3/ EL GATO LA MASCOTA
He vivido durante mucho tiempo. La primera humana que me cuidó se murió y su hija se marchó a otro lugar.
La casa en la que vivía con mi humana aguantó en pie mucho después de quedar abandonada, hasta ser demolida por una máquina.
Y solo quedé yo. Después, echaron cemento sobre los restos de la casa y construyeron un edificio entre muchas otras máquinas y muchos humanos.
Tuve que presenciar con mis propios ojos cómo desaparecían todos los escenarios de mis recuerdos: el camino por el que paseaba con mi vieja humana, el paisaje de la colina que le gustaba, el escondrijo donde me encontraba con mis amigos de la calle cuando salía de la casa a escondidas de vez en cuando…
Aunque no fue tan triste, porque sabía que yo viviría mucho tiempo más después de aquello y que esos edificios también acabarían siendo demolidos, ya que los humanos construyen y destruyen constantemente.
Quizá algún día hasta derrumben el mundo entero.
La propiedad tan repetitiva de los cambios hizo que la aflicción de mi corazón se desgastara hasta desaparecer y, con ello, también olvidé lo que era tenerle cariño a algo o alguien. Para vivir mucho tiempo, hay que acostumbrarse a olvidar.
Cuantos más recuerdos nuevos construyo, más recuerdos viejos desaparecen, y día a día aumentan las cosas que quiero recordar, pero ya no puedo.
Los vestigios que me permiten acceder a mis memorias tampoco son eternos.
Al pensar que todos los momentos de mi vida se irán desvaneciendo poco a poco, siento un vacío en mi interior.
Si los recuerdos que crearon mi esencia desaparecen, entonces, ¿dónde quedo yo?
¿Los humanos serán diferentes? ¿Podrán recordar los instantes más efímeros?
Seguro que es fácil para ellos guardar pedacitos de recuerdos con tantas máquinas que han creado, ¿pero cómo viven con todas esas heridas en su corazón?
Me acuerdo de la hija de mi humana, que la abandonó después de que empezara a envejecer.
Me sacaba de quicio cuando era más joven.
Me bañaba cuando no quería, zarandeaba esas cosas que parecían espigas delante de mi cara y me hacía cosquillas en la cabeza o en la barriga cuando le venía en gana.
Los recuerdos son algo curioso. Al final, cuanto más los repites, más permanecen solo aquellos a los que querrías volver aunque fuera por un segundo, como cuando separas la harina suelta de los grumos en un tamizador.
¿Qué será ahora de esa niña? ¿Se acordará del gato bicolor que tenía cuando era pequeña o lo habrá olvidado todo tras marcharse de la casa? La verdad es que preferiría que fuera la segunda, pues vivir anclada al pasado es muy duro y no quiero que la acongoje la soledad.
He vivido durante mucho tiempo, hospedado en el lugar donde una vez viví con aquella vieja humana y aquella niña.
Pero la casa de ladrillos rojos no existe más.
Sobre ese lugar ahora se levanta un parque de atracciones extravagante y rústico llamado New Seoul Park, mi hogar actual.
Yo tampoco sé por qué nunca me he marchado de aquí, ni qué es lo que espero que suceda.
Todo es una incógnita y se vuelve aún más borroso con el paso del tiempo.
En los inicios del parque me escondía en la montaña trasera y en una especie de almacén.
No sacaba nada bueno dejando que me vieran.
Es mejor que no aparezca gente en mi vida que se pueda marchar fácilmente, así que decidí que prefería estar en soledad.
Sin embargo, cuando empezaron a llegar visitantes, salí de mi escondite frente a sus ojos sin quererlo y ya no me dieron un momento de paz.
Me pusieron el nombre Minino Fantasino, en absoluto de mi agrado, y el grandote peludo que se pasaba el día sacudiendo el trasero era Osito Fantasito.
Pensar que me habían puesto a su mismo nivel me molestaba demasiado.
Lo cierto es que ni siquiera me acercaba a la comida que me daban los que se referían a mí de esa manera.
Los días en el parque son tranquilos, no obstante.
Siempre hay gente a rebosar, música alta y olores dulces.
Tampoco he tenido que preocuparme de lo que comer, pues los visitantes quieren alimentarme, así que yo elijo lo que más me gusta en cada ocasión.
Mis favoritos son el salmón y el atún. Por esto también es que he estado cogiendo mucho más peso del que habría cogido viviendo con mi vieja humana.
Durante el verano, me refugio en cualquier edificio fresco y en el invierno busco los cálidos, pero en cualquier sitio que entro hay cojines mullidos y comida lista para mí.
Ese día fue un tanto extraño. He vivido mucho tiempo y muchos días, pero ese, sin duda, ha sido el más raro.
He podido aceptar sin problemas la muerte de mi dueña e incluso la demolición de la casa de ladrillos rojos, pero ese día será uno que nunca podré comprender, por muchas vivencias que haya experimentado en mi larga vida.
Hacía un calor infernal, pero no tenía ganas de entrar a descansar a un edificio, así que me puse a observar a las personas caminar de un lado a otro, cuando algo captó mi atención.
El Osito Fantasito, que solía bailar con cara de bobalicón, se había quitado la cabeza del disfraz y expuesto su verdadero rostro.
Agudicé la vista en el momento en que empezó a escupir palabrotas mientras sudaba a chorros en medio de la plaza, pero creía que mis ojos y mis oídos me engañaban porque consideraba que era una especie de tabú que mostraran sus caras humanas.
