La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE #3
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2/ EL SUPERVIVIENTE #3

La pared estaba llena de garabatos hechos con una sustancia roja y desconocida, y en el suelo había un dibujo de un pentáculo de dimensiones considerables cuyas puntas —por ridículo que pareciera— estaban adornadas con una gominola diferente cada una: una con forma de estrella, otra de vaina, otra de tiburón, otra de huevo frito…

, y Yeongdu susurraba sin cesar como un loco:

—Necesito el libro. No puedo hacerlo sin el libro. Con él…

—¿Qué se supone que es todo esto? —estalló el encargado, incrédulo.

—Gominolas —respondió él, como si fuera lo más evidente del mundo.

Ese año, uno de los trabajadores que se disfrazaba falleció por un golpe de calor, así que decidieron no despedir a Yeongdu y moverlo a esa área donde Sajun también entró a trabajar más tarde.

En ese entonces, esa solución fue posible porque el parque se hacía cargo de la organización de sus trabajadores, sin ninguna filial intermediaria.

Cuando el encargado le contó todo este asunto, Sajun no le dio mayor importancia, pues asumió que el chico estaba un poco chiflado por las golosinas y que hacía cosas raras, pero nada que hiciera daño a la gente.

Para él era más importante asegurarse de tener un lugar propio en una habitación con baja densidad de población.

Podía ignorar esos rumores fácilmente con tal de llegar a su meta financiera para salir de ese dormitorio inaguantable en medio de la montaña y conseguir una habitación en condiciones en Seúl.

Al día siguiente, Sajun se dirigió al restaurante situado en el sótano de la residencia con su cupón para comida.

Si quería poder pasar el día meneándose dentro de ese disfraz de animal tan pesado en plena ola de calor, no podía saltarse el desayuno.

Estaba atiborrándose en un rincón cuando alguien se sentó frente a él.

—Hola, Sajun. Cuánto tiempo —lo saludó un chico un poco más joven que él que había entrado a trabajar el mismo día.

—Hola —le respondió Sajun, sin ganas.

—Me imagino que las estarás pasando canutas con el disfraz todo el día, ¿eh? —le preguntó, observando a su alrededor—. Nosotros últimamente también estamos hasta arriba. ¿Cómo es que viene tanta gente con este calor? —se quejó de su trabajo en las atracciones.

Sajun asintió en silencio, mientras seguía comiendo.

A diferencia de él, que sobrevivía día a día como mejor podía, muchos de los que trabajaban allí lo hacían para ganar un dinero extra durante las vacaciones, ahorrar para un viaje o, simplemente, porque les parecía divertido trabajar en un parque de atracciones.

Cada vez que esos tipos hablaban de su día a día como si nada, se le revolvía el estómago.

No es que le hubieran hecho nada malo, pero, simplemente, prefería no verlos ni en pintura.

Y eso era exactamente lo que sentía hacia el chico sentado frente a él.

El día de la orientación, le había contado a Sajun que se iría de viaje por Europa una vez se terminaran las vacaciones de verano, que sus padres le habían ofrecido pagárselo cuando escucharon que iba a trabajar en el parque, pero que él se sentía mal por depender de su dinero a esa edad.

Seguramente el chico había olvidado esa conversación, pero Sajun la recordaba con pelos y señales.

Sin embargo, mientras que todos se llevaban bien con él, Sajun era el único que no lo soportaba, y era debido a su complejo de inferioridad.

El muchacho era una persona alegre que siempre estaba sonriendo, así que a todos les gustaba.

Otro punto a su favor es que se había ganado el título de portador oficial de noticias del parque; no había chisme que se le pasara.

—Ah, Sajun, tú vives con Yeongdu, ¿verdad?

Escuché algo que no te vas a poder creer —empezó a contar el chico—.

Dicen que es el sobrino del jefe de recursos humanos y que por eso no lo despidieron a pesar de las cosas tan raras que hizo.

No te digo yo… Las conexiones lo son todo en este mundo.

¿Cómo esperan que encontremos trabajo los demás?

Sajun dejó de comer y se quedó mirándolo fijamente.

—¿Cómo sabes eso?

—A ver, solo lo he escuchado por ahí. ¿Te acuerdas del tío gordito con gafas de la entrevista? ¡Pues ese es! Ahora que lo pienso, sí que se parecen un poco, ¿eh? ¡Oh, Gayeong! ¡Siéntate aquí!

Aparecieron algunos de sus amigos y los llamó para que se unieran.

Poco a poco se fue sumando más gente y el chico, enfocado en sus cotorreos rutinarios, dejó de prestarle atención a Sajun.

A pesar de que se había sentido intimidado por la compañía repentina, pronto se dio cuenta de que nadie se fijaba en él, así que aprovechó para terminar de comer y marcharse.

