La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 1/ LA NIÑA PERDIDA #6
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1/ LA NIÑA PERDIDA #6

De repente se topó con algo pegajoso en el suelo.

Miró hacia abajo y vio otra masa pegajosa de color rosa.

Pensó que Ju-ah y su madre habían ido a buscarla y se le escapó un grito al tiempo que se cayó de culo al suelo sobre esa mezcla de agua y de mucosidad; pero, cuando miró el bulto con más atención, se dio cuenta de que no eran ellas.

Aunque no con nitidez, se podían apreciar las formas de un hombre y de una mujer.

Eran una pareja que todavía se estaba derritiendo, fundidos en un abrazo.

O, más exactamente, uno de ellos había tratado de empujar al otro con empeño y se habían quedado pegados así para siempre.

A diferencia del hombre, que ya tenía el rostro desfigurado, la mujer aún se veía en perfectas condiciones y mostraba una expresión relajada y feliz.

Su cara le resultaba extrañamente familiar.

Le dio un par de vueltas hasta que cayó en la cuenta de que se trataba de la pareja a la que el señor uniformado le había dado una bolsita de golosinas.

Yuji arrojó con fuerza la que traía apretada dentro del puño y las gominolas ovaladas salieron disparadas, rebotando contra el suelo una a una.

Empezó a retroceder a gritos, pero no podía escuchar el sonido que salía de su propia boca.

Trató de chillar más fuerte, en vano. Se levantó y salió huyendo.

Pronto descubrió por qué no podía escucharse a sí misma, todo el parque era un coro de alaridos aterrados.

Masas y masas de gente convertidas en esos bultos viscosos de gelatina —y las que aún estaban en proceso— se iban fusionando entre ellas indiscriminadamente.

Yuji miraba el espectáculo, atónita. Casi parecía un desfile organizado por el parque de atracciones.

El olor de antes, tan empalagoso y nauseabundo, se esparcía por doquier y la hizo sentir mareada.

Entonces, se acordó de sus padres. ¿Dónde estarían?

¿Ellos también se habrían convertido en una masa de gominola derretida?

Las baldosas coloridas del parque estaban ahora cubiertas por las masas gelatinosas de color rosa.

«¿Y si este parque de atracciones no es más que el juguete de unas criaturas gigantes?

Quizá lo habían contemplado con atención e interés durante un rato, hasta que se cansaron y decidieron divertirse con él de otra manera.

Tal vez por eso lo habían cubierto de aquella sustancia pegajosa», pensó Yuji mientras veía cómo las personas se derretían a su alrededor.

Se sentía como si estuviera atrapada en medio de un tarro de mermelada, completamente desubicada, igual que una de esas figuritas inmóviles encerradas dentro de una bola de nieve.

Una de las masas viscosas le alcanzó el pie y ella la pisoteó con saña.

Ahora solo era una masa sin ninguna forma humana que le salpicaba los bajos del pantalón.

Tenía la cabeza hecha un lío, pero un único pensamiento se repetía con claridad: «Tengo que encontrar a mamá y papá».

La aterraba la sola idea de que ellos también se hubieran convertido en un gran bulto de gominola mientras la buscaban, pero se sacudió el pensamiento antes de poder divagar más en él.

Si conseguía salir de ese parque de atracciones convertido en un tarro de mermelada, lograría escapar de esa pesadilla.

Ella era una niña muy madura y perfecta en todos los aspectos, así que los podría encontrar, pues debía cuidar de ellos.

Fue entonces cuando una voz rasposa que había escuchado antes cortó el hilo de sus pensamientos. Levantó la cabeza y lo encontró frente a ella: el señor de las golosinas.

—¿De verdad crees que tu mami y tu papi todavía están aquí?

Había aparecido de la nada. Por mucho que estuvieran mirándose de frente, no conseguía distinguir los rasgos de su cara.

Yuji se frotó los ojos, pero seguía ahí cuando los abrió, con ese rostro de facciones desfiguradas, oculto entre sombras y adornado de una voz lúgubre como el interior de una cueva.

Yuji retrocedió y la masa de gelatina que había pisado hacía unos segundos le salpicó.

Unos restos de huesos que todavía no se habían derretido por completo se quebraron bajo el peso de sus pies.

El señor de las golosinas abrió la boca —ubicada en algún lugar incierto de su cara— y dejó a la vista un agujero negro que se movía junto con sus palabras, pero esta vez Yuji las escuchó dentro de su cabeza:

—Ellos no están aquí. ¿Dónde estarán?

—¡Mientes!

«¿Por qué no vamos a mirar al aparcamiento? Quizá está el coche de tus papás», escuchó la voz de Ju-ah susurrarle en los oídos, y se los tapó con fuerza.

—Están en casa tan tranquilos. Se han olvidado de alguien tan insignificante como tú y se han quedado profundamente dormidos.

—¡No, eso es imposible! —replicó Yuji.

El hombre se rio, alargando su boca de oreja a oreja, y eso sí lo pudo ver con claridad, a pesar de que el resto de su cara seguía emborronada.

—¿No me crees? —le preguntó, estirando el brazo. Yuji se quedó mirando sus negros dedos que se le acercaban más y más. No podía moverse—. Entonces, te llevaré a casa para que lo veas con tus propios ojos.

«Ya están listos para salir del aparcamiento. Te han abandonado. Yo me he derretido como una gominola pegajosa, pero estoy con mi mamá. Tú no, tú estás sola». Ju-ah le susurraba al oído, digna de una melodía. Y Yuji perdió la conciencia.