La mariposa negra 12 #2
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12 #2

De mi boca salió algo que no fue ni risa ni resuello.

—Para volver a empezar. Como hice en Roma, donde tampoco me esperaba nadie con la mesa puesta y la cama hecha. Y salí adelante. Y, si conquisté Roma, no creo que me resulte tan difícil con esos paletos del sur.

Colonna había oído hablar de mi desmedido orgullo, así que mis palabras no le cogieron por sorpresa.

En cuanto a la facilidad con la que los napolitanos acogerían a alguien nacido en Lombardía, en fin, aquí el noble pensaba —a juzgar por cómo me miraba— que yo andaba muy desencaminado.

La gente del sur, trabajadora y pobre, sentía desprecio por la opulencia de los norteños llenos de presunción y riqueza, a pesar de su talento para la pintura.

—De aquí no te echa nadie, que lo sepas. Quédate todo el tiempo que quieras. No tienes que hacer nada.

—Ah, don Marzio, hacer, sin duda haré. Solo necesito algunos utensilios. Han pasado varios días desde que no pongo el pincel sobre un lienzo. Tengo algo en mente y no quiero que pase mucho tiempo.

—Los utensilios los tendrás hoy mismo. Pinta lo que desees y cuando te venga en gana. Nuestro único problema es que, si los hombres del santo padre te encuentran, deberé entregarte; un caballero del Toisón de Oro no tiene autorizado ni mentir ni encubrir a nadie.

—¿Y si se presentan aquí tras mi partida?

Colonna se encogió de hombros.

—Les daré permiso para que revuelvan por donde tengan a bien.

Cuando me encontré de nuevo ante un lienzo, casi se me saltaron las lágrimas.

¡Qué codazos se darían Gentileschi, Borgianni y mis otros amigos, si lo supieran!

Su querido Miche, el libertino pendenciero estaba a punto de lloriquear porque se le presentaba la oportunidad de volver a pintar.

Yo sabía lo que quería plasmar en el lienzo, pero no me daba cuenta de la manera en que podría vender mis nuevos cuadros.

Necesitaba dinero para pagar mi viaje a Nápoles y creo que don Marzio temía que ayudarme económicamente lo convertiría en cómplice de mi fechoría.

—Tengo a alguien de confianza a quien puedo enviar a Roma con los cuadros —me dijo durante un paseo por los jardines del palacio—. ¿Crees que tus antiguos protectores querrían comprarlos?

—Hum, ¿quién sabe?

Albergaba algunas dudas. A ojos del cardenal Del Monte yo había caído en desgracia y Giustiniani tenía al parecer planes relacionados con el Quirinal, lo que significaba que se vería obligado a olvidarse de mí.

Me estrujé el cerebro y al final saqué un nombre de un rincón que no había limpiado desde hacía mucho tiempo.

—Quizás el marqués Ubaldo Patrizi. Cuando estaba en Roma, Del Monte me decía que, de los coleccionistas jóvenes, era sin duda el mejor.

—Entonces enviaré a Fulvio, mi hombre para todo, a casa de Ubaldo Patrizi, con dos o tres palabras de mi parte. Pero, hasta que llegue ese momento, manos a la obra.

Aun antes de salir de Roma, había empezado a acariciar la idea de pintar una vez más la Cena de Emaús .

Si en el caso de San Mateo y el ángel los herederos de la capilla Contarelli me habían obligado a rehacerlo todo, ahora mi intención era trabajar de otra manera.

El primer lienzo sobre este tema, elegido del Evangelio según Lucas, lo había terminado unos cinco años atrás y se lo había vendido a Ciriaco Mattei, un noble romano del que se rumoreaba que tenía las alforjas lo suficientemente abiertas como para complacer a los artistas que andaban en busca de encargos.

Mattei se lo mostró a unos amigos que torcieron el gesto al verlo, como si les hubieran servido carne podrida.

A ver si eres perspicaz, maestro, y adivinas por qué no les gustó la Cena .

El motivo es que había pintado a Jesús sin barba, imagínate tú.

Y tampoco estaba el Salvador excesivamente delgado, señal de que se había estado llenando el buche en otros lares antes de partir el pan en la mesa con el evangelista.

Esto fue algo que a los amigos de Mattei les resultó de todo punto inconcebible.

¿Un Jesús rasurado y algo entrado en carnes?

¡Menuda burla! ¡Que el pintor arda en el infierno!

Ni que decir tiene que ninguno de esos porfiados se detuvo a analizar serenamente las palabras del Evangelio.

«Pero ellos le rogaban encarecidamente, diciendo: “Quédate con nosotros, porque está atardeciendo y el día ya ha declinado”.

Y entró para quedarse con ellos. Y aconteció que, mientras estaba sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron [17] ».

No se tomaron la molestia de ver más allá de los colores.

Se detuvieron en unos cuantos cabellos, nada más.

Si alguien les hubiera enseñado a ver lo que miraban, quizás habrían descubierto cosas que habrían aplacado su arrebato.

Habrían visto, por ejemplo, que sobre la mesa hay una cesta de frutas que por momentos podía caerse al suelo.

Está colocada allí a propósito para mostrarnos lo cerca que estamos del borde del abismo y con qué facilidad se pueden volver las tornas en un instante.

En cuanto a Jesús, aparece sin barba porque quiere pasar desapercibido.

¿Y por qué, me dirás? Quizá para ver si el alma y la mente de los demás ven más allá de los ojos.

O quizás para decirnos que su espíritu está por doquier, en el vuelo de un pájaro o en el modo en que una flor gira en busca del sol, aunque no lo reconozcamos ni nos postremos siempre ante él.

En fin, diles esto a los amigos de Ciriaco Mattei, a ver qué sacas en claro.

Ellos tienen la culpa de que me pusiera a pintar otra Cena .

A decir verdad, dos cosas no me satisficieron de la primera: los colores demasiado vivos (por no hablar del color negro del fondo, que no era lo suficientemente intenso) y los gestos excesivamente ampulosos de Lucas y Cleofás.

Claro que en esta ocasión no pude permitirme buscar a quien posara para mí.

Los sirvientes de don Marzio tenían sus propios asuntos y me resultaba imposible traer a nadie de Zagarolo.

Después de todo, yo era un fugitivo que no podía jugarse voluntariamente el cuello.

Por lo tanto, hice el cuadro sin la ayuda de un modelo, sirviéndome de mi memoria y de la destreza que había adquirido hasta entonces.

La segunda Cena , que don Marzio quiere venderle a Ubaldo Patrizi, es más de mi agrado.

Y creo que es natural que sea así. Hace cinco años, todavía retozaba con rameras, daba castigo a los insolentes, poblaba el firmamento con mis aspiraciones y aguantaba despierto tres días seguidos sin que me doliera nada.

Mis ansias de vivir podían apreciarse en los brazos que Lucas echa atrás, en el cuenco rojizo de las palmas, en la apertura codiciosa de los dedos, así como en la ira que se adueñaba de mí al ver cuántos serviles y parásitos poblaban la tierra y me hacían brincar de la silla, como Cleofás en el cuadro.

Ahora soy otro. Quizás el arrebato de la vida cava en nosotros hoyos que no podemos tapar.

O quizás me haya amansado la condena del papa, o incluso puede que se deba a la enfermedad misma, para la cual parezco ser un manjar hecho a su gusto.

Al final, la segunda Cena resultó más lograda que la primera.

Y es natural, porque en ella las cosas están más asentadas: Jesús recupera su barba, los manjares son algo más escasos, Lucas aparece más joven y se agarra con las manos a las esquinas de la mesa.

Los gestos ya no revelan inquietud ni fervor; más bien anuncian que la paz está a punto de descender.

Cleofás no se dispone a saltar de la silla, el gesto de Jesús tras partir el pan ya no sugiere la liberación de una paloma de la palma de su mano y Lucas ya no simula estar crucificado.

Además, elegí colores más sosegados que reflejan las vivencias y la reflexión de los comensales.

No importa cómo se comportan los allí presentes; lo importante es que están sentados a la mesa y reconocen a Jesús.

Es un cuadro que habla de mi reconciliación con el mundo y con mi propio destino.

Y si no necesitara dinero para viajar a Nápoles, lo guardaría para el día en que vuelva a ver a Lide, si es que ese día llega alguna vez.

Pasé dos meses más en el palacio de don Marzio Colonna, sin hacer otra cosa que no fuera compartir con él largas tertulias, pintar, embriagarme con la puesta de sol sobre las colinas de Palestrina y repasar mi vida con todos sus altibajos.

El torbellino vertiginoso y letal de Roma parecía estar en el otro extremo del mundo, aunque un coche de postas te llevara hasta allí en pocas horas.

Pinté otro cuadro de San Francisco, más por no perder la práctica y ahorrar algo de dinero que porque me apeteciera.

Y después de que el hombre de confianza de don Marzio regresara de Roma con la bolsa llena, me fui.

Fulvio me acompañó hasta la parada de la diligencia y me ayudó a cargar el cofre en el que había amontonado la ropa y los utensilios nuevos que el marqués me había regalado y que ignoraba cuántos años más podría utilizar.

—Cuídate, Miche —me dijo al despedirnos—. Los napolitanos no son mala gente, pero tienes que saber cómo ganártelos. Y, sobre todo, no te pelees con nadie. Ni en la calle, ni en las tabernas.

—Gracias, Fulvio. Me andaré con cuidado.