La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE #2
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2/ EL SUPERVIVIENTE #2

De pronto escuchó la puerta abriéndose a su espalda. Sajun se giró y vio a Yeongdu con un envase de fideos instantáneos que humeaba. Los ojos hundidos del chico se posaron de inmediato en las manos de Sajun, más exactamente en las hojas de papel que sostenían.

—Ah, ¿ya has vuelto? —lo saludó él, apresurándose a cerrar la caja.

—¡¿Qué haces tocando mis cosas?!

Los gritos de Yeongdu casi le perforaron los oídos.

El muchacho, algo mayor que Sajun, se le quedó mirando con los ojos inyectados en sangre.

Sajun no podía creerlo. «Soy yo quien se parte el lomo para limpiar la habitación que él ensucia día sí, día también, y ¿se pone así porque he abierto una cajita de nada?

». Cogió la caja y la sacudió con brusquedad en alto, a propósito, era tan fina y ligera que parecía que pudiera desaparecer en cualquier momento.

—¿Y qué es para que te pongas así?

—¡Que no la toques! —gritó, corriendo en su dirección, con una fuerza impropia de su cuerpo escuchimizado.

Le arañó el brazo con sus largas uñas, le arrebató la caja en un abrir y cerrar de ojos y la resguardó contra su pecho con celo.

A Sajun le pareció ridículo. Se miró las heridas del brazo y lo miró a él, cuyos ojos echaban chispas.

Los fideos instantáneos todavía desprendían vapor, desparramados en el suelo.

El enfado de Sajun había sobrepasado el límite y lo había privado de toda fuerza para seguir discutiendo.

—Como quieras, pero recoge eso —le dijo, apuntando con el dedo al desastre del suelo. Yeongdu no respondió—. ¿Para qué me esfuerzo? —murmuró para sí, y subió a su cama.

A los pocos segundos escuchó al muchacho recogiendo la comida del suelo. Sajun se cubrió la cabeza con la sábana y no se destapó hasta que la habitación quedó completamente a oscuras.

El cansancio lo devoraba, pero no conseguía conciliar el sueño.

Le ponía nervioso el tecleo constante bajo su cama.

Una vez que lo escuchó, ya no pudo dejar de hacerlo y le estaba impidiendo dormir.

No era algo nuevo en Yeongdu, pues cada noche se ponía a escribir en su ordenador hasta sacar de quicio a cualquiera.

El repiquetear de las teclas se le clavaba en el tímpano como un puñal.

A pesar de que le dificultaba respirar, se cubrió de nuevo con la sábana, desesperado por aislarse del ruido, aunque fuera un poco.

Entonces, se puso a recitar de nuevo sus cálculos mágicos:

—A ver, ¿cuánto tenía en la cuenta? Este mes me pagan 1.

800.000, a los que les tengo que quitar 100.

000 del teléfono y 200.000 de las comidas.

Es de locos que tenga que gastar tanto, ¿cómo nos dan tan pocos cupones?

Si ponemos que me gasto otros 300.000 en lo que necesite, me quedan unos X, que sumados a lo de mi cuenta, serán unos X.

Aún tengo cinco cupones para las comidas, así que, si uso uno cada día, esos días tendré que gastar…

La magia surtió efecto y pudo relajarse. Entró en un estado de calma que solo duraría mientras durmiera, por lo que aún era más valioso, y le concedía una paz que ni el sonido de las teclas bajo su cama podía interrumpir. Así, Sajun relajó su cuerpo y cerró los ojos.

«¿Cómo habrá acabado así Yeongdu? ¿Qué hace noche tras noche en el ordenador?

¿Las personas como él pueden ser populares online ?

Si es así, no puede creerse prácticamente nada de lo que se diga en internet».

Intentó olvidar el estrés que le provocaba ese compañero de habitación tan egoísta pensando en la lástima que le daba, pero su estrés no habría llegado a ese punto si fuera tan fácil de reprimir.

Antes de dormirse, se acordó del rumor que había escuchado poco después de entrar a trabajar en el parque: se decía que Yeongdu tenía un trastorno obsesivo-compulsivo muy extraño.

La razón por la que Sajun acabó en esa habitación fue debida a ese rumor, pues, desde hacía meses, nadie solicitaba vivir con Yeongdu.

El encargado se veía angustiado porque no conseguía cubrir esa vacante y Sajun se ofreció de inmediato.

El alojamiento ofrecía habitaciones para dos o para cuatro, así que, si no solicitaba esa, tendría que compartir cualquier cuarto con otras tres personas más y estaba cansado de vivir en habitaciones a rebosar de gente.

El encargado, por supuesto, no puso ninguna pega, pero aquellos que habían empezado a trabajar al mismo tiempo que Yeongdu lo miraron preocupados por algún motivo que él desconocía.

Sajun no se enteró del rumor en cuestión hasta que ya había trasladado todas sus pertenencias.

La persona que se lo contó no fue otra que el mismo encargado en su cena de bienvenida.

