12 #6
La fortuna que parecía haberme dado el esquinazo entre los palermitanos regresó a mí tras una semana en Messina.
Y no vino sola, sino del brazo del honrado mercader genovés Giovanni Batista De Lazzari, quien, al verme en un rincón de un bar, se sentó frente a mí y me dio trabajo.
De Lazzari había comprado una capilla en la iglesia de los Padres Crucíferos y quería que yo pintara una obra frente a la cual se detuviera todo el mundo.
Me puse manos a la obra y trabajé con un esmero que me recordó una vez más los años pasados en Roma.
Algo de los aromas de aquel tiempo se fusionó también en el lienzo, porque el día que terminé La resurrección de Lázaro me di cuenta de que, al igual que en La vocación de San Maceo de la capilla Contarelli, lo más hermoso de toda la obra era el haz de luz que atravesaba la escena de izquierda a derecha, atrayendo los rostros de los personajes, aparte de Jesús, igual que la llama atrae a las mariposas en su danza final.
Cuando vino a recoger el cuadro, De Lazzari no parecía del todo satisfecho, a pesar de que me pagó hasta el último escudo.
Le pregunté qué era lo que no le gustaba y me dijo que le hubiera parecido más adecuado pintar el rostro de Jesús de frente, no de perfil.
Tomando el silencio en el que me había encerrado por algo distinto a lo que realmente era —esto es, el comienzo de una ira que a punto estaba de estallar— el mercader me propuso, a cambio de un pago adicional, repetir La resurrección pintando a Jesús tal y como me había dicho.
—¿Y esto le parece apropiado, signor Giovanni? —le pregunté con un ligero temblor en la voz.
—¿El qué?
—La manera en que me pide que destruya un buen cuadro para pintar uno peor encima.
De Lazzari adoptó un tono conciliador.
—No te lo tomes así, querido mío…
—Guárdese ese dinero de más —le corté en seco—. No lo necesito. Pero, como se atreva a tocar el más mínimo retazo de mi cuadro, ¡maldita sea toda su gente y su ciudad! —le espeté.
¿Acaso hace falta decir que, dos días después, me puse de nuevo en camino?
No me quedé allí para ver si De Lazzari colocaba o no La resurrección en la capilla que había comprado, ni si le pedía a otra persona que retocara el lienzo.
Partí hacia el norte, preguntándome si tres años habrían sido suficientes para que a los napolitanos se les hubiera pasado el enfado conmigo, sobre todo al noble que se había reconocido en el cuadro y al que no le había gustado una pizca que lo pintara entre peregrinos e indigentes.
Tenía que llegar a Nápoles a toda costa.
Allí había médicos más hábiles que en Messina y quizá uno de ellos lograría ver que me pasaba y por qué escupía sangre.
Además, era el lugar donde mejor me había encontrado después de Roma, mejor incluso que en Malta durante aquellos meses de paz, antes de salir discutiendo con el gran maestre Alof de Wignacourt.
Y donde uno se siente a gusto, no solo la mente le funciona de otro modo sino también la mano que sostiene el pincel.
Si lograba llegar sano y salvo a Nápoles, mi intención era redactar nada menos que una petición de perdón.
Y no de cualquier manera, sino a través de un cuadro ante el cual la sangre habría de correr de otra forma por las venas de los espectadores.
Con la ayuda de Dios, Pablo V recibiría una súplica ante la cual hasta su corazón de granito se derretiría.
O al menos eso es lo que yo esperaba. Solo que no llegué a saber qué sucedió con David sosteniendo la cabeza de Goliat .
Confiaba en la tardía misericordia del santo padre, pero también en el espanto que me habría gustado que sintiera al ver mi cabeza separada de mi cuerpo.
Pues el rostro de Goliat era en realidad mi propio rostro aterrado, con la boca abierta, babeando repulsivamente con los labios lívidos y los ojos desorbitados.
¿De verdad sería de su agrado ver de esa guisa a quien en tiempos prometía convertirse en el pintor de la Santa Sede?
¿No era un acto de bondad cristiana responder con indulgencia a mi acto anticristiano del que ya habían pasado más de cuatro años?
¿Acaso, maestro, no podía leerse en el rostro plasmado en el lienzo aquel arrepentimiento del que te hablaba, no importa cómo este se manifieste, siempre que sea sincero?
