6/ EL SABBAT
Hyeonkyeong se bajó la mascarilla que le cubría más de la mitad del rostro, agobiada.
Pudo respirar aire fresco un segundo hasta que el olor del desinfectante le penetró las fosas nasales.
Arrugó la expresión y tomó una bocanada de aire, con la que solo consiguió que el hedor se volviera más pesado.
Sentía que sus células receptoras del olfato se disolvían.
Había pasado la noche limpiando las tres plantas del edificio con lejía, así que era de esperar que el olor fuera insoportable. Se tranquilizó y regresó a su expresión comedida habitual. Entonces, alzó la vista hacia los empleados, que esperaban ordenadamente en cuatro filas, y les dijo:
—¡Hemos hecho un gran trabajo hoy!
—¡Buen trabajo! —vitorearon todos.
Los observó marcharse en el autobús de enlace y se subió a su coche.
El olor seguía sin desaparecer, por el contrario, se hacía más y más intenso y amenazaba con provocarle dolor de cabeza.
Se puso a rebuscar en la guantera con nerviosismo.
Sacó una de las tantas bolsitas de gominolas que había comprado a granel y se echó el contenido a la boca, saboreando cada segundo de dulzura.
Por fin, el olor a desinfectante se iba disipando.
A lo lejos, vio el autobús salir del aparcamiento y arrancó el coche.
En el lateral del vehículo de enlace había una imagen suya sonriendo mientras sujetaba una botella de lejía turquesa en espray, junto al nombre de la empresa Gwangnan Clean.
Se quedó mirando su cara, mucho más grande que la de verdad, entre orgullosa y avergonzada, hasta que el autobús desapareció de su campo visual.
Entonces, ella también salió del aparcamiento, sin mucha prisa.
Tenía pensado echarse una siesta en casa hasta que llegara la hora de ir a la conferencia universitaria a la que había sido invitada por la tarde.
Desde que había salido en una revista de economía el año anterior como una de las CEO más prometedoras, la invitaban a conferencias de toda clase.
Ya era bastante conocida porque ofrecía beneficios justos y legítimos a sus empleados en un mercado tan exigente como el de la limpieza, cosa poco usual; pero, desde que uno de ellos compartió una historia conmovedora sobre ella en sus redes sociales, la alababan al nivel de una santa.
La publicación tan solo hablaba de que ella misma los acompañaba cada noche en sus agotadoras tareas de limpieza, pero incluso se filtró una fotografía que alguien había tomado de ella con una mascarilla como prueba y empezaron a lloverle las entrevistas.
—La limpieza nocturna es una especie de rutina de ejercicio para mí.
La mayoría de la gente piensa que la limpieza es un trabajo igual de simple que cualquier otro, pero yo considero que el arte de limpiar por completo aquello que está contaminado se acerca más a un tipo de purificación casi religiosa.
Lo que yo hago todas las mañanas, sudando codo con codo con mis empleados, es un entrenamiento.
No es un acto de servicio a la comunidad ni mucho menos, ni trato de quedar bien frente a los demás, tan solo es una actividad que me permite fortalecerme.
La respuesta de Hyeonkyeong —ante la pregunta incriminatoria sobre si esa publicación no se trataba de una estrategia de imagen— rondaba por internet junto con una fotografía suya de la conferencia, con títulos tales como «empresario típico de Corea.jpg» o «CEO con satisfacción del 200 %».
Había empleados que incluso se acercaban a pedirle un autógrafo para sus hijos y le contaban entre risas que los pequeños querían ser como ella de mayores.
—Diles que sean más listos que yo y que vivan mejor —les respondía ella con una sonrisa ambigua.
Llegó a casa y se detuvo en el vestíbulo, juntó las palmas de las manos y cerró los ojos.
Su expresión mientras recitaba algo entre susurros —bien podría ser un conjuro o un rezo— era tan devota como la de un fraile.
Unos instantes después, abrió los ojos y echó un vistazo a la casa.
Estaba igual de impoluta que la había dejado al salir.
Su obsesión por la limpieza le impedía tener una sola mota de polvo pululando en su hogar.
Hasta los lugares menos accesibles —la parte superior de la nevera, los marcos de las ventanas o los estantes de los armarios de la cocina— estaban relucientes y no había ni un milímetro del moho que era habitual ver en otras casas.
Hyeonkyeong sonrió con orgullo y entró. Se quitó la chaqueta del traje, se sirvió una copa de vino y se dirigió a una puerta situada al otro lado de la sala.
Más allá había una habitación secreta a la que solo se podía acceder con su huella dactilar y que había construido tirando abajo las paredes que separaban el baño, el ropero y la habitación que servía de trastero.
Tomó un trago de vino y apoyó su dedo en el dispositivo de bloqueo.
La puerta se abrió con un pitido simple y dejó paso a una habitación sin ventanas, tan oscura como la noche misma.
