6/ EL SABBAT #3
Lo cierto es que el amor que Panju sentía por su hijo parecía ser inalterable.
A pesar de que él ya había sobrepasado los treinta y ella casi rozaba los sesenta, seguía teniendo colgados en una pared de su habitación los numerosos premios que su hijo había recibido desde el colegio.
Él mismo parecía ser un certificado de méritos en sí, mientras que su nuera era un mero obsequio que venía con el premio gordo.
A pesar de lo obvio que había sido siempre, Hyeonkyeong no se había dado cuenta hasta ese momento.
Se tragó otra cucharada de arroz duro y lo pasó con la sopa que lo acompañaba, a pesar del olor nauseabundo que despedía.
Justo en ese momento escuchó algo estallar en su interior.
Hyeonkyeong sacaba tres veces al día el recipiente para salsas que había escondido al fondo de la despensa y le echaba una única gota de la lejía que contenía a la comida de la familia.
En ningún momento pensó que estuviera haciendo nada malo o alocado, simplemente buscaba sentirse un poquito mejor, como si tomara vitaminas después de la comida.
Cada vez que imaginaba el líquido azulado, similar a una gema con olor a desinfectante, bajando por las gargantas de su marido y Panju, notaba una sensación de frescura parecida a la de mascar un chicle de menta.
Estaba deshaciéndose lentamente y con paciencia de una mancha vieja y rebelde.
No les iba a pasar nada por tomar tres gotitas de lejía al día.
El efecto que tenía en su cuerpo el estrés que ambos le provocaban era mucho más preocupante.
Un día le llegó una solicitud de limpieza especial, cosa que rara vez sucedía, y, para variar, su marido estaba desaparecido atendiendo alguna reunión inventada.
El proceso de la firma de un contrato por el servicio de limpieza empezaba por ir al lugar y estimar el presupuesto con el que debían trabajar, así que se preparó para ir a comprobarlo ella misma.
Normalmente, el gerente era quien se debía encargar de ello, pero había solicitado su ayuda porque, a pesar de haber intentado sopesar el coste de la limpieza, le había resultado imposible llegar a una conclusión.
¿Qué pasaría en ese lugar para que se hubiera escandalizado así?
No habían transcurrido ni unas horas desde el comienzo del día y Hyeonkyeong ya estaba suspirando.
Mientras su marido se emborrachaba con desconocidos en un antro subterráneo desde primera hora de la tarde, ella se dirigía a un apartamento a las afueras de Seúl que parecía tener más de una década.
Nada más entrar por la puerta principal, el olor a polvo y humedad la atacó de pronto.
El ascensor olía muy fuerte a desinfectante y había trapos y cubos por doquier, como si estuvieran en medio de una limpieza.
Hyeonkyeong se tapó la boca y la nariz con la mano, preocupada de repente por si perdía el olfato para siempre.
Llegó al cuarto piso y la dueña que los había contratado, una mujer de mediana edad de aspecto sencillo, pero que parecía adinerada, salió a recibirla.
La llevó a la habitación 407 y, en cuanto abrió la puerta, una humedad inaguantable salió despedida del cuarto.
El edificio debía de estar mal construido porque era imposible que alguien viviera con tales niveles de humedad.
Hyeonkyeong se adentró lentamente en la vivienda y un olor empalagoso se iba expandiendo por encima de la humedad con cada paso que daba.
—¿Pero es que estaba plantando cañas de azúcar o qué? ¿Cómo puede oler tan raro aquí? —murmuró la dueña, con la nariz tapada.
Había una energía extraña en el ambiente.
Hyeonkyeong trató de analizar lo primero que se veía, la sala y la cocina.
Nada especial le saltó a la vista y lo mismo pasó con el dormitorio principal.
La cama tenía hasta las sábanas y la colcha puestas, como si el inquilino se hubiera mudado con prisas.
Entonces, se dirigió a otro pequeño cuarto que había al otro lado, el único de la casa con la puerta cerrada.
Cuanto más se acercaba, más se le arremolinaban sensaciones confusas.
De alguna manera incomprensible, se sentía más despierta que de costumbre y el corazón le latía de felicidad.
Sus neuronas —habitualmente entumecidas por el olor a lejía— y todos sus sentidos parecieron despertar en ese momento.
Era una sacudida de frescura que hacía muchísimo tiempo no sentía.
Se paró frente a la puerta del cuarto y en el instante en el que giró el picaporte se dio cuenta de cuál era la razón de ese bienestar.
Un olor empalagoso y penetrante se coló por la rendija y se adueñó de su interior, cubriendo por completo el olor tan persistente a lejía que la atormentaba.
Hyeonkyeong abrió los ojos de par en par y tomó una gran bocanada de aire.
Sus mucosas nasales se habían deshecho hasta del más ínfimo rastro de olor a alcohol y se habían cubierto de dulzura.
