La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park 1/ LA NIÑA PERDIDA #2
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1/ LA NIÑA PERDIDA #2

El sudor le caía por la frente y la espalda, como si se hubiera empapado bajo la lluvia.

Hacía un calor que podría derretir a cualquiera.

En la escuela tenían el aire acondicionado tan fuerte que hasta le daba frío, así que no se había dado cuenta de lo caluroso que estaba siendo ese verano hasta que llegó al parque.

Quizá ese mismo calor insufrible la hacía sentirse aún más molesta con facilidad.

Al final, no se había podido subir a ninguna de las atracciones que había planeado y sus padres no hacían más que discutir.

Ni siquiera parecían querer cogerla de la mano.

Yuji entristeció al pensarlo, pero, como buena niña madura que era, debía entenderlos una vez más.

Les propondría ir a por un batido fresquito a la cafetería y daría el tema por olvidado.

Siguió caminando con esa idea en mente hasta que escuchó una voz desconocida a su espalda:

—Oye, niña.

Yuji giró la cabeza. Un señor que había aparecido de la nada y que vestía un uniforme viejo la llamaba con la mano.

La niña inclinó la cabeza, perpleja. Habría jurado que no había ni un alma allí…

Se dio la vuelta para verlo bien y el hombre sacó una bolsita de gominolas que agitó lentamente en el aire de un lado a otro.

—¿Quieres unas chuches?

Entonces, Yuji reparó en los montones de bolsitas de golosinas que había en un puestecillo móvil.

Tragó saliva. Hacía rato que tenía antojo de algo dulce, pues en todo el día solo había podido comer un menú infantil del restaurante del parque con poca comida y, encima, insípida.

Había estado viendo a todo el mundo con churros con canela o algodón dulce, pero no le había pedido nada a su madre porque solo los niños pequeños se encaprichaban de comer cosas dulces.

—No compro dulces —respondió, desde lejos.

—No hace falta que las compres —dijo el hombre, con una sonrisa—. Estamos ofreciendo degustaciones gratuitas de nuestras nuevas gominolas. ¿Quieres probarlas?

Yuji se sintió tentada. «Seguro que papá y mamá siguen peleándose…

Son gratis, ¿no? No creo que pase nada por aceptarlas».

Se acercó al señor, que llevaba una gorra verde cubriéndole el rostro casi por completo.

Incluso mirándolo desde su altura, no podía distinguir bien su cara.

Parecía que le hubieran frotado un montón de arcilla en el rostro y se le hubiera quedado emborronado.

En cuanto se acercó un poco, el señor le tendió la bolsa de golosinas y susurró:

—No quieres que tus papás se separen, ¿verdad?

Yuji abrió los ojos de par en par.

—¿Cómo lo sabe?

—Puedo verlos discutir desde aquí.

La niña se dio la vuelta apurada a mirar, pero, por mucho que estirara el cuello, no alcanzaba a ver la plaza donde estaban sus padres. El señor de las gominolas era bastante extraño. Quizá los había visto discutir cerca de la plaza, pero, aun así, decirle eso lo hacía aún más raro.

La niña acercó su mano a la bolsita con intención de tomarla lo más rápido posible y marcharse. El tacto de los dedos del hombre le recordó al caparazón de la tortuga que tenía su amiga. Apartó la mano por acto reflejo, aunque al hombre no pareció importarle.

—Si te comes esas chuches con tus papás, nunca se separarán —le dijo, con una sonrisa amplia que dejaba ver todos sus dientes.

Yuji apretó la bolsita en su puño y echó a correr en dirección contraria, malhumorada por algún motivo. Con cada paso que daba, sentía que pisaba charcos negros y pegajosos mientras la risa jovial del señor se hacía eco en el aire.

Cuando llegó a la plaza, se dio cuenta de que la zona donde había aparecido ese señor era misteriosamente más fresca.

Ahora que había regresado bajo el sol abrasador, sin nubes a la vista, el sudor volvió a caerle a gotas, así que guardó las golosinas en su mochila, pues había perdido el apetito y lo único que le apetecía tomar era una bebida bien fría.

Se puso a buscar a sus padres con la mirada, pero ya no estaban bajo la glicina donde discutían antes.

Le echó un vistazo a la torre del reloj.

No habían pasado más de diez minutos desde que se había separado de ellos en dirección a las Ruedas de Ardilla, así que era imposible que se hubieran ido muy lejos.

La niña se puso a observar los alrededores de la plaza.

El Osito Fantasito estaba de regreso en su cajita de música, sobre la que se movía como una bailarina de ballet , y el tiovivo giraba y giraba a la misma velocidad aburrida de siempre.

El cartel que anunciaba el camino a las Ruedas de Ardilla seguía en su sitio, al igual que la torre del reloj.

Lo único fuera de lugar eran sus padres, que habían desaparecido.

—¡Mamá! ¡Papá! —los buscaba a gritos, caminando de un lado a otro.

Sin darse cuenta, volvió a la Drop Tower.