¿No era aquella cabeza seccionada la forma en que, de rodillas, yo reconocía mi culpa?
En la Biblia, el rubio David le dice a Goliat, el filisteo de Gat: «Hoy te entregará el Señor en mis manos, y yo te derribaré y te cortaré la cabeza [19] ».
Por mi parte, al pintar a David sosteniendo en su mano la cabeza del enemigo, me estaba entregando a las manos del Señor y a las de su enviado en la tierra, que no era otro que Pablo V, esperando la señal para poder regresar a Roma, de donde había partido con dolor en el alma, aunque mientras viví allí no deje de soltarle lindezas.
Antes de que me comunicaran la decisión que había tomado el santo padre al ver el cuadro —que envié al Quirinal con dos hombres que estaban al servicio de los administradores de Pio della Misericordia y que tampoco me habían olvidado después de que les pintara las Siete obras de misericordia — tuve que desaparecer por segunda vez de Nápoles.
Si un año antes me había comparado con Ulises, ahora estaba seguro de que había errado el doble que él.
En aquella ocasión también me fui por necesidad, ya que una tarde, al salir de la taberna donde almorzaba una vez cada pocos días, me topé con dos matones que andaban en busca de gresca.
Si me hubieran agarrado siete u ocho años atrás, habría barrido la calle con los dos.
Ahora me cuesta reconocerlo, pero lo cierto es que me propinaron una buena paliza hasta hincharme de puñetazos, tirarme al suelo y machacarme con las botas.
Antes de poner los ojos en blanco, solo alcancé a preguntarme si eran unos simples patanes que no sabían cómo ganarse la vida o si alguien los había mandado a que me dieran tamaña somanta de palos, quizás aquel noble del cuello de gorguera que había pintado en el cuadro.
No tuve tiempo de responder a mis preguntas.
Cuando volví en mí, estaba de nuevo en el agua.
Creo que el frío me despertó. El frío y el miedo —surgido de quién sabe qué rincón de la mente— a no saber adonde te diriges ni con quién.
El moreno de pelo recogido en una cinta roja que se me acercó desde el otro extremo de la barcaza me dijo que llevaba casi dos días al borde del abismo, gimiendo horriblemente, sollozando a veces en sueños y cayendo en un pozo sin fondo.
Cuando le pregunté quién me había recogido del suelo después de que aquellos dos pendencieros me hubieran desfigurado a golpes, se señaló el pecho con un dedo y sonrió.
Y cuando quise saber dónde estaba, soltó una risa queda.
—El primer signo verdadero de que aprecias la vida. Hemos pasado Civitavecchia y nos dirigimos a Livorno. Tengo asuntos que atender en Toscana.
Los asuntos que se traía entre manos Mauro, que así se llamaba el moreno, no eran cosa mía, pero me entristeció el peso de la desesperanza.
Me había debatido entre la vida y la muerte justo cuando pasaba cerca de Roma, el lugar adonde esperaba que me permitieran regresar, como un alma perdida que se incorpora a la comunidad después de entrar en razón.
¿Acaso era aquello una señal del destino?
Me daba miedo responder. Al final, entre lo que yo deseaba y lo que otros decidían se había abierto un abismo sobre el que no se podía tender ningún puente.
Quizá el cuadro enviado al santo padre no lo conmovió, o tal vez ni siquiera llegó a él.
Me agarré la cabeza entre las manos, sacudido no solo por la fiebre, sino también por el llanto que me subía por la garganta y amenazaba con ahogarme. Lloré como una viuda atormentada por las tribulaciones, bajo la mirada de asombro de Mauro y la caricia, cada vez más fuerte, del sol.
—¿Cuál es el primer lugar donde podemos atracar? —Me oí a mí mismo preguntar después de haberme consolado.
—Orbetello —respondió Mauro—. ¿Por qué?
Respiré hondo el aire fresco que empezaba a enjugarme los ojos llorosos.
—Llévame hasta allí. No proseguiré mi camino. No tiene sentido.
El moreno no dijo nada, como si le hubiera dado exactamente igual que siguiera o no viajando con él.
Tal vez se dio cuenta de que yo no era el compañero de viaje más alegre que podía echarse a la cara.
O quizá estaba contento por haberse librado de una preocupación.
