La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 4/ NUESTRO PRIMER DÍA COMO PAREJA
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4/ NUESTRO PRIMER DÍA COMO PAREJA

COMO PAREJA

El día D

Dae sentía que estaba en un sueño. Las canciones alegres, las atracciones coloridas, el Osito Fantasito repartiendo globos a los niños, las otras mascotas del parque que no perdían sus sonrisas, los parterres de flores diseñados tan hermosos, el olor tan dulce y delicioso que traía la brisa…

Pero, por encima de todo, lo más ideal era quien estaba a su lado, Jaeyun.

Todo era perfecto. Hasta la ola de calor más alta desde hacía décadas resultaba agradable. Todo es mejor cuando se tiene lo mejor.

El cielo estaba completamente despejado, coronado con un sol radiante y adornado de árboles frondosos y fragantes.

Dae deseaba recordar para siempre esos momentos y las emociones que provocaban en ella.

Y también que Jaeyun deseara lo mismo. Giró la cabeza y se quedó apreciando su perfil, pero él no la miraba a ella, sino a otro lugar.

Dae apretó con fuerza su mano entrelazada y él se dio la vuelta.

—Es la primera vez que vengo a un parque de atracciones. Es divertidísimo —dijo Dae, con una voz forzada.

Jaeyun le sonrió, pero, a diferencia de las comisuras de sus labios que se alzaron por compromiso, sus ojos permanecían serios, mientras las gotas de sudor le caían sin cesar por la cara enrojecida.

Dae apartó la mirada, fingiendo no haber notado esa aura tan apesadumbrada, pero no le soltó la mano.

Ese día, más que nunca, se negaba a hacerlo, a pesar de que sus palmas empezaban a humedecerse.

La de Jaeyun se resbalaba con frecuencia, pero Dae no la dejaba ir.

Incluso los pequeños resoplidos que se le escapaban eran incapaces de alcanzar sus oídos.

En realidad, los alcanzaban por completo, pero le eran indiferentes.

Dae estaba mirando los alrededores cuando algo llamó su atención. Frente a un puestecito con una sombrilla, un hombre vestido con el uniforme del parque repartía golosinas.

—Vamos a ese puesto —dijo Dae, mientras tiraba de Jaeyun.

—Vale —respondió él, asintiendo sin ganas.

El hombre se percató de que se acercaba la pareja y sacó una bolsita de la mercancía.

—¡Tenemos gominolas nuevas! Acercaos y probadlas. ¡Tienen un sabor que no encontraréis en ningún otro lugar!

Era la primera vez que veía esa marca de chucherías.

Las bolsitas eran tan grandes como la palma de su mano y el contenido que se distinguía a través de la parte transparente del envoltorio parecía apetecible.

Tenían toda la pinta de saber a frutas y a algún endulzante artificial, además de estar cubiertas de un polvo blanco que debía de ser ácido.

Dae tomó las golosinas que les ofrecía el hombre sin dudarlo un instante y él les mostró una sonrisa cálida.

—Hacéis una pareja estupenda —exageró—. Si os coméis estas gominolas, nunca os separaréis. Son mágicas, ¿sabéis? Así que siempre estaréis pegados el uno al otro. ¡De verdad!

—¿En serio? Amor, ¿has escuchado lo que ha dicho este hombre? ¡Me parto de risa!

Dae soltó una risotada exagerada mientras miraba a Jaeyun, que solo asintió, sin expresión. La muchacha se guardó las golosinas en el bolso y se despidió:

—Espero que venda muchas chuches.

Echaron a caminar y dejaron atrás el puesto de golosinas. Se subieron a la atracción más terrorífica del parque y también entraron a la Casa Encantada. Cuando se sintieron cansados, se sentaron en la cafetería a compartir unos churros con canela y un helado.

Jaeyun estaba raro. Normalmente tenía muchas opiniones sobre lo que quería y no quería hacer, pero ese día iba donde Dae le decía sin rechistar.

Parecía un globo medio desinflado. Se levantaron cuando la última cucharada de helado se había derretido y caminaron un rato largo hasta que llegaron al tiovivo, pero el silencio se había adueñado de ellos.

Dae rebuscó en su bolso para tratar de romper ese ambiente incómodo y extraño, y encontró la bolsita de golosinas que les había dado el señor por la mañana.

—Amor, ¿quieres unas chuches? —preguntó ella, abriendo el envoltorio—. ¿Qué marca es esta? Es la primera vez que la veo, no creo que sea ni conocida.

—Dae —pronunció su nombre el muchacho, con una voz apagada que no parecía significar nada bueno.

—Dime.

—Quiero romper.

Los ojos de Dae oscurecieron. Se quedaron mirándose el uno al otro en silencio. El sol empezó a caer y el parque, cubierto de un atardecer anaranjado, se iluminó de pronto con miles de luces, mientras el tiovivo giraba y giraba al son de la música.