Sus pulmones, al borde de disolverse por los productos tóxicos, se habían saneado por completo, y la humedad pegajosa la hizo sentir renovada.
—La sala y el dormitorio no parecen tener nada raro —siguió hablando la dueña, con la nariz aún tapada—.
Solicité la limpieza precisamente por ese cuarto.
La mujer era muy limpia, pero el hombre era bastante raro y anoche desaparecieron de repente, ¿te lo puedes creer?
Vine a pedirles el alquiler porque era el día de pago y mira con lo que me encuentro.
Se fueron tan de repente que ni les di su fianza.
Hyeonkyeong entró a la habitación problemática con el corazón acelerado.
Más allá de la puerta decorada de arriba abajo con extraños grabados, el dolor dulce e intenso apestaba el lugar.
¿Así sería la sensación de bucear dentro de un enorme flan?
Sentía como si minúsculos granos de azúcar pulularan en el aire.
El olor le cosquilleaba en la nariz, y la hizo estornudar varias veces.
Se tapó la boca y buscó el interruptor a tientas con la otra mano.
Después de encender la luz y una vez controlados los estornudos, alzó la vista.
Era la primera vez que veía algo así en toda su vida.
Las paredes estaban llenas de letras incomprensibles y frente a una de ellas había pilas y pilas de libros viejos.
Aunque eso no era lo más peculiar; una masa enorme, del tamaño de un adulto, se exhibía en un rincón de la habitación, seguramente el origen del olor y la humedad.
Hyeonkyeong se acercó con cautela. Tenía la sensación de haber visto algo similar en uno de esos programas de vídeos populares.
En el que ella recordaba, manipulaban una masa de algo desconocido, similar a un monstruo líquido o a eso que llaman slime, y que brillaba con colores artificiales, entre dorado brillante, rosa y verde fosforito.
Y eso era lo que Hyeonkyeong tenía frente a sus ojos en ese mismo momento.
Una masa de gelatina o de slime , un monstruo líquido que habían amasado y abandonado en ese cuarto y que se iba endureciendo mientras despedía un olor artificial y empalagoso.
Hyeonkyeong observó la habitación. Todo lo que había en ese lugar resultaba sospechoso, pero no tanto como para asumir que se tratara de la escena de un crimen.
Un libro viejo que descansaba sobre el escritorio le llamó la atención.
La portada de piel estaba desgastada y las hojas, amarillentas.
Lo abrió sin pensar, pero no pudo leer nada de lo que ponía.
Estaba escrito con un alfabeto que no reconocía.
—Entonces, ¿cuánto me va a costar? —preguntó la dueña, con un solo pie en el umbral de la puerta, reticente a entrar un paso más allá.
Hyeonkyeong estimó el presupuesto con rapidez y le tendió el contrato.
—Como puede observar usted misma, la habitación se escapa de todo lo que hubiéramos imaginado. Normalmente cobraríamos más por el servicio, pero tiene usted la suerte de que ahora mismo tenemos una oferta especial, así que le saldrá más barato.
—Uff… Bueno, lo que tú veas, pero, por favor, deshaceos de esto cuanto antes. No puedo ni dormir pensando en esta habitación.
—Perfecto, entonces, écheme una firma aquí y ya estaríamos. Yo me quedaré un poco más a revisar la habitación, no le molesta, ¿no?
—No, no, haz lo que quieras.
La dueña firmó el contrato sin pensárselo dos veces y le entregó la llave.
Una vez que se hubo marchado, Hyeonkyeong se puso a inspeccionar cada rincón de la habitación.
Les iba a llevar mucho tiempo y esfuerzo deshacerse de todas las manchas pegajosas que plagaban el cuarto, por lo que quizá tendría que cobrarle algo más.
Pero lo realmente complicado iba a ser deshacerse de esa masa enorme y viscosa, pues no tenía ni idea de cómo hacerlo.
El olor le hacía pensar que se trataba de basura biodegradable, pero quizá debía desecharla como basura general.
Ahora entendía por qué el gerente le había delegado el trabajo a ella.
Se disponía a salir de la habitación cuando el libro de piel llamó su atención de nuevo.
La mujer se dio la vuelta y se acercó al escritorio con violencia, casi como si alguien la hubiera empujado.
De pronto, el libro se abrió de par en par, a pesar de que no había ventanas en el cuarto que dejaran soplar el viento por el interior de la estancia.
Se quedó mirando la escena, embrujada. Nadie la creería si lo contara, pero le pareció una revelación divina, y sentía algo llamándola desde el interior del libro.
Su mirada se posó sobre una de las oraciones escritas en la página por la que se había abierto:
«Nosotros bailamos con el diablo».
Hyeonkyeong metió el libro en el bolso. Ni siquiera podrían acusarla de robo porque se tenían que deshacer de lo que había en la habitación igualmente, pero el corazón le latía desbocado.