La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 2/ EL SUPERVIVIENTE
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2/ EL SUPERVIVIENTE

La mascota más querida del New Seoul Park, el Osito Fantasito, tenía un pelaje corto y de color castaño.

En sus ojos negros brillaba una pequeña estrella.

Debido a sus orejas, más grandes que las de un oso típico, y a su hocico puntiagudo, a veces parecía un ratón.

Tras la apertura del parque, hubo polémica porque algunos decían que se trataba de una imitación de varios personajes del extranjero, pero, de una manera u otra, esa estrategia descarada le otorgó el puesto de la figura más famosa del New Seoul Park.

Además, también se convirtió en el símbolo de la diversión, al ser el primero en recibir a los visitantes en la entrada del parque y en la plaza central.

El Osito Fantasito repartía globos con su usual cara feliz e ingenua.

Si le pedían que bailara, bailaba; si le pedían una foto, empezaba a posar.

Por otro lado, había chiquillos que consideraban al osito un blandengue y lo usaban como objeto de travesuras, exactamente igual que el niño que tenía enfrente en ese momento y que lo había apuñalado en el hombro sin piedad con un cuchillo de juguete traído de su casa o adquirido en la tienda del parque.

El crío se desternilló viendo al oso agarrarse con fuerza la cabeza del disfraz que se tambaleaba.

Pronto aparecieron sus padres con unos churros con canela y el niño desapareció, después de dejar escapar el globo que le había dado el oso y embadurnarse la boca de azúcar.

El Osito Fantasito se quedó en el sitio.

Era el momento en el que debía bailar dando vueltas al ritmo de la música, pero lo único que le daba vueltas era la cabeza. No tenías ganas de mover un solo dedo.

—Mierda… —escupió en un susurro, con la misma sonrisa ingenua de siempre, pues ese era su trabajo.

Sajun, o el Osito Fantasito de diez de la mañana a tres de la tarde, agarró su cabeza de oso y se la acomodó en su sitio.

No es que el ataque del niño le hubiera hecho daño de verdad, más bien, era el pan de cada día.

Los mocosos eran traviesos y él ya había sido el objetivo de muchas otras bromas de peor gusto.

Sin embargo, en los días así de calurosos, el enfado infundado podía aflorar por cualquier cosa.

La humedad del interior de la cabeza y el hedor del traje sumados a la ecuación no hacían más que aumentar su ya excesiva incomodidad.

En esa situación, la risotada del crío le había hecho sentir que un cuchillo —esta vez afilado y candente— se abría paso en sus entrañas.

El himno del New Seoul Park había llegado a su fin y se disponía a comenzar de nuevo, así que Sajun regresó al lugar que le correspondía y reanudó su coreografía como si no hubiera pasado nada.

Levantó los dos brazos, saltó primero sobre un pie, luego sobre el otro y empezó a girar.

Advirtió un grupo de niños acercándose a él cual manada de bestias, y se le escapó un murmullo triste y apagado, tan apagado que no se podría escuchar a menos que pegaran la oreja a la cabeza del Osito Fantasito.

«Este mes me pagan 1.800.000 wones. Como desfilé, también me pagarán el plus de nocturnidad.

Quítale 100.000 del teléfono y 200.000 de las comidas, y si ponemos que me gasto 250.

000 en lo que necesite, me quedan aproximadamente X.

Si le sumo lo de mi cuenta, son unos X. Si meto en la cuenta de ahorros una cierta cantidad de dinero cada mes, ¿cuánto tendré en un año?

¿Y cuánto más necesito para una casa en Seúl? ».

Sajun murmuraba sin parar, contando y contando.

Era la banda sonora de su vida que le proporcionaba tranquilidad.

Con la excusa de que no se le daban bien los cálculos mentales, redondeaba hacia arriba lo que iba a recibir y hacia abajo lo que gastaría.

Al igual que tantas otras veces, continuó haciendo más y más cálculos en su cabeza hasta llegar a una cantidad que le gustó, y la repitió una y otra vez mientras se movía al ritmo de la canción del New Seoul Park.

Cuando volvió en sí, los niños se le abalanzaban a pedirle globos con las manos en alto y el Osito Fantasito de pelaje corto sonrió, alegre.

Sajun contó, preocupado, el número de cupones que le quedaban para comida.

Solo le proporcionaban treinta al mes para cubrir las dietas mensuales, como si las personas se alimentaran una sola vez al día.

Era imposible cubrir tres comidas diarias con esa cantidad de cupones.

«¿No deberían dejar que los trabajadores que nos alojamos en los dormitorios comamos tres veces al día?

Vivimos aquí por necesidad, no por gusto, ¿eh?

Y aunque muchos estudiantes trabajen aquí para ganar experiencia y pasar el rato, algunos sí vivimos de esto».

