1/ LA NIÑA PERDIDA #4
Se acordó de las palabras del señor. «¿Y cómo van a hacer que no se separen?
¿Acaso son mágicas?». A juzgar por lo que le había dicho a esa pareja cerca de la plaza, seguro que se trataba de pura palabrería de vendedor.
Yuji sacó la bolsita y la puso sobre la mesa.
Lo cierto es que parecían unas chucherías de mala calidad.
Se decidió a abrirla de nuevo y metió la mano.
El azúcar se había ido derritiendo por el calor y había quedado todo pegajoso.
Sacó la primera chuche que pudo alcanzar y miró a su alrededor.
Nadie en la cafetería le prestaba atención.
Acercó el vaso del batido que había en el lugar de Ju-ah y dejó caer la golosina al interior.
El batido era de fresa, opaco y de un color similar, así que nadie se percataría de lo que había hecho.
«Ju-ah se comerá la gominola pensando que es uno de los trozos de fruta que hay en el fondo del vaso y si no se la come, pues no se la come», pensó, imaginando que la golosina también caería hacia el fondo, pero su liviandad hizo que quedara flotando en la superficie.
Justo en ese momento, se abrió la puerta del baño y Ju-ah salió primero.
Apurada, Yuji removió el batido con la pajita.
Y entonces sucedió. La golosina se derritió de pronto y se mezcló con el batido, como por arte de magia.
Yuji se quedó petrificada en el sitio, con la pajita en la mano, sin comprender lo que acababa de suceder.
—¿Tú también quieres un batido? —le preguntó la madre de Ju-ah cuando llegaron a la mesa, con una voz amable—. ¿Te pido uno?
—No, gracias —respondió, soltando la pajita, y se apresuró a comerse el helado medio derretido.
Seguía sin saberle a nada, pero ahora, a diferencia de antes, el corazón le latía a mil por hora.
La madre de Ju-ah le dio un gran sorbo al batido, sedienta, y la hija lo alcanzó de nuevo para beber ella también, vaciando casi la mitad de un sorbo.
Yuji las observaba en silencio y con el corazón en la garganta mientras se lo iban bebiendo.
—Me has dicho que te llamabas Yuji, ¿verdad? ¿No te acuerdas de dónde vives?
—En los Apartamentos P, 2. En el número 405.
—¿No recuerdas qué edificio es exactamente? ¿Cuándo te separaste de tus papás?
La mujer trató de encontrar la ubicación exacta en el móvil hasta que empezó a caer el sol y se levantó.
—Es posible que justo fueran a buscarte cuando salisteis de la Oficina de Niños Perdidos. Demos una vuelta más por si acaso y, si no los encontramos, iremos a la policía.
Yuji asintió y salieron de la cafetería.
El parque bañado por la luz del atardecer tenía un color peculiar.
Las personas que quedaban, seguramente esperando el desfile nocturno, actuaban mucho más calmadas que el tumulto matutino, y no había ni rastro del Osito Fantasito que bailaba sin parar cual robot averiado.
Yuji seguía a Ju-ah y a su madre, todavía nerviosa.
No veía ningún cambio en ellas, ni parecía que fuera a haberlo.
Ju-ah caminaba pegada a su madre, sin intención de separarse de ella ni por un instante, y la mujer actuaba de una manera tan extraña como la niña; la tenía tomada por los hombros y no dejaba de tocarle la cara y abrazarla.
Yuji no podía entenderlas. A sus ojos, Ju-ah era una niña con muchos más defectos que ella.
No sabía hacer nada sola, excepto llorar.
Era inmadura y boba. Y, aun así, su madre la miraba con unos ojos plagados de ternura…
¿Por qué? Sus padres nunca la habían mirado con la mitad de ese cariño, ni una sola vez.
Yuji apretó el puño dentro de su bolsillo y se mordió el interior de los labios hasta hacerse daño.
Pudo notar un regusto a sangre, pero, al menos, le sirvió para aguantarse las ganas de llorar.
Pasado un rato, cuando el sol rozaba la cima de la montaña, tanto madre como hija seguían exactamente igual que antes.
«De verdad solo era una estrategia para vender sus golosinas…
». Yuji suspiró. A pesar de que no esperaba realmente nada, le resultaba inevitable pensar que lo que había hecho había sido en vano.
Se sentía decepcionada pero aliviada al mismo tiempo.
Acompañada por su sombra cada vez más elongada, Yuji continuó caminando mientras observaba los dibujos de las baldosas cuando Ju-ah y su madre se detuvieron de sopetón.
Yuji alzó la mirada y se encontró a Ju-ah, que había estado caminando entusiasmada junto a su madre hasta hacía un instante, tirada en el suelo y agarrándose el cuello.
—Ju-ah, ¿qué te pasa?
La niña se fue poniendo cada vez más roja.
Su respiración también se escuchaba alterada, como si tuviera algo atorado en la garganta.
Su madre se agachó y empezó a darle palmadas en la espalda mientras sacaba el teléfono con manos temblorosas.
Yuji tragó saliva. El corazón le latía cada vez más rápido.