El compañero se despidió con la mano y un «nos vemos luego», pero Sajun lo ignoró.

Ni siquiera trabajaban en la misma zona; no había razones para que se vieran.

Como cada día, Sajun se puso el traje de Osito Fantasito y tomó un puñado de globos entre las manos.

Aunque todavía era temprano, había mucha gente en el parque, quizá porque era fin de semana.

Una niña que venía de la mano de su madre se le acercó, con miedo.

No parecía muy feliz para haber ido a un parque de atracciones.

Sajun le tendió un globo y ella se mostró reticente unos instantes.

Cuando por fin se decidió a cogerlo, una manada de niños apareció de la nada y arrasó con los globos mientras jugueteaban con la cola y los pantalones del Osito.

Cuando se quiso dar cuenta, ya no quedaba ni uno para la niña.

Sajun sacudió las manos para disculparse y la niña se marchó, de morros.

La expresión triste de la pequeña se le quedó grabada en el pensamiento, pero ya tenía suficientes cosas por las que preocuparse.

Lo que le había contado su compañero lo había dejado demasiado inquieto.

A pesar de que no entendía muy bien por qué se lo estaba tomando así, le había caído como un balde de agua fría.

La plaza estaba abarrotada de gente y Sajun sudaba a mares.

Mantenerse ocupado era el mejor remedio para sus pensamientos incesantes, pero ese día su cabeza no parecía estar de acuerdo; la historia de Yeongdu lo seguía atormentando incluso mientras meneaba el trasero sin descanso al son del himno del parque.

Ese rumor de su parentesco con el jefe de recursos humanos era algo nimio comparado con los otros rumores extraños.

«Ni siquiera es un puesto tan importante, y no pasa nada por ayudar a tu sobrino a conseguir un trabajo a tiempo parcial».

Entonces, ¿por qué se sentía tan inquieto?

Cuanto más lo pensaba, más se enfurecía.

—Este mes me pagarán 1.800.000 más extras, a los que les tengo que quitar 95.

000 del teléfono y 190.000 de las comidas.

Si pongo que me gasto 250.000 para mí, entonces me quedan unos X.

Si lo sumo a lo que tengo en la cuenta, son X, y si meto un mínimo cada mes en una cuenta de ahorros, podré buscar casa en Seúl…

Sajun se puso a recitar en voz baja sus cálculos mágicos.

Esta vez redondeó un poco más e incluso añadió las vacaciones remuneradas que no tenía, pero no podía dejar de darle vueltas.

Yeongdu ya no era el recluido social sin futuro ni remedio que pensaba, sino un niño rico y terco resguardado en los brazos del poder de su tío.

No le parecía justo. «Algunos nos pasamos el verano trabajando asfixiados en un disfraz peludo para intentar conseguir una habitación mejor en la ciudad, mientras otros pueden vivir como les da la gana solo porque tienen conexiones».

Se sintió sobrepasado por la ira. Tenía ganas de quitarse la cabeza de oso y lanzarla muy lejos mientras les gritaba groserías a los críos que no lo dejaban ni respirar, pero su miserable vida no le otorgaba esa libertad, así que reanudó sus cálculos mágicos antes de perder la cabeza.

Los niños fueron desapareciendo de su vista y pudo descansar unos instantes.

Sajun trató de poner más atención a lo que pasaba a su alrededor para detener los pensamientos sobre Yeongdu que le respiraban en la nuca.

El parque estaba igual de animado que de costumbre; New Seoul Park, el lugar de los sueños y la diversión.

A él todo aquello le resultaba artificial y fabricado.

Solo debía reparar en el hecho de que la persona dentro del gran Osito Fantasito, la viva imagen de la diversión, era él mismo.

Siguió observando a la gente hasta que su vista se detuvo en un hombre que repartía gominolas detrás del tiovivo.

«¿Desde cuándo tenemos un vendedor de gominolas?».

El hombre llevaba el mismo uniforme verde anticuado que todos los demás, pero era la primera vez que Sajun lo veía.

«¿Será un trabajador temporal de alguna agencia?

». El empleado entregaba golosinas a los visitantes con una amplia sonrisa.

Tanto adultos como niños, todos se llevaban una bolsita cuando escuchaban que era gratis.

Eran paquetes del tamaño de la palma de la mano y contenían gominolas rosas de una marca que nunca había visto.

—¿Estará promocionando algún producto nuevo? —murmuró Sajun para sí, y regresó a su tarea.

No era inusual que las agencias mandaran a algún empleado para eventos de promoción.

Sin darle mayor importancia, cuando la canción del New Seoul Park llegó a su fin y volvió a comenzar, Sajun se puso a bailar y los pequeños lo rodearon.

El Osito Fantasito daba vueltas y vueltas, mientras Sajun se sentía mareado.