La mariposa negra 11 #3
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Giustiniani se acarició la barbilla y clavó la mirada en los ojos del tendero.

Vaya, no era tan lego como había creído.

«Ahora me entero de que, cuando acaba de cortar el bacalao por las noches, se dedica a la crítica de arte», se dijo no del todo contrariado, pues una pintura así, sin duda, valía mucho dinero.

Al contemplar el cuadro de San Mateo y el ángel , Vincenzo Giustiniani comprendió al instante por qué los herederos de la capilla Contarelli le habían pedido que repitiera la obra: el aire sombrío de la capilla no encajaba lo más mínimo con la vibrante luz del lienzo.

El fondo negro, al que Merisi no renunció ni siquiera en este caso, hacía que los rostros y los cuerpos de los personajes destacaran aún más.

El santo y el ángel estaban pintados en colores vivos y cálidos, y el espectador que moviera los ojos de un lado a otro del lienzo tendría la impresión de que, en realidad, eran los personajes los que se movían.

Los herederos habían pecado de una evidente estrechez de miras al impedir que cualquiera contemplara el cuadro.

El dinero les permitió tomar esa decisión, como a menudo sucede en este mundo al revés, donde los zapateros se encaraman a los borceguíes y los cerdos a los árboles.

Giustiniani era conocedor de que no era la primera vez que los herederos rechazaban una obra sobre San Mateo.

Diez años antes de encargarle la pintura a Merisi, le habían pedido al pintor flamenco Jakob Cobaert que esculpiera una estatua del santo para el altar de la capilla Contarelli.

Cobaert tenía fama de ser un gran artista, si bien algo indolente y caprichoso, y era menester no quitarle ojo de encima.

Había sido necesaria una larga espera antes de que el escultor se dignara a terminar la estatua y llevarla a San Luis de los Franceses, donde los herederos aguardaban con impaciencia.

Solo que, al ver la estatua, a todos se les cayeron los palos del sombrajo y no dudaron en dar rienda suelta a su descontento.

Primero, porque el santo estaba solo, sin ángel.

Y, en segundo lugar, porque la escultura no mostraba fortaleza, sino más bien indecisión e impotencia.

Los herederos le habían pagado al flamenco la mitad de la cantidad acordaba, hicieron oídos sordos a sus blasfemias —que habrían podido sacarle los colores a la mismísima leche— y, tan pronto como el pintor abandonó la capilla, agarraron la estatua y la dejaron abandonada en un almacén.

En cuanto se les pasó el enfado, le encargaron un tercer cuadro a Michelangelo Merisi, sobre todo porque los dos primeros, que ya colgaban desde hacía varios años en la capilla Contarelli, parecían ser del agrado del común de los mortales que entraba a rezar en San Luis de los Franceses.

Ignorando la presencia del tendero, que tenía la mirada clavada en Giustiniani, a la espera de que le dijera un precio, el marqués siguió observando el cuadro.

El motivo por el que los herederos no habían accedido a subirlo a las paredes de la capilla no era que brillara como el sol.

Era cierto que sus colores no encajaban del todo con el resto de lienzos dedicados a San Mateo, pero no fue este el motivo que provocó su rechazo.

La verdadera razón radicaba en los contornos suaves de los personajes, en sus músculos tentadores, en aquellas redondeces capaces de despertar pasiones.

Sentado con una pierna sobre la otra, el santo revelaba brazos de herrero y piernas de atleta.

Su cuerpo rebosaba salud, desde la coronilla calva hasta las plantas anchas y los dedos gruesos de unos pies acostumbrados a pisar desnudos la tierra y las piedras.

Quien escrutaba su rostro —y sobre todo sus ojos— hallaba de inmediato una chispa de espiritualidad.

Quien se conformaba con el cuerpo fornido habría podido creer que en el lienzo no se representaba a un santo, sino más bien a un campesino que abría un libro sin sospechar lo que este podría ofrecerle.

Un labrador que golpeaba con el látigo el lomo de los bueyes uncidos.

En cuanto al ángel, carecía del candor celestial que los manieristas meapilas se esmeraban en pintar entre dos hileras de cruces.

Es más, el ángel de Merisi tomaba prestados rasgos de mujer y de sus gestos no se infería a las claras si estaba o no tentando descaradamente al santo.

La boca entreabierta recordaba la mirada de una amante entregada al gozo; su cabello largo y rubio recordaba al de cualquier cortesana del Flaminio; el vestido abierto a un lado dejaba ver la pierna y el muslo hasta donde comenzaba la audaz curva de la nalga, y la mano de dedos estilizados se posaba sobre la mano del santo, como invitándolo a cerrar el libro que tenía en las rodillas, para dejar de lado la pluma y entregarse a otros placeres.

