4/ NUESTRO PRIMER DÍA COMO PAREJA #2
Mamá a veces hablaba del abuelo, pero nunca tenía nada bueno que decir.
Se quejaba de que había perdido demasiado dinero en apuestas cuando ella era pequeña y que, de no haber sido así, podría haber comprado una casa en Gangnam.
Sin embargo, lo que a mí se me había quedado grabado en el corazón había sido el tema de las apuestas.
O, más bien, su lógica. Si apostaba una pequeña cantidad, solo había riesgo de perder esa pequeña cantidad; si apostaba algo grande, entonces el riesgo era mayor, por lo que sería muy raro perder mucho dinero habiendo apostado una cantidad irrisoria.
Así, empecé a ver mis problemas como algo en lo que debía apostar con conciencia y, puesto que no tenía el coraje de jugarme algo significativo, tampoco tenía grandes expectativas, con la esperanza de que, si llegaba a perder algo, no sería nada mínimamente importante.
Esa era la vida que mamá quería para mí, y la que yo también deseaba.
Sin embargo, cuando conocí a Jaeyun, ese aspecto sosegado de mi personalidad comenzó a sacudirse.
Jaeyun se convirtió en la única fuente de vitalidad de mi vida estudiantil.
A la hora de la comida, nos encontrábamos en la salida de emergencia, salíamos a comer fuera y luego nos dirigíamos de nuevo cada uno a nuestra clase, él al piso seis y yo al piso siete.
Una vez terminábamos en la academia, regresábamos juntos a la residencia y, en ocasiones, tomábamos el camino más largo a propósito.
Un día de viento extremadamente frío pasamos de largo el callejón en el que debíamos girar y dimos una vuelta más por la zona, conversando sin cesar de esto, lo otro y lo de más allá.
En la búsqueda de una excusa para no separarnos, entramos en la tienda de conveniencia, compramos dos cervezas y unas patatas de bolsa y regresamos.
Luego, subimos a la terraza del edificio, que estaba situado en una zona alta desde donde pudimos admirar el paisaje nocturno de Noryangjin.
El cielo estaba plagado de estrellas y desde la calle se podían escuchar los gritos de los estudiantes borrachos entremezclados con los maullidos de los gatos callejeros.
Nos sentamos el uno al lado del otro, vestidos con ropa de deporte, y abrimos las latas de cerveza que habíamos comprado.
El silencio no se hizo incómodo. Miré a Jaeyun, que se pegaba a mí, y me quedé pensando en el nombre que me había puesto el abuelo y en lo que él había apostado.
En ese momento, caí en la cuenta de que yo también estaba apostando una cantidad a la que no podría enfrentarme.
Y bajo ese paisaje nocturno no tan bonito, nos besamos.
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La vieja cama de mi habitación era tan estrecha que no quedaba ni un centímetro de espacio cuando nos tumbábamos el uno al lado del otro.
Estábamos viendo la tele —un televisor de tubo enano, con mucha estática y del año de la polca— cuando apareció un anuncio de entradas en oferta para un parque de atracciones.
Una de las mascotas del parque, a medio camino entre un oso y una rata, lanzaba fuegos artificiales que explotaban en el cielo y escribían «NEW Seoul Park, ofertas de temporada» en letras coloridas.
—Guau, qué bonito —susurré sin pensar—. No voy a un parque de atracciones desde que era pequeña.
Jaeyun me miró.
—Vayamos juntos.
—¿En serio? ¿Cuándo?
—Cuando aprobemos el examen.
Las comisuras de sus labios se alzaron, y provocaron en mí las ganas de rozarlas con los dedos.
El anuncio ya había terminado, pero los fuegos artificiales seguían explotando en mi corazón.
Desde entonces, los libros y las fichas de preparación para el examen se volvían más irrelevantes poco a poco, y cuando regresaba a casa después de un largo día de estudio y me tumbaba en la cama, los fuegos artificiales de mi corazón se agrandaban y se hacían más coloridos.
Mis latidos se aceleraban pensando en las atracciones, en los personajes del parque tan tiernos e infantiles, en las dulces chucherías, en la música animada, en los desfiles…
El deseo de ir era mi combustible de cada día.
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Quería compartir muchas cosas con Jaeyun, y ver el anuncio del parque de atracciones no hizo más que agrandar ese anhelo.
La única pega era que, para cumplirlo, debía salir del tedioso barrio de estudiantes; aunque, por supuesto, ambos debíamos hacerlo.
Había abandonado un poco el estudio porque me resultaba monótono y aburrido, pero empecé a esforzarme al máximo, convencida de que Jaeyun deseaba lo mismo.
Un día que caminaba por el pasillo de la academia con un vaso de café instantáneo para tratar de espabilarme, escuché a un profesor reprender a un alumno en la clase de al lado:
—¿Por qué han bajado tanto tus notas? ¿Es que te has echado novia?
El alumno no respondió y mantuvo la cabeza gacha.