Accedió a mi petición y, cuando llegó el momento, remó hacia la orilla y me dejó en una lengua de arena custodiada por unos arbustos enanos.
Me tiró uno de los tres sacos de provisiones que tenía en el barco.
Luego se alejó sin soltar ni una palabra; yo tampoco abrí la boca.
Me quedé casi una hora bajo un sol que, cansado de acariciar, había pasado a los azotes.
Luego caminé sin rumbo, siguiendo el sendero que partía del lugar donde terminaba la arena, sin importarme adonde se dirigían mis pasos.
A veces veía las aguas tranquilas del Tirreno, salpicadas por el ciclo toscano despejado de nubes.
Detenía mis pasos para comer algo, permanecía como un cuarto de hora con los ojos fijos en la lejanía y luego volvía a ponerme en marcha.
Pasé por Poggio Pertuso y Porto Ercole, dos lugares con gente escondida tras los muros y gallinas que deambulaban entre el polvo, y llegué a una playa rodeada de colinas verdes, donde encontré varias casas de pescadores y otras tantas barcas.
Frente a una de ellas, un barbudo quemado por el sol preparaba su red.
Lo saludé y levantó la mirada, murmurando una respuesta perezosa.
—¿Cómo se llama este lugar?
—Feniglia. Playa Feniglia —balbuceó el pescador. ¿Qué haces por aquí?
—Busco un lugar donde quedarme. Por poco dinero.
El pescador se encogió de hombros y señaló con el dedo la más destartalada de las chozas.
—En esa puedes quedarte gratis, ya no hay nadie.
—¿Pero hubo alguien?
—Hubo, hace tiempo. Un loco que soñaba con mariposas negras y escribía poemas en el agua para sus amantes.
Sentí que me mareaba.
—¿Y adónde se fue?
—¿El loco? A ninguna parte. Murió sin un triste sacerdote en la cabecera de la cama. Lo enterré con mis propias manos. Mira, allí, ¿ves una cruz hecha de ramas en esa colina? Ahí está.
No me lo pensé demasiado. Me cargué el saco a la espalda y me dirigí a la choza.
El pescador siguió con su red, sin prestarme mayor atención.
Empujé la puerta y un torbellino de mariposas revoloteó por encima de mi cabeza.
Quizás eran blancas o amarillentas, pero como las vi a contraluz, me parecieron de un color oscuro y amenazadoras.
En ese momento supe que no llegaría al fondo del saco de las provisiones. Ya no había tiempo.
Ha quedado, maestro, una sola respuesta pendiente.
¿Por qué escribirte a ti y no a otro? Porque, pensándolo bien, ambos hemos partido de este mundo.
Tu hace más tiempo; yo desde que fui condenado.
La gente de la ciudad no tenía por qué saberlo, pero aquella sentencia me truncó la vida, la vida verdadera.
Y, de todas maneras, ya no puedo más. Estoy solo, acosado y enfermo. He visto, he pintado y he acumulado demasiada muerte dentro de mí. El muchacho que quería cambiar el arte, ha acabado siendo un proscrito.
Adorné iglesias, para que al final me acabaran llamando el anticristo de la pintura.
Mientras fui útil y mis cuadros se interpusieron en el embate de la tormenta protestante de una manera que no estaba al alcance de los ineptos manieristas, los nobles me infundieron aliento. En cuanto pasó el peligro, todos me dejaron caer.
Pues bien, ya basta. Estoy cansado.
Estoy harto.
Palabras: paja aventada.
Sangre y tierra.
Ladrones con rostro de apóstoles, santos con manos de pecadores.
De haber podido, habría vuelto a Roma y a Lide.
A la fama y al amor. Pero ya no tengo fuerzas para ir.
Lide: una joya en un monte de inmundicia. Un refugio frente al torrente de preocupaciones.
Roma: un cuadro como nunca se hizo y nunca se hará. La ciudad que te ayuda a ascender para tener desde dónde derribarte. Es verdad, Roma al revés se lee «amor», pero si mezclas sus letras, obtienes la palabra «mora».
Para algunas naciones eslavas, «mora» es un espíritu maligno forjado por el sueño.
Para los habitantes de la costa dálmata significa «pesadilla».
Y en la antigua lengua de los rutenos se sabe que significa «mariposa».