12 #5
¿Qué me faltaba en el palacio de Wignacourt?
Nada, aparte de unos muslos femeninos que, sin embargo, me había visto obligado a extirpar de mi mente, habida cuenta del título recién adquirido.
Además, con el aspecto que tenía, quizá solo una vieja con pelos en la lengua se habría dignado a reparar en mi persona.
Lo cierto es que debía ocuparme de mis asuntos, seguir el camino recto y no meterme en más líos.
Por desgracia, algo así siempre es más fácil de decir que de hacer, porque es bien sabido que el Maligno acaba entrometiéndose cuando la dicha es máxima.
Y es que el pecado de la soberbia, del que creía haberme curado al unirme a las filas de los caballeros de Malta, mandó al traste la recta mesura justo cuando me prestaba a terminar el cuadro dedicado a San Juan Bautista.
Había interrumpido el trabajo unas semanas antes de las últimas pinceladas, sin tener a quién confesar mis temores.
¿Adónde acudir? ¿Al gobernador? ¿Y qué habría pensado Alof de Wignacourt de mí si le hubiera dicho que albergaba dudas a la hora de terminar el cuadro porque, desde hacía un mes, una mariposa negra de alas abiertas había vuelto a aparecerse en mis sueños?
Cual intermediario de la muerte, la mariposa volvía a visitarme igual que otras veces, como si la sangre del lienzo la hubiera invitado a hacerlo.
Al final, me dije «que sea lo que tenga que ser» y seguí trabajando.
Pinté la escena del asesinato como el que se entrega a los quehaceres domésticos.
En el cuadro encargado por Wignacourt, San Juan Bautista es asesinado de la misma guisa en que mataríamos una gallina: arrojado al suelo frente a la pared de una mazmorra, es decapitado por el verdugo que lo sujeta por el cabello y deja que la sangre brote de su cuello.
A dos pasos de allí, Salomé se prepara para levantar una bandeja del lugar donde había sido colocada y Herodías se cubre el rostro con las manos, mientras dos prisioneros observan la escena tras los barrotes.
Mientras trabajé en ese cuadro, mi mente voló varias veces al Sacrificio de Isaac , con el que me pareció que se asemejaba.
Y al final, presa de un impulso que aún sigo sin explicarme, se me ocurrió mojar el pincel en pintura roja y escribir mi nombre junto al charco de sangre que se derrama del cuello del santo.
Cuando Wignacourt vio la firma, pensé que fenecería en el acto. Se quedó inmóvil por unos instantes, con el rostro petrificado. Luego apuntó con su cetro hacia el nombre escrito en rojo y me gritó:
—¿A qué viene esta porquería? ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Quién te crees que eres?
—Puedo borrarlo…
—Olvídate de borrarlo, Merisi. ¿Cómo se te ocurre hacer algo así? ¿Dónde está la humildad que debe mostrar un caballero? ¿Dónde ha quedado tu juramento, necio de ti?
Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza y las sienes me palpitaban.
Nadie me había hablado jamás de aquella manera sin que pagara por ello.
De repente, Alof de Wignacourt dejó de parecerme un benefactor enviado por el buen Dios y se me antojó un fanático arrogante, merecedor de una sarta de bofetadas.
Me acerqué a él, cojeando a causa de un viejo dolor en la pierna y, sin que se me ocurriera otra forma de castigarlo le unté la cara con el pincel aún manchado de pintura sanguinolenta.
—¡Maldito seas! —chilló el gobernador, esforzándose inútilmente por limpiarse la raya roja del rostro—.
¿Sabes lo que has hecho levantando la mano contra tu adalid?
Has despreciado un vínculo sagrado. ¡Te pudrirás en el calabozo, víbora lombarda!
¡A partir de ahora, olvídate de que un día fuiste caballero de Malta, porque tu lugar no está entre aquellos que ayudarán a sus semejantes, sino entre los opresores y los granujas!
Hoy sigo pensando que mi fuga de la prisión a la que me mandó Wignacourt tras nuestra disputa contó con ayuda exterior.
De haberme basado únicamente en mis propias fuerzas, no habría logrado escapar de las paredes del fuerte de San Ángel, que tan bien resistieron la embestida otomana.
Pero mira, a menos de un mes de haber sido arrojado al calabozo, los compañeros que allí encontré, Tarik y Chamal, dos árabes a los que habían apresado por robar en tiendas y que tenían numerosos vínculos con los bandidos malteses, me facilitaron la huida después de arrebatarle las llaves del cinto a un guardián que cayó en los brazos de Morfeo tras beber lo que no debía.