A mí se me escapó la risa mientras veía mi nombre en la cúspide del ranking de calificaciones de los exámenes de prueba.
Con esos resultados, incluso yo podría convertirme en una buena profesora, ¿no?
Aunque, bueno, tampoco tenía razones para pensarlo tanto.
Por lo general, nadie elige su trabajo con tanta atención, así que me decidí a seguir ese camino sin meditarlo más.
Esa misma tarde, el tutor me llamó a la sala de profesores y me entregó una solicitud para unas clases nocturnas los fines de semana.
—Tus notas habían bajado bastante hace no mucho, pero, de repente, has mejorado muchísimo. Seguro que puedes aprobar si te presentas al próximo examen.
Me pregunté qué debía hacer, pues ir a esas clases me dejaría sin mucho tiempo para ver a Jaeyun, pero me animé a firmar la solicitud.
A fin de cuentas, yo también quería librarme del soporífero Noryangjin cuanto antes.
Si me sobreponía al deseo de comer la pequeña gominola que tenía frente a mí en ese instante, podría comer dos malvaviscos más adelante.
Salí de la sala de profesores y me quedé contemplando el paisaje de la ciudad a través de la ventana. Un poco más allá apareció una figura familiar. Jaeyun estaba entrando con otra chica a la tienda de conveniencia y, cuando salieron, ella llevaba una bebida de vitaminas en la mano.
En noviembre de ese año, aprobé la primera fase de las oposiciones a profesorado, pero ¿por qué no estaba feliz?
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Jaeyun había suspendido la convocatoria extraordinaria que llevaron a cabo en octubre, pero me felicitó con una sonrisa.
—Me esforzaré más y aprobaré a la próxima —me prometió.
Y yo le creí. No hay nada de malo en confiar, ¿no?
Cuando Jaeyun fue al baño, cogí su teléfono sin que me viera. Un rato antes, había recibido una notificación y, al leerla, había puesto una cara sospechosa. Introduje la contraseña de desbloqueo y lo que apareció fue el mensaje de una chica que no conocía.
«¿Con quién vas a tomar algo? ¿Quieres que vaya yo también?».
Borré el mensaje con mi sonrisa intacta.
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Pasé la entrevista de la segunda fase sin problemas, y poco más tarde me llegó la notificación de que había aprobado las oposiciones, sin embargo, no podía celebrarlo delante de quien no había logrado pasar ni la primera fase.
Este era el segundo año consecutivo que Jaeyun suspendía el examen.
Se veía derrotado. Aun así, me felicitó, aunque sin mucha emoción.
Yo tampoco me sentía feliz. Había imaginado millones de veces cómo sería aprobar, y ninguna de ellas había sido así, en absoluto.
Me metí un trozo de carne seca en la boca y lo mastiqué, sin poder disfrutar del sabor.
Ese día nos despedimos pronto, pues Jaeyun dijo que tenía que volver a la academia a estudiar por su cuenta. Yo asentí.
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Una vez que me dieron plaza en una escuela, empezamos a vernos cada vez menos.
Yo estaba ocupada con las clases y con todo tipo de capacitaciones.
Me habían designado tutora de una de las aulas, así que me sentía desbordada.
Los alumnos de mi curso estaban en proceso de crecimiento y aprendizaje, y a mí me era muy difícil manejar su inmadurez.
Pese a todo, no sentía ninguna responsabilidad sobre ellos.
Cuando el resto de los nuevos profesores que había conseguido plaza conmigo se ponía a hablar de lo adorables y traviesos que eran sus alumnos, yo no tenía nada que decir.
Carecía de cualquier sentimiento por ellos.
Ya podían meterse en líos o traerme algún regalito, que mi reacción era la misma.
Así que ellos también dejaron de interesarse por mí.
A esas edades tienen tanta intuición como inmadurez.
Pasaba muchas horas en la escuela, pero no tenía tiempo que perder con ellos.
Cada vez que me acordaba de Jaeyun, me sentía inquieta.
«¿Esto es lo que se siente cuando apuestas una gran suma de dinero a una carta perdedora?
». Sería suficiente con abandonar el juego, pero no se le llamaría adicción si pudieras dejarlo cuando quisieras.
Una noche, Jaeyun me llamó, borracho:
—Dae, no me vas a abandonar, ¿verdad? —me preguntó, llorando.
Cuando colgué el teléfono, rompí a reír como no lo había hecho en mucho tiempo. Era demasiado adorable, preocupándose por cosas sin sentido. Seguí viendo las noticias de la noche en una televisión led de último modelo, incomparable a la de mi antigua habitación.
«Estudiante de oposiciones se arroja desde la terraza de su academia».
A pesar de que las imágenes estaban censuradas, cualquiera que hubiera vivido en ese barrio sabría de dónde se trataba; era nuestra academia.
El titular tan devastador no tardó ni tres minutos en ser relevado por la siguiente noticia.
Yo me quedé mirando la pantalla hasta que terminó el programa.
Quería que Jaeyun se volviera mucho mucho más débil.
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