La masacre del vendedor de gominolas del New Seoul Park
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1/ LA NIÑA PERDIDA
Yuji se quedó mirando el extremo de la atracción que se elevaba hasta el cielo envuelta en un vaivén de gritos.
La Drop Tower era la atracción más aterradora de todo el New Seoul Park, una torre de caída libre compuesta por una góndola que giraba lentamente alrededor de la torre hasta llegar a la cima, desde donde caía abruptamente en cuestión de segundos.
Aquellos que montaban disfrutaban de la adrenalina de confiar su vida a un arnés de seguridad.
A Yuji también le producía curiosidad lo que sería sentir ese riesgo, pues, cuanto más miedo diera, más se suponía que se disfrutaba.
Sin embargo, se iba a quedar con las ganas.
Agachó la cabeza, desanimada. Había presumido frente a sus compañeros de clase de que subiría a la Drop Tower sin imaginar que le faltaría un centímetro para llegar a la altura mínima requerida.
¡Qué se le iba a hacer! Yuji se puso a buscar a sus padres para ir a la siguiente atracción de su lista.
A lo lejos, de pie bajo una glicina, los encontró gritando mientras se abanicaban con las manos; ya estaban peleando de nuevo.
Sus padres no se llevaban bien. Siempre se decían palabras hirientes y se lanzaban cosas por asuntos que, a ojos de Yuji, no tenían tanta importancia.
Los escasos días que pasaban tranquilos eran aquellos en los que no se dirigían la palabra.
Yuji apretó los labios. «¿Cómo pueden comportarse así incluso en el parque de atracciones?». Solo había una persona en el mundo que pudiera calmarlos.
—¡Mamá, papá! Voy a subirme a otra cosa —gritó, con una voz llena de vitalidad.
Los padres, que hasta hace un momento tenían incluso las venas del cuello hinchadas, por fin relajaron la expresión y le sonrieron a la niña.
—¿Qué haríais sin mí, eh? Parece que yo sea la madre —les dijo, con una sonrisa orgullosa y unas palabras y unos gestos más propios de un adulto.
Su madre, que miraba de reojo al padre, se acercó a Yuji y la tomó de la mano. La niña extendió la otra hacia el hombre, que suspiró y terminó por agarrarla.
Cualquier parque de atracciones en pleno agosto parecía una vaporera repleta de empanadillas en plena cocción.
Incluso los espacios más amplios del recinto estaban atestados de gente.
Las gotas de sudor resbalaban por la frente redonda de Yuji, y sus padres no eran la excepción, sujetando a la niña con las palmas de las manos húmedas.
Yuji sabía que su padre quería soltarla, pero fingió que no se daba cuenta.
Aunque ella también se sentía incómoda por el sudor, si los soltaba, sus padres se separarían cada uno por su lado.
Así que apretó con fuerza. Su mamá la tomaba de una mano y su papá de la otra.
Los tres juntos, en familia. Yuji no podía concebir una imagen más perfecta.
La niña se quedó mirando al Osito Fantasito, que repartía globos frente al tiovivo en la plaza principal. Junto con el Minino Fantasino, la mascota del parque, ambos eran los personajes principales del New Seoul Park.
—Osito Fantasito, protector del parque y tu amigo favorito —canturreó por lo bajo la canción de los anuncios de televisión que había escuchado hasta hartarse.
El Osito le gustaba. Algunos de los niños de su clase se metían con él y decían que era una mezcla barata de otros personajes del extranjero, pero a ella no le importaba.
Cada vez que veía sus brillantes ojos de plástico, que le daban un aspecto bobalicón, y su gran barrigota, se ponía feliz.
Seguro que asentiría atentamente a cualquier cosa que le dijera, por absurda que fuera.
—¿Quieres un globo? —le preguntó su madre, de pronto. Yuji asintió—. Entonces, ve a por uno. Pídeselo por favor.
Yuji se volvió a mirarla y ella le sonrió y la empujó con suavidad.
Su padre, por fin liberado del agarre de la niña, se empezó a abanicar de nuevo con la mano.
La pequeña se quedó mirándose las manos, de pronto solitarias.
Quería agarrar algo, cualquier cosa. Cerró y abrió los puños aún húmedos un par de veces, sin poder desprenderse de esa sensación de vacío.
Luego, tomó rumbo al Osito Fantasito y estiró su mano hacia uno de los globos cuando, de la nada, un grupo de niños se coló delante de ella y se vio obligada a retroceder.
Los chiquillos se arremolinaron como un enjambre de abejas y se marcharon con las manos a rebosar de globos.
Ahora que finalmente había llegado su turno, no quedaba ni uno.
El Osito Fantasito agitó sus manos y se encogió de hombros, a lo que la niña se dio la vuelta sin inmutarse.