Quien miraba el cuadro vaciando su mente no veía un santo visitado por un ángel, sino un hombre seducido por una mujer.

Y aquella mujer —Giustiniani cayó en la cuenta al cabo de un rato— tenía rasgos que le resultaban muy conocidos.

«Ay, Miche, qué pequeño es este mundo en el que nos movemos», se dijo con una sonrisa cómplice.

A Rufetti no le pasó desapercibida la sonrisa del marqués.

Tampoco habría podido, pues no le había quitado ojo de encima en todo ese tiempo, mirándolo como el galgo que espera la recompensa del cazador.

Se dijo que era la mejor oportunidad de calmar su curiosidad.

—Podría jurar que he visto al ángel del cuadro saliendo del palacio de vuestra excelencia no hará más de una hora —susurró con una voz más dulce que la mermelada de ciruela que vendía en el colmado.

Giustiniani movió de nuevo las cejas, esta vez con fingida admiración.

—Serías un buen espía, Andrea. Aunque esa barriga tuya no te ayude, podrías fiarte de tu mirada de halcón.

El tendero se llevó la mano al pecho y se inclinó una vez más.

De haber sido por él, habría seguido haciendo reverencias hasta la mañana siguiente, si eso le hubiera garantizado que nada malo iba a pasarle.

Ni allí, ni después de salir del palacio de la Via della Dogana Vecchia.

Lo último que deseaba era que el noble señor que recibía cortesanas y se quejaba del insomnio mandara a alguien tras sus pasos y acabara dándole un escarmiento en algún rincón del barrio.

Giustiniani, sin embargo, no parecía enfadado.

—Sí, has visto bien. He recibido a Fillide. Y no solo a ella. Su amiga Anna también ha venido a verme.

—También la he visto a ella —se regodeó Rufetti, presumiendo de agudeza visual.

—No me cabe la menor duda. Estoy igual de convencido de que también te consta lo que hemos hecho juntos.

El tendero se llevó la mano a la boca y fingió un gesto de sorpresa, como en las bufonadas que hacen los actores en las plazas.

—Vuestra excelencia, a mí ni se me ocurriría…

—Déjate de tonterías, querido mío. Hay más barbaridades en tu cabeza que vasijas viejas en Ostia Antica y Civitavecchia juntas.

Pero no importa. Sé que te carcome la curiosidad y mira tú por donde, voy a satisfacértela.

Antes de eso, sin embargo, permíteme que te pregunte algo, pero piensa bien en la respuesta: ¿de verdad no sabes adónde se ha ido Miche?

Rufetti se apresuró a jurar y perjurar que no tenía ni idea, con un hilillo de saliva en la comisura de los labios.

—Me habría sido útil saberlo —le dijo Giustiniani—.

Fillide y Anna vinieron a pedirme que acudiera al santo padre para pedirle perdón por Merisi.

Y no para otros menesteres, querido amigo, por mucho que tal noticia te decepcione.

También fueron a ver a Francesco del Monte.

Mañana quieren acudir a casa de otras personas en cuya palabra confía el santo padre; quizá por la de Anselmo Farnese, quizá por la de otros.

Si supiera dónde se esconde Miche, acudiría a él y lo sacaría de su madriguera. El santo padre sabe perdonar.

El tendero negó con la cabeza, descontento, como si hubiera estado en la plaza junto al puente Sant’Angelo en el momento en que se daba lectura a la condena a muerte de Merisi, firmada, entre otros, por Pablo V, a cuya bondad el marqués acababa de referirse, a pesar de que Andrea la pusiera en tela de juicio.

—Si le interesa en algo mi opinión, creo que abandonó Roma tan pronto como vio que se quemaba mi casa. Se dio cuenta de que venían a buscarlo. Sobre todo, porque el joven con el que se batió en duelo no era un cualquiera. El signar Anselmo lo había tomado bajo su ala protectora.

Giustiniani se encogió de hombros.

—Puedo hablar con Anselmo —dijo él—. Al fin y al cabo, ese Tomassoni no era su hijo.

Por no decir que él sofito se metió en un lío.

Pero si Miche se ha esfumado, no sé qué más se puede hacer.

La fuga es señal de reconocimiento de la culpabilidad.

Cualquiera lo juzgaría así, y la verdad es que hasta costaría llevarle la contraria.

El sirviente que le había traído la carretilla a Rufetti apareció de nuevo en la callejuela empedrada, se acercó al ver el ademán que le hacía el marqués y le susurró algo al oído. Giustiniani frunció el ceño, le dijo al sirviente que podía irse y se cruzó de brazos.

—Han encontrado el cadáver de Paolo Spada en la Cloaca Máxima. Atrapado entre cadenas, roído por ratas y embadurnado de mierda. Qué raro se me antoja.

Rufetti se estremeció.

—¿En la Cloaca Máxima? ¿A quién demonios se le ocurriría algo así? ¿Y qué tiene esto que ver con el signor Paolo? Que yo sepa, era un honrado comerciante al que toda Roma apreciaba.

Giustiniani esbozó una mueca como el que riega su garganta con vino peleón.

—El aprecio existe mientras dura el interés, amigo. Cuando el interés desaparece, adiós al aprecio. Pero tienes razón, hace falta tener la mente muy enferma para llevar a cabo tal atrocidad. Incluso para pensar en algo así.

El tendero asintió, intuyendo al mismo tiempo que el regateo por el último lienzo de Merisi debía aguardar una mejor ocasión.

Giustiniani parecía abatido no solo por la noticia de la muerte de Spada, sino por la forma en que el comerciante había terminado sus días.

Se lo hizo saber al marqués, que lo miró con agradecimiento.

—Gracias por tu comprensión, Andrea. Y descuida, quiero a toda costa comprarte el cuadro de San Mateo. Pasa por mi casa la semana que viene y hablamos. Ahora tengo que dejarte.

El sirviente que hasta entonces había permanecido en la sombra apareció tan pronto como el marqués se separó de Rufetti y entró en palacio.

Mientras su sirviente ayudaba al tendero a sacar la carretilla del patio, Giustiniani se encerró en la habitación donde a veces trabajaba hasta bien entrada la noche, acarició con aire apenado la cabeza de Apolo —el individuo que se la había vendido ignoraba que había sido esculpida por el mismísimo Fidias— y se sentó lentamente en la silla que estaba colocada junto al marco de la ventana.

Sucedían cosas terribles. Si Paolo Spada hubiera muerto de una puñalada trapera o a raíz de un asalto mientras cambiaba de diligencia para ir de una ciudad a otra, el marqués no se habría azorado sobremanera; pues, en realidad, el asesinato del comerciante no lo había asustado tanto como el lugar donde había sido escondido para que nadie pudiera dar con el cuerpo.

A pesar de todas las preocupaciones y los vicios de la edad, Vincenzo Giustiniani conservaba su memoria.

Y precisamente por eso había interrumpido tan inesperadamente la charla con Andrea Rufetti, porque en un rincón de su mente refulgieron las palabras que Paolo Spada, el muerto atascado entre la mierda y la bazofia, había escupido con rabia sobre Merisi, bastante tiempo atrás, cuando los dos habían sido invitados a cenar por Anselmo en villa Farnesina.

El marqués recordó las palabras del comerciante tal como se las había relatado Matteo Barberini unos días después del festín, cuando se encontraron casualmente en Campo de’Fiori.

Delante de todos, Spada había empezado una frase que no había tenido a bien concluir, antes de dar un portazo y salir a pasear por la villa de Anselmo.

Después del banquete, mientras los nobles comensales se dispersaban perezosamente por las calles de Roma, ahítos de manjares y achispados por los vinos caros, Spada había agarrado a Barberini por el brazo y le había susurrado venenosamente:

—¿Sabe qué le haría yo a este lombardo inútil, monseñor? Lo colgaría en la Cloaca Máxima, para que lo ahogaran las inmundicias, fuera pasto de las ratas y se le pudrieran los huesos.

La inquietud ahondó las arrugas de la frente del marqués y le hizo pensar en lo peor. No podía ser un accidente, eso estaba claro. Alguien había liquidado a Paolo Spada exactamente como el propio mercader habría deseado que feneciera Merisi.

A Giustiniani le costó creer que el autor material hubiera sido Matteo Barberini, a quien Vendetutto le había confiado su secreto. El prelado tenía bastantes pecados, pero no habría sido capaz de acabar con la vida de un hombre.

Perdiéndose cada vez más en la niebla de los sucesos, el marqués no tardó en recordar que las palabras que Barberini le había susurrado como pronunciadas por el mercader le asquearon tanto que se apresuró a compartirlas con alguien más.

Pero no con un asesino a sueldo o con un espadachín con ganas de gresca, sino con una criatura cuyas manos sabían acariciar y en ningún caso matar: Fillide Melandroni.

A ella le había hablado Giustiniani de las locas aspiraciones del mercader.

Y Lide se había ido de la lengua con el primero que se le cruzó por el camino.

Y para desgracia de Vendetutto —se dijo Giustiniani con un horror galopante— el primero con el que se topó apreciaba tanto a Merisi que había llegado a imitarlo en todo: en la vestimenta, en los escándalos y hasta en la forma de pintar.

Antes de llenarse una copa de vino, el marqués Vincenzo Giustiniani solo se preguntó algo más: ¿de quién se había valido Carlo Saraceni para colgar tan espléndidamente a Paolo Spada entre las ratas que pululaban en la oscuridad, hurgando con sus hambrientos hocicos en las basuras de la Cloaca Máxima?