La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 6/ EL SABBAT #2
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6/ EL SABBAT #2

Había superado la de Hyeonkyeong y se había adueñado de la cima de la lista.

El creador, Jellybean. La cara de la directora Yu se transformó en una mueca de odio.

No tenía ninguna duda de lo que diría, que aquellos que creen en Él y lo adoran tienen el derecho a ser elegidos y a traer el sabbat .

¿Cómo se atrevía a decir algo así? Lo más absurdo es que no le serviría de nada, pues ningún simple mortal podría predecir quién era Él.

Se acercaría por su propia voluntad, digno de su misericordia, mientras cada uno de sus seguidores cumplía con su mandato.

Lo que estaba haciendo ese tipo debería colocarlo automáticamente en la lista de infieles.

—¿Qué pretende conseguir sabiendo la dirección exacta del sabbat ? —murmuró Hyeonkyeong—. ¿Acaso quiere provocarlo él mismo? Lo que busca es retarme.

Sin embargo, lo que la cogió más desprevenida fueron los comentarios.

Algunos eran agresivos y la menospreciaban tanto a ella como al soberano, mientras elogiaban a Jellybean; pura blasfemia.

Sus ojos empezaron a enrojecer y apretó el ratón con fuerza.

No era asunto suyo lo que hiciera o pensara ese tipo, pero esa vez no podía dejarlo pasar.

Apoyó la frente en las manos y calmó su ira para concentrarse.

¿Qué clase de persona sería Jellybean? A pesar de que no tenía modales, los diversos análisis e interpretaciones de manuscritos raros que subía eran bastante interesantes.

A su parecer, él sí sería un profesor de alguna universidad que se dedicaba a la investigación, solo bastaba con ver su orgullo para darse cuenta.

Seguro que se comportaba como el rey de su propia nación en la que los alumnos ponían su futuro en sus manos.

Sin embargo, esa última publicación era pasarse de la raya. Ese tipo era un traidor.

Un olor a desinfectante se esparció de pronto por el lugar.

Ella sabía que ese olor no era real y que tampoco dejaría de notarlo por taparse la nariz.

Le dolía la cabeza. Cerró los ojos y se quedó toqueteando los bordes del libro de piel desgastada unos instantes.

En la oscuridad de su mente se reprodujeron imágenes de su vida y de lo mucho que la había desperdiciado hasta que llegó Él.

Pero las casualidades no existen, pues todas son un conjunto de puntadas que culminan en un bordado específico, así que esa situación también sería una parte del bosquejo que Él estaba preparando.

Su vida de recién casada le parecía casi un chiste cuando la recordaba ahora.

Su marido tenía un orgullo inquebrantable, y la madre, su suegra, solo lo acrecentaba al ponerlo como el mejor hijo del planeta mientras a ella la trataba como a una esclava.

Esa actitud venía de parte de una señora bien instruida que había llegado a ser catedrática, pero lo más irónico de todo es que en esa época Hyeonkyeong no era muy diferente de ellos.

Mirando atrás, no podía entender qué tenía de aterrador una vieja testaruda.

Al final, su vida había estado llena de individuos a los que les faltaban varios tornillos, por lo que no podía ser más que una comedia.

Su suegra, Kang Panju, tenía una terrible obsesión por la limpieza.

Por mucho que Hyeonkyeong se pasara el día limpiando, se quejaba de que estaba todo sucio.

Tanto era así que una vez hasta le sangraron los dedos de pasar el trapo.

En ese momento estaba convencida de que era una enfermedad, y le daba más lástima que otra cosa.

Por otro lado, pensaba que moriría pronto y que lo mejor era seguirle la corriente, por eso hacía lo que le pedía sin rechistar.

A día de hoy, se podía dar cuenta de lo absurdo que había sido pensar así.

Era como si el ratón quisiera cuidar del gato.

Mucho tiempo después, cuando sus manos se habían agrietado, rasgado e hinchado por la lejía tan potente que usaba, por fin se dio cuenta de que Panju no tenía ningún tipo de trastorno, solo era una mala persona.

A pesar de ello, fue demasiado tarde; ya no podía soltar el trapo.

La obsesionada por la limpieza ahora era ella.

No podía dejar una mota de polvo o una minúscula mancha en su casa.

Limpiaba a todas horas, de una manera u otra, y el olor a desinfectante se le había adherido a los nervios olfativos.

Solo había una forma de deshacerse de ese olor nocivo que le impedía sentir ningún otro: tener algo empalagoso en la boca.

Por esa razón, se pasaba el día comiendo cosas dulces que su marido consideraba asquerosas y no quería ni probar.