¿Cómo se iba a enfadar por algo tan insignificante?
Solo los niños pequeños e inmaduros tendrían una rabieta por no haber conseguido un globo, pero ella era una niña muy madura.
Tan madura que podía conseguir que sus padres dejaran de pelear como críos.
Así que se irguió muy recta y se giró hacia donde estaban.
Para sorpresa de nadie, habían comenzado a discutir de nuevo.
La música alta y ruidosa resonaba por todas partes, pero, de alguna manera incomprensible, Yuji podía escuchar con claridad la discusión.
—¿A quién se le ocurre venir a un parque de atracciones con este calor? No tenemos por qué hacer todo lo que a la niña se le antoje. ¿Ya ni siquiera puedo descansar el fin de semana?
—¿Y qué hago si la niña quería venir? ¿Tan difícil es hacer feliz a tu hija por una vez en tu vida?
—No es que yo quisiera venir... —murmuró Yuji, parándose en seco.
Cerca de una semana antes, había salido un anuncio en la televisión de un paquete nocturno especial de verano para el New Seoul Park.
—Ni siquiera me acuerdo ya de cuándo fue la última vez que fui a uno de esos —había dicho de pronto su madre, sin pensar, mientras doblaba la ropa limpia.
Su vida se limitaba a ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Incluso para Yuji resultaba sofocante verla atrapada en esa rutina. Entonces, aprovechó un momento en el que ella no estaba para preguntarle discretamente a su padre:
—Papá, ¿tú alguna vez has ido a un parque de atracciones?
—Claro que sí, cuando era más joven. Me lo pasé muy bien.
Sus ojos, que siempre se veían cansados y aburridos, brillaron por un momento.
«¿Tan divertidos son los parques de atracciones?
Entonces, ¿por qué no van otra vez? Ni siquiera hay un límite de edad», pensó Yuji.
Ahí fue cuando se decidió a ayudarlos. Escogió a propósito un momento en el que ambos estaban en casa y, cuando pasaron el anuncio, dijo emocionada:
—Yo también quiero ir a ese parque de atracciones. Todos los de mi clase han ido ya.
Y así fue como acabaron allí. Es cierto que ella había sido la instigadora, pero no lo había hecho porque realmente tuviera ganas, sino por sus padres, porque ellos parecían querer ir.
No sabía que acabarían por hacerlo obligados y a disgusto.
Yuji se sintió dolida, a la par que enfadada; esa no era la reacción que había esperado.
Solo quería que, como tantas otras familias, subieran los tres juntos a las atracciones infantiles y enternecedoras, que compartieran dulces del parque y que ambos estuvieran de mejor ánimo.
Yuji se dio media vuelta y dejó a sus padres discutiendo.
Los odiaba por no darse cuenta de lo mucho que se esforzaba por ellos mientras seguían peleando sin prestarle atención.
Levantó la mirada y se encontró con un cartel que decía: «Ruedas de Ardilla, 200 m».
La discusión a sus espaldas parecía escucharse cada vez más fuerte.
Yuji resopló, con una gravedad impropia de una niña, y decidió avanzar por el camino que indicaba la flecha.
Si el primer puesto de las atracciones más famosas del New Seoul Park se lo llevaba la Drop Tower, el segundo era para las Ruedas de Ardilla.
A decir verdad, ni siquiera era una atracción que diera miedo, pero los rumores infundados se habían encargado de atribuirle dicha fama, pues se decía que daba giros tan bruscos que parecía tener algún tornillo suelto, y que había sido escenario de varios accidentes.
Lo bueno era que carecía de un límite de altura, así que, si al menos se subía a esa, seguro que aún podría presumir delante de sus compañeros.
Con ese pensamiento en mente, la niña siguió el camino que iban marcando las flechas.
Las Ruedas de Ardilla estaban en un lugar un tanto apartado.
En comparación con la plaza principal abarrotada de gente, ese lugar estaba inusualmente vacío.
Después de caminar un rato, pudo observar a lo lejos los tejados moteados con forma de cono, pero seguía sin ver a nadie alrededor.
Yuji se acercó a la atracción, extrañada.
Una cadena de acero impedía el paso a las vallas de espera para subir y, sobre ella, un cartel decía: «Fuera de servicio».
—Menudo rollo —se quejó, y se sentó en el suelo, contra la valla.
Eso explicaba que no hubiera nadie allí.
¿Por qué no lo había pensado antes? Sin embargo, solo considerar volver por donde había venido con las manos vacías la hacía sentirse aún más frustrada, aunque tampoco le quedaba otra opción.
Se puso en pie, y, de pronto, sintió muy pesada la mochila que llevaba a la espalda.
Fulminó la atracción con la mirada, que no tenía ninguna culpa, y se dio la vuelta en dirección a la plaza.