La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 1/ LA NIÑA PERDIDA #5
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1/ LA NIÑA PERDIDA #5

La ambulancia no llegaba, los teléfonos estaban estropeados y ese olor empalagoso se adueñaba de cada rincón del parque…

Algo raro estaba ocurriendo. Yuji se quedó allí parada, sin poder abrirse paso entre la gente, obligada a ver cada segundo de lo que sucedía y grabarlo en su memoria para siempre.

Agarró con fuerza las correas de su mochila de manera inconsciente.

«Nunca se separarán».

Escuchó de nuevo la voz del señor en su cabeza, y casi le pareció una revelación; ahora estaba segura de lo que sucedería a continuación.

—¡Tumbemos a la niña! No tiene buena cara. Tendremos que reanimarla —dijo alguien entre el gentío.

Quizá se dedicaba a la medicina, pues parecía saber perfectamente de lo que hablaba.

Antes de que pudiera hacer nada, la madre de Ju-ah la tomó de la ropa con el rostro completamente rosado, las comisuras de los labios manchadas de sangre y cubiertas de una sustancia viscosa y de color también rosa.

—No puedo despegarla de mí… —dijo, casi sollozando.

Entonces, tanto Yuji como los demás se dieron cuenta de que algo no encajaba.

La mujer se estaba tapando la boca con una mano y con la otra sujetaba la ropa de esa persona, pero Ju-ah seguía firmemente pegada a su espalda sin ningún tipo de soporte.

Yuji abrió los ojos de par en par. De repente, los brazos de la niña que se sujetaban al cuello de su madre empezaron a derretirse cual sirope de caramelo.

Le recordó a las tostadas francesas cubiertas de almíbar que comía con su madre en una cafetería, exactamente al momento en que las pinchaba con el tenedor y el mismo sirope viscoso y pegajoso rebosaba por el plato junto con la mermelada de frutas.

Yuji parpadeó, incrédula. «¿De verdad está pasando todo esto?

¿Estoy soñando?». Las extremidades de Ju-ah se fueron derritiendo una a una, similares al sirope de sus recuerdos; primero los brazos, luego las piernas, hasta llegar a los hombros y la cabeza…

La viscosidad en la que se había convertido pronto empezó a cubrir a su madre bajo ella.

Por mucho que lo intentaran, no podrían separarse, al igual que el caramelo adherido a un tarro de vidrio que no se ha abierto en todo el verano.

Entonces, el cuerpo de la madre también empezó a sufrir cambios extraños.

La piel le brillaba tenuemente y las rodillas se le deformaron, como si no tuviera articulaciones.

Yuji estaba paralizada, parecía que alguien la tenía agarrada de los tobillos, forzada a contemplar cómo Ju-ah y su madre se iban fundiendo en una única masa gelatinosa.

La gente de alrededor rompió a gritar cuando las muñecas de la mujer se separaron de sus brazos y los dedos empezaron a escurrírsele.

Lanzó un alarido y, con ella, el resto de las personas, que huyeron despavoridas.

Los gritos de los visitantes del parque que disfrutaban de la montaña rusa se mezclaron con el pánico que estallaba en la plaza.

Cuanto más trataba de despegarse de su pequeña, más se adherían la una a la otra, hasta que se fusionaron en una sola y cayeron al suelo, derritiéndose más y más, sin remedio.

Cada parte de sus cuerpos se iba fundiendo poco a poco en pequeñas masas que se derretían lentamente, y entre ellas, una que antes había sido la cara de Ju-ah se retorció.

Giró con lentitud, como si observara sus alrededores, y paró su mirada, o más bien sus globos oculares blancos y espeluznantes aún por terminar de derretir, en Yuji.

Parpadeó con lentitud y se desplomó. Ya no eran más que una masa de gominola derretida; un bulto de gelatina rosa y prendas de ropa.

El vestido azul de la mujer estaba mezclado con esa sustancia mucosa y se había tornado en un color sibilino a medio camino entre rosa y azul.

No quedaba nadie alrededor. Yuji empezó a mover las piernas por fin. A duras penas retrocedió un paso, luego dos. La masa viscosa que antes había sido una familia afectuosa se había extendido por el suelo, dejando atrás solo los objetos que llevaban consigo.

—Todo es culpa de esa gominola… —murmuró Yuji.

No podía quitarse de la cabeza la última mirada que le había dedicado Ju-ah.

Quizá le guardaba rencor. No, seguro que lo hacía.

Ju-ah sabía lo que había hecho. Yuji se dio la vuelta, apretó los ojos con fuerza y echó a correr en dirección contraria a la gelatina.

Con cada pisada que daba, notaba lodo bajo sus pies.

«¿Me habrá visto echar la gominola en su batido?

¿Lo sabía todo?». Era imposible, pero, al mismo tiempo, cabía la posibilidad.

Corrió y corrió hasta que no pudo más, hasta que se quedó sin respiración.

Cuando se paró a recobrar el aliento, estaba frente a los baños.

Sacó la bolsita de gominolas de su mochila y entró dentro.

La mochila se le escapó y cayó sobre el suelo sucio, pero no le importó, pues solo podía pensar en otra cosa.

—Tengo que deshacerme de ellas —susurró.