Tomaba tantas que las caries eran un problema más de su día a día, pero no podía detenerse.

De su marido, en cambio, no tenía qué decir.

Él no sabía hacer absolutamente nada, ni para bien ni para mal.

Aun así, abrió su propio negocio de servicios de limpieza asociados a una nueva patente de lejía de su cosecha.

Al comienzo, había mucho trabajo y estaban faltos de personal, así que Hyeonkyeong ayudaba por el día y por la noche limpiaba de nuevo en su casa.

Siempre estaba ocupada porque su marido solo sabía crear problemas y le tocaba a ella solucionarlos, hasta tal punto que todos recurrían a ella en lugar de al director de la empresa.

Sin embargo, Hyeonkyeong no tenía ni siquiera un puesto acorde con sus labores, por lo que empezó a acumular frustración cada vez que hablaban de ella como la esposa del dueño.

Quería que la trataran con el cargo que se merecía, y no solo como «la mujer de».

Por mucho que saliera a trabajar, la actitud de Panju para con ella no cambió un ápice.

Incluso podría decirse que empeoró, pues aprovechaba cualquier momento para ningunearla y recordarle que no debía emocionarse mucho por hacer cosas fuera de la casa.

Mientras tanto, el que no entraba nunca era su marido.

Más de la mitad de la semana regresaba a casa borracho como una cuba y el resto de los días simplemente seguía llegando tarde sin razón.

Hyeonkyeong se preguntaba dónde estaría cada noche y qué haría para que la ocupada fuera ella y no al contrario.

En esos momentos, sentía algo extraño en su vientre.

«Uff, qué ganas tengo de deshacerme de todo».

Su obsesión por la limpieza había sobrepasado los límites de lo tangible para enfocarse en su propio interior.

Sentía que su marido y su suegra eran una mancha en un suelo perfectamente blanco.

Su marido empezó a pasar más noches fuera de casa mientras ella se encargaba de hacer el trabajo, sin comprender qué clase de reuniones podrían tenerlo tan ocupado.

Cada vez que tenían un roce, él iba a Panju y le contaba lo que había sucedido haciéndose la víctima, ocultándole de dónde venía esa pelea o lo que sucedía después, así que, antes de que se diera cuenta, Hyeonkyeong quedó tachada de esposa severa y desconsiderada.

No había día en que no le sorprendiera lo bien que mentía ese hombre.

Le pegaría más dedicarse a la escritura barata que a los servicios de limpieza; Panju sería su única lectora y fan, mientras que Hyeonkyeong sería la villana de la historia.

Cuando aceptó que no podría conseguir que ninguno de los dos viera la realidad, se dio por vencida.

Se sentía completamente sola y no pensaba que pudiera llevar una vida normal nunca más, pero tocar fondo había sido culpa de sus malas decisiones por las que ahora tenía que pagar.

Aun así, no le parecía justo. Necesitaba llegar a un punto de inflexión y cambiar su vida.

Un día, comprando en el supermercado, le llamó la atención un recipiente para salsas y condimentos.

A pesar de que tenía muchos, lo echó a la cesta sin pensar.

Llegó a casa y lo llenó hasta arriba con la lejía azulada que acostumbraba a usar.

Dentro del bote de plástico transparente, el vaivén del líquido le parecía hermoso, como si fuera una gema en movimiento.

Hyeonkyeong dejó la lejía olvidada en el recipiente durante mucho tiempo.

Necesitaba prepararse para poner en práctica su idea, por mucho que no se tratara de una genialidad, pues en ese entonces era extremadamente indulgente y buena.

Debía esperar a la señal, el instante en el que sus emociones, hasta ese momento mantenidas en el límite, rebosaran. Y esa señal llegó de súbito.

Panju parecía estar de buen humor, tarareando una melodía desde bien temprano.

Ni siquiera dijo nada a Hyeonkyeong por que se hubiera tomado una bolsa entera de gominolas de una sentada.

Mientras comían una frente a la otra sin el marido, que había salido de madrugada y no había vuelto, Panju le tendió un periódico de pronto.

«Una empresa que se consagra a paso seguro de la mano de su director ejecutivo, X».

Bajo el titular de la portada mostraban una foto de su marido sonriendo con soberana hipocresía.

La comida casi le supo a arena. Hyeonkyeong tragó como pudo y se quedó mirando a la mujer que acariciaba la imagen del periódico, totalmente enamorada de su hijo.

Le pareció tan repulsivo que se le escapó la risa.

—Qué suerte tuviste de casarte con un hombre así, ¿eh? ¿Quién podría conseguir todo lo que ha conseguido él?