Más tarde, llegó a mis oídos el rumor de que mi huida se la debía al caballero Ippolito Malaspina, que se llevaba con el gran maestre Wignacourt como el gato y el ratón y que había comprado la voluntad de los guardianes del fuerte a cambio de un puñado de escudos.
Si las cosas sucedieron así o de otra manera, no tuve cómo saberlo, pero sé que Tarik y Ghamal se comportaron como si hubieran recibido la orden de que no me sucediera nada.
Ellos me sacaron de allí en mitad de la noche y caminamos dos o tres horas, con alguna que otra parada que me permitió recuperar el aliento.
La idea de que nuevamente estaba huyendo de algo no me daba paz y sentía que, de seguir así, acabaría francamente mal.
Rodeé una lengua de agua y llegué a Birgu, donde los árabes me subieron a una falúa que parecía esperar en la orilla a dos ladrones de toda la vida para moverla e hinchar sus velas.
No tardé en caer en la cuenta de que aquello no era una mera casualidad cuando, hurgando en un rincón del bote, Tarik sacó suficientes provisiones y agua para varios días.
Partimos antes del amanecer, cuando cada ráfaga de viento hacía que se nos metiera el frío en los tuétanos.
Ghamal me dijo que nuestro destino era Siracusa, desde donde proseguiría mi camino, aunque tú bien sabes, maestro, que las cuentas que uno hace en alta mar en nada se parecen a las que hace en tierra firme.
La guardia costera de Portopalo di Gapo Passero, donde, como luego comprobamos, contaba entre sus filas con unos sicilianos nada acostumbrados a las buenas palabras, nos iluminó con el faro y nos hizo una señal para que atracáramos.
Obedecimos, porque de lo contrario habrían venido a por nosotros y nos habrían hundido.
Así fue como nos llevaron hasta el faro, donde nos informaron de que el propietario de la falúa, o como se llamara, se había olvidado de la «cautela» y que lo más prudente por nuestra parte seria pagarla a la mayor celeridad posible.
La cautela es uno de esos pagos que permiten que todos los barcos que surcan el mar lleguen indemnes a su destino.
Cuando vi que Tarik llevaba dinero encima y pagaba sin regatear, me convencí de que nuestra fuga del fuerte de San Ángel había sido planeada a mis espaldas.
A pesar de la bondad de Tarik y Chamal, no pude proseguir mi camino con ellos.
Al frío que no había dejado de sentir en la falúa se habían sumado los mareos.
Desde Malta no había tenido más remedio que viajar por agua, pero de vuelta en Sicilia podía coger de nuevo el camino de las postas.
Me separé de los árabes, dejándoles que prosiguieran hasta Siracusa, donde probablemente tenían sus negocios.
Tardé más de una semana en llegar de Portopalo a Palermo, cambiando de diligencias, pasando la noche donde buenamente podía y atravesando lugares que veía por primera vez: Pachino y Modica, Ragusa y Grammichele, Caltagirone y Caltanissetta, Cerda y Bagheria.
Llegué a Palermo agotado, más enfermo que a la salida de Malta y pensando que no me vendría mal instalarme en algún lugar y no moverme de allí durante un tiempo.
Y eso que echaba de menos Roma, con todos sus peligros.
En cuanto a Lide, no pasaba un día en el que no me preguntara a mí mismo si todavía podía albergar la esperanza de volver a verla y si acaso me reconocería.
Sabía que no nos lo habíamos dicho todo, especialmente tras aquella noche en la que habíamos permanecido cautivos en la cama, velando cada uno por el sueño y la respiración del otro.
Con Lide en la mente y en el corazón, pinté el único cuadro que ejecuté durante mi estancia en Palermo, La Natividad , que llegó a estar sobre el altar de San Lorenzo.
Nadie supo que los rasgos de la Virgen que contemplaba a su recién nacido, rodeada por los santos Francisco y Lorenzo, eran los de Lide.
El dinero recibido del comitente que quiso permanecer en el anonimato —y al que, como ves, trato de complacer— me alcanzó para costearme el alojamiento y la comida durante unos meses.
Cuando vi que mis ahorros menguaban de nuevo y no recibía más encargos, pensé en qué dirección tomar.
Dudé entre Catania y Messina, pero finalmente me dirigí a esta última, porque por lo menos desde allí podía llegar más fácilmente a Nápoles y regresar a Roma.