Encendida la luz, el espacio se cubrió de un tenue color rojizo bajo el que aparecieron todo tipo de objetos insólitos: una mano de momia de autenticidad desconocida, una estatua de piedra del diablo, un crucifijo del revés, muñecos vudú…
; objetos de colección que Hyeonkyeong había conseguido con sudor y lágrimas, muchas veces traídos de contrabando desde África o países remotos.
La directora Yu caminó entre sus tesoros hasta el fondo de la habitación, donde guardaba el más preciado: un único libro que exhibía en una vitrina art nouveau de hacía más de cien años.
Dejó la copa de vino y se colocó rápidamente unos guantes de algodón.
Después, metió la mano en la vitrina y sacó el libro con sumo cuidado.
Abrió la portada, carente de inscripciones o ilustraciones, y apareció una hoja amarillenta con una frase que leyó en voz queda:
«Nosotros bailamos con el diablo».
La expresión de Hyeonkyeong se torció de manera extraña bajo las luces rojizas.
Cerró el libro, se sentó frente a su ordenador portátil y lo encendió.
Una ilustración emergió en la pantalla: un grabado del diablo y sus seguidores en plena celebración de un ritual.
Era una obra de un artista desconocido de la Edad Media y que también formaba parte de su colección.
Estaba segura de que el autor sería uno de los seguidores representados en la pintura.
Hizo clic en la ilustración y la mano que sobresalía del caldero hirviendo comenzó a derretirse.
Después de esa transición, una lista de publicaciones de un foro se desplegó en la pantalla.
Hyeonkyeong se quedó mirando la primera, la suya, publicada bajo el usuario Desinfección.
A pesar de que la había subido apenas el día anterior, había tenido tantos comentarios y visitas que la habían colocado en la cima de las publicaciones como la destacada del día. Hizo clic en ella.
Se acerca el sabbat
Nuestros antepasados no pudieron escalar hasta la cima socioeconómica, y Él fue quien los acogió bajo sus alas.
Abandonaron voluntariamente sus religiones, sus países y a sus familias para convertirse en sus sirvientes.
Así consiguieron sobrevivir. Nosotras, las brujas, estamos en todas partes.
Él no es una ilusión, es real; y yo soy la prueba de ello.
Poseo su libro y la capacidad de leer su contenido.
También lo he visto a Él con mis propios ojos.
Acaricia nuestros corazones y, cuando más lo necesitamos, nos ofrece el consuelo de unas dulcísimas gominolas. Llegará muy pronto. El sabbat está cerca. Y con él, el festín, pues el soberano es magnánimo y misericordioso. Solo la fe nos conduce al sabbat.
Sin embargo, algunos miembros impacientes especulan y malinterpretan sus intenciones.
Es inútil intentar averiguar dónde sucederá el sabbat.
No es lo importante, porque solo los elegidos podrán disfrutar del festín.
Cuanto más esfuerzo dedican a esas nimiedades sin fundamento, más se alejan de la mirada de nuestro amo y señor.
Que tengáis un buen día.
Leer los comentarios que se amontonaban bajo sus publicaciones era casi el único pasatiempo de Hyeonkyeong. Al ser un usuario tan famoso en el foro, veía a gente tratando de averiguar su identidad a diario.
«Seguro que es un doctor reconocido de la Facultad de Humanidades».
«¿Qué dices? ¿Es que no viste la foto del hotel que publicó la otra vez? Seguro que viene de una familia que maneja un grupo hotelero».
«¿Y no será un criminal de una secta?».
Ese tipo de sinsentidos le alegraban el día. Se sentía como si fuera la diosa de todos los usuarios, y podría ser cualquiera, pero, en realidad, no era nadie; esa era Desinfección. Siguió leyendo esos comentarios de alabanza y glorificación de buen humor hasta que se encontró con uno irritante:
«Te equivocas».
Después de leer el nombre de usuario, Jellybean, Hyeonkyeong se mordió el labio.
El único en todo ese foro de la deep web que la ponía de mal humor era ese tipo.
Respondía a todas y cada una de sus publicaciones con otras que las rebatían y siempre comenzaba disputas en los comentarios que dejaba en las suyas, comentarios igual que ese.
Al inicio todos pensaban que se trataba de un hater , pero su incansable esfuerzo consiguió que lo elevaran hasta convertirlo en su rival.
—¿Mi rival? Menuda tontería.
Se negaba a aceptarlo. Ella era la número uno en esa comunidad de fieles seguidores.
¿Por qué? Porque había escuchado la voz del soberano, lo había visto y tenía su libro; y, lo más importante, podía leerlo.
Solo había una persona en el mundo que pudiera hacerlo, y esa era ella.
Es más, no tendría sentido que alguien más fuera capaz.
Regresó a la página principal del foro y encontró una nueva publicación parpadeando con la etiqueta « new !»:
«El sabbat ocurrirá en el New Seoul Park _Post rebatiendo a Desinfección».