La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE #5
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2/ EL SUPERVIVIENTE #5

Atravesando el camino estrecho que conectaba el solar con la montaña, llegó un coche de importación y de alta gama que poco tenía que ver con ese terreno abandonado.

Sajun abrió los ojos de par en par. Por fin empezaba a sentir curiosidad por saber con quién se encontraría Yeongdu, pero no tenía por qué impacientarse, pues lo averiguaría enseguida, solo tenía que seguir escondido, grabando con el teléfono.

Una mujer de mediana edad salió del coche importado, acicalada de pies a cabeza, con el pelo corto y un traje de color gris.

Irradiaba un aura sofisticada y, aunque su vestimenta no era extravagante, hasta Sajun, ignorante de las marcas de lujo, podía intuir que cada pieza de ropa y sus accesorios tendrían un precio elevado.

«¿De qué conoce Yeongdu a una persona así?

¿Tan importante es ser el sobrino del jefe de recursos humanos?

», se preguntaba Sajun, en mitad de su tarea de camarógrafo.

La mujer caminó con seguridad hacia Yeongdu, que tenía un aspecto más harapiento que de costumbre.

Se cruzó de brazos y lo observó de arriba abajo con una mirada que haría sentir diminuto hasta a un gigante.

Intercambiaron un par de palabras y la mujer le mostró una sonrisa socarrona.

A pesar de que no podía escuchar lo que decían, estaba claro que se burlaba de su aspecto.

Sajun se sintió avergonzado, como si lo hubiera criticado a él mismo.

Yeongdu, que ya andaba alterado desde que estaban en el dormitorio, reaccionó con agresividad y la empujó por los hombros, pero tenía menos fuerza que el agua sin gas.

La mujer retrocedió apenas unos milímetros, sin reaccionar más allá de sacudirse la suciedad de los hombros con cara de asco.

La chaqueta del traje que llevaba sobre los hombros se había caído al suelo.

Frunció el ceño, pero no se dignó a cogerla, como si no le importara lo más mínimo.

Entonces, la escena comenzó a torcerse. La mujer susurró algo y Yeongdu, que apretaba los puños con fuerza y temblaba, rompió a vociferar, tan alto que incluso Sajun pudo escucharlo:

—¡Dame el libro! ¡Lo necesito para completar el sabbat !

Yeongdu perdió los estribos y se lanzó al cuello de la mujer para estrangularla.

Sajun se cubrió la boca, conmocionado, mientras un sinfín de pensamientos se le venían a la cabeza: «¿Qué hago?

¿Debería pararlo? Pero, si lo hago, quizá acabo metido en algo que no debería».

Lo mirara por donde lo mirara, esa mujer parecía tenerlo todo y podía denunciarlo a él también si pensaba que estaba compinchado con Yeongdu, así que se quedó mirando la pantalla, con ojos incrédulos.

No podía convertirse en un criminal por unos miserables quinientos cuarenta y pico mil.

Mientras Sajun se debatía entre actuar o no, Yeongdu había empujado a la mujer hasta el capó del coche.

Medio tumbada, ella lo agarraba de las muñecas y forcejeaba como podía.

Yeongdu había enloquecido. Si seguía así, de verdad la mataría.

Por fin, Sajun se decidió a detenerlo. Apartó la enredadera con la mano temblorosa y, justo antes de salir por la ventana, escuchó a Yeongdu gritar.

La mujer había sacado una jeringuilla del interior de su chaqueta y la había clavado con todas sus fuerzas en el brazo flacucho de Yeongdu.

Apretó el émbolo hasta el fondo y el chico le soltó el cuello y retrocedió mientras escupía toda clase de improperios.

Sajun se quedó helado, con una pierna ya fuera de la ventana.

La mujer se apoyó por completo en el coche y se agarró el cuello, tosiendo con dificultad.

Sajun también volvió a respirar, pero le entraron náuseas de pensar que había estado a punto de ser partícipe de un asesinato.

Trató de calmarse y regresó al interior del edificio, murmurando sus cálculos mágicos, pero no podía quitarse la ansiedad de encima y comenzó a morderse las uñas.

Entonces, le surgió una duda lógica: ¿qué contenía la jeringuilla?

Entre grandes tambaleos, Yeongdu se arrancó la jeringuilla que le colgaba del brazo y la tiró al suelo.

Siguió retrocediendo, sin fuerza, hasta que se topó con uno de los recambios viejos y cayó de espaldas.

La mujer, que había dejado de toser, se incorporó y se acercó al chico a pasos lentos, enfurecida.

Él se arrastraba por el suelo deshaciéndose en gritos.

Sajun volvía a encontrarse en una encrucijada.

Ninguno de los dos parecía estar en sus cabales, así que debía ponerle fin a ese teatro antes de que pasara algo grave.

No merecía la pena manchar su historial y quedar como un delincuente por ganar un poco de dinero.

Se armó de valor y salió de detrás de las enredaderas, cámara en mano.