Algo imperceptible a la vista se había quebrado y había provocado una ola de frustración en ese humano.
Después llegó el olor. El parque siempre había olido dulce, pero ese día me resultó un poco diferente.
Es difícil de explicar, pero, si normalmente esa dulzura era ligera y moderada, ese día se tornó pesada e intensa.
Tanto que no podía echarme una siesta, lo que era un problema enorme.
Me cambié de lugar varias veces, pero no podía deshacerme de esa sensación incómoda y desagradable.
Al final me fui a resguardar bajo un banco a la sombra de un árbol y ante mí aparecieron cuatro piernecitas; dos niñas sentadas que estaban conversando.
Escuché en silencio lo que decían. Una era una llorona y otra actuaba demasiado adulta para ser una humana pequeña.
Parecía que habían perdido a sus padres.
No eran las únicas a las que les había pasado, pues era algo recurrente en el parque, y cuando nadie los ayudaba, yo solía conducirlos hasta una casa con forma de seta a la que llamaban Oficina de Niños Perdidos.
No me apetecía mucho, pero mi cuerpo se movió por instinto para ayudarlas a ellas también, hasta que los bajos de un vestido de color azul comenzaron a acercarse a ellas ondeando al viento.
La mujer se apresuró a abrazar con fuerza a una de las niñas y se echó a llorar.
Me quedé pensando si finalmente debía ayudar o no.
Asomé un tanto la cabeza y miré a la niña que había hablado como una adulta y que ahora, de nuevo con una expresión poco infantil, apretaba su pequeño puño.
Esa cara también la puso la hija de mi vieja humana al marcharse.
Me dejé ver por un segundo, a la espera de que la niña mostrara su enfado —al menos así habría demostrado algún tipo de emoción—, cosa que no sucedió…
Cuanto más acumulas y acumulas sin soltar, más se apodera de tu corazón la soledad.
Enseguida, las humanas empezaron a moverse; la niña llorona, de la mano de la madre; la otra, un poco más atrás, sola.
Y yo las seguí. La niña llorona llevaba algo en el cabello que reflejaba la luz, algo que ya había visto antes.
Era un objeto decorativo que mi vieja humana apreciaba mucho, y lo único que se llevó su hija cuando se marchó de la casa.
Se me escapó un pequeño suspiro, aunque carente de emoción.
Guardar un recuerdo no siempre significa recordar la calidez de ese instante, pues los sentimientos son más livianos que los recuerdos y se desvanecen con mayor rapidez.
Lo que sucedía es que los recuerdos de esa época todavía me eran vívidos, aunque desaparecerían con el paso del tiempo.
La mujer de pelo rizado y vestido azul tenía los ojos hundidos e hinchados, al igual que la niña con el adorno en el pelo.
Me quedé mirándolas. Quería traer a mi memoria el rostro de la hija de mi vieja humana, pero había pasado tanto tiempo que ya no me era posible.
Las tres entraron a una cafetería y yo me senté en la barandilla de la terraza a observarlas.
La niña llorona había dejado de llorar y la que parecía menos niña ahora se veía algo más infantil.
Dejé escapar un bostezo, pensando en lo ridículo que era preocuparme por otros bajo este calor incesante.
Este momento también desaparecería de mi memoria como los demás; no sé por qué le ponía tanto interés.
De pronto, una larga sombra se cernió sobre mí.
Un hombre vestido de uniforme que me resultaba familiar estaba parado a mis espaldas, el mismo hombre que había estado repartiendo gominolas por todo el parque.
Era un humano cualquiera, pero, por alguna razón, cada vez que cruzábamos miradas, algo en él me resultaba perturbador.
El hombre me acarició el lomo, pero no me gustó nada, y entonces tuve la corazonada de que no era un humano.
Sonrió levemente y susurró, como si hablara para sí mismo:
—Vaya, parece que has vivido aquí mucho tiempo.
Tenía una voz ronca, que parecía trepar desde el lugar más recóndito y profundo de la tierra. Se me erizó el pelaje de todo el cuerpo. Le saqué las uñas por instinto y bufé, pero él, aún sonriente y con su gorra puesta, vaticinó:
—Ya verás. Algo divertido pasará muy pronto.
Entonces, desapareció. Cuando volteé mi cabeza de nuevo hacia la cafetería, la niña más madura estaba dejando caer de golpe una gominola dentro de la bebida de la llorona.
La chuchería brilló cual gema y se deshizo en el líquido.
Tuve un mal presentimiento, y los presentimientos que sienten los animales que han vivido mucho tiempo rara vez están equivocados.
Los humanos se derritieron. Se fundieron todos y cada uno, sin remedio, al igual que mi casa de ladrillos rojos demolida.
El New Seoul Park se convirtió en montones y montones de masas mullidas de color rosado, como las almohadillas de mis patas.
Cada paso que daba sobre esa sustancia de gominola derretida dejaba estampada una huella que desaparecía unos instantes después.
Y así, solo quedé yo en el parque, deambulando de un lado a otro sin más compañía que la mía, observando los surcos de mis pisadas, de nuevo en soledad.
He vivido durante mucho tiempo, y todo el que me queda por delante se aprecia idéntico.
Pasaron los días, muchos días, hasta que el polvo se acumuló sobre la gelatina rosada. Tomé la decisión de alejarme del corazón del parque, ahora carente de música, animales peludos bailando y humanos que me alimentaran. No sabía si seguiría en ese lugar o, de marcharme, a dónde iría.
Entonces, escuché una voz detrás de mí.