5/ RUEDAS DE ARDILLA, 200 M
Nací en una zona rural de la periferia de Seúl, un lugar tan alejado que tenía que hacer un trayecto de treinta minutos en un autobús que pasaba cada hora solo para ir a la escuela.
Mi madre regentaba un restaurante en el barrio que casi no tenía clientela, cosa poco sorprendente porque nunca fue muy buena cocinera —al menos en mi opinión— y nuestra principal fuente de ingresos era la manutención que nos pasaba rara vez mi padre, quien nos abandonó años atrás.
La imagen más representativa de mi infancia era la de mi madre de cuclillas en el suelo de su habitación contando dinero.
Nunca trató de ocultar que éramos pobres, pues seguramente ni le quedaban fuerzas para hacerlo, y yo trataba de entenderla, incluso si ella nunca reconocía mi esfuerzo.
Al fin y al cabo, era el único vínculo que tenía en mi vida.
Y como tal, también era la única a la que podía culpar o amar.
Especialmente en mi adolescencia, la detestaba con todas mis fuerzas por haberme traído a este mundo, incluso más que a los compañeros que se metían conmigo o a los profesores que me discriminaban; ella era el ser que más odiaba en el mundo.
Quería mudarme a Seúl. En la capital estaría bien pasara lo que pasase porque allí había montones de cosas que no teníamos en nuestro barrio.
Por eso, en cuanto me gradué del bachillerato, me fui de casa. Y mi madre no trató de impedírmelo.
Aun así, no fui a Seúl para asistir a la universidad. Carecía del dinero para hacerlo y ya era suficientemente difícil mantenerse con vida en la capital. Yo fui a Seúl por el dinero. Quería ganar dinero como fuera, muchísimo dinero y… luego, ¿qué?
Su cabecita se meneaba de un lado a otro. Ju-ah gritaba emocionada mientras me tiraba de la mano, los ojos haciéndole chiribitas porque un oso de mirada bobalicona repartía globos frente al tiovivo.
—Ve a por uno —le dije, dándole un empujoncito.
—¡Vale!
Salió corriendo, como si hubiera estado esperando ese momento con ansia. El oso sacudió su trasero y le dio un globo con el dibujo de algún personaje del parque. Ju-ah regresó sujetándolo por la cuerda y me abrazó de golpe. Me gustaba el tacto de sus manitas suaves sobre las mías.
De pronto señaló mi pelo con su dedito y me preguntó:
—Mami, ¿me das tu horquilla?
—¿Qué horquilla? —Me toqueteé el pelo recogido y noté un objeto duro—. Ah…
Era una horquilla de resina con forma de caracola, el único objeto de mi madre que me llevé cuando me marché de casa.
Vacilé unos instantes, pero acabé quitándomela y poniéndosela a Ju-ah en el pelo.
Era más fácil darle lo que quería cuando lo pedía, porque nadie la ganaba a llorona y cabezota.
Se acercó a un cristal, se miró el pelo en el reflejo y se puso a dar vueltas y a canturrear como el oso que bailaba más allá.
Nunca había pensado que Ju-ah y yo nos pareciéramos ni compartiéramos nada en común, a excepción del ADN.
Es más, a mi parecer, se asemejaba más a su padre.
Pero, con la horquilla de mi madre en el pelo, me resultó extrañamente parecida a mí cuando era niña.
Aunque, a diferencia de ella, yo no había ido nunca a un parque de atracciones.
Los únicos buenos recuerdos que guardo de mi infancia eran de cuando jugaba con el gato en el jardín de mi casa.
Cuando era pequeña, teníamos un gatito que mi madre había encontrado un día merodeando cerca de su restaurante.
Su mamá lo había abandonado, y seguía a mi madre como si fuera la suya.
Tenía los ojos amarillos y el pelaje bicolor; igualito a un dibujo animado.
Sus patas blancas lo hacían parecer que llevaba botitas, y mi madre se las cogía como si fuera un bebé.
Ese era el único momento en que se veía feliz y no exhausta, para variar.
Quería tanto al gato que a veces me sentía celosa.
A mí también me gustaba, no obstante. Recuerdo que a veces le ponía la horquilla de mi madre en la cabeza y me reía.
El gato se paseaba con ella colgando y cara de pocos amigos, y al final el adorno aparecía tirado en algún rincón de la casa.
Entonces, yo lo cogía y me lo ponía también.
La casa siempre estaba llena de pelos de gato.
Mi madre murió hace mucho a causa de una enfermedad, pero nunca supo qué era porque se negaba a ir al hospital.
Eso fue antes de que construyeran ese parque de atracciones.
Echaron abajo la casa de ladrillos en la que vivía de pequeña y abrieron el New Seoul Park.
Un poco después de que se acordara su demolición, fui a visitarla, pero no había nada ni nadie.
Ni siquiera pude encontrar al gato, aunque me imaginé que habría muerto porque viven mucho menos que los humanos.
Eso también me hacía envidiarlo. Supongo que murió junto a mi madre, a diferencia de ella, que debió de morir sola, pues solo me tenía a mí en su vida y yo no estuve allí el día de su partida.
Ju-ah señaló un cartel que decía: «Ruedas de Ardilla, 200 m».
