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Sé que ya no estas en este mundo, maese Simone.
Cruzaste al otro lado, como hacen todos cuando les llega el momento.
La noticia me la dio Tarcisio, uno de mis compañeros en la etapa de aprendiz en tu taller milanés, que llamó a la puerta de mi estudio hace años para preguntarme qué tal me iba y si tenía algún trabajo para él.
Lo agasajé y le prometí cuidarlo, pues no quería que sufriera tanto como yo durante mis primeros días en Roma, sin techo ni comida, durmiendo de mala manera, comiendo lo que a otros les sobraba y sintiendo como el viento silbaba a través de mis bolsillos.
Nos pasamos un par de horas hablando y, cuando me pareció que era el momento, le pregunté cómo te iba.
Me dijo que habías fallecido unos cuatro años después de mi llegada a la ciudad papal, feliz de haber pintado un fresco para la iglesia de Santa Maria de los Ángeles en Milán, donde plasmabas pasajes de la vida de San Antonio de Padua; pero también triste porque ninguno de tus aprendices había vuelto a dar señales de vida.
Huelga decir que tenías motivos para estar apenado.
Es tan rara la flor de la gratitud, que no sé cuántos ramos podrían hacerse con ella.
Vive Dios que no muchos.
Sabiendo que dormías el sueño de los justos, ¿de qué sirven todas estas páginas? ¿Por qué te las escribí? ¿Por qué no se las envié a otra persona que pudiera aprovecharlas de alguna manera?
La pregunta es más para mí que para ti. De lo contrario, tendrías que volver a la vida solo para darte la oportunidad de interrogarme sobre el motivo por el que le escribo a un muerto.
Menudo giro inesperado, ¿verdad? De todos modos, te debo una respuesta.
Y te la daré, pero un poco más adelante, en cuanto me libre de mi último lastre.
Una de estas cargas me oprimió durante largos años y necesité mucha paciencia y confianza hasta poder zafarme de ella.
Uno de esos rumores que aparecen cuando la vida te sonríe, como si quisiera ponerte en un apuro, me llegó desde Milán, a los tres años de haber llegado a Roma.
Sigo sin saber cómo surgió ni quién lo hizo correr de boca en boca; algún hombre ansioso por los encantos de las muchachas de las tabernas, alguien consumido por la envidia o un simple embaucador.
No tengo ni idea. Pero quien prestaba oído a aquellas palabras se enteraba de que al parecer yo no era el hijo de Fermo Merisi, como creía la gente, sino un bastardo al que mi madre habría temido revelarle el nombre del padre.
¿Por qué? Lógicamente, porque el padre habría sido un noble de abolengo y que sus canalladas salieran a la luz le habría mancillado irremediablemente la buena reputación, que cuidaba como a la niña de sus ojos.
Pregunté a unos conocidos míos de la infancia con los que me topé casualmente en Roma, seguí atando cabos y acabé enterándome de que, según el rumor, yo sería el nieto de un descendiente de la venerable familia Sforza, fundada por Muzio Attendolo, cuyos duques gobernaron Milán hasta mediados del siglo pasado.
¿En qué se basaban esas suposiciones? Apenas en un registro eclesiástico de la Basílica di San Stefano de Milán, donde constaba que yo había sido bautizado.
Ahora bien, como mis padres se casaron en la iglesia de los santos Fermo y Rústico de Caravaggio, mi bautismo debería haber tenido lugar en el mismo lugar.
De lo contrario, podría haber gato encerrado.
Siguiendo tal razonamiento, maestro, si yo comía en la Osteria del Moro a la hora del almuerzo, ya no podía beber dos jarras de vino esa misma noche en el Cerriglio, porque no estaba bien visto.
¿Has oído alguna vez un dislate parecido?
Al final, el rumor se extinguió y nadie volvió a mirarme como a un hijo ilegítimo.
Y así, proseguí con mi vida, con todo lo bueno y lo malo: peleas y reconciliaciones, borracheras y amores, duelos y caricias, terribles broncas y soledades no menos crueles.
Me pegué y pinté, me reí y maldije a raudales, fui de cama en cama y de calabozo en calabozo.
Me granjeé el doble de enemigos que de amigos.
En catorce años, vi cómo tres papas ocupaban la santa sede, cada uno con sus manías y cabezonerías.
Me mantuve firme como una vela y ardí como ella.
No doblé el lomo ante nadie, no hinqué la rodilla, no mendigué.
No halagué ni siquiera a los que se ofrecieron a encontrarme un lecho, a encargarme un lienzo, a sacarme de Tor di Nona tras alguna de mis numerosas fechorías.
Me fui únicamente cuando entendí que había hecho un mal que nada ni nadie podía remediar.
No quise matar a Tomassoni en el duelo, mi buen Dios es testigo, ese Dios en el que todos los necios de Roma dicen que no creo y que jamás he creído.
En su estrechez de miras, si no me hago de cruces cada vez que entro en una iglesia, si no duermo con la Biblia bajo la cabecera ni beso cinco sotanas y tres manos de cardenal al día, es porque soy un hereje.
Que el Espíritu Santo nos preserve de quedar a la merced y juicio de esos ineptos.
Porque no creo que exista una ruina mayor.
Y lo digo con la experiencia del que ha tenido más que trato con necios (y con canallas, es cierto) de lo que hubiera deseado.
Pero volvamos a lo nuestro. Cuando me batí en duelo con Tomassoni, quise mostrarle cuál de los dos era mejor y, al mismo tiempo, hacerle sufrir por su arrogancia y por los problemas que le había causado a Lide.
Estaba decidido a herirle allí adonde más les duele a los valientes, porque eso le daría, pensaba yo, la oportunidad de comprender que ser un rufián y tener pelotas no era lo mismo.
No tuve la menor intención de mutilarlo para lavar mi honor mancillado por cómo se había reído de Mario y France.
Nunca me he sabido de memoria la nómina de castigos ni el significado de cada uno de ellos.
Tomassoni fue un insensato conmigo y un canalla con Lide, nada más.
Se merecía que le perforase el estómago, aunque —repito— jamás pensé que acabaría mandándolo al otro mundo.
Después de huir, lo ocurrido en Roma me persiguió durante semanas.
La mariposa negra, de la que siempre sospeché que era portadora de la muerte —aunque me equivoqué con respecto a la persona que serla expulsada del mundo de los vivos— se me apareció varias veces más en sueños.
Ya se posaba en el marco quemado de la ventana que había mantenido ligeramente abierta cuando trabajaba en casa de Rufetti, ya se enredaba en el cabello suelto de Lide.
Sus alas temblaban en cada momento, como estremecidas por el viento del sur.
El tramo que iba desde ahí hasta aquellas pesadillas tan horribles resultó ser muy breve.
Me soñé a mí mismo pintando a Mario y France, que de repente adoptaban los rasgos de Farfalla y Nero, mis primeros guardianes en Tor di Nona, deseosos de apuñalarme a toda costa con puñales de plata.
O me soñaba metiéndome en la cama y encontrando a Saraceni muerto, con los dientes arrancados de la boca y la sangre seca en las mejillas.
O paseando con Tomassoni por el castillo de la familia Cenci y viendo cómo Beatrice retozaba con su hermano, el granuja de Giacomo, detrás de unos arbustos.
O a Orazio Gentileschi estrangulando a la pequeña Artemisia porque era incapaz de pintar como yo.
No sé si la miríada de sueños extraños guarda alguna relación con la enfermedad que últimamente me arrebata porciones cada vez más grandes de mi ser, pero debo decirte, maestro, que los escalofríos me sacuden cada vez con más frecuencia, que he comenzado a tragar con dificultad y que, cada tres o cuatro días, escupo sangre.
Todo depende de que mis brazos y mis ojos aguanten, aunque no soy más que una sombra de lo que era.
Si también ellos me fallan, no me quedará más remedio que subirme al campanario de una iglesia y precipitarme de cabeza al vacío.
Y eso que apenas he cumplido treinta y cinco años.
Con poco dinero en la talega y habiendo huido de casa de Rufetti apenas con lo puesto, excepto la espada de la que apenas tuve tiempo de limpiar la sangre del rufián, decidí no alejarme mucho de Roma, pensando que llegaría el día en que la bondad del santo padre Pablo V acabaría descendiendo sobre mí y me perdonaría.
No hizo falta que nadie viniera en mi busca para decirme que había sido desterrado y condenado ante todos: eso ya lo sospechaba yo.
Tomé un coche de postas en dirección a Palestrina y me apeé, después de un camino lleno de traqueteos, en Zagarolo, donde tenía la esperanza de que don Marzio Colonna, honorable caballero del Toisón de Oro, me ofreciera alojamiento y consejo.
Tan pronto como me vio, don Marzio supo que había hecho una de las mías, pero accedió a albergarme en el palacio ducal, en un ala por la que, a decir verdad, no me resultaba especialmente grato pasear, ya que en las paredes vi algunos garabatos en los que reconocí la falta de gracia de los hermanos Zuccari [16] .
Suerte que junto a ellos colgaban algunos cuadros de Messer Antonio Tempesta y de algunos pintores de los Países Bajos.
Le aseguré a don Marzio que no lo importunaría por mucho tiempo y que, si no recibía la noticia de que el santo padre se había serenado y me había concedido el perdón —aunque ¿cómo iba a enterarme, si nadie sabía dónde encontrarme?
— mi intención era irme lo más lejos de Roma para que mi rastro se perdiera por completo.
—¿Y adónde quieres irte, Miche? —me preguntó mi anfitrión dos días después de mi llegada, mientras almorzábamos juntos en una logia del palacio ducal, a resguardo del sol del verano.
Me limpié la boca y tragué con dificultad antes de responder.
—A Nápoles, don Marzio. Al menos allí no me conoce nadie.
—¿Para hacer qué?