1/ LA NIÑA PERDIDA #3
Ju-ah tomó aire profundamente y asintió.
Esperaron a que el empleado estuviera ocupado con otra cosa y salieron de la oficina agachadas, con rapidez.
Afuera, el calor húmedo volvió a golpearlas de nuevo, y la piel que hasta ahora habían sentido fresca por el aire acondicionado de la oficina comenzó a quemarles en cuestión de segundos. Ju-ah se sorbía los mocos a cada rato.
—¿Dónde te separaste de tu madre? —le preguntó Yuji, tendiéndole el último pañuelo que le quedaba.
—En un banco cerca de la plaza.
—Bien, vamos a ver allí. Mis padres también desaparecieron por esa zona. Creo que se distrajeron porque estaban discutiendo y se olvidaron de mí.
—¿Se olvidaron de ti?
—Sí, a veces se olvidan. Son como dos niños, así que soy yo quien los tiene que vigilar.
—Ojalá mi mamá también se haya olvidado de mí, pero nunca podría hacerlo.
—¡Claro que podría!
Yuji la miró enfadada. Por algún motivo, le había molestado demasiado que dijera eso de su madre. «¿Por qué estás aquí si no…?», pensó, enfurruñada. Ju-ah se disculpó, pero se le notaba en la cara que ni siquiera sabía lo que había hecho mal.
—Vamos a buscarlos antes de que se haga de noche.
—Vale.
Buscaron en cada rincón de la plaza e incluso se acercaron hasta las Ruedas de Ardilla, a pesar de que Yuji prefería no tener que hacerlo, pero la zona estaba igual de desierta que hacía unas horas.
Antes de salir de la oficina, estaba completamente segura de que los iban a encontrar, pero empezaba a perder la esperanza.
Entonces, como si hubiera tenido una idea maravillosa, Ju-ah preguntó:
—Oye, ¿y tú cómo viniste?
—¿Yo? En coche.
—Yo vine en autobús, así que da un poco igual, pero, si tú viniste en coche, ¿por qué no vamos a mirar al aparcamiento?
Ju-ah la miró con una cara muy inocente, tan inocente que la sacaba de quicio, y Yuji evitó su mirada.
Tampoco es que no se le hubiera pasado esa idea por la cabeza, pero sabía que sería una pérdida de tiempo.
Si el coche no estaba allí, entonces significaría que se habían ido sin ella.
«Pero eso es imposible, ¿no?». Ese pensamiento la dejó intranquila y sacudió la cabeza.
—No hace falta que vayamos —dijo, después de respirar hondo un momento—. Están dentro del parque.
—Pero…
—Si salimos, ya no podremos volver a entrar. ¿Es que quieres que me vaya yo primero y te deje aquí sola?
—No, no es eso, pero…
Yuji la agarró por la muñeca y tiró de ella. La niña se dejó llevar como un muñeco de trapo y se pusieron a revisar el parque de nuevo. Ju-ah no volvió a mencionar el aparcamiento.
La noche empezaba a caer y el calor había amainado, pero ahora tenían hambre.
Cansadas, las niñas se sentaron en un banco desde el que podían ver al resto de personas pasándolo en grande.
Era injusto que solo ellas tuvieran que sentirse así de mal.
A lo lejos, Yuji vio una cara conocida. El señor que le había dado las golosinas estaba regalándole otra bolsita a una pareja frente al tiovivo.
Su voz ronca se abrió paso entre el tumulto de gente y llegó hasta los oídos de la niña.
—¿Hace cuánto que sois pareja? Si compartís estas gominolas, nunca os separaréis.
A la chica se le escapó una risita tímida y el muchacho sonrió, sin emoción en sus ojos.
«Qué mentiroso, le dice lo mismo a todo el mundo», pensó Yuji, acordándose de cómo la había persuadido a ella.
No tenía realmente esperanzas de que funcionaran de verdad, pero, de igual manera, se sintió decepcionada.
No había probado bocado desde el menú infantil tan ligero, y había estado caminando de aquí para allá mucho tiempo, así que el estómago le rugía como un león.
Ju-ah daba la impresión de estar en idéntica situación.
Al final, Yuji decidió sacar la bolsita de gominolas de su mochila y abrió el envoltorio por una esquina.
De él escapó un olor dulce y ácido al mismo tiempo.
—Toma, come unas pocas aunque sea.
—¿Son gominolas? ¡Me encantan!
Antes de que Yuji pudiera probar una siquiera, Ju-ah metió la mano en la bolsita y agarró un puñado; los granitos de azúcar cayeron como polvo.
Las chucherías del interior tenían un color rosa claro, típico de las de sabor a fresa.
La niña cogió un par de las que tenía en la mano y se las acercó a la cara, lista para comérselas, pero primero las olisqueó.
—Tienen un olor muy curioso.
—Ah, ¿sí?
Yuji también metió la mano en la bolsita y tomó unas cuantas cuando atisbó a una mujer desconocida, con un vestido azulado, acercándose a ellas a pasos impacientes.
—¡¿Ju-ah?!
Yuji se detuvo de inmediato y la fulminó con la mirada.
La mujer daba pasos cada vez más agigantados, pero Ju-ah miraba con atención las golosinas y agitaba sus pies sin reparar en ella.
En un abrir y cerrar de ojos, la mujer llegó frente a la niña, que seguía enfrascada en sus chucherías.
Yuji se quedó mirándola. Sus ojos estaban tan rojos como los de Ju-ah, que había llorado tanto.
Se asemejaban en un grado sorprendente. La niña levantó la cabeza cuando notó la gran sombra que se cernía sobre ella y, de golpe, su cara se arrugó como una pasa y se echó a llorar a moco tendido, superando con creces el festival de llantos que había ofrecido en la casa con forma de seta.
—¡Mamáááá! ¡Te odio, mamá!
Entonces, la mujer la estrechó con todas sus fuerzas y le acarició el cabello despeinado mientras repetía lo mucho que lo sentía.
Yuji se quedó mirándolas, olvidándose por completo de que aún no había probado las golosinas.
Parecía una escena sacada de alguna de las telenovelas que su abuela veía cada fin de semana.
No sabía qué cara debía poner en ese momento, pero tampoco tenía especiales ganas de felicitarla.
Miró a su alrededor con atención, pero seguía sin ver a sus padres.
Al levantarse del banco, reparó en que a Ju-ah se le habían caído las gominolas y habían quedado desperdigadas por el suelo.
La bolsa de chuches reposaba de manera absurda sobre sus manos, despojadas de su propósito.
Irritada, la arrugó con fuerza a pesar de que aún quedaban algunas dentro.
Un suave gimoteo le llegó a los oídos y se puso a buscar de dónde provenía hasta que un gato asomó la cabeza de debajo del banco donde había estado sentada y se quedó observándola.
Su pelaje de color blanco y negro le resultaba familiar.
Se trataba de Minino Fantasino, la mascota del parque.
Decían que, si te encontrabas con él, tendrías suerte todo el día, pero su situación no podía ser más contraria a la fortuna.
O quizá toda la suerte se la quedó Ju-ah, que sí había encontrado a su madre.
«Eso también es otra estúpida mentira».
Los ojos amarillos del gato centellearon, fijos en Yuji.
Algo indescriptible en lo más profundo de su corazón empezaba a hervir.
Cogió las golosinas del suelo y las lanzó hacia el animal, que no se las comió, como era de esperar.
Yuji lo fulminó con la mirada porque, de lo contrario, si miraba a Ju-ah, se sentiría demasiado pequeñita e insignificante en comparación.
El gato se acercó a sus pies y ella los sacudió, aún enfurruñada.
El animal se paseó en círculos a su alrededor, sin darle importancia alguna, al mismo tiempo que el encuentro tan dramático y plagado de lágrimas de Ju-ah y su madre seguía su emisión.
Yuji volvió a meter la bolsita de golosinas arrugada en su mochila.
La madre de Ju-ah llevó a las niñas a una cafetería cercana, la misma donde Yuji había comido con sus padres.
Era un lugar bonito y colorido, pero que, en comparación con sus precios, servía muy poca comida y carente de sabor.
La mujer pidió un helado y un batido frío y regresó a la mesa.
Ahora que la veía de cerca, Yuji reparó en que la forma de sus ojos y su boca era espeluznantemente similar a la de Ju-ah, y se le revolvió aún más el estómago cuando se sentaron la una frente a la otra.
Desde hacía un rato, la abrumaban emociones confusas que escapaban a su control.
Sin poder decir nada, se quedó mirando la esquina de la mesa.
—Voy al baño un momento. Id comiendo vosotras primero.
—¡No! ¡Voy contigo! —protestó Ju-ah, como una niña pequeña, con los ojos aún rojos por la llorera de antes.
Acabaron yendo juntas, como un polluelo que sigue a su mamá a cualquier parte.
Yuji se quedó comiendo su helado a desgana, con una cuchara de plástico.
Pese a que era de fresa, su sabor favorito, no le sabía a nada, y notaba una sensación fría en el pecho, quizá debido al aire acondicionado que le daba de frente.
Agachó la cabeza y se puso a toquetear la mochila que se había colocado sobre las piernas.
Cuando abrió la cremallera, la bolsita de gominolas brilló con un destello.
«Nunca se separarán».