Día D-1000+ α

Mi abuelo fue quien me puso el nombre de Dae, que proviene de «abundante» y «amor», con la intención de que fuera alguien que brindara mucho amor a los demás.

No guardo demasiados recuerdos de él, pues murió siendo yo muy pequeña.

Lo único que puedo recordar es el pavor que sentía cuando me llamaba por mi nombre agitando su brazo igual de escuálido que una ramita de árbol.

Nunca le respondía. Aun así, me gustaba mi nombre.

El amor era algo bueno, y las cosas buenas, cuantas más, mejor.

Pero mi nombre solo era eso, un nombre, y no me hizo tener una vida diferente de los demás, además de que yo tampoco tenía una personalidad especialmente cariñosa.

Era moderadamente egoísta y solía fingir indiferencia ante la mayoría de las cosas.

Salí con varios chicos desde que estaba en el bachillerato, pero tampoco fueron nada especial como para considerarlos mis parejas.

La verdad es que, durante mi adolescencia, me preocupaba ver que no tenía demasiados sentimientos.

Es decir, la soledad, la inferioridad, la tristeza, el agotamiento, los momentos alegres y los tristes eran cosas que podía experimentar sin problema.

El dilema venía de la mano de mis relaciones; nunca era apasionada.

Incluso con mis amigos y mis padres mantenía una relación normal, casi correcta, pero no más que eso.

Tenía la vaga sospecha de que todos ellos se distanciarían en algún momento.

Es por eso por lo que muchas veces me preguntaba: «¿Dónde está ese amor del que hablaba mi nombre?

¿Podré convertirme alguna vez en esa persona irradiante de cariño que esperaba mi abuelo? ».

D-500

Conocí a Jaeyun en Noryangjin, uno de los barrios de estudiantes que preparan las oposiciones a funcionarios públicos.

Yo, graduada de la Facultad de Pedagogía, estaba estudiando para las oposiciones de profesorado, mientras que él preparaba las de funcionario básicas, las de nivel 9, que no requieren de un título universitario.

Vivíamos en plantas diferentes del mismo edificio viejo que habían renovado para alquilar únicamente a estudiantes, parecido a una residencia.

Separaban a los hombres y a las mujeres por pisos, pero la cocina y el cuarto de la lavadora eran compartidos.

Tras verlo cada día de pasada por el edificio, se convirtió en una cara familiar.

Por otra parte, los estudiantes que se alojan en ese tipo de residencias en Noryangjin suelen asistir a las mismas academias de preparación, por lo que tampoco era raro encontrarse a menudo allí, justo como nos pasó a nosotros.

Sabíamos quién era el otro porque nos habíamos visto muchas veces, pero no teníamos ningún motivo para hablarnos, hasta que Jaeyun decidió dar el primer paso una noche en la cocina:

—¿Te parece bien si cenamos juntos? —me preguntó, con una voz que me resultó relajante, como el romper de una ola.

Es irónico, pero aquel día soñé con mi abuelo. Hacía tiempo que había olvidado cómo era su rostro, pero la intuición me dijo que esa familiar silueta era la suya.

—Dae —me llamó por mi nombre, estirando sus brazos ahora robustos y no escuálidos.

Y, por primera vez, le respondí; ya no le tenía miedo. Cuando abrí los ojos, lo único que sentí fue extrañeza. Y escalofríos.

Una vez que empezamos a hablar, Jaeyun y yo nos hicimos amigos enseguida.

Él era mucho más activo que yo y tenía facilidad para hacer que los demás se sintieran cómodos.

A menudo, en la mesa, compartíamos las guarniciones de nuestros platos y, tras algunas charlas más, descubrimos que asistíamos a diferentes academias en el mismo edificio.

Al día siguiente de eso, en la academia tocaba una sesión de estudio individual, y Jaeyun me escribió porque tenía algo que darme.

Yo estaba muy nerviosa, más nerviosa que los días en los que recibíamos la nota del examen de prueba.

Nos encontramos en las escaleras de emergencia del edificio y, para mi sorpresa, me había traído una bebida de vitaminas de las que yo siempre tomaba.

A pesar de que las consumía habitualmente para combatir el sueño, ese día la bebida me pareció sumamente especial.

Tampoco era la primera vez que me hacían un regalo como ese, pero sí fue la primera que sentí algo al recibirlo.

D-440

En mi vida nunca he tenido grandes dificultades gracias al esfuerzo y al hincapié de mis padres para que viviera una vida tranquila y segura, y convertirme en profesora era una de las formas de continuar por ese camino libre de riesgos.

A pesar de que no fue fácil preparar las oposiciones a profesorado, para mí, que prácticamente nunca había fracasado, el examen era como la cima de una colina, una cima que podía ver con claridad.

Cuando digo que nunca había fracasado, no me refiero a que fuera una genio desde mi nacimiento o a que mi familia fuera acomodada, sino a que nada en mi vida se había derrumbado antes.