La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE #4
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2/ EL SUPERVIVIENTE #4

La torre del reloj indicaba las tres. Enseguida le tocaría intercambiarse con Yeongdu.

Sajun miraba de reojo el reloj entre la gente.

Normalmente, los empleados llegaban diez minutos antes para intercambiarse, pero ese día Yeongdu aún no aparecía.

El enfado, hasta ahora superado por el cansancio, le regresó como una ola.

«¿Quién se cree que es solo por ser el sobrino del jefe de recursos humanos?

». Aunque el compañero sustituto llegara más tarde, no les pagaban los diez o veinte minutos extra trabajados.

La manecilla del reloj avanzó dos minutos más. Sajun se detuvo y se quitó la cabeza del disfraz, dejando a la vista su cara roja y empapada de sudor. Un niño que se acercó a pedirle un globo se sobresaltó al verlo y salió corriendo hacia sus padres, asustado.

Todo, absolutamente todo del parque le ponía de los nervios. «Ojalá desaparezca todo. ¡Hasta nunca!». Malhumorado, se marchó con la cabeza del Osito Fantasito colgada del costado y caminando como un pato, mientras la gente lo miraba raro.

—¿Qué os importa? ¿Qué miráis? —susurraba para sus adentros.

Quería quitarse ese ridículo disfraz y confrontar con Yeongdu.

«¿Te crees que puedes hacer lo que te dé la gana por ser el sobrino del jefe de recursos humanos?

Qué fácil te lo pone a ti la vida, ¡¿no?

!». Quería gritar y gritar hasta estallar, pero se dio cuenta de que la impotencia que sentía se parecía bastante a la envidia que les tenía a los compañeros que habían entrado a trabajar a la vez que él, y tenerle envidia a Yeongdu era aún más patético.

Sajun, de tan concentrado que iba camino a su objetivo, no pudo ver la baldosa del suelo levantada —claro que también desempeñó un gran papel su barrigota de Osito Fantasito— y cayó de cara contra el pavimento.

Los suspiros de pena se mezclaron con la risa de un niño que se burlaba de él, aunque sin malicia alguna, y Sajun deseó con todas sus fuerzas que lo tragara la tierra.

Cuando, a duras penas, levantó la cabeza y apoyó los brazos en el suelo, alguien le tendió una mano amiga vestida con ese uniforme verde claro al que tan acostumbrado estaba: el trabajador que repartía gominolas a los visitantes.

Aunque lo miraba de frente, la gorra le tapaba casi todo el rostro y no podía distinguir sus facciones, además de que el sol radiante que brillaba a su espalda creaba una oscura sombra sobre su cara.

Sajun se quedó mirándole la mano. Cualquier otro día seguramente se la habría tomado de buen grado, pero ese día no podía.

No, no quería hacerlo. Sentía que hasta los gatos que maullaban se estaban riendo de él, así que no le extrañaría si ese hombre en realidad se estuviera burlando bajo la gorra.

Ignoró su ayuda y se levantó por sí mismo, aunque tuvo que pelear con su barriga protuberante primero.

Sajun se disponía a pasar de largo cuando el hombre le tendió una bolsita de gominolas, las mismas que estaba repartiendo antes.

No quería volver a ver una golosina ni en sueños.

Sentía que vomitaría el desayuno solo de pensar en los rumores sobre Yeongdu y en el desastre que había tenido que limpiar en la habitación.

—Métase en sus asuntos, que ni siquiera es un empleado fijo —le dijo, frío como un témpano, a la vez que le tiraba las gominolas de un manotazo.

La bolsita se precipitó al suelo y el hombre se quedó mirándolo fijamente, sin mostrar cambio alguno en su expresión, lo que enervó aún más a Sajun. El chico pasó de largo, golpeándole el hombro con fuerza. Podía sentir la mirada penetrante del hombre a sus espaldas, pero le hizo caso omiso.

—¡Prueba unas gominolas! ¡No las podrás encontrar en ningún otro lugar! —lo instó vigorosamente, como si no le hubiera molestado en absoluto su forma de tratarlo.

—¿Es que no has visto la hora que es? —preguntó Sajun, aporreando la puerta de su habitación. En el interior se escuchó ruido—. ¡No me digas que aún estabas durmiendo!

Cuando Yeongdu abrió la puerta, Sajun se quedó totalmente perplejo, pues no parecía tener la más mínima intención de ir a trabajar.

Había querido otorgarle el beneficio de la duda, pero eso ya era la gota que colmaba el vaso.

Respiró hondo, dispuesto a soltar todo lo que había estado aguantando desde que empezaron a convivir, pero, antes de que pudiera prender una chispa de su ira, Yeongdu se le adelantó:

—Eso no es lo importante ahora —dijo, con una voz más agitada de lo normal.

A Sajun se le escapó una risa incrédula.

—¿Y qué va a ser más importante que el trabajo al que…?

—Sajun, por favor, ayúdame —lo cortó—. Necesito que me acompañes a un lugar.

«Pero ¿qué se cree? ¿A dónde demonios quiere ir en horario laboral? Ah, claro, puede ir donde le plazca porque es el sobrino del jefe de recursos humanos, ¿no?». Se le volvió a escapar la risa.