—¡Cof! —tosió Ju-ah, y vomitó sobre el suelo.
Una sustancia viscosa de color rosado y semitransparente le salió de la boca, y a su madre se le cayó el teléfono del susto.
Ju-ah se había desmayado y la mujer les rogaba a gritos a la gente que las ayudara.
Varias personas se pararon y una de ellas avisó a un empleado del parque, que contactó de inmediato con emergencias.
Tirada sobre el asfalto, Ju-ah levantó ambos brazos hacia su madre, quien la agarró y se la subió a la espalda. Empezó a balancearse de arriba abajo suavemente mientras la consolaba entre susurros:
—No pasa nada, todo está bien.
Pero, más bien, parecía que se lo estuviera diciendo a sí misma.
La niña también se fue calmando, hasta que dejó de retorcerse y solo se apreciaba el subir y bajar de su espalda acompasado con su respiración, mientras seguía recostada sobre su madre.
Su camiseta fina de manga corta estaba empapada en sudor.
De pronto, Yuji tuvo un mal presentimiento y miró con atención la espalda de Ju-ah.
Un brillo extraño le cubría la ropa; no parecía humedecida, sino pegajosa, como si estuviera bañada en sirope.
Los vellos de la nuca se le erizaron. Un olor empalagoso le golpeó la nariz y tuvo que cubrírsela.
Era nauseabundo y, a la vez, familiar; extremadamente dulce, con toques ácidos, que te hacía escocer la nariz y te daba ganas de estornudar.
Eso fue lo que pasó, pues el picor le había alcanzado los orificios nasales a pesar de habérselos cubierto.
Y no fue la única. A su alrededor se oyeron varios estornudos, uno tras otro.
La niña respiró hondo y por fin encontró el origen del olor: era el mismo que desprendían las golosinas en el interior de su mochila.
—Estoy llamando a emergencias, pero no da señal. ¿Hay alguien aquí que tenga señal? —gritó el trabajador que trataba de pedir ayuda, agitando la mano en el aire, con desesperación.
Varios de los que observaban la escena sacaron sus teléfonos y comenzaron a teclear el número de emergencias, pero pronto empezaron a poner caras raras y los murmullos fueron creciendo.
Yuji no entendía nada de lo que estaba pasando.
Aquellos que habían sacado sus teléfonos los alzaban bien alto en busca de cobertura.
Sin embargo, ninguno de ellos obtuvo señal.
—¿Pero qué le pasa a este cacharro?
Pronto las pantallas de los teléfonos se quedaron en negro y dejaron de funcionar.
Se escuchaban preguntas cargadas de ansiedad.
Entre la multitud, a Yuji le pareció ver al señor de las gominolas.
Se frotó los ojos y, cuando los abrió de nuevo, no había nadie parecido en el lugar.
Poco a poco, la agitación fue aumentando.
La gente estaba más preocupada por sus teléfonos que por la niña desmayada.
Yuji endureció la expresión y observó a Ju-ah y a su madre.
La niña tenía el rostro enterrado en el hombro de la mujer y parecía estar profundamente dormida.
Su madre le apretó la mano con fuerza y respiró hondo.
Después de calmarse un poco, buscó a Yuji alrededor.
Sus miradas se encontraron y se fue acercando a la niña, que la observaba entre la gente.
Ju-ah, totalmente desplomada sobre los hombros de su madre, no parecía tener intención de moverse.
—Ay, Yuji. Tú también te has asustado, ¿verdad? Me temo que no voy a poder ir contigo hasta la comisaría, así que vamos a hablar con el empleado para que te ayude.
Yuji no pudo escuchar nada de lo que le había dicho.
Se había quedado petrificada, como una muñeca; incluso se había olvidado de pestañear y solo observaba la cara de la mujer que le hablaba con dificultad.
Tenía un color extraño en la cara. Hasta hacía unos instantes, su piel era tan blanca como la leche, pero ahora se veía roja.
Yuji parpadeó por fin; no estaba soñando.
La cara de la mujer iba enrojeciendo más y más, igual que le había pasado a Ju-ah antes de desmayarse. Yuji retrocedió lentamente.
—¿Q-Qué te pasa? —le preguntó ella, consumida por el miedo.
Y empezó a convulsionar.
—Arj… Uuj…
Sangre oscurecida le salió de entre los labios a borbotones, acompañada de trozos a medio digerir de esa sustancia viscosa y rosa.
Todos alrededor se echaron a gritar, horrorizados.
La mujer se llevó ambas manos a la boca.
De pronto, su cuerpo se sacudió con fuerza varias veces como si algún tipo de criatura fuera a salirle de dentro, al mismo tiempo que Ju-ah gritaba algo incomprensible sobre su espalda.
— ¡Mam se e deide e cueo !
—¿Qué? ¿Qué dices, Ju-ah? —le preguntó, pero su hija no pudo hacerse entender.
No podía pronunciar bien las palabras, como si se le hubiera derretido la lengua. La gente alrededor armaba cada vez más escándalo mientras Yuji se quedaba completamente pálida, pues ella sí había entendido lo que había querido decir la niña:
«¡Mamá, se me derrite el cuerpo!».