—¡Deteneos! ¿Es que estáis locos?

Ambos se giraron a mirarlo al unísono y a Sajun se le erizaron los vellos de la nuca.

En cuanto lo vio, los ojos de Yeongdu centellearon.

Se levantó de golpe y empujó a la mujer de nuevo para echar a correr hacia su compañero, entre tambaleos, a punto de caer desmayado en cualquier momento, mientras se reía a carcajadas con los ojos muy abiertos.

—L-lo has grabado todo, ¿verdad? —gritó, ronco.

Sajun retrocedió impulsivamente. No entendía lo que estaba pasando, pero miraba la escena aferrado al teléfono como si de él dependiera su propia vida. La cámara continuaba grabando en el instante en que Yeongdu estiró el brazo hasta casi rozarlo y, de pronto…

«¡PAM!».

Se escuchó un estallido similar al de una sandía explotando y Yeongdu se desplomó sobre el suelo; la tierra empezó a teñirse con la sangre que le escurría de la cabeza.

La mujer tenía entre sus manos un bastón de caramelo, el típico dulce curvado y adornado de rayas rojas y blancas, pero ese era tan grande como un bastón de verdad y tenía manchas de óxido en las líneas blancas.

Sajun se preguntaba de dónde lo había sacado.

Quizá formaba parte de alguna atracción antigua, pues era imposible que estuviera hecho de azúcar o, de lo contrario, Yeongdu no tendría una abolladura en la cabeza.

La mujer miró el cuerpo, impasible, como quien ve una piedra tirada en la calle.

A pesar de que el garrote colorido que sujetaba entre sus manos estaba teñido de color bermejo, seguía completamente serena.

Y con esa misma inexpresividad alzó de nuevo el bastón, al igual que alzaría un palo de golf, e hizo un swing completo hacia la cabeza inmóvil de Yeongdu.

Luego otro. Y un tercero más. Cada vez que el colorido bastón se sacudía, la sangre salpicaba por todas partes.

Sajun miraba la escena, de nuevo petrificado, sin poder siquiera respirar; parecía sacada de sus peores pesadillas.

El sonido del armatoste de hierro chocando contra el pavimento le taladraba los oídos.

Concluida por fin esa tarea tan aparentemente fastidiosa, la mujer se sacudió las manos con una expresión de alivio.

Yeongdu había dejado de moverse por completo, aunque ahora era imposible distinguir si realmente era él o un bulto de carne con forma humana.

Sajun miraba el cuerpo, conmocionado. Alzó la cabeza lentamente y se encontró con los ojos de la mujer, todavía sin expresión.

Cuando se atusó el pelo salpicado de sangre y se le acercó, Sajun se quedó sin fuerzas de pronto y el teléfono se le resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo.

La mujer desvió la mirada al aparato mientras él cerraba los ojos con fuerza.

Se sucedieron unos instantes que parecieron eternos.

Bien podría haber pasado un minuto, cinco o incluso una hora.

—Un vídeo magnífico —dijo ella, sonriendo débilmente.

El tono tan tranquilo en el que habló hacía difícil creer que acabara de asesinar a alguien. Sajun abrió los ojos muy despacio y se la encontró justo enfrente de él, observando la grabación. Tragó saliva.

Una vez hubo terminado la reproducción, la mujer recogió el teléfono y añadió:

—Te lo compro.

Le tendió su tarjeta de presentación, bien estructurada e impoluta, donde aparecía el nombre de una empresa llamada Gwangnan Clean y el cargo de directora ejecutiva escrito junto a su nombre, Yu Hyeonkyeong. Sajun pestañeó.

—Has escuchado hablar de mi empresa, ¿verdad? —le preguntó ella, con una sonrisa.

Sajun asintió. Efectivamente, sí había escuchado sobre ella.

Era una empresa bastante importante a nivel nacional que ofertaba productos y servicios de limpieza.

Ahora que lo pensaba, recordaba haber visto a esa mujer alguna vez en televisión.

Ella lo seguía mirando fijamente, a pesar de su vacilación.

Su rostro salpicado de sangre hizo sentir al chico mareado.

No podía pensar. No tenía ni idea de cómo procesar lo que había pasado y lo que estaba por pasar. Y ella le ofreció la solución:

—No tienes que darle muchas vueltas. Te haré una buena oferta.

Esa última frase le sirvió de lubricante para poner en marcha su cerebro.

«Una buena oferta» no podía significar más que dinero, y alguien como ella, de buena reputación y con tanto dinero, le haría una oferta incomparable a los míseros quinientos cuarenta mil wones que le había ofrecido Yeongdu.

«Si le sumo al dinero de mi cuenta los quinientos cuarenta y pico mil y el triple de ese pico…

». El número de ceros en sus cálculos mágicos aumentaba y disminuía como una calculadora averiada.

Y, aun así, quizá la cantidad que le ofrecería dejaría en ridículo ese monto.