—¡Quiero subirme a esa atracción!
—Vale, pero ve despacio, no te vayas a caer.
Ju-ah hizo todo lo contrario y salió corriendo.
Le grité que llevara cuidado, pero no me escuchó.
No tenía la energía para salir tras ella bajo el calor infernal de ese día, así que caminé hacia allá a paso normal, pero sin perderla de vista.
De todas maneras, el callejón estaba sorprendentemente poco concurrido, así que no la perdería entre la gente.
Ju-ah subió la cuesta a brincos, pero pronto la bajó de nuevo, desanimada. Cuando llegó junto a mí, me tironeó de la manga y me contó:
—Pone que está fuera de servicio. Y un señor extraño me ha dicho que me iba a dar gominolas, así que me he ido.
—No te ha pasado nada, ¿verdad?
Ju-ah asintió. Me dio un vuelco el corazón pensando que ese hombre podía ser un criminal en busca de menores y haberle hecho algo, así que me cercioré de que estuviera bien y luego regresamos hacia la plaza.
Nos montamos en el tiovivo y en algunas otras atracciones infantiles y luego nos sentamos en un banco. Estaba sedienta, así que saqué una de las bebidas isotónicas que traje de casa y le di un trago. Se la tendí a Ju-ah también, pero sacudió la cabeza.
—Está calentuja; eso me da más sed.
Agitaba sus piernecitas tranquilamente de arriba abajo hasta que su mirada se topó con algo más.
Una niña de su edad llevaba un peluche del Osito Fantasito tan grande como ella en una mano y en la otra, una bebida fría que goteaba.
Ju-ah la siguió con la mirada hasta que se alejó tanto que ya no podía verla.
Aguanté un suspiro. Sin necesidad de que lo dijera, yo ya sabía lo que quería.
Me miró y abrió lentamente la boca para decir lo que ya me esperaba:
—El peluche del Osito Fantasito es supergrande.
—Sí que lo es.
—Yo también quiero uno. Así no me aburriré cuando te vayas a trabajar.
Asentí mientras trataba de calcular lo que costaría el peluche.
Los más pequeños costaban unos quince mil wones, así que uno del tamaño de un niño costaría por lo menos setenta mil o más.
Solo de pensarlo empecé a sudar. Habíamos venido al parque porque en el trabajo me dieron unas entradas de pura casualidad, pero se me estaba complicando hacer que lo disfrutara.
Ya había gastado mucho más de lo que esperaba solo con el transporte y con la comida, que lo único que había tenido de bueno había sido el aspecto. Me mordí los labios.
Ya imaginaba que Ju-ah querría un peluche; siempre quería algo.
Pero la razón por la que la había traído era porque no quería que tuviera una infancia miserable como la que tuve yo.
Quería que, en el futuro, recordara la suya con emoción en los ojos, pues era lo que había querido para mí y lo que nunca había podido tener.
Siempre que pedía algo, yo se lo daba, aunque me fuera complicado, y me sentía feliz cuando se lo compraba, como una madre capaz y atenta.
Por eso mismo le quitaba importancia al hecho de que la niña querría aún más cosas cuanto más mayor se hiciera.
Calculé cuánto dinero me quedaba para llegar a fin de mes.
No había pasado ni una semana desde que había tenido que comprarle ropa de marca a Ju-ah y un regalo para llevar al cumpleaños de una amiga suya, así que un peluche tan grande iba a ser inviable.
La tomé por los hombros con una sonrisa y traté de persuadirla:
—Ju-ah, ese peluche es muy grande. Luego no puedes jugar bien con él y es difícil lavarlo. ¿No prefieres uno más pequeño?
—Ya tengo peluches más pequeños en casa. Quiero uno grande. Cómpramelo, ¿vale?
—Ya tienes demasiados, no necesitas otro más.
—¡Que me lo compres, cómpramelo! —se echó a gritar.
Noté que la gente se nos quedaba mirando y traté de poner una cara imparcial y consolar a Ju-ah, pero empezó con los lagrimones.
A mí se me partió el corazón. Me había esforzado mucho en traerla para que tuviera un buen recuerdo, tanto que había usado demasiado de un dinero que necesitábamos para llegar a fin de mes y me había convencido de que lo solucionaría más adelante…
Cuando era pequeña e iba al centro a comprar con mi madre, yo tenía algún berrinche a sabiendas de que no me iba a dar lo que le pidiera.
En realidad, lo que buscaba era que se sintiera culpable.
La odiaba por no darme nada de lo que quería, pero ahora entendía la frialdad en su mirada cada vez que me comportaba de aquella manera.
La tomé de la mano y tiré de ella, pero hizo fuerza para no levantarse. Resoplé y la miré fijamente a los ojos:
—Ju-ah —le dije, severa—, ¿no piensas hacerme caso?
—Quiero un peluche. ¿Por qué no me lo compras? ¿Es porque somos pobres?
—¿Por qué dices eso?
—Es lo que dicen los niños de mi clase, que somos pobres porque solo tengo una mamá y no un papá.
Me quedé sin palabras. Ju-ah siguió hablando con voz temblorosa, mientras me apretaba con su manita: