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Nos fundimos en un breve abrazo, subí al coche de postas y, después de mirar un rato a través del polvo que levantaban las ruedas sin poder ver gran cosa, cerré los ojos, intentando adivinar qué me depararía la vida a partir de ese momento.
Me quedé dormido con la cabeza en el pecho y tuve algunos sueños cortos, deslavazados y llenos de disparates, aunque, para mi alivio, ajenos a la presencia de la mariposa negra.
Me hubiera gustado quedarme más tiempo en Nápoles, maestro.
No pude, porque no tuve en cuenta una cosa: que los vapores que salen por la chimenea del Vesubio flotan sobre el agua y penetran en las entrañas de las personas, atontando su juicio y rompiendo el dique de la pasión.
¡Y qué hermoso fue al principio! ¡Qué bien se alinearon las cosas!
Solo tardé unas pocas horas en encontrar un cuarto que me sirviera a la vez de cama y taller.
Lo alquilé y, después de unos días en los que me contenté con pasear tranquilamente por la ciudad para imbuirme de todo lo que me ofrecía, salí en busca de encargos.
No me resultó difícil encontrarlos, porque los nobles napolitanos habían fundado, algunos años atrás, el Monte de Piedad, a través del cual ayudaban a los más desfavorecidos por la suerte.
Los enfermos, los que estaban solos en el mundo y los más necesitados encontraban apoyo y un lugar para rezar: la iglesia de Santa Maria della Verità, erigida según los planos de Giovan Giacomo Di Conforto con dinero de los nobles más dadivosos de la Campania.
¡Qué coincidencia: llamarse Di Conforto y levantar el templo donde se encontraba Il Pio della Misericordia!
Cuando los administradores del Monte de Piedad me encargaron las Siete obras de misericordia [18] , pensé que no había mejor manera de reparar al menos una parte del mal que había causado en Roma.
No importa como se manifiesta el arrepentimiento; mientras sea sincero, el Todopoderoso lo tiene en cuenta el día del Juicio Final.
Guiado por este pensamiento cual faro encendido que disipa la oscuridad, me puse manos a la obra.
Me habrían venido muy bien más días, incluso semanas, de paseos y holganza.
Me habría gustado recorrer tranquilamente la Campania Félix, donde los romanos se habían asentado, y dejarme seducir por los tesoros que, según los rumores, se encontraban en Avellino y Benedetto, en Capri y Salerno, en Caserta, en Capua y en la costa Amalfitana, donde el mar Tirreno abraza con avidez las playas de Sorrento y Positano, bajo la atenta mirada de las paredes de tierra rojiza que se alzan cual murallas de una fortaleza.
De buen grado habría recorrido estos parajes, de no haber sido porque el dinero que me habían dado por las dos obras que Fulvio llevara a Roma empezaba a escasear.
En cuanto a los napolitanos que me encargaron el cuadro de las siete obras, en efecto, trabajaban en el Pio della Misericordia, pero su preocupación por mi persona los había conmovido tan poco que ni siquiera se habían dignado a adelantarme un solo escudo.
Y eso que habían dado su palabra de que el trabajo me sería pagado una vez terminara el lienzo.
Desde La muerte de la Virgen no había vuelto a pintar un cuadro con tantos personajes.
Debía de andarme con más cuidado, ya que la obra no había sido encargada para la colección de un aristócrata napolitano, sino que adornaría el ábside de Santa Maria della Verità.
Tomé la historia de los romanos, la Biblia y la vida cotidiana y las fundí en el cuadro.
Me inspiré en los meandros de una callejuela de Zagarolo que sumergí en la oscuridad en algunas partes de la obra, precisamente para que el resto se viera mejor y el ojo del espectador se detuviera en lo que estaba iluminado.
Los rostros y cuerpos con los que llené el lienzo se asemejan a los personajes del teatro antiguo.
Pinté una espalda desnuda, un ángel musculoso y una joven con el pecho descubierto, esperando que los napolitanos fueran menos zafios que los cardenales y las beatas de Roma.
En el lienzo que pinté para Santa Maria della Verità, San Martín se despoja del manto rojo de los hombros y lo rompe en dos para cubrir con una parte a un pobre que no tiene ropa; una hija entra en la prisión donde fue encerrado su padre moribundo de sed y le da de beber leche de su pecho; dos hombres llevan en brazos a un muerto de cuya sepultura nadie se ha encargado y al que solo se le ven las plantas de los pies; un peregrino le pide refugio a un posadero; un pobre que además está enfermo —el mismo que fue auxiliado por San Martín— es incapaz de levantarse, y un hombre que, para quienes hayan leído el libro, saben que es Sansón, bebe agua de la quijada de un asno.
