4/ NUESTRO PRIMER DÍA COMO PAREJA #4
No podía creer lo que le había dicho, por eso tampoco lloraba.
Había estado ignorando las señales durante todo ese tiempo, y así es como se sentía que se hicieran realidad una a una.
Sentía que se partía en tres, abrumada por la impotencia de que, aun sabiendo lo que iba a suceder, no podía frenarlo.
Nadie podría aceptar una situación así de buen grado.
Pero pronto la negación se tornó en ira.
—Ya lo sabes. Nuestra relación ya no es lo que era —repitió las palabras de Jaeyun.
¿Cómo se atrevía a decir eso? El único que no era como antes era él, ella no había cambiado desde que se conocieron.
Odiaba a cada una de las parejas felices que habían visto ese día en el parque.
Y odiaba a Jaeyun. Se sorprendió de poder albergar un odio tan grande y unos sentimientos así de negativos, pero pronto dejó de importarle.
Se mordió el labio y notó un sabor amargo.
¿Qué estaría haciendo Jaeyun en el baño?
¿Estaría llorando? ¿Estaría sufriendo o se sentiría culpable?
¿Estaría aliviado? Reprimió todas esas dudas y pensamientos con su habilidad experta en esconder lo que realmente pensaba y guardarse sus palabras.
Quizá la vida pacífica de la que había disfrutado hasta ese día se debía precisamente a eso.
Pero algo le decía que hoy no tenía por qué hacerlo.
Más bien, no quería hacerlo. Un ambiente extraño la rodeaba.
—¡AAAH!
Dae pensó que había sido ella quien había gritado.
Incluso se sintió liberada y se dejó caer, dada por vencida.
«Por fin he perdido la cabeza por completo».
Otro grito le perforó los oídos y se hizo eco alrededor; un grito que poco tenía que ver con el suspiro que ella había dejado escapar y con la algarabía entusiasmada de aquellos que estaban montando en las atracciones.
La gente se reunía alrededor del punto de origen, pero el ambiente se había vuelto espeluznante de pronto.
Dae se acercó al tumulto, como embrujada, y cuanto más se acercaba, más la envolvía una inexplicable incomodidad acompañada de un aire húmedo y agobiante.
Llegó al círculo de gente cuando, de golpe, empezaron a gritar y salieron huyendo. La gente la golpeaba a su paso sin miramiento y ella acabó retrocediendo a empujones, pero sintió la necesidad imperiosa de comprobar qué era lo que sucedía más adelante.
—Acércate a ver qué pasa. Ve a verlo con tus propios ojos.
Una voz tan profunda que parecía salida de la cueva más oscura le susurró y Dae se abrió paso entre la gente que la empujaba mientras huía.
En el centro había un bulto extraño. Se quedó observándolo.
Era una masa enorme, pegajosa y húmeda, similar a un chicle mascado que hubiera escupido un gigante o el feto de ese mismo gigante a medio gestar.
La masa se movía muy lentamente y, cuando se estremecía, se asemejaba a los órganos de un ser vivo.
Encima de ese, había otro bulto más pequeño pegado cual sanguijuela.
Los cuerpos se inflaban y desinflaban de manera repetitiva y por turnos, como la respiración de los seres vivos.
Hacía un rato que había dejado de escuchar los gritos.
Dae se acercó un paso más y un olor empalagoso se le metió por la nariz y la hizo sentir aturdida.
Era la primera vez que olía algo tan extremadamente dulce.
Sentía la cabeza embotada, como si hubiera consumido drogas.
Se tapó la nariz como pudo y se restregó los ojos para comprobar con certeza lo que estaba viendo: una masa hecha de gominola, o lo que antes había sido un ser humano y se había convertido en eso.
Una mujer adulta y una niña se derretían entremezcladas, casi se diría que abrazadas.
—No creo que puedan separarse nunca —susurró.
«¿Así se verán dos personas que saltan a la lava abrazadas?», se preguntó Dae, imaginándose cómo acabarían Jaeyun y ella de estar en esa situación.
En el interior de la gelatina pegajosa y transparente empezó a distinguir nervios, vísceras y trozos de huesos, solo que habían perdido toda forma y colapsado por completo sobre el suelo, dejando atrás un conjunto amarillo sobre un vestido azul.
Dae miró a su alrededor, pero todo el mundo había desaparecido. Solo quedaban ella y una niña que no podía apartar la vista del bulto de golosina y agarraba las correas de su mochila con fuerza, mientras musitaba algo, empalidecida:
—Todo es culpa de esa gominola…
Dae se quedó mirando sus manos temblorosas y luego agachó la vista a su propio bolso, donde aún guardaba la bolsita de gominolas arrugada que no se habían comido. La voz del vendedor resplandecía sobre la bolsita:
«¿Hace cuánto que sois pareja? Si os coméis estas gominolas, nunca os separaréis. Son mágicas, ¿sabéis? Así que siempre estaréis pegados el uno al otro. ¡De verdad!».
Los ojos de Dae brillaron un instante. «Ah…
». Una sonrisa se dibujó en su rostro ensombrecido y sacó la bolsita mientras su expresión se tornaba en una similar a la de un creyente que había encontrado el camino de la verdad.
Luego, echó a correr. Aliviada de haber dado por fin con la respuesta a su problema, la espina que le atravesaba la garganta se derritió y se deslizó por su esófago como un flan.
Con cada respiración, un olor dulce le entraba por la nariz y colmaba sus vías respiratorias.
No le cabía duda de que, si pusieran bajo el microscopio las partículas del aire que la rodeaban en ese instante, serían de color rosado.
Ahora podía hablar de nuevo y tenía algo que decirle a Jaeyun.
En su mente, el Osito Fantasito tiraba cohetes que la acompañaban en la carrera y que explotaban a lo largo de sus arterias y sus terminaciones nerviosas.
Sus pisadas eran tan ligeras que podría salir volando en cualquier momento y su expresión, tan radiante como el sol.
Los gritos se escuchaban por doquier con cada paso que daba; casi pareciera que sus zancadas activaran un botón que los detonaba.
Las personas en el parque se iban derritiendo con todo tipo de alaridos y palabrotas, a la par que una sustancia fría y húmeda empezó a gotearle en la cara.
Caía una lluvia pegajosa. Dae se paró en seco en medio del camino y se limpió la cara con las manos, solo para descubrir que las tenía manchadas de un líquido viscoso y rosa.
Alzó la mirada al cielo. La Drop Tower se había detenido en la cima y, al igual que las emociones desbocadas de Dae, no parecía tener intención de descender.
Un par de gotas más de esa masa rosada le cayeron en la cara mientras el cabello se le mecía al son de la brisa húmeda.
Dae se limpió con brusquedad y cerró los ojos un momento, justo cuando se escucharon varias explosiones similares a estallidos de globos de agua.
Abrió los ojos con lentitud. Arrastrados por el viento, múltiples brazos y piernas reblandecidos caían del cielo.
Ella se quedó mirando la lluvia de extremidades que se derretían como flanes.
Se cubrió la cabeza y echó a correr de nuevo sin mirar atrás, entre el festival de gritos y estallidos de cuerpos humanos.