El personal de atracciones siempre tenía solicitudes pendientes, a diferencia del de las tiendas de souvenirs , donde escaseaban.

La venta era un trabajo complicado porque intervenía el dinero en la ecuación, por lo que había clientes difíciles de manejar.

Además, la mayoría de los empleados que solicitaban ese puesto lo hacían esperando que fuera diferente a cualquier puesto de ventas de otros comercios, así que no se lo pensó dos veces cuando Yeongdu quiso entrar a trabajar allí.

Sin embargo, desde su primer día empezaron a suceder algunos eventos extraños.

En la tienda de souvenirs había un bote de metacrilato con gominolas que iban vendiendo poco a poco.

Si bien nunca habían tenido una gran salida, desde que llegó él, las existencias se agotaban en la mitad de tiempo, a pesar de que las ventas seguían siendo las mismas, por lo que era obvio que alguien estaba robándolas.

Aun así, nadie le dio mucha importancia en ese momento porque eran simples gominolas, no dinero.

Y todo habría quedado en eso de no haber sido porque algo más ocurrió.

Entre los empleados corrían rumores de que los dormitorios estaban embrujados.

Muchos decían ver u oír cosas extrañas cuando iban al baño de madrugada, había demasiados bichos incluso para ser verano y, en los días de lluvia, afloraba un olor pútrido de procedencia desconocida.

Era casi el pan de cada día que las hormigas estuvieran caminando por el cuerpo al despertar y que convivieran con una humedad pegajosa a pesar de tener el aire acondicionado encendido todo el día.

Tal era la situación que, por fin, el día más caluroso de ese año los dueños decidieron llamar a una empresa de fumigación.

—¿Qué es esa puerta? —preguntó uno de los fumigadores.

Mientras hacía un reconocimiento del edificio, se había topado con la entrada del almacén al final del pasillo del tercer piso.

En ese lugar se guardaban objetos perdidos y cosas que los antiguos empleados dejaban, así que estaba completamente desatendido.

El hombre acercó la nariz al marco de la puerta y la olfateó.

—Esta habitación me huele raro, nunca mejor dicho —comentó el señor—.

Como le decía, esto se ha llenado de bichos.

Se han hecho una casita de vacaciones aquí.

Seguro que se pregunta por qué, ¿no? Pues mire, hay muchos que se quejan de que tienen abejas o no sé qué y cuando se ponen a tirar paredes para hacer una remodelación, se encuentran con una buena colmena.

Cómo consiguen hacer una colmena en el cemento es algo que yo tampoco entenderé nunca, pero lo hacen, ya se lo digo yo.

La cosa es que aquí también van a tener un bonito nido de bichos en algún sitio, se lo aseguro.

No tenían la llave del almacén, así que el encargado preguntó en conserjería, pero le dijeron que se había perdido hacía tiempo.

Al final, revisaron cada rincón del edificio a excepción de ese almacén, sin suerte, por lo que optaron por llamar a un cerrajero para que abriera la puerta.

Cuando sacaron el picaporte de cuajo, todos los presentes tuvieron que taparse la nariz.

El encargado le describió el olor a Sajun como «dulcemente podrido», un olor nauseabundo que se les clavaba en las fosas nasales y que, al mismo tiempo, era afrutado y dulce.

Sajun no conseguía imaginarlo. «Si huele a podrido, entonces huele a podrido, ¿cómo va a oler dulce también?

». Finalmente, la causa del olor no había sido otra que las innumerables gominolas desaparecidas de la tienda de souvenirs .

Al parecer, encontraron montones y montones impensables de gominolas acumuladas que se habían derretido en moles gigantescas de gelatina incubadas por el calor asfixiante del almacén, y que, apiladas unas sobre otras, incluso se asemejaban a figuras extrañas.

—Eso era un infierno rosa de papeles atrapamoscas. O atrapahormigas en este caso —le contó el encargado, arrugando la expresión con asco.

Lo decía con tanta seriedad que la historia le resultó absurda.

Aun en medio de la fumigación, las hormigas no dejaban de sumarse al montón.

Venían atraídas por ese olor dulce y terminaban atrapadas en las masas pegajosas, sufriendo una muerte de color rosado.

Los montones de gelatina exhibían zonas ennegrecidas que parecían moho, cuya verdadera identidad eran esos cúmulos de bichos.

Entonces, el encargado fue a encararse con Yeongdu, pues tenía pruebas suficientes de su culpabilidad.

El día anterior le había hecho creer que tenía que salir antes de trabajar y lo había dejado terminar de cerrar la tienda, tras lo que, para sorpresa de nadie, las gominolas disminuyeron notablemente.

El encargado llegó a la habitación del chico —donde vivía solo porque su compañero de habitación había dejado el trabajo— y aporreó la puerta.

Tuvo que esperar un rato hasta que le abrió.

Cuando salió, sin pronunciar una palabra, el encargado lo metió de nuevo en el cuarto de un empujón.