Lo más probable era que tuviera que gastar su propio dinero para comer desde la próxima semana, así que decidió rechazar la invitación de otros compañeros de ir a tomar un bocado después de la cena, y se fue directo a su habitación.

Tenía todo el cuerpo irritado por haber estado trabajando durante horas bajo el sol abrasador.

Le resultaba incluso difícil levantar los brazos para abrir la ventana, hasta el punto de que podría quedarse dormido de pie si tan solo tuviera algo donde apoyar la cabeza.

—Me ducho rápidamente y me voy a dormir —se susurró a sí mismo mientras encendía la luz del cuarto.

La tenue luz azulada dejó a la vista el desastre que se había adueñado de la habitación.

La rabia casi le salió por las orejas. Había pasado el fin de semana limpiando y ya se había convertido en un estercolero donde no se podía ver ni un centímetro del suelo.

La habitación desprendía una pestilencia producto de la mezcla de olor a moho y a sudor, y el suelo estaba cubierto de ropa sucia.

Sin embargo, no era esa la principal causa de su rabia; había algo más: el polvillo áspero que notaba bajo sus pies con cada pisada que daba en ese lugar, el azúcar de las gominolas y los caramelos, un festín que comenzaba en la puerta de entrada y terminaba frente a la cama de su compañero de cuarto.

Si agudizaba la vista, podía ver el polvo blanco incluso sobre el colchón.

Sajun se acercó enfadado y sacudió las sábanas, de entre las que cayó una bolsa enorme de gominolas, tal y como había esperado.

El sueño que había amenazado con devorarlo en cualquier momento se esfumó como el agua del mar cuando baja la marea.

Sacó una bolsa de basura del cajón y echó dentro todo lo que se encontró sobre el suelo.

Ya se lo había advertido de buenas maneras y no pocas veces, pero su compañero Yeongdu no tenía intención alguna de escucharlo.

A pesar de que Sajun le había hablado de mantener los modales básicos para convivir, él se había limitado a asentir y a hacer lo que le daba la gana en cuanto Sajun se daba la vuelta.

Las habitaciones de dos personas eran lo suficientemente amplias y agradables para vivir con comodidad; pero, por su culpa, la de ellos era un basurero constante, y el azúcar y los restos de lo que picaba entre horas y que dejaba por todos lados no hacían más que atraer bichos que convivían con ellos.

Incluso una vez a Sajun se le metió una hormiga en la boca cuando estaba tumbado.

Sin embargo, ya se había dado por vencido con él. No tenía caso dialogar.

Aun así, tampoco podía dejar la habitación en esas condiciones, así que terminó de meter todas las cosas del suelo en la bolsa de basura y se acercó a la cama de Yeongdu.

En un rincón estaba su ordenador portátil —lo único que cuidaba con especial mimo— con la pantalla encendida.

Seguramente tendría abierto el foro por el que trasnochaba cada noche.

Los únicos momentos en los que mostraba algo de vitalidad eran los ratos que pasaba presumiendo de lo bien que le iba en internet.

Sajun no tenía ningún interés en saber de qué foro se trataba, por lo que, cada vez que a él le entraba la verborrea sobre ello, Sajun se ponía los auriculares con disimulo.

No necesitaba escucharlo para saber que seguramente sería un foro para adultos patéticos a los que les resultaban graciosos los chistes verdes o algún tipo de foro desequilibrado para fans empedernidos y enloquecidos por personajes de cómics que trataban como personas reales.

La pantalla mostraba una ventana con un extraño grabado antiguo en el que una pequeña barra situada en la parte inferior pedía introducir una contraseña.

El grabado era una imagen de algo similar a un demonio bajo el cual varias figuras danzaban en círculo alrededor de un enorme caldero hirviendo del que asomaba una mano humana.

Sajun frunció el ceño, molesto, y se dio la vuelta.

Sacó una aspiradora mini de debajo de su escritorio y se puso a limpiar el azúcar del suelo.

Yeongdu, seguramente ocupado con otro de sus picoteos diarios, no apareció en todo el rato que limpiaba, aunque tampoco habría servido de mucha ayuda, pero, aun así, le seguía pareciendo injusto que solo él se preocupara de la salubridad de su cuarto.

Cuando se agachó un poco para aspirar bajo el escritorio de Yeongdu, sintió un dolor en la espalda y se dio unos golpecitos con el puño para aliviarlo, pero algo le saltó a la vista: una caja de cartón con las esquinas desgastadas.

Parecía una caja de galletas para regalo.

Sajun acercó la mano impulsivamente y la caja se abrió sin oponer resistencia, al tiempo que dejaba escapar un olor a papel mojado y algo muy dulce.

—¿Qué es esto?

En su interior había papeles amarillentos con patrones y símbolos desconocidos que no lograba reconocer como dibujos ni como letras. Pasó unas cuantas hojas y todas eran similares. No tenía ni la más remota idea de qué podrían ser, pero cuanto más las miraba, más se enfurecía.