad para la conferencia, debía comenzar a prepararse. Limpió el escritorio y desplazó el cursor al botón de «cerrar», pero de pronto le saltó una notificación tentadora:

Jellybean te ha enviado un mensaje directo:

¿Has visto cómo han reaccionado a mi publicación? ¿Acaso tienes el libro siquiera? Si no es un farol, tráelo. En cuanto pruebes que es cierto, te dejaré en paz y no publicaré nada más en el foro. Te dejo la dirección abajo.

La conferencia ese día fue un caos. Hyeonkyeong le respondió: «Allí nos vemos».

No podía ser racional en ese momento porque la privación que sentía la carcomía.

¿Cómo era posible que hubiera alguien más con el libro?

¿No la había elegido solo a ella? Eso era inadmisible.

No podía quedarse de brazos cruzados con toda esa ira, que hacía mucho no sentía, hirviéndole en el pecho.

Hyeonkyeong pasó la noche en vela dentro de la habitación oscura.

Normalmente no se atrevía casi ni a tocar el libro, pero esa noche se puso a leerlo con detenimiento.

Se sabía de memoria cada párrafo de su contenido y, aun así, lo masticó de nuevo, llegando a la misma conclusión: «Yo tengo razón».

Todo lo que decía Jellybean eran mentiras y no podía aceptarlas.

Él solo le daba su libro a un elegido y a nadie más. Esa era la única manera.

—Yo tengo razón —se repitió Hyeonkyeong toda la noche.

El día que acordaron, la temperatura alcanzó su máxima del año.

Hyeonkyeong se dirigió al lugar acordado totalmente preparada y condujo por la autopista desierta hacia las afueras de Seúl, hasta que apareció un cartel llamativo que anunciaba su llegada al New Seoul Park.

Un oso levantaba una pata, con cara de bobalicón y con una flecha enorme incrustada sobre su cabeza.

Las luces situadas bordeando la flecha parpadeaban de manera continua, casi frenética.

Justo antes de llegar al punto acordado, se detuvo en el arcén para mirarse al espejo una última vez y comprobar cómo se veía; debía mostrarle a Jellybean que lo tenía todo bajo control y que no le faltaba nada.

Hyeonkyeong lo imaginaba como un profesor de una familia adinerada que no podía aguantar presumir de su inteligencia.

Reprimió sus preocupaciones tanto como pudo, ya que estaba segura de que, en lo que se refería a Él o a la información sobre el libro, no había nadie que pudiera superarla.

La única razón por la que había aceptado presentarse ese día, a pesar de lo engorroso del asunto y de la incomodidad que sentía, era que necesitaba comprobar si ese tipo realmente tenía el libro y si podía leerlo.

En cualquier caso, si alguna de las dos cosas era cierta, no podría dejarlo pasar.

Hyeonkyeong toqueteó lo que llevaba en su bolsillo.