—¡Deja de decir tonterías! —le gritó, pero Yeongdu se puso a buscar algo en sus bolsillos y sacó varios billetes de cincuenta mil wones arrugados.

—Hay unos quinientos mil —le dijo, mientras le metía los billetes en el bolsillo—.

Ya sabes que no tengo amigos. Por favor, estoy desesperado.

Tengo que encontrarme con alguien, pero no sé de qué será capaz, por eso necesito que vengas conmigo.

No va a pasar nada, solo tienes que venir conmigo y mirar.

No te preocupes por el trabajo, yo me encargaré de que no te pase nada.

Ahora mismo solo puedo darte quinientos mil, pero, en cuanto cobre, te daré más. Lo juro.

Sajun miró de mala gana el fajo de billetes amarillos incrustados en su bolsillo.

En el instante en el que escuchó la cifra, la ira que estaba a punto de explotar en la cara de Yeongdu se calmó de golpe.

Ahora mismo, él era quien tenía las de ganar.

Se cruzó de brazos y se quedó mirándolo.

No parecía estar tomándole el pelo. Sus ojos brillaban más que de costumbre, aunque de una manera perturbadora.

Sajun se puso a calcular rápidamente lo conveniente que era esa cifra para sus cálculos mágicos.

«Un obrero tendría que trabajar al menos tres días para poder ganar esos quinientos mil.

Si los sumo a mi cuenta, con esa cantidad podría pagar el alquiler de una habitación buenísima en Seúl…

, espera, no, tendría que añadir la fianza.

Pero sumando mi sueldo de este mes a eso, me sale un buen pico».

Sajun sonrió de oreja a oreja. Además, puesto que había terminado su jornada, nada le impedía seguirle el juego.

Si el encargado le preguntaba por la ausencia del Osito Fantasito, podía fingir que no tenía ni idea y dejar que Yeongdu se hiciera cargo.

Casi se emocionó. Sacó el montón de billetes del bolsillo y se puso a contarlos; eran exactamente diez billetes de cincuenta mil wones.

—¿Solo tengo que ir contigo? —preguntó, aguantando una sonrisa.

Yeongdu asintió rápidamente, con miedo de que pudiera cambiar de opinión. En cambio, Sajun se preguntaba qué sería lo que tenía que hacer para estar tan ansioso. Le resultaba sospechoso, pero los billetes que tenía entre las manos cautivaron su corazón.

—No es nada peligroso, ¿no? —preguntó por si acaso—. Esto no me huele muy bien…

—Te aseguro que no. Ni siquiera tendrás que hacer nada, solo necesito que te escondas y que me grabes cuando me encuentre con esa persona. ¿Es que necesitas más dinero?

Yeongdu se puso a rebuscar apresuradamente en su armario y sacó unos cuantos billetes más de diez mil wones.

—¿Cuánto más me darás cuando te paguen? —preguntó Sajun sin rodeos esta vez, sonriente.

—Una tercera parte.

—Más te vale cumplir tu palabra.

El chico asintió casi como uno de esos muñecos cabezones en el salpicadero de un coche, y Sajun se guardó el dinero con sumo cariño en el bolsillo, satisfecho. Le había dado otros cuatro billetes, así que añadió cuarenta mil wones más a su conjuro mágico.

Sajun lo siguió hasta un terreno apartado del parque que hacía frontera con la montaña.

Los dueños habían planeado construir una zona de atracciones acuáticas adherida al parque principal, pero, debido a cuestiones inmobiliarias, quedó como un terreno abandonado.

Unas vallas de chapa enormes impedían el paso y la única entrada estaba protegida por una reja de barrotes con forma de rombo, sobre la que colgaba un cartel rojo con el mensaje: «Solo personal autorizado».

Yeongdu abrió el candado con una llave cuyo origen era una incógnita, y cruzó la puerta con tranquilidad.

Una vez dentro, recorrieron un camino poblado de hierbajos hasta llegar a un pequeño solar donde había un edificio en ruinas.

Desperdigados por el terreno, se acumulaban los recambios de las atracciones y todo tipo de material de construcción, entre los que había un coche de choque con la forma del Osito Fantasito cuyos ojos brillaban excesivamente en contraste con el resto del cuerpo oxidado, lo que le daba un aspecto aún más estremecedor.

Seguramente serían pedazos de las viejas atracciones que exhibía el parque al inicio de su apertura.

Siguiendo las instrucciones de Yeongdu, Sajun se escondió en el interior del edificio y preparó su teléfono para grabar en modo apaisado.

Las numerosas enredaderas y la carpa lo taparían para que no se le viera desde fuera.

Mientras, Yeongdu esperaba de pie un poco más alejado del edificio, entre un montón de piezas y letreros rotos que formaban una especie de barrera.

Se le veía inquieto. Sajun tragó saliva y empezó a recitar sus cálculos mágicos para calmar los nervios.

—Si a mi sueldo le sumo los quinientos cuarenta mil y el pico, ¿a cuántas horas de trabajo equivale?

Una sonrisa despreocupada fue apareciendo en su rostro. Todo estaría bien. Era un buen día, un día de buena suerte. Sajun siguió murmurando de buen humor. A pesar de que el rumor de las conexiones de Yeongdu le hería el orgullo, el amor propio no le daría de comer.