2/ EL SUPERVIVIENTE #6
Sajun no pudo ocultar la emoción, que lo sobrecogió por un momento.
Para tener ante sus ojos a una psicópata sin intención siquiera de limpiarse la sangre de la cara, él tampoco se quedaba corto; se había alejado de todo principio o moral, «¡pero a la mierda con todo!
¿De qué me sirven los principios?». Él simplemente había sido arrastrado a esa situación contra su voluntad.
Era una pobre sardina arrollada por una pelea absurda de peces gordos, así que lo más sensato era aceptar la oferta que le ofreciera esa mujer.
Algún rincón de su cerebro comenzó a segregar hormonas positivas o, más bien, justificaciones sesgadas.
Ya no le temblaban las manos y sus ojos volvieron a encontrar el foco.
Alzó la mirada hacia la mujer, tan sonriente que parecía salida de un anuncio, y asintió.
Sajun metió el cadáver de Yeongdu en el maletero de la directora Yu.
Le resultaba muy perturbador ver las pupilas carentes de vida del chico, así que le cerró los ojos.
Luego, la ejecutiva sacó una botella de lejía y la vertió por el suelo pintado de sangre oscura, que se fue decolorando tenuemente al mezclarse con la sustancia.
Empuñó el bastón de caramelo de nuevo y Sajun se echó a temblar.
A pesar de que sus miradas se cruzaron, ella no le dedicó ninguna sonrisa.
Una vez limpia la escena del crimen, la mujer se dirigió al asiento del conductor y Sajun, al del copiloto.
El coche importado de lujo se deslizaba por el estrecho camino con agilidad.
El chico miró a la directora de reojo y se percató de que ahora tenía una sonrisa dibujada en el rostro que le era imposible disimular.
«¿Tan feliz la hace haber asesinado a Yeongdu?
». Lo cierto es que no sabía nada sobre la relación de ambos, pero tampoco tenía la valentía de preguntarle al respecto —ni las ganas de saberlo—.
Al final, para él ese «pico» que tendría entre sus manos era más importante que la información que solo le traería problemas.
La mujer siguió conduciendo en un completo silencio, solo adornado por los gritos alborozados de los visitantes del parque, hasta que se detuvieron frente a la espesura del bosque, pues no podrían adentrarse más allá en coche. Entonces, dijo:
—Esta zona es propiedad privada, así que nadie vendrá.
Sajun subió un buen trecho con el cuerpo al hombro y se detuvo en el lugar que le indicó para empezar a cavar.
El sudor le cubría la frente. El único sonido que se escuchaba alrededor era el de las hojas de los árboles rozándose entre sí y, ocasionalmente, los gritos lejanos de los visitantes.
Mientras cavaba el agujero, la directora manipulaba su tableta a una cierta distancia, dando la sensación de que el cadáver no tenía nada que ver con ella.
Después de un rato mirando la pantalla, de pronto estalló en carcajadas espeluznantes.
Sajun prosiguió con su tarea en silencio.
Le enfurecía sobremanera que no levantara un solo dedo en esa situación, pero hacerla enfadar con alguna palabra estúpida no sería la mejor opción; él no era tan tonto como Yeongdu.
Cuando el hoyo alcanzó una profundidad con la que la directora pareció satisfecha, arrojó el cuerpo de Yeongdu dentro.
Su cráneo desfigurado le provocó escalofríos, y los ojos, que estaba seguro de haber cerrado, miraban a la nada, abiertos de par en par de nuevo.
Trató de obviar la incomodidad que sintió y le echó un puñado de tierra sobre el rostro.
La directora se acercó con tranquilidad y echó al agujero el bastón de caramelo que había limpiado previamente con lejía.
El colorido acero cayó con todo su peso sobre el pecho de Yeongdu, que se sacudió por el impacto casi como si aún estuviera vivo y convulsionando.
Una vez hubo acabado lo que quería hacer, la directora le indicó el hoyo con la barbilla y Sajun tomó la pala de nuevo.
Le dolía todo el cuerpo. El cansancio y el dolor que sentía eran la prueba fehaciente de que no estaba soñando.
Todo era real, tanto la muerte de Yeongdu como la directora psicópata y el dinero que le iba a entregar.
Se apresuró a tapar el agujero, en una misión que le resultó más sencilla que cavar, pero los ojos abiertos de Yeongdu lo atormentaban constantemente y le daban dolor de cabeza, así que empezó a murmurar sus cálculos preferidos:
—Este mes me van a pagar 1.800.000, a lo que le tengo que sumar el extra por el desfile y quitarle 100.
000 del teléfono y 200.000 de las comidas.
Si me guardo 300.000 para lo que necesite, me quedan unos X.
Y si se lo sumo a lo de la cuenta, serán cerca de X, además de los quinientos cuarenta y pico mil, más el triple del pico…
Las cifras que murmuraba se iban agrandando poco a poco por pequeños ingresos y gastos de todo tipo. Ahora sudaba emoción por los poros, tanta que ni los ojos abiertos de par en par de Yeongdu lo atormentaban.
El coche de importación tomó el mismo camino de vuelta mientras Sajun jugueteaba con sus dedos, nervioso.
Conforme se acrecentaba la música del parque de atracciones, más resonaban en su cabeza palabras como «crimen», «asesinato» o «cómplice», y de pronto recordó el rumor sobre Yeongdu y su tío, el jefe de recursos humanos.
—¿Qué vamos a hacer si alguien nos denuncia? —se atrevió a decir por fin—. Yo seré el primer sospechoso.
El coche se detuvo en seco y la inercia lo hizo bambolearse hacia delante con brusquedad.
La directora Yu se quedó mirándolo, de vuelta a su apariencia tan pulcra del inicio, una CEO cualificada y completamente ajena a cualquier asesinato o sospecha de él.
Con la amabilidad con la que se trata a un nuevo empleado al que hay que capacitar, le dijo, articulando cada sílaba:
—No es un asesinato si no hay un cadáver. Y el individuo que acabamos de enterrar no tiene ningún familiar, así que no hace falta que te preocupes.
—Pero… dicen que es el sobrino del jefe de recursos humanos del parque —replicó Sajun, confundido—. Por eso podía hacer cualquier cosa y no lo despedían.
La directora soltó una risita. Luego, sacó la tableta de su bolso y se la tendió a Sajun.
—Obviamente, son solo rumores. ¿Cuántas conexiones se van a necesitar para trabajar disfrazado de mascota a tiempo parcial?
Sajun miró la pantalla de la tableta. En ella estaban descritos cada aspecto personal y excepcional sobre Yeongdu y, como bien había dicho la señora Yu, no había ningún contacto de familiares en su fichero.
«¿Por esto me había enrabietado yo tanto?
». Todo lo que sentía hacia Yeongdu, todas esas emociones llenas de maldad e inferioridad habían sido una pérdida de energía.
Entonces, por fin se dio cuenta de lo que había ocurrido: había enterrado un cadáver.
«¿Qué he hecho?», se preguntó, mirándose las manos manchadas de tierra.
—Ja, ja… —Se le escapó la risa, incrédulo.
La directora reanudó la marcha por el camino accidentado y murmuró algo con un semblante de alegría pura, con la cautela de alguien que confiesa su amor, pero que tiene una seguridad ciega en lo que dice:
—Él está siempre de mi parte.