4/ NUESTRO PRIMER DÍA COMO PAREJA #5
Se detuvo frente a unos baños con forma de seta desde los que se escuchaba el agua correr.
Recobró el aliento delante de la puerta traslúcida con la cara enrojecida, más propia de una persona ebria hasta las trancas.
Se posó las manos en las mejillas y las notó ardientes, a la vez que su corazón latía con fuerza, tal y como lo hizo la primera vez que habló con Jaeyun.
Observó su reflejo en el pequeño espejo frente a la entrada.
Tenía el pelo hecho un desastre, cubierto hasta las puntas de esa gominola rosa.
Trató de atusarlo con las manos, pero estaba pegado cual chicle.
De repente, escuchó un ruido en el interior.
Acercó su mano temblorosa a la puerta, con cautela, la abrió y dentro encontró a Jaeyun.
Su rostro le resultó familiar y hermoso, y no pudo apartar la vista de él hasta que se percató de que tenía los ojos rojos e hinchados.
—¿Estabas llorando? —le preguntó, casi en un susurro.
Jaeyun no respondió. Parecía desconcertado por que Dae hubiera aparecido ahí, más aún con esas pintas. Su mano se movió por instinto hacia el cabello de la chica, como tantas veces había hecho antes, y ella cerró los ojos, dejándose mecer en su caricia.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué tienes el pelo así? —le preguntó, preocupado, con una voz tan atenta que era difícil imaginar la frialdad con la que había roto su relación un rato antes.
«¿Cómo puede preocuparse así y decir que no me quiere?». Dae abrió los ojos poco a poco y le acarició la mejilla a Jaeyun, que la tomó por la muñeca, angustiado.
—Ya no…
«¿“Ya no” qué? Vamos, termina la frase». Su mirada se volvió mordaz y Jaeyun no pudo continuar. Dae lo agarró del pelo, tiró de su cabellera hacia atrás y le metió a la fuerza un puñado de gominolas en la boca.
—¡Vamos, cómetelas! —gritó, consumida por la rabia.
Le tapó la boca para que no pudiera escupirlas y Jaeyun, cogida por sorpresa, se las tragó sin siquiera masticarlas.
Dae observó atentamente el movimiento de su nuez y se echó a reír a carcajadas, con un semblante aterrador.
Solo entonces le quitó la mano de la boca.
Jaeyun volvió en sí y la arrojó al suelo de un empujón.
Sin ningún tipo de contrariedad y con una sonrisa despreocupada, Dae se quedó ahí tirada, mientras Jaeyun tosía y escupía los trozos de golosina que le quedaban en la boca.
—¡¿Se puede saber qué haces?!
—No vamos a romper, Jaeyun. No nos separaremos nunca —le dijo, casi canturreando.
—¡¿Estás loca?!
El muchacho salió corriendo del baño entre bufidos de ira y se topó con algo pegajoso bajo sus pies.
Cuando miró a su alrededor, confundido, descubrió que todo estaba cubierto de una extraña sustancia rosada.
De ahí debía de provenir el olor tan empalagoso que se le había incrustado en la nariz desde hacía rato.
Escuchó a alguien gritar, y una masa espesa le goteó en la cara.
Se limpió el rostro con la palma de la mano y vio que lo que había caído era algo viscoso, transparente, rosado y pegajoso.
Alzó la mirada hacia el cielo. De la Drop Tower que se había detenido en la cima se escurría una sustancia rosada, cual jarabe de azúcar.
De pronto se dio cuenta de que estaba perdiendo la fuerza.
Su cuerpo se había vuelto pesado y le costaba respirar, como si estuviera bajo el agua.
Notó una sensación extraña en las manos y se las miró.
Sus dedos se habían derretido y sus palmas se estaban convirtiendo en la sustancia rosada que lo cubría todo.
Jaeyun pegó un grito. Escuchó la risa perversa de Dae tras él, pero no pudo girarse, pues el cuerpo no le respondía. Se sentía atrapado en una parálisis del sueño. Descubrió su propia figura reflejada en un cristal frente a él; todo su cuerpo se estaba derritiendo.
Dae se levantó de un salto y se acercó a Jaeyun, que gritaba horrorizado.
Sin embargo, sus gritos se fueron acallando al derretirse.
Cada vez que el muchacho sacudía los brazos de cualquier manera, las gotas de esa gelatina pegajosa salían volando.
Dae lo tomó de la cara con gran emoción.
La piel reblandecida de sus mejillas se le escurría entre los dedos.
Sentía que estaba amasando una mermelada.
Exaltada, por fin pudo confesarle a Jaeyun lo que tanto había querido decirle durante todo el día:
—Hoy empezamos a salir juntos de nuevo…
Las facciones de Jaeyun se descomponían.
Dae acercó sus labios al hueco que había sido la boca del muchacho hasta hacía unos instantes.
Su lengua sabía muy dulce, incluso le provocaba un cosquilleo.
Un pedazo de esa gelatina viscosa se separó de Jaeyun y se deslizó por la garganta de la chica.
Entonces, sintió el pecho extrañamente cálido.
Dae dejó caer todo su peso sobre él, que seguía inmóvil.
Le rodeó la cintura con los brazos mientras disfrutaba de la sensación pegajosa y húmeda de sus labios derritiéndose con los suyos.
Sentía que estaba abrazando un flan de tamaño humano.
Sus dedos comenzaron a desvanecerse y sonrió.
Su vista se tornaba más y más borrosa, observando con satisfacción la masa viscosa en la que se fusionaban sus cuerpos.