La gente parecía mirarla con pena, mientras el día se volvía cada vez más caluroso y se le resecaba la boca.

Quería volver a casa de una vez y beberse un vaso de agua fría en el salón.

Se paró en seco y se puso a pensar: «Seguro que han ido a buscarme.

¿Qué puedo hacer para que me encuentren más fácilmente?

». Mientras dudaba sobre qué hacer, apareció frente a ella un letrero:

«Oficina de Niños Perdidos»

La Oficina de Niños Perdidos era una casita con forma de seta roja.

«Las setas rojas son las venenosas…», pensó Yuji, al recordar lo que había leído en un libro.

Cuando entró, un empleado con una diadema de orejas de conejo se le acercó y le preguntó varias cosas.

La niña respondió de la manera más congruente que pudo.

La oficina era un caos. Menores de todas las edades, incluso más mayores que ella, armaban escándalo a moco tendido. Yuji chasqueó la lengua. «Qué infantiles». Una vez que hubo respondido a todas las preguntas del empleado, este le dijo con una sonrisa:

—Siéntate con tus amiguitos, que ya verás que tus papás vendrán enseguida a por ti.

No le gustó nada que los llamara sus «amiguitos» cuando parecían más animales que personas, pero asintió, sin mostrar sus emociones, y se acercó a una silla vacía. «Vendrán enseguida, enseguida», se repitió a sí misma. Y así pasó una hora y sus padres no aparecían.

Entonces, conoció a Ju-ah.

Ju-ah era una niña muy llorona. Estuvo moqueando durante toda una hora desde que entró en la oficina. Yuji se sentía mal sin hacer nada, sentada a su lado, así que sacó una toallita de su mochila y se la ofreció. Ju-ah abrió sus grandes ojos y rompió a llorar aún más fuerte.

—Mi mamá me ha abandonado —murmuró, en una voz casi inaudible—. Estoy segura. Es que no tenemos dinero y yo le pedí que me comprara un peluche muy caro.

—No llores. Ya verás que vendrá a por ti.

—No, no va a venir. ¡La odio!

Ju-ah se quitó una horquilla con forma de caracola que tenía en el pelo y la arrojó al suelo.

El broche morado rebotó varias veces hasta terminar debajo de una silla.

A pesar de que lo había tirado ella misma, siguió la trayectoria con la mirada, con el remordimiento pintado en los ojos.

Se levantó a recogerlo y lo lanzó de nuevo, una y otra vez.

Parecía sentirse muy confundida. Yuji le limpió la suciedad de las rodillas sin decir nada.

Su madre también lanzaba cualquier cosa que tuviera en la mano sin pensar mientras lloraba.

Estuvo consolando a la niña durante un buen rato.

No le dijo ninguna palabra especialmente dulce, solo le daba pañuelos e intentaba que dejara de llorar.

Aun así, Ju-ah lo tomó como una señal de estrecha amistad y se apoyó por completo en su hombro, llorando sin cesar como una fuente de lágrimas.

A Yuji le sorprendió que alguien fuera capaz de llorar tan desconsoladamente.

En un rinconcito de su corazón, se sintió hasta satisfecha de que ella, tan madura, estuviera cuidando de una niña así de infantil.

«Pues claro, es que solo los niños que han madurado pronto pueden ayudar a otros.

Tendré que contárselo a mamá cuando venga a por mí.

Seguro que se sentirá muy orgullosa». Se quedó pensando cómo podría explicarle lo que había hecho sin parecer una niña pequeña que solo quería recibir halagos.

El tiempo fue pasando y los pequeños ruidosos se fueron marchando cada uno con sus padres.

Cuanto más se aquietaba la casa con forma de seta, más se angustiaba ella.

Ya habían transcurrido tres horas. Cada vez que se abría la puerta, la niña miraba hacia allí casi con un brinco, pero siempre encontraba una cara desconocida.

Ju-ah por fin se había cansado de llorar y solo parpadeaba, con esos ojos tan grandes que tenía.

Un empleado se acercó cuidadosamente y les tendió una hoja de papel donde había varios huecos para que escribieran sus datos.

Yuji trató de rellenar todo lo que pudo, pero solo se acordaba de parte de su dirección: «Apartamentos P, 2».

Normalmente se la sabía de memoria, pero ahora no conseguía recordarla.

Se sintió frustrada. Era como si algo viscoso se hubiera adherido a su cerebro y no lo dejara funcionar.

«¿Será porque me he puesto nerviosa?». En cambio, Ju-ah solo escribió el nombre de su madre y empezó a sollozar de nuevo porque no recordaba su dirección.

Ya habían informado de su situación por megafonía varias veces, pero ni su madre ni su padre habían entrado aún por la puerta.

—Vámonos de aquí —le susurró a Ju-ah—. Será mejor si los buscamos nosotras mismas.

—¿Crees que podremos encontrarlos? —preguntó ella, con una voz gangosa.

—Al menos será mejor que quedarnos aquí esperando.