La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE #7
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2/ EL SUPERVIVIENTE #7

Sajun se puso a mirar por la ventana. El cielo se iba tornando de color rojizo. Ambos regresaron al parque con una sonrisa en el rostro, pero cada una con un significado completamente diferente.

Sajun aceptó el sobre que le ofrecía la directora, con manos temblorosas. Era un sobre tan grueso que era difícil cogerlo con una sola mano. Cuando sintió la pesadez sobre sus palmas, una curiosa tranquilidad se apoderó de él.

—Si necesitas más, no dudes en llamarme —ofreció ella, sin que Sajun comprendiera bien si se trataba de una formalidad o de una propuesta auténtica.

Su sonrisa benévola seguía salpicada de sangre.

Sajun se llevó el sobre al pecho y lo apretó con fuerza.

Esas manchas rojas que acababa de ver y todo lo que había pasado hacía un rato no habían sido reales, solo eran producto de su imaginación; pero lo que sujetaba entre las manos, tan pesado y brillante, sí lo era.

Lo abrió para echar un vistazo al contenido y, en cuanto vio el color amarillo de los billetes de cincuenta mil wones, su corazón empezó a latir con fuerza.

Le hizo una gran reverencia a la directora, salió del coche y echó a correr a toda velocidad.

—¿Cuánto era lo que tenía en la cuenta? Si le sumo el sueldo de este mes… y la cantidad del sobre…

Un olor dulzón se filtraba desde algún lugar, pero él estaba concentrado en sus cálculos mágicos mientras corría a toda prisa. Sus murmullos casi parecían una canción, acompañados de las pisadas y el sonido de sus jadeos.

Entró al dormitorio lo más rápido que pudo y buscó un lugar donde esconder el dinero.

La caja de Yeongdu le saltó a la vista y decidió sacar lo que había dentro para guardarlo ahí.

Arrugó los estúpidos papeles que contenía y los echó al cubo de la basura.

Luego se cambió la ropa manchada de tierra y terminó de arreglar el cuarto cuando se acercaban las ocho de la noche.

De pronto recordó que ese día estarían haciendo un desfile nocturno por ser fin de semana.

Sajun corría de nuevo. El desfile empezaba a las ocho en punto y debía estar allí, completamente preparado para la salida, diez minutos antes de la hora, es decir, en ese mismo instante.

Abrió la puerta de la sala donde almacenaban los disfraces y se metió a toda prisa en el de Osito Fantasito.

Se cargó la cabeza en el brazo y se dispuso a salir, pero el suelo estaba pegajoso.

Parecía que se había ido la luz, así que no pudo ver nada bajo él.

Se agachó, levantó uno de sus pies y una sustancia chiclosa similar al queso de una pizza se estiró desde el suelo.

Sin embargo, no podía retrasarse más; el desfile estaba a punto de comenzar.

Sacudió los pies, nervioso, y con un gran esfuerzo consiguió despegarse de la masa viscosa y salir corriendo por la puerta a la plaza principal desde donde comenzaban, donde él repartía globos todos los días entre baile y baile.

Sajun se puso la cabeza peluda que llevaba bajo el brazo y se la ajustó.

La gran boca del Osito Fantasito era su ranura para ver el mundo más allá de su disfraz.

Entonces, se dio la vuelta lentamente en busca de la cola del desfile, sin éxito.

Miró la torre del reloj: las ocho y tres.

Ya habían pasado tres minutos del comienzo establecido, pero ni siquiera escuchaba música.

Todo estaba extrañamente silencioso y no se había percatado hasta ese momento.

No solo no había música, sino que tampoco había risas, gritos ni euforia.

Parado en medio de la plaza, Sajun se quitó la cabeza del Osito Fantasito y, de golpe, un olor dulzón le perforó las fosas nasales.

Frente a sus ojos vio lo que no podía describir más que como un infierno rosa de papeles atrapamoscas, idéntico a lo que le había contado el encargado sobre el almacén.

—Un infierno rosa de papeles atrapamoscas —repitió en voz alta.

Al advertir que sí había escuchado el sonido de su propia voz y que, por tanto, no había perdido la capacidad auditiva, empezó a preocuparse de lo extremadamente silencioso que estaba todo.

«Un infierno rosa de papeles atrapamoscas».

Justo en ese momento, la sustancia pegajosa que estaba adherida a una farola cayó de golpe sobre su barrigota de Osito Fantasito.

Realmente era como lo describió; el parque se había convertido en un mar de gelatina.

Gominolas derretidas cubrían la plaza de los sueños y la fantasía en color rosa.

Como si alguien las hubiera amontonado en cada rincón, se habían adueñado de todo, desde la montaña rusa detenida en su punto de partida hasta el Vikingo, que permanecía inmóvil.

No pudo evitar fijarse en los restos de ropas, mochilas y bolsos esparcidos por doquier, junto con pertenencias y zapatos de todo tipo.

Lo único que quedaba era gominola y objetos materiales; no había rastro de vida humana.

Sajun observó la escena sin palabras, pues no podía hacer nada más.