Varios personajes sostienen el cuadro y al mismo tiempo cumplen con las Siete obras de misericordia , aunque a algunos de ellos les corresponden dos obras en lugar de una.
Tomados individualmente, los hombres del cuadro no parecen tener ninguna relación entre sí, motivo por el cual los uní bajo los gestos de los personajes que pueblan la parte superior de la obra: los ángeles que caen y la Virgen que abraza a su hijo contra su pecho.
A usted, maestro, puedo revelarle un pequeño secreto, pues sé que no me delatará.
Atormentado por los remordimientos, le presté a la Virgen el rostro de Tomassoni.
Menos mal que nadie lo sabrá. Recuerdo cuánta gente se llevó las manos a la cabeza o se tapó los ojos al ver La muerte de la Virgen en la iglesia de Santa Maria della Scala, antes de que los carmelitas la quitaran de la pared.
Creo que ya me he referido a este episodio.
Pues bien, si entonces se horrorizaron al pensar que le había conferido a la.
Virgen los rasgos de una cortesana que llevaba un fruto en su vientre —aunque la modelo había sido la desafortunada Beatrice Cenci y en ningún caso la suicida de Adriana—, imagina lo que dirían ahora, al enterarse de que el sagrado rostro de la Virgen es el de un rufián.
Pero, como no había nadie que pudiera reconocer a Tomassoni en el cuadro, los administradores del Pio della Misericordia quedaron la mar de satisfechos con las Siete obras de misericordia .
Y no solo me pagaron de inmediato, cumpliendo con su palabra, sino que además me encargaron otro trabajo, esta vez para la iglesia de San Domenico.
Descansé unos días, paseando por la ciudad y descubriendo su encanto, antes de empezar a trabajar en La Madona del Rosario , un cuadro que también contaba con muchos personajes, lo que significó en primer lugar una larga meditación sobre cómo darles peso.
Utilicé también algunos elementos de otras obras: la cortina roja que está sobre el grupo, igual que en La muerte de la Virgen , o los pies ennegrecidos de algunos mendigos, como en La Virgen de los peregrinos .
Y ni se me pasó por la cabeza que, después de la gran acogida que tuvieron las Siete obras de misericordia , el nuevo lienzo pudiera correr peor suerte.
Todo partió de la ira que se apoderó de un noble napolitano al que le pareció reconocerse en uno de los personajes del cuadro, aunque no fue eso lo que le molestó, sino el lugar donde lo había colocado.
En La Madona del Rosario imaginé una especie de reunión en la que las personas dialogaban entre sí mediante los gestos y la posición del cuerpo.
En la parte superior se encontraban la Virgen con el niño, en el medio unos monjes dominicos y en la parte inferior la gente normal y corriente.
Pues bien, entre estos últimos, a la izquierda de la obra, se halla un hombre calvo, vestido con ropa de calidad, cuello de gorguera y una mirada en la que no se atisba ni rastro de alegría, sino más bien el asombro y la rabia de encontrarse en tan baja compañía, de rodillas, junto a peregrinos, mendigos y descalzos.
No pude decirle al hombre, cuando acudió al taller a pedirme explicaciones, que no había tenido la intención de burlarme de los aristócratas o de instigar a algo impúdico con mi lienzo.
Y tampoco pude convencerle de que el parecido entre su señoría y el personaje del cuadro —un parecido para nada excesivo— era fruto de la coincidencia y nada más.
El noble señor montó en cólera, se puso más rojo que un cangrejo y me amenazó con acudir a los comitentes de San Domenico para decirles que no me pagaran nada.
Lo escuché quieta y pacientemente, esperando que la tormenta de su voz amainara.
Sin embargo, el noble, lejos de calmarse, empezó a insultarme.
Y yo, que tan contento estaba por no haberme enfrentado ni peleado con nadie desde el episodio de Tomassoni, me vi a mí mismo estallando como antaño.
Agarré al pelón por el cuello de la capa, lo empujé contra la pared y me llevé la mano a la cintura, reparando, si bien demasiado tarde, en que había escondido mi espada entre el bastidor y la pared, fiel a la promesa de no volver a usarla jamás.
Mantuve así al anciano por unos instantes, fulminándolo con la mirada, tras lo cual le solté un escupitajo que se esparció verdoso por toda su jeta.
Acto seguido, se limpió con la manga, se dirigió a la puerta y me amenazó desde el umbral.
—¡Ya me encargaré yo de ti, podenco apestoso! ¡Ya ajustaremos cuentas! ¡Acabas de poner fin a tu vida!