La mariposa negra 12 #4
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Lo dejé salir, ¿qué otra cosa podía hacer?

De haberlo detenido, solo habría abandonado el taller en indeseable compañía y todo habría acabado para mí.

Pero ni siquiera eso me resultó fácil. No había pasado ni una semana desde que La Madona del Rosario luciera en la pared de San Domenico, cuando la gente empezó a murmurar.

Parece ser que el calvo había instigado a sus hombres y los había enviado por toda la ciudad a esparcir bilis y ponzoña.

Diez días después, la multitud reunida en la plaza de San Domenico pidió la quema de La Madona y mi expulsión de la ciudad.

El caso es que la gente se mostraba indignada por la desnudez de algunos de los personajes.

Ni que decir tiene que todo aquello era una tontería, ya que en las Siete obras de misericordia había mucha más desnudez y nadie se había rasgado las vestiduras.

Comprendí entonces —mejor tarde que nunca— lo fácil que es hacer el mal y cuán difícil resulta corregirlo.

Sentí en mi propia piel que el mayor de los males adopta los ropajes del bien.

Y pensé que no solo las incitaciones del noble calvo habían hecho mella en la mente de los napolitanos consumidos por una vergüenza que no era suya, sino también, como te dije antes, los vapores venenosos que se extendían desde el Vesubio cada vez que aquella lava burbujeaba en su vientre.

Volví a huir, maestro, ¿qué podía hacer?

Al amparo de la noche, pagando a alguien para que me llevara el baúl hasta donde paraba el coche de postas, con la esperanza puesta en que aquel hombre fuera tan honrado como Fulvio, el correo de don Marzio Colonna, para que no acabara vendiéndome y se presentara acompañado de guardias.

Seguí hacia el sur, en un largo viaje cuyo final era imposible de barruntar.

Olvidé también cuántas veces cambié de diligencia.

Dormí donde buenamente pude, pagando mi cama, ya fuera con unas pocas monedas, ya, cuando el posadero aceptaba, con un retrato.

Recorrí casi doscientas leguas, según mis cálculos, mirando siempre hacia atrás, no siendo que me topara con miradas suspicaces o curiosas.

Pasé por Torre del Greco, Battipaglia, Castellabate, Centola, Gosenza, Palmi, Messina, Acireale, Catania, Siracusa y otras decenas de lugares que se mezclaban en mi mente, haciendo que ya no supiera dónde era de día y dónde de noche.

Quizá solo Ulises haya vagado tanto. En Pozzallo, en el extremo sur de Sicilia, donde en lugar de la «o» se oía muy a menudo la «u» (de hecho, los lugareños llamaban «Puzzaddu» al pueblo), esperé casi un día y una noche junto a la torre Cabrera, hasta que pude subirme a un barco que zarpó con las primeras luces del alba.

Me escondí bajo una lona, tal y como me aconsejó un marinero de buen corazón, y temblé de tal manera que perdí la noción de mí mismo, a pesar de que había empezado a hacer calor y el sol rompía las velas con su furia.

Las fiebres no dejaban de atacarme y tardaban cada vez más en remitir.

Me sentía como un perro que, llegado a la vejez, ya no le resulta útil al amo y se lleva una patada en las partes blandas.

Había días en que veía como a través de la niebla y el dinero se agotaba; había empezado a no gustarle a la vida.

Cuando llegué a Malta, no fui capaz de bajar yo solo del barco.

El marinero que me había aconsejado esconderme bajo la lona llamó a un compañero y juntos me izaron por los escalones.

No sabían dónde dejarme y cuando les hablé del palacio del gobernador me miraron como si la fiebre me hiciera delirar.

Aun así, yo sentía que mi única esperanza podía venir de allí, no de otro lugar.

Les di unos cuantos escudos a los marineros y al final conseguí que me llevaran, más muerto que vivo, al maravilloso palacio de La Valeta, donde vivía el hombre que regía los designios de la isla.

El gobernador Alof de Wignacourt, el gran maestre que dirigía entonces la Orden de los Caballeros de Malta, un hombre alto y esbelto, de calvicie incipiente, barba rojiza y rostro que parecía constantemente risueño, incluso sin motivo, me recibió mejor de lo que esperaba y me alojó en el ala de invitados del palacio, donde había varias habitaciones que nadie ocupaba.

Mi nombre le resultaba familiar y había visto algunos de mis lienzos en sus viajes a Roma.

Unos días después de haber sido llevado a su palacio, me llamó a su despacho, donde estaba firmando unos papeles.

—Siéntate, siéntate —me invitó, con aquella cara sonriente—. Veo que te has recuperado. Debes saber que me alegro.

—El caballero me ha salvado la vida. No sé cómo podré mostrarle un día mi gratitud.

Wignacourt hizo un gesto de fastidio con la mano, como el que espanta un insecto molesto.

—Será muy fácil, lo verás enseguida. En cuanto a salvar vidas, es nuestra propia misión.

Tú no tienes por qué saberlo, pero la orden que dirijo fue fundada en un centro de salud, en el hospital de Muristán, en Jerusalén, donde los caballeros cuidaban, desde hacía varios cientos de años, de los peregrinos enfermos o heridos que llegaban a Tierra Santa.

Fuiste salvado en virtud de un juramento, Merisi.

Tuviste suerte de venir aquí. Y por partida doble.

La primera porque un caballero de Malta presta sus cuidados sin tener en cuenta los pecados del enfermo ni la condena a muerte que le persigue por el mundo.

Sí, sí, conozco tu historia, pero no te preocupes, no tengo intención de enviarte de vuelta a Tor di Nona.

Y la segunda vez —la sonrisa del gobernador se manifestó con mayor amplitud— porque hoy es mi cumpleaños. Cumplo sesenta años.

—Que viva usted hasta los cien, caballero —le hice saber mi deseo, levantándome lentamente del sillón e intentando hacer una reverencia.

Wignacourt me miró con una compasión que no me sentó nada bien. Parecía no tener delante a un hombre de treinta y siete años, aunque estuviera consumido por las fiebres, sino a un viejo encorvado.

—Dios lo quiera —dijo él—. Pero hasta que ese momento llegue, y ya que ardes en deseos por mostrar tu agradecimiento, te daré trabajo.

Quiero dos cuadros tuyos, Merisi. Un retrato mío ataviado con mis vestimentas de caballero y un San Juan Bautista, que es el santo de nuestra orden.

Dispondrás de todo el tiempo que desees.

En cuanto a la paga, no te preocupes: soy de los que saben apreciar el talento y la maestría.

¿Puedes creer, maestro, que después de haber hablado con Wignacourt, estuve semanas enteras sin poder agarrar el pincel ni extender el lienzo sobre el caballete?

En su honor diré que el gran maestre mantuvo su palabra y no me azoró.

No me dijo ni una sola palabra que mostrara impaciencia.

Creo que hasta habría podido esperar tres años sin que yo lo importunara, pues tenía muchas cosas en mente y le importaba sobremanera que cada uno de los días con los que Dios lo obsequiaba, La Valeta fuera digna del nombre que le habían dado las grandes casas reales de Europa.

Pues, aunque los Caballeros de Malta habían llamado a la ciudad Humilissima Civitas Valletta —por el nombre de Jean Parisot de la Valette, que había aplastado a las tropas otomanas casi medio siglo atrás— los reyes y príncipes que habían acudido hasta allí, hiciera sol o lloviera, se habían mostrado tan impresionados por su belleza que le dieron el nombre de Superbissima.

En julio del año siguiente, en medio de una canícula más ardiente que el horno en el que se doran los pasteles, el gran maestre vio hecho realidad su retrato, para el que llegó a posar durante varias semanas.

Y fue de su agrado, sobre todo porque pinté al caballero enfundado en la armadura de gala, tal como me había rogado.

Unos días después y para mi asombro, fui recibido en las filas de los Caballeros de Malta y Wignacourt, sosteniendo una espada en lugar del cetro de gobernador, me agasajó con latinismos y me hizo partícipe del consejo que recibían los nuevos miembros:

—Ayuda tal y como fuiste ayudado.

A lo que respondí como me habían instruido apenas dos horas antes:

—Juro por el nombre de Dios Todopoderoso, libre y sin coerción, servir como caballero de Malta de la Alta Orden de San Juan de Jerusalén.

Juro por el poder eterno de la Trinidad ser caballero en todo, obedecer a quien me ordena y ayudar a mis hermanos.

Juro también por lo que me resulta más querido y sagrado prestar ayuda a los desfavorecidos, ahuyentar las desgracias del mundo y cumplir con mis deberes de caballería. Que Dios me ayude.

Qué extraños giros puede dar la vida de un hombre, maestro.

Medio muerto a mi llegada a La Valeta, heme aquí ahora, medio año después, caballero y pintor en el palacio del gobernador.

Si se hubiera enterado Petruccio Margotti, el juez romano que me había condenado a la perdición, de que andaba holgando en el mismo corazón de la Superbissima, con dinero en el bolsillo y cuadros por pintar, creo que se le habría derramado la bilis.

Y es de suponer que Messer Ottavio Giambattista, el honorable gobernador de Roma, tampoco le habría ido a la zaga.

Ahora, en la choza toscana donde lleno estos últimos folios, escupiendo mis pulmones cada vez que toso y tiritando, aunque haga calor, casi no doy crédito a la estupidez que llegué a cometer.