5/ RUEDAS DE ARDILLA, 200 M #2
—Tú nunca estás en casa y yo no tengo nada con lo que jugar. Uno de mis amigos ya tiene móvil…
Ju-ah me miraba furiosa, con la cara toda arrugada y cubierta de lágrimas. Era igual que el mismísimo demonio. Quien quería llorar de verdad era yo.
—Si te sigues portando así, me voy a ir sin ti.
—…
A pesar de que tenía un nudo en la garganta, le hablé con firmeza, pero la niña seguía haciendo pucheros sin levantarse, así que suspiré con fuerza a propósito y di media vuelta.
Eché a caminar con paso firme, pensando que se resignaría y vendría conmigo como hacía siempre, pero seguía sentada en el banco sin intención de moverse.
«¿Pero qué le pasa hoy a esta niña?». Me daba la sensación de que se volvía más llorona y testaruda con el tiempo.
—Ya no te lo repito más. Si no vienes, yo me voy y te quedas aquí sola.
Ju-ah se asustó, pero giró la cabeza, empecinada, y yo seguí caminando en la otra dirección.
Ni siquiera recuerdo cuánto más anduve bajo el sol abrasador, sintiéndome mareada, hasta que me agaché en medio del camino y me puse las manos en la frente, que me ardía por el calor.
Varias personas se pararon a preguntarme si estaba bien, y yo asentía cada vez, pero no lo estaba en absoluto.
¿Qué es lo que había hecho mal? Cuando era joven, estaba decidida a darles todo lo que quisieran a mis hijos el día que los tuviera y, de no poder hacerlo, entonces no los tendría.
Empecé a trabajar a una edad temprana, ahorré algo de dinero y me apunté a la universidad nocturna a pesar de que ya estaba sobrepasada.
Cuando conseguí algo de estabilidad, conocí a mi marido, un investigador que esperaba las convocatorias a profesor de universidad.
No es que me casara sin ningún plan en mente, realmente pensé que sería una buena oportunidad para mí.
Entonces, nació Ju-ah y, poco después, a él lo hicieron profesor, pero no catedrático, sino profesor asociado.
Aun así, como combinaba sus clases con sus investigaciones, vivíamos bien.
Se pasaba el día diciendo que, gracias a que tenía buenas conexiones, ganaría la cátedra enseguida, y yo confié en él ciegamente.
Poco después, dejó el trabajo de investigación y se enfocó en sus conexiones a la espera del puesto.
Ahí fue cuando nuestra situación económica empezó a ir de mal en peor y me decidí a buscar trabajo, pero, debido a que no me querían reconocer los años que había trabajado antes, prácticamente tuve que volver a empezar de cero.
Poco a poco, mi marido fue comportándose de manera más extraña.
Con la excusa de que lo ayudarían a convertirse en catedrático, se llevaba libros viejísimos a su estudio y se encerraba allí el día entero.
Se volvió completamente inútil y, por mucho que intentara sacarlo por la fuerza, no servía de nada.
No tenía ni idea de lo que hacía allí dentro, pero las hormigas empezaron a merodear por la casa y el estudio, a desprender un hedor extraño.
Día tras día, pedía numerosos paquetes que se acumulaban frente a la puerta, todos de gominolas.
El día que mi marido terminó de perder la poca cordura que le quedaba, cogí a Ju-ah y hui de mi casa a un complejo de apartamentos viejo.
Nunca olvidaré el tacto escalofriante de su mano húmeda y reblandecida sobre mi hombro cuando trató de pedirme que me quedara.
Después de ese día, nunca lo volví a ver ni supe qué fue de él.
Si lo pienso, todo en mi vida es un completo desastre, como un mechón de pelo lleno de nudos imposibles de desenmarañar.
El sol de la tarde me quemaba la coronilla cuando me acordé de la niña meneando su cabecita de un lado a otro tan contenta.
Levanté la vista y me miré las manos. No tenía ni idea de cuándo había perdido tanto peso, pero mis dedos se veían extremadamente delgados, iguales a los de mi madre hacía años.
Aquel día hacía el mismo calor asfixiante.
Habían pasado décadas desde entonces, pero el recuerdo seguía vivo en mi memoria.
El gentío me arrastró y solté a mi madre.
Aunque, en realidad, no fui yo quien la soltó, sino sus dedos los que se me escaparon.
Recuerdo la sensación de sus yemas deslizándose por mi palma, como un pez que aletea entre las manos de un niño y se escapa para nadar lejos.
Estuve vagando un largo rato por el mercado hasta que me encontré con una señora que conocía y me ayudó a volver a casa.
Allí estaba mi madre, y no me dijo una sola palabra cuando me vio.
Tampoco me atreví a preguntarle nunca qué había pasado o si me había soltado a propósito, pero creo que, años después, entendí cuál sería su respuesta.
Me froté la cara con las manos huesudas y las sentí húmedas. Me incorporé y eché a correr al banco donde había dejado a Ju-ah. Seguía estando abarrotado de gente, pero pude encontrarlo con bastante rapidez. Sin embargo, no había rastro de mi hija; el banco estaba completamente vacío.
—¿Ju-ah? ¡¿Ju-ah?! —me desgañité llamándola.
Todo me daba vueltas. Paré a cada persona que me encontré y les pregunté por ella, pero nadie la reconocía. Vi a un empleado un poco más allá y me abalancé entre tambaleos, sacando fuerzas de donde pude.
—Una niña con una camiseta de manga corta amarilla y… ah, también una horquilla morada con forma de caracola. ¿No la has visto?
El empleado, ataviado con el uniforme verde y con una gorra que le cubría casi toda la cara, apuntó a un cartel con el dedo: «Ruedas de Ardilla, 200 m».
Salí escopetada en esa dirección, como alma que lleva el diablo.
Subí la cuesta quedándome sin aire y llamando a Ju-ah sin cesar, pero nadie se giraba.
Casi pareciera que no podían escucharme.
Me seguí abriendo camino entre la multitud, en busca de Ju-ah.
Cada vez que agarraba a alguien por el hombro, desaparecía cual espejismo.
Parada en medio del camino, grité el nombre de Ju-ah hasta quedarme sin voz, mientras las personas me atravesaban.
Sabía que pasaba algo raro, pero tenía algo más apremiante en mente.
Entonces, una silueta familiar apareció más allá.
Una madre y su pequeña caminaban tomadas de la mano en medio del gentío.
La niña con una horquilla con forma de caracola en la cabeza parecía exhausta, miraba al suelo y no había rastro de felicidad en sus ojos, solo apatía.
Ese lugar no era el parque de atracciones, sino el mercado donde perdí a mi madre.
Fui tras ellas y ante mis ojos se reprodujo aquel recuerdo que había estado reprimiendo.
En el cruce, un grupo de senderistas completamente borrachos apareció de la nada. La mujer miró a la niña de soslayo mientras la pequeña trataba de apartarse para no chocarse contra ellos. Entonces, la madre le soltó la mano y se mezcló entre los senderistas.
La niña, de pronto completamente sola, se quedó mirándose la mano unos instantes.
Luego levantó la cabeza y me miró, a su futuro yo.
Me fui acercando a ella, un paso tras otro.
Debía llevarla a casa, pero, por mucho que caminara, la distancia entre nosotras no se acortaba y ella seguía mirándome fijamente.
Extendí mis brazos, al borde de las lágrimas, y la cara de mi yo de la infancia se difuminó como una pintura de acuarela emborronada con un pincel y, de pronto, se convirtió en Ju-ah. La llamé.
Cuando abrí los ojos, me encontré mirando un techo coqueto y, un poco más allá, un cartel decía: «Enfermería». Una enfermera sentada junto a mí me hablaba:
—¿Puede oírme? Se ha desmayado en el camino que lleva a las Ruedas de Ardilla. No tiene de qué preocuparse, seguramente solo le dio un golpe de calor. Se encontrará mejor en cuanto descanse un poco. ¿Vino con algún acompañante?
Tenía la sensación de haber soñado una pesadilla horrible, pero no podía recordarla. De pronto caí en la cuenta de que había dicho «acompañante» y me levanté como un resorte, mirando en todas las direcciones.
—¿Y mi Ju-ah? —le pregunté a la enfermera, que me miraba totalmente confundida—. ¿No había una niña de nueve años conmigo?
—Estaba sola cuando se desmayó… Si su hija se ha perdido, me pondré en contacto con los de la Oficina de Niños Perdidos. La encontraremos enseguida, normalmente no lleva más de media hora.
Salí corriendo de allí sin esperar un segundo más en dirección a la Oficina de Niños Perdidos —una casa con forma de seta roja— y les expliqué cómo era Ju-ah. Los empleados echaron un vistazo a la sala y se giraron de nuevo, consternados.
—Eh… Estaba aquí hace un momento. Estaba sentada con otra niña de su edad. ¿Habrán ido al baño?
Ni siquiera tenía ganas de enfadarme, pero eso significaba que estaba sana y salva, al menos hasta hace un rato.
No podría haber ido muy lejos, así que salí a buscarla por el parque.
Por fortuna, la encontré cerca de la oficina, sentada en un banco a lo lejos, zarandeando sus piernecitas.
Me encaminé hacia ella con la poca fuerza que me quedaba, a pesar de que sentía que se me partirían las piernas.
—¡Ju-ah! —grité, justo antes de empezar a correr.
Cuando alzó la vista, me vi a mí en aquel cruce… Nunca más me separaría de ella, por nada del mundo. Nunca le soltaría la mano de nuevo. La abracé